February 7, 2026
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‘Regreso en tres días’… fue la última mentira antes de huir, dejando sola a su hija de siete años en medio de la sierra.”

  • January 20, 2026
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‘Regreso en tres días’… fue la última mentira antes de huir, dejando sola a su hija de siete años en medio de la sierra.”

— La llamaron bruja solo porque sabía curar con hierbas —

— No huyó por falta de amor, huyó porque el miedo la alcanzó primero

—El frío de la sierra de Oaxaca no es algo que solo se sienta en la piel. Es un frío que se mete en los huesos, que se queda ahí, clavado en lo más hondo del cuerpo, y te susurra que tal vez nunca volverás a sentir calor. Yo tenía siete años cuando conocí ese frío por primera vez. No fue por el viento que bajaba entre los pinos aquel año de 1835, sino por el vacío que sentí de golpe en la palma de mi mano cuando Dominga, la única madre que yo recordaba, me soltó.

La choza era una ruina. Una construcción triste de adobe y piedra, con el techo medio caído, como una boca abierta pidiéndole ayuda al cielo gris. No había nada ahí, solo polvo, recuerdos de chivos que ya no existían y un olor viejo a humedad guardada por años.

—Quédate aquí, Soledad —me dijo Dominga. Su voz sonaba rara, tensa, como una cuerda a punto de romperse—. Aquí hay dos tortillas con queso. Y agua. Cuídalas bien.

Yo la miré, con mis ojos negros buscando los suyos, tratando de entender por qué le temblaban las manos, esas manos grandes y ásperas que tantas veces me habían peinado, que molían el maíz en el metate cada mañana.

—¿A dónde vas, amá? —le pregunté. Mi voz era chiquita, casi nada frente a la inmensidad del monte que nos rodeaba.

Ella no me miró a los ojos. Se hincó frente a mí y me colgó del cuello un collar de cuero con un saquito pequeño. —Regreso en tres días. Tres días, Soledad. No salgas. No dejes que nadie te vea. Si llega alguien, escóndete.

—¿Tres días? —repetí. Para una niña de siete años, tres días son una eternidad. Es tiempo suficiente para olvidar cómo suena la risa, para que el miedo haga su casa dentro de la cabeza.

—Te lo prometo —dijo. Y esa fue la última vez que escuché su voz durante ocho meses. Me empujó con cuidado hacia la oscuridad de la choza y salió corriendo. Oí sus pasos alejarse, aplastando hojas secas, apurados, desesperados, hasta que el viento se los tragó.

Me quedé ahí, sola, con dos tortillas frías y una promesa rota.

El primer día fue pura espera. Me senté junto a la puerta caída, envuelta en mi rebozo, contando pájaros, contando nubes, contando mis latidos. “Uno, dos, tres…”. Dominga va a volver. Ella me quiere. Ella me salvó de los hombres que gritaban en el pueblo, de las antorchas, del odio. Ella es buena.

Pero llegó la noche, y con ella los ruidos. La sierra despierta cuando el sol se va. Crujidos, aullidos lejanos, el viento pegándole a las tejas rotas como si quisiera entrar a llevarme. Me hice bolita en un rincón, cerrando los ojos tan fuerte que veía lucecitas, tratando de recordar el olor a café y leña de nuestra cocina.

El segundo día, el hambre empezó a doler. Me comí un pedacito de tortilla y tomé un traguito de agua. “Guárdala”, me dije. “Faltan dos días”. Caminé en círculos dentro de la choza, cien pasos, doscientos pasos. Mi cabeza de niña buscaba entender. ¿Por qué corríamos? ¿Por qué le decían bruja? Yo sabía que ella curaba. La había visto bajar la fiebre de los niños, cerrar heridas. ¿Por qué eso era malo?

Al caer la tarde del tercer día, ya no quedaba comida. Metí la mano en el atadito buscando migajas y entonces toqué un papel. Arrugado, escondido debajo de la última tortilla. Lo saqué con cuidado. Estaba escrito con carbón, con la letra temblorosa de Dominga.

Leí despacio, deletreando el horror: “Soledad, perdóname. No puedo volver. Los hombres me buscan. Si te encuentran conmigo, te harán daño. Quédate ahí. Hay agua en el arroyo. Siembra las semillas del collar. Tu papá querría que vivieras. Yo también. Que Dios te cuide”.

El papel se me cayó de las manos como si quemara. “No puedo volver”. Esa frase me rebotaba en la cabeza. Ya no era una promesa. Era una condena.

Abrí la boca para gritar. Quería llamarla, hacer que el sonido la obligara a regresar. Tomé aire, llené el pecho y empujé con todas mis fuerzas.

Pero no salió nada.

Ni grito, ni llanto, ni susurro. Mi garganta se cerró por completo, como si una mano invisible la hubiera sellado. El miedo me robó la voz. Caí de rodillas, golpeando la tierra, gritando por dentro sin que el mundo escuchara nada.

Estaba sola. Y era muda…

Esa noche no dormí. El miedo se me acostó en el pecho. ¿Cómo iba a vivir? No sabía cazar. Apenas sabía dónde estaba el arroyo. Los viejos del pueblo decían que los niños solos en la sierra no sobreviven.

Pero al amanecer del cuarto día, algo cambió. La luz entró por las grietas del techo. Toqué el saquito del collar. “Tu papá querría que vivieras”.

Saqué las semillas. Maíz, frijol, calabaza. Pequeñas, duras, pero vivas.

Salí de la choza. El aire estaba helado. Mis huaraches ya casi no servían. Seguí el sonido del agua y bebí hasta que me dolieron los dientes. Miré la tierra.

Si iba a morir, moriría intentando vivir.

Recordé a mi padre haciendo fuego. Busqué palos secos. Froté uno contra otro hasta que las manos me ardieron y se ampollaron. Lloré en silencio. Pasaron horas. Cuando el sol ya se iba, apareció una chispa. Luego humo. Luego fuego.

Ese fuego no solo me calentó. Me despertó algo adentro. Una terquedad fuerte. Me prometí sin palabras que no me iba a ir.

Al quinto día, llegó él.

No fue una persona. Fue un maullido. Débil, roto. Entre los matorrales encontré un gato gris, puro hueso y lodo, con una pata doblada y sangre seca. Me miró con unos ojos amarillos llenos del mismo miedo que yo sentía.

Era como verme en un espejo.

Se llamaría Ceniza. Lo curé como Dominga me había enseñado. Se quedó conmigo. Ya no estaba sola.

Una semana después, llegaron pasos humanos. Me escondí. Pero no era un hombre malo. Era una anciana indígena, de trenzas blancas y huipil rojo bordado. Se llamaba Xóchitl. Trajo comida. No hizo preguntas.

Días después volvió con un sacerdote joven, el padre Mateo. Se arrodilló afuera de la choza. —Fui cobarde —dijo—. No te defendí. Perdóname.

Me ayudaron. Arreglaron el techo. Trajeron semillas. Se quedaron.

La milpa creció. Yo crecí. La gente empezó a llegar. Yo curaba con las manos y con el silencio. Me llamaban “la Niña Silenciosa de la Sierra”.

Ocho meses después, Dominga regresó.

No fuerte. No entera. Regresó para morir.

La acostamos en mi catre. Tosía sangre. Me pidió agua. Preparé un té con gordolobo y miel. Cuando se lo acerqué, algo se rompió dentro de mí.

—Bebe… —susurré.

Mi voz volvió. No la había perdido. La había encontrado.

—Te perdono —le dije—. Porque las semillas crecieron. Y yo también.

Dominga sonrió. Murió al amanecer.

La enterré bajo el roble, mirando al jardín. No me fui. Xóchitl se quedó conmigo. El padre Mateo siguió viniendo. La gente también.

Ya no era una niña abandonada.

Era Soledad. La sanadora.
La que habla poco.
Pero cura profundo.

Y aprendí que el abandono duele, sí. Pero lo que haces con ese dolor es lo que decide quién eres.

Yo elegí el fuego.

¿Y tú?

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