February 6, 2026
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Una noche de fin de semana en Ciudad de México, las calles seguían abarrotadas de gente. Las luces de los centros comerciales, cafeterías y letreros publicitarios iluminaban todo un sector de la ciudad. En la alcaldía Cuauhtémoc, un gran cine se preparaba para la última función del día. La fila para comprar boletos era larga, llena de risas y conversaciones animadas.

  • January 21, 2026
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Una noche de fin de semana en Ciudad de México, las calles seguían abarrotadas de gente. Las luces de los centros comerciales, cafeterías y letreros publicitarios iluminaban todo un sector de la ciudad. En la alcaldía Cuauhtémoc, un gran cine se preparaba para la última función del día. La fila para comprar boletos era larga, llena de risas y conversaciones animadas.

Ciudad de México: Joven muere en una sala de cine, la policía investiga y descubre una verdad estremecedora…

Una noche de fin de semana en Ciudad de México, las calles seguían abarrotadas de gente. Las luces de los centros comerciales, cafeterías y letreros publicitarios iluminaban intensamente una gran parte de la ciudad. En la alcaldía Cuauhtémoc, un cine de gran tamaño se preparaba para la última función del día. La fila para comprar boletos era larga, llena de risas y conversaciones animadas.

Entre la multitud, Lina, una joven de 23 años, vestida con un sencillo vestido blanco y sosteniendo un pequeño bolso, entró apresuradamente al cine. Eligió una película romántica recién estrenada, con la esperanza de encontrar un poco de calma tras una semana laboral agotadora. Lina vivía sola en un departamento rentado en Iztapalapa y trabajaba como ejecutiva de marketing en una empresa de comunicación. Sus amigos la describían como una chica tranquila, poco sociable, que solo iba al cine de vez en cuando para relajarse. Sin embargo, esa noche Lina parecía inquieta; sus ojos miraban alrededor como si estuviera esperando a alguien.

Recogió su boleto, compró unas palomitas y una lata de refresco, y entró a la sala número 7. El cine aún no estaba lleno; la luz tenue previa a la proyección daba al lugar un aire sombrío. Lina eligió un asiento cerca del centro, se sentó y revisó su teléfono. En la pantalla apareció una conversación sin terminar de leer, con mensajes breves pero cargados de tensión:

—“Nos vemos esta noche en el cine. Tenemos que hablar. Si no… haré todo público.”

Lina suspiró, apagó la pantalla y apretó con fuerza la lata de refresco.

Cuando comenzó la película, la sala quedó sumida en la oscuridad, iluminada únicamente por la gran pantalla. Unos diez minutos después, un hombre entró apresuradamente, mirando a todos lados, hasta que se acercó y se sentó junto a Lina. Vestía una camisa oscura, llevaba un perfume fuerte y su rostro mostraba tensión evidente. No hablaban en voz alta; solo se inclinaban ocasionalmente para susurrar, como si discutieran intentando no llamar la atención. Los demás espectadores, concentrados en la película, no notaron nada extraño.

Más de una hora después, en pleno clímax del filme, Lina se desplomó repentinamente hacia el asiento contiguo. La lata de refresco cayó al suelo y rodó entre los pies de los asistentes. El hombre se sobresaltó y la sostuvo por un instante, pero segundos después retiró la mano, se levantó de golpe y salió rápidamente de la sala. Algunos espectadores pensaron que Lina se había desmayado y llamaron al personal del cine.

Cuando encendieron las luces, la escena dejó a todos en shock: Lina yacía inmóvil, con los labios morados, los ojos abiertos pero sin vida. Las palomitas y la lata de refresco estaban esparcidas por el suelo, con el líquido derramándose lentamente.

El personal llamó de inmediato a una ambulancia y a la policía. Los paramédicos llegaron pocos minutos después, pero solo pudieron confirmar que Lina había fallecido. La noticia se propagó rápidamente y la sala 7 fue acordonada para la investigación. En los pasillos, la gente murmuraba; algunos decían haber visto a la joven antes en ese cine, pero nadie sabía realmente quién era.

La policía revisó las cámaras de seguridad y tomó declaraciones de los testigos. En los videos se veía claramente al hombre sentarse junto a Lina, hablar brevemente con ella y luego huir de la sala tras su colapso, sin intentar ayudarla. Al revisar el bolso de Lina, los agentes encontraron un fajo de documentos, una memoria USB y una pequeña libreta. En ella había anotaciones sobre transferencias bancarias sospechosas a su cuenta, junto con frases inquietantes como:

—“Si esto se hace público, voy a morir.”
—“Él me está amenazando.”

Los resultados de la autopsia revelaron que Lina murió por envenenamiento con cianuro, una sustancia extremadamente letal que puede causar la muerte en pocos minutos incluso en dosis muy pequeñas. Los residuos del veneno fueron encontrados en la lata de refresco. Esto llevó a la policía a delimitar de inmediato a los sospechosos.

La investigación posterior reveló que el hombre que se sentó junto a Lina era Alejandro, de 38 años, director de una gran empresa constructora y casado. Alejandro y Lina habían mantenido una relación sentimental secreta durante casi un año. En fechas recientes, Lina exigió terminar la relación y recuperar lo que le pertenecía, además de amenazar con hacer pública la historia si Alejandro no aclaraba la situación.

Cuando fue citado a declarar, Alejandro negó todo al principio, asegurando que solo se encontró con Lina por casualidad en el cine y que no tenía relación con su muerte. Sin embargo, los mensajes recuperados del teléfono de Lina y las conversaciones entre ambos expusieron la verdad. Antes de esa noche, Alejandro le había enviado mensajes para concertar una “última reunión” y “llegar a un acuerdo”.

La policía encontró pruebas de que Alejandro había comprado cianuro a través de una red ilegal en internet, así como sus huellas dactilares en la lata de refresco.

Frente a las pruebas irrefutables, Alejandro finalmente confesó. Admitió que temía que su esposa y el mundo empresarial descubrieran su relación con Lina, lo que podría destruir su reputación y carrera, por lo que decidió “eliminarla”. Llegó temprano al cine, mezcló el veneno en la lata de refresco y se la dio al personal del local con la excusa de que era para una amiga. Luego se sentó junto a Lina, fingió conversar hasta que el veneno hizo efecto y se retiró rápidamente para aparentar que no estaba presente cuando ocurrió el incidente.

El caso se cerró en medio de la indignación pública. El juicio contra Alejandro estuvo abarrotado; familiares de Lina sostenían su fotografía entre lágrimas. Su madre, una mujer demacrada por el dolor, permaneció en silencio mirando al hombre que había arrebatado la vida de su hija. Cuando el tribunal dictó cadena perpetua, ella no dijo nada, solo se dio la vuelta y salió, con lágrimas corriendo por su rostro y una voz quebrada:

—“Ya es demasiado tarde… mi hija no volverá.”

Tras el funeral, el pequeño departamento de Lina quedó intacto. En su escritorio aún había una maceta que compró en su cumpleaños, junto a planes de trabajo inconclusos. Amigos y colegas la recordaban como una joven tranquila, reservada, pero llena de determinación. Su muerte se convirtió en una advertencia sobre los peligros de las relaciones ocultas y las tragedias que pueden ocurrir en cuestión de instantes.

Y en ese cine de aquella ciudad, cada vez que las luces se apagan y comienza una película, quizá algunos empleados aún recuerdan a una joven vestida de blanco, sentada sola con una mirada triste, que abandonó este mundo en silencio, llevándose consigo una verdad oscura enterrada bajo el brillo deslumbrante de la ciudad.

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