Cómo los pilotos mexicanos del Escuadrón 201 vencieron a Japón… y su hazaña fue ocultada
Como los pilotos mexicanos del Escuadrón 2011 derrotaron a fuerzas japonesas sin superioridad aérea, el sol del amanecer se filtraba a través de las ventanas del hangar de la base aérea militar de Santa Lucía, mientras el teniente coronel Antonio Cárdenas Rodríguez contemplaba los últimos preparativos de sus hombres. Era mayo de 1945 y el destino del escuadrón 2011 había sido sellado por una decisión histórica. México entraría oficialmente en la Segunda Guerra Mundial del lado de los aliados. “¡Formación!”, gritó el sargento Hernández y 32 pilotos mexicanos se alinearon con precisión militar. Sus rostros reflejaban una mezcla de orgullo, nerviosismo y determinación. Habían entrenado durante meses bajo la supervisión de instructores estadounidenses, pero ahora enfrentarían el verdadero desafío: combatir contra las fuerzas japonesas en las Filipinas.
Cárdenas observó a cada uno de sus hombres. Ahí estaba el capitán Radamés Gaxiola Andrade, piloto experimentado de Sonora con más de 2000 horas de vuelo. El joven teniente Héctor Espinoza Galván de Guadalajara, apenas 23 años, pero con reflejos excepcionales, y el teniente Mario López Portillo, hermano del futuro presidente, cuyo apellido llevaba el peso de grandes expectativas. “Señores”, comenzó Cárdenas con voz firme. “Mañana partimos hacia Estados Unidos para completar nuestro entrenamiento con los P-47 Thunderbolt. Después nos dirigiremos a las Filipinas, donde lucharemos contra un enemigo que ha dominado los cielos del Pacífico durante años. No llevamos la superioridad numérica ni la experiencia de combate que ellos tienen, pero llevamos algo que no se puede medir: el honor de México y el valor de sus hijos”.
El silencio en el hangar era absoluto. Algunos pilotos apretaron los puños, otros alzaron la barbilla con orgullo. Todos sabían que esta misión los convertiría en los primeros mexicanos en combatir oficialmente en una guerra mundial desde la intervención francesa. Entre los presentes se encontraba también el teniente Fausto Vega Santander, originario de Tehuacán, Puebla. Su padre había sido militar durante la revolución y desde niño había soñado con volar. “Mi coronel”, dijo con voz clara, “¿cuáles son exactamente nuestras órdenes en Filipinas?”. Cárdenas desplegó un mapa sobre una mesa improvisada. “Operaremos desde la base de Clark Field en Luzón. Nuestras misiones incluirán apoyo aéreo cercano a las tropas terrestres, bombardeo de posiciones japonesas fortificadas y escolta de bombarderos aliados. Los japoneses han convertido cada colina, cada búnker en una fortaleza. Ellos conocen el terreno mejor que nosotros, tienen más experiencia en combate aéreo y han estado preparándose para defender estas islas durante años”.
El capitán Gaxiola alzó la mano. “¿Cómo vamos a compensar esas desventajas, mi coronel?”. “Con táctica, disciplina y coordinación”, respondió Cárdenas. “Los japoneses están acostumbrados a luchar contra pilotos estadounidenses que atacan de manera directa y predecible. Nosotros vamos a cambiar las reglas del juego. Utilizaremos formaciones que ellos no esperan, ataques desde ángulos inusuales y lo más importante, lucharemos como lo que somos: como mexicanos”.
Entrenamiento y llegada a Filipinas
El entrenamiento en la base Randolph en Texas había sido intenso. Los pilotos mexicanos tuvieron que adaptarse no solo a una nueva aeronave, sino a una nueva mentalidad de combate. Los P-47 Thunderbolt eran máquinas poderosas pero pesadas, muy diferentes a los entrenadores que habían usado en México. Sin embargo, la disciplina y el orgullo nacional los impulsaron a superar cada obstáculo. Durante las tardes en Texas, los pilotos se reunían en sus barracas para estudiar mapas de las Filipinas y analizar reportes de inteligencia sobre las tácticas japonesas. El teniente Espinoza había desarrollado una fascinación particular por los patrones de vuelo de los cazas Zero japoneses. “Son rápidos y maniobrables”, explicaba a sus compañeros. “Pero tienen menos blindaje que nuestros Thunderbolt. Si logramos atraerlos a combates de alta velocidad en línea recta, nuestras máquinas los superarán”.
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El capitán José Espinoza Fuentes, hermano de Héctor, había notado algo más en los reportes. “Los pilotos japoneses están bien entrenados, pero siguen patrones rígidos. Vuelan en formaciones muy disciplinadas, casi ceremoniales. Si podemos romper esas formaciones, crear caos, podremos vencerlos incluso en inferioridad numérica”. Una noche, mientras contemplaban las estrellas texanas, el teniente López Portillo reflexionó en voz alta: “¿Creen que estamos listos? Digo, ¿realmente listos para enfrentar pilotos que han estado en guerra desde 1937?”. Gaxiola, con su experiencia y carácter paternal, respondió: “Mario, he volado por muchos años y puedo decirte que la experiencia en combate no se puede simular en entrenamiento, pero también sé que tenemos algo que quizás ellos ya perdieron después de tantos años de guerra: hambre de gloria, frescura mental y la motivación de quien lucha por primera vez por su patria en el escenario mundial”.
Los últimos días en Texas fueron frenéticos. Cada piloto debía demostrar dominio completo del P-47, capacidad para volar en formación cerrada, precisión en bombardeo en picada y coordinación en ataques en grupo. Los instructores estadounidenses, veteranos del teatro europeo, quedaron impresionados con la rapidez de aprendizaje y la disciplina de los mexicanos. El coronel John Peterson, instructor jefe, comentó a Cárdenas: “Sus hombres tienen algo especial, no solo técnica, sino espíritu de cuerpo. Vuelan como si cada uno fuera responsable del honor de todos”. Finalmente llegó el momento de la partida hacia las Filipinas. Los 32 pilotos, junto con 254 mecánicos y personal de apoyo, abordaron el transporte que los llevaría hacia su destino. Durante el largo viaje por el Pacífico, Cárdenas reunió a sus oficiales para una última sesión de planificación. Cuando lleguemos a Clark Field, les dijo, estaremos operando en territorio que acaba de ser liberado. Los japoneses están retrocediendo, pero lo hacen luchando por cada metro. Desde el primer día estaremos en misiones de combate real.
El vuelo sobre el Pacífico les ofreció una perspectiva que ninguno había experimentado antes: la inmensidad del teatro de operaciones donde tendrían que demostrar el valor mexicano. Islas dispersas por miles de kilómetros, cada una potencialmente defendida por soldados japoneses dispuestos a morir antes que rendirse. Cuando finalmente avistaron las costas de Luzón, el teniente Vega Santander escribió en su diario: “Hoy pisamos tierra filipina. Mañana volaremos hacia la gloria o hacia la muerte, pero lo haremos como mexicanos, con la frente en alto y el corazón lleno de amor por la patria”. El Escuadrón 2011 estaba a punto de hacer historia, enfrentándose a un enemigo experimentado sin la ventaja de la superioridad numérica o del conocimiento del terreno, pero con algo que ningún manual de guerra puede enseñar: el espíritu indomable del águila azteca.
Primeras pruebas de fuego
El 7 de junio de 1945. Los primeros rayos de sol iluminaron la pista de Clark Field mientras los mecánicos mexicanos realizaban las verificaciones finales en los P-47 Thunderbolt. El aire espeso de la selva filipina se mezclaba con el olor a combustible de aviación y aceite de motor. Después de días de reconocimiento y planificación, había llegado el momento de la primera misión de combate real del Escuadrón 2011. El teniente coronel Cárdenas estudió por última vez el mapa de la misión. El objetivo: bombardear y ametrallar posiciones japonesas en las colinas al norte de Bagabag, donde las fuerzas niponas mantenían resistencia feroz contra el avance terrestre estadounidense filipino.
Atención, señores, anunció Cárdenas a los 12 pilotos seleccionados para esta primera misión. Los japoneses han fortificado estas colinas durante meses. Esperan ataques frontales, ataques desde el sur siguiendo el valle, pero nosotros vamos a sorprenderlos. Vamos a atacar desde el oeste, volando bajo sobre la selva usando el terreno como cobertura. El capitán Gaxiola revisó su instrumental mientras escuchaba las instrucciones. Su P-47, bautizado como Águila de Sonora, llevaba una mezcla letal: bombas de 500 libras y munición para las ocho ametralladoras calibre 50. “¿Qué sabemos sobre la defensa antiaérea japonesa en la zona, mi coronel?”, preguntó. “Inteligencia reporta al menos seis posiciones de artillería antiaérea tipo 25 mm y varias ametralladoras pesadas”, respondió Cárdenas. “Pero aquí está nuestra ventaja. Los japoneses han colocado estas defensas esperando ataques desde direcciones convencionales. Nuestro approach no convencional podría darnos los segundos de sorpresa que necesitamos”.
El teniente Espinoza Galván, el más joven del grupo, sentía como el corazón se le aceleraba. Durante el entrenamiento había imaginado este momento cientos de veces, pero ahora, con el motor rugiendo y las bombas reales bajo las alas, la realidad del combate se hacía tangible. “¿Cuál es el plan si encontramos cazas enemigos?”, preguntó. “Si aparecen Zeros o Oscars, explicó Cárdenas. Recuerden, nuestros Thunderbolts son superiores en velocidad y potencia de fuego, pero ellos son más maniobrables. No entren combate de giros cerrados. Usen velocidad, ataques en picada y apoyo mutuo. Nadie vuela solo, nadie pelea solo”. A las 06:30 horas, los 12 P-47 rugieron por la pista de Clark Field. La formación despegó en perfecta sincronización, un espectáculo que causó admiración entre el personal estadounidense que observaba desde tierra. Los mexicanos volaban con una precisión que hablaba de meses de entrenamiento intensivo y una disciplina natural.
Durante el vuelo hacia el objetivo, volando a baja altura sobre la densa selva filipina, el teniente Vega Santander observó el paisaje con fascinación y preocupación. Las copas de los árboles parecían interminables y cualquier emergencia significaría aterrizar en territorio hostil. Pero también notó algo más: pequeñas columnas de humo aquí y allá, evidencia de que los japoneses seguían moviéndose por la jungla. “Formación Azteca 1. Aquí control. Target a la vista 2 km al noreste. Confirmen visual”. Cárdenas exploró el horizonte y distinguió las primeras posiciones enemigas. Búnkeres de bambú y tierra excavados en las laderas, posiciones de artillería camufladas entre los árboles y lo que parecían trincheras conectando diferentes puntos defensivos. “Visual confirmado, iniciando aproximación de ataque”. El momento clave llegó cuando la formación mexicana apareció desde el oeste, exactamente desde el ángulo que los defensores japoneses no esperaban. Los primeros segundos fueron de confusión total en las posiciones enemigas. Los artilleros antiaéreos giraron desesperadamente sus cañones, pero los P-47 ya estaban en picada.
Gaxiola fue el primero en atacar, soltando sus bombas sobre una posición de artillería que explotó en una bola de fuego naranja. Inmediatamente después abrió fuego con sus ocho ametralladoras, barriendo las trincheras con precisión letal. “Objetivo destruido. Objetivo destruido”, gritó por la radio. Uno tras otro, los pilotos mexicanos ejecutaron sus ataques con precisión matemática. El teniente Espinoza Galván se concentró en una posición de ametralladoras japonesas que había comenzado a responder al fuego. Su picada fue perfecta. Sus bombas cayeron exactamente en el blanco, silenciando las armas enemigas para siempre. Pero la respuesta japonesa no se hizo esperar. Cuando el teniente López Portillo iniciaba su aproximación, una cortina de fuego antiaéreo se alzó desde posiciones ocultas. Trazadoras de varios colores surcaron el aire buscando derribar a los atacantes mexicanos. “Fuego antiaéreo intenso. Evasivas, evasivas!”, gritó Cárdenas por la radio. López Portillo maniobró violentamente para evitar el fuego, pero logró mantener el control de su máquina y completar su ataque. Sus bombas destruyeron un depósito de municiones que explotó en cadena, eliminando toda una sección de las defensas japonesas.
El teniente Vega Santander, durante su pasada de ataque, notó movimiento en la selva cercana a las posiciones bombardeadas. Soldados japoneses corrían entre los árboles, algunos claramente heridos tratando de reagruparse. Sin vacilar, descendió para una pasada de ametrallamiento, pero fue entonces cuando sucedió lo inesperado. Desde las nubes apareció un grupo de cazas japoneses, Nakajima Ki-84 Hayate, conocidos como Frank por los aliados. Eran cuatro aviones enemigos contra 12 mexicanos, pero los japoneses tenían ventaja de posición y sorpresa. “¡Bandidos, bandidos, arriba. Cuatro Franks bajando desde las 12 en punto!”, gritó el teniente Espinoza Fuentes, quien había sido designado como observador. Cárdenas reaccionó instantáneamente. “Suelten bombas. Formación defensiva, Gaxiola, Espinoza, conmigo, resto del escuadrón, mantengan formación y cubran”. Lo que siguió fue el primer combate aéreo real de pilotos mexicanos en la Segunda Guerra Mundial. Los Ki-84 japoneses eran aviones formidables, pero sus pilotos cometieron el error de subestimar a los mexicanos, creyendo que eran novatos fáciles de derribar.
Gaxiola, usando toda su experiencia como piloto, logró posicionarse detrás de uno de los cazas enemigos. El piloto japonés intentó maniobrar en giros cerrados, aprovechando la superior maniobrabilidad de su avión, pero Gaxiola no siguió el juego. En lugar de intentar seguir los giros, aceleró en línea recta usando la mayor velocidad y potencia del P-47. Cuando el japonés intentó seguirlo, Gaxiola ejecutó una maniobra que había practicado cientos de veces en entrenamiento, un giro ascendente súbito que lo colocó detrás y arriba del enemigo. Desde esa posición abrió fuego con las ocho ametralladoras, las balas calibre 50 destrozaron el fuselaje del Ki-84. El avión japonés se incendió inmediatamente y comenzó a caer en espiral hacia la selva. Era la primera victoria aérea confirmada del Escuadrón 2011. Mientras tanto, los hermanos Espinoza trabajaron en equipo perfecto para derribar un segundo caza enemigo, mientras Gaxiola y López Portillo combinaron fuerzas para destruir un tercero. El cuarto piloto japonés, viendo la destrucción de sus compañeros, decidió retirarse hacia el norte, desapareciendo en las nubes de la tormenta.
El regreso a Clark Field fue triunfal. Los 12 P-47 aterrizaron en formación perfecta con dos victorias aéreas confirmadas y la destrucción completa de las posiciones japonesas. Objetivo más importante aún, todos los pilotos regresaron ilesos. En el debriefing posterior, el coronel Peterson, oficial de enlace estadounidense, quedó impresionado. “En 24 años de carrera militar, nunca he visto un primer combate tan exitoso. Sus hombres volaron como veteranos, pero Cárdenas sabía que esto era solo el principio. Esa noche reunió a sus pilotos en el comedor de la base. “Hoy hicimos historia, señores, pero no se dejen llevar por el éxito. Los japoneses ahora saben que estamos aquí y que no somos la fuerza inexperta que esperaban. Las próximas misiones serán más difíciles”. El teniente Vega Santander levantó la mano. “Mi coronel. Durante el combate noté que los japoneses parecían sorprendidos por nuestras tácticas. ¿Cree que podemos seguir usando ese elemento sorpresa?”. “Exactamente, Vega. Esa es nuestra mayor ventaja. Ellos esperan que volemos como los estadounidenses con tácticas que ya conocen. Pero nosotros vamos a crear nuestro propio estilo de combate. Vamos a ser impredecibles”.
La estrategia del águila
10 días después del primer combate exitoso, la situación en el frente filipino había cambiado drásticamente. Los japoneses, sorprendidos por la efectividad del Escuadrón 2011, habían reforzado sus defensas aéreas y modificado sus patrones de vuelo. General Yamashita, comandante de las fuerzas japonesas en Luzón, había ordenado específicamente que se estudiaran y contrarrestaran las tácticas de los nuevos pilotos aliados que atacan desde ángulos imposibles. El teniente coronel Cárdenas sabía que el elemento sorpresa inicial había desaparecido. Era hora de desarrollar una estrategia más sofisticada. En la sala de operaciones de Clark Field desplegó mapas detallados de la región y convocó a sus oficiales principales para una sesión de planificación estratégica que cambiaría el curso de las operaciones aéreas mexicanas.
“Señores”, comenzó Cárdenas señalando las posiciones enemigas marcadas en rojo. “Los japoneses ya no nos subestiman. Han duplicado sus defensas antiaéreas en los sectores que atacamos y han cambiado la disposición de sus cazas de interceptación. Si seguimos atacando con las mismas tácticas, vamos a sufrir bajas innecesarias”. El capitán Gaxiola estudió el mapa con detenimiento. “Mi coronel, he estado analizando los reportes de inteligencia. Los japoneses han establecido un patrón. Mantienen dos escuadrillas de cazas en patrulla constante sobre los sectores norte y este, pero han dejado relativamente desprotegido el sector oeste, probablemente porque asumen que es inaccesible debido al terreno montañoso”. El teniente Espinoza Galván, que había demostrado instintos excepcionales para el combate aéreo, intervino. “Y si usamos eso a nuestro favor, los P-47 tienen la potencia necesaria para volar sobre esas montañas. Podríamos atacar desde direcciones que ellos consideran imposibles”.
Cárdenas asintió lentamente. “Esa es exactamente la dirección correcta de pensamiento, Héctor, pero vamos más allá. ¿Qué tal si no solo cambiamos las direcciones de ataque, sino el concepto completo de cómo enfrentamos al enemigo?”. Desplegó un segundo mapa, este mostrando la disposición general de las fuerzas japonesas en un área de 200 km². “Los japoneses están acostumbrados a defensas estáticas y ataques predecibles. Su doctrina militar se basa en la concentración de fuerzas y la resistencia prolongada en posiciones fortificadas. Pero nosotros vamos a implementar algo completamente diferente: la estrategia del águila”. El teniente López Portillo se inclinó hacia adelante con curiosidad. “¿En qué consiste esa estrategia, mi coronel?”. “El águila no ataca como el halcón, con velocidad pura y fuerza bruta”, explicó Cárdenas. “El águila observa, planifica y ataca cuando el momento es perfecto, desde la dirección menos esperada con precisión letal. Vamos a dividirnos en grupos de cuatro aviones cada uno atacando objetivos múltiples simultáneamente desde direcciones diferentes. El plan era




