Alemania Atacó México con Submarinos… El Escuadrón 201 Voló 96 Misiones Sin Retroceder
13 de mayo de 1942, 23:47 horas, Golfo de México, a 35 millas de la costa de Florida. El petrolero mexicano, potrero del Llano, navegaba tranquilo bajo un cielo estrellado, sus bodegas repletas de crudo destinado a los Estados Unidos. El capitán Heriberto Rodríguez observaba la calma engañosa del mar desde el puente cuando una explosión partió el silencio de la noche. El torpedo alemán del submarino U564 impactó en el centro del buque enviando una columna de fuego de 50 m hacia el cielo nocturno. 14 marineros mexicanos murieron en segundos. México, un país que había declarado su neutralidad, acababa de ser atacado sin advertencia, sin provocación, sin piedad. Una semana después, el 20 de mayo, otro torpedo alemán hundió el faja de oro. Más mexicanos muertos. Hitler había cometido un error de cálculo que cambiaría la historia de América Latina para siempre.
El Futer y su alto mando habían descartado a México como irrelevante. Un país del tercer mundo, decían, incapaz de proyectar poder militar más allá de sus fronteras. Los estrategas nazis calcularon que hundir petroleros mexicanos cortaría el suministro de combustible a los Estados Unidos sin consecuencias. México protestaría, enviaría notas diplomáticas y eventualmente aceptaría la realidad de su impotencia.
Lo que Alemania no calculó fue el orgullo de una nación que había forjado su identidad en revoluciones. El 28 de mayo de 1942, el presidente Manuel Ávila Camacho convocó al Congreso a una sesión extraordinaria. Su mensaje fue directo. México no toleraría agresiones a su soberanía. El primero de junio, México declaró la guerra a las potencias del eje. Era la primera vez en la historia que México entraba en conflicto armado fuera del continente americano. La declaración provocó risas en Berlín. Goerin, comandante de la Luft Buffe, supuestamente comentó que los mexicanos serían más útiles enviando tequila que aviones. Los generales japoneses en México Declara Guerra Tokio ni siquiera registraron la noticia. El ministerio de propaganda de Gebels la usó como material cómico, México, declarando la guerra a las potencias más poderosas del mundo.
Pero en una base aérea en las afueras de la Ciudad de México, un grupo de jóvenes pilotos estaba por demostrar que el valor no se mide en toneladas de acero ni en presupuestos militares. La Fuerza Aérea Mexicana en 1942 era un museo volante. Sus mejores aviones eran biplanos de entrenamiento obsoletos desde hacía una década los pilotos mexicanos volaban aparatos que los estadounidenses habían retirado del servicio antes de Pearl Harbor. Cuando el gobierno anunció la formación de una unidad de combate para servir en el extranjero, muchos pensaron que era propaganda, un gesto simbólico, sin intención real. Se equivocaban.
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El 22 de julio de 1944, 300 mexicanos llegaron a Randolfeld, Texas, para comenzar un entrenamiento que transformaría voluntarios entusiastas en pilotos de combate. Entre ellos había hijos de campesinos, estudiantes universitarios, mecánicos, un torero retirado y varios herederos de Discriminación en Texas familias aristocráticas. Lo único que tenían en común era la determinación de representar a su país en la guerra más grande de la historia.
El primer día en Texas destruyó cualquier ilusión de camaradería aliada. El teniente Reinaldo Pérez Gallardo recordaría años después su llegada a la base. Bajamos del tren con nuestros uniformes recién planchados, orgullosos de ser soldados de México. Un sargento estadounidense nos miró de arriba a abajo y gritó, “Los mexicanos comenc, no en el comedor principal.” En el Texas de 1944, la segregación racial era ley. Los mexicanos fueron clasificados junto con los afroamericanos, prohibidos de entrar a restaurantes, cines y tiendas. Un piloto fue golpeado en un bar sentarse en un taburete reservado para blancos.
El capitán Radam Gaxiola, comandante del grupo de entrenamiento, reunió a sus hombres después de una semana de humillaciones. Les dijo, “Vinimos a aprender a matar nazis y japoneses, no a pelear con ignorantes. Cada insulto que traguen hoy, lo cobraremos en el Pacífico. Cada puerta que nos cierren la abriremos con victorias.
Los instructores estadounidenses esperaban que los mexicanos fracasaran. Los manuales de entrenamiento estaban en inglés, sin traducción. Los exámenes técnicos asumían conocimientos que los pilotos mexicanos jamás habían tenido oportunidad de adquirir. Los estándares de calificación eran idénticos a los aplicados a cadetes que habían crecido con acceso a automóviles, radios y tecnología, que en México seguía siendo lujo de pocos. De los 36 pilotos que iniciaron el entrenamiento de combate, 33 se graduaron. La tasa de aprobación superó el promedio de las escuelas estadounidenses. El teniente Felipe Ángeles Vela, quien llegaría a ser uno de los pilotos más condecorados de la unidad, explicó el secreto. No podíamos fallar. Si un mexicano reprobaba, confirmaba todo lo que pensaban de nosotros. Si moríamos, moríamos. Pero regresar a casa como fracasados no era opción.
Cuando llegó el momento de asignar aviones, el Escuadrón 2011 recibió P47 Thunderbolts, el casa más pesado y poderoso del arsenal estadounidense. Cada uno costaba $85,000, el equivalente al presupuesto anual de un pueblo mexicano mediano. Pesaban casi 8 toneladas cargados de combustible y munición. Llevaban ocho ametralladoras calibre50 capaces de disparar 800 rondas por minuto cada una. Podían cargar 2,500 libras de bombas. Los instructores estadounidenses dudaron. El Thunderbolt era notoriamente difícil de manejar. un monstruo de 2,000 caballos de fuerza que Entrenando el P-47 Thunderbolt había matado a pilotos experimentados durante el entrenamiento. ¿Cómo iban mexicanos acostumbrados a biplanos a dominar semejante máquina? En 3 meses, los pilotos mexicanos dominaron el P47 con un récord de cero accidentes fatales durante el entrenamiento avanzado. El coronel John Williams, jefe de instrucción, escribió en su informe, “Estos hombres compensan con disciplina y coraje lo que les falta en experiencia previa. Recomiendo su despliegue inmediato.
El 27 de marzo de 1945, el Escuadrón 2011, ahora oficialmente bautizado como las Águilas Aztecas, zarpó de San Francisco a bordo del USS Fairisle. Destino: Las Filipinas. Llegaron a Manila el 30 de abril, justo cuando Hitler se suicidaba en su búnker de Berlín. La guerra en Europa terminaba. La guerra en el Pacífico apenas entraba en su fase más sangrienta. Los japoneses defendían cada isla con ferocidad suicida. Los camicases hundían barcos aliados diariamente. Las bajas estadounidenses se contaban en miles cada semana. En este infierno, los mexicanos harían su debut en combate.
El 4 de junio de 1945, las Águilas Aztecas volaron su primera misión de combate. Objetivo: posiciones de artillería japonesa en Luzón que habían paralizado un avance de infantería estadounidense. Volando a 50 m del suelo bajo fuego antiaéreo constante, los pilotos mexicanos descargaron sus ocho ametralladoras sobre las posiciones enemigas, mientras el fuego enemigo arrancaba pedazos de metal de sus alas. Cuando aterrizaron, los mecánicos estadounidenses corrieron a inspeccionar los aviones. Contaron decenas de impactos en cada Thunderbolt. Los pilotos mexicanos solo preguntaron cuándo era la próxima misión.
Las Águilas Aztecas volaron 96 misiones de combate en poco más de 3 meses. Atacaron posiciones de artillería, depósitos de municiones, puentes, caminos y cualquier objetivo que los comandantes estadounidenses 96 Misiones en el Infierno designaran. Ningún piloto mexicano jamás abortó una misión por miedo. Ninguno pidió ser transferido a un sector más tranquilo. Ninguno retrocedió. La efectividad del Escuadrón 2011 superó a todas las unidades estadounidenses en el Teatro del Pacífico. Mientras los escuadrones americanos promediaban 70% de efectividad en sus misiones, los mexicanos alcanzaron 85%. De las 96 misiones voladas, 82 fueron calificadas como exitosas. Lanzaron 252 bombas de 1000 libras con precisión quirúrgica. Dispararon 138 652 cartuchos de ametralladora calibre.50. Volaron 2,842 horas totales, de las cuales 1970 fueron en combate directo.
Los números cuentan una historia, pero no cuentan la historia completa. El primo de junio de 1945, el subteniente Fausto Vega Santander no regresó de una misión sobre Luzón. Su Thunderbolt fue alcanzado por fuego antiaéreo. No hubo paracaídas, no hubo mensaje de radio, solo silencio. Tenía 22 años. El 5 de junio, el teniente José Espinoza Fuentes se estrelló durante un ataque contra posiciones japonesas fortificadas. Fue la primera baja del Escuadrón 2011 en combate directo. Tenía 24 años. El 16 de julio, el teniente Héctor Espinoza Galván fue derribado sobre Formosa. Tenía 27 años. El 19 de julio, el capitán Pablo Rivas Martínez, uno de los pilotos más experimentados del escuadrón, murió cuando su avión fue alcanzado por fuego antiaéreo sobre el puerto de Carenco. Tenía 31 años. El 21 de julio, el subteniente Mario López Portillo se quedó sin combustible durante una misión de largo alcance y se vio obligado a amerizar en el océano. Nunca fue encontrado. Tenía 24 años, cinco hombres, cinco pilotos que nunca volverían a ver las montañas de México, que nunca abrazarían a sus madres, que nunca envejecerían. murieron a miles de kilómetros de casa, peleando una guerra que técnicamente no era suya, defendiendo el honor de un país que muchos en el mundo ni siquiera sabían que estaba en el conflicto.
La noticia de sus muertes transformó la percepción del escuadrón entre las tropas estadounidenses. El comandante del cinquela cochoto, grupo de casas, al cual estaban asignados los mexicanos, emitió una orden del día que decía: “Las águilas aztecas han demostrado que el valor no Cinco Héroes Caídos conoce fronteras. Estos hombres vinieron de un país sin obligación de luchar y pelean como si el destino de su nación dependiera de cada misión. Les debemos respeto y gratitud.” Los mismos soldados estadounidenses que meses antes los miraban con condescendencia, ahora pedían volar junto a ellos. La barbería de la base, que había rechazado a pilotos mexicanos, envió una carta de disculpa formal. El mismo comandante que había dudado de su capacidad escribió en su reporte final, “El escuadrón 201 mexicano ha demostrado ser una de las unidades más disciplinadas y efectivas bajo mi mando.
El 15 de agosto de 1945, Japón se rindió. La guerra más destructiva de la historia había terminado. El escuadrón 2011 había completado su misión. México había cumplido su palabra. El regreso fue triunfal. El 18 de noviembre de 1945, los sobrevivientes desfilaron por la Ciudad de México ante cientos de miles de personas. El presidente Ávila Camacho los recibió como héroes nacionales. Los cinco pilotos caídos fueron declarados mártires de la patria.
Pero la verdadera victoria de las águilas aztecas no se mide en misiones voladas ni en enemigos El Legado Olvidado destruidos. se mide en la transformación de una narrativa. México, un país que había sido invadido, humillado y menospreciado por potencias extranjeras durante siglos, había enviado a sus hijos a pelear en el conflicto más grande de la historia humana y esos hijos habían cumplido con honor. Cuando los pilotos regresaron a Estados Unidos después de la guerra, algo había cambiado. Los mismos soldados que los habían discriminado en Texas ahora los abrazaban como hermanos de armas. Las mismas puertas que se les habían cerrado ahora se abrían. Por primera vez en la historia, México y Estados Unidos habían luchado juntos contra un enemigo común. Y esa experiencia compartida transformó la relación entre ambos países.
En 1985, 40 años después de la guerra, los veteranos sobrevivientes fueron invitados a Filipinas para una ceremonia de reconocimiento. Veteranos filipinos que habían sido liberados gracias a las misiones del escuadrón abrazaron a los pilotos mexicanos con lágrimas en los ojos. Ustedes vinieron cuando nadie más vino”, dijo uno de ellos. “Nunca olvidaremos que México peleó por nuestra libertad.” Gorin, que supuestamente se había reído de México, murió en Nuremberg sin saber que pilotos mexicanos habían contribuido a la derrota del eje. Los generales japoneses que ignoraron la declaración de Mia Guerra Mexicana vieron a las Águilas Aztecas destruir sus posiciones en Formosa ilusón. Los estrategas nazis, que calcularon que México era demasiado débil para responder, aprendieron demasiado tarde que el honor de una nación no se mide en divisiones blindadas ni en flotas de bombarderos. Se mide en hombres dispuestos a morir lejos de casa por principios más grandes que ellos mismos.
Hoy el último P47 Thunderbolt del Escuadrón 2011 descansa en el Museo de la Fuerza Aérea Mexicana. Los visitantes pasan junto a él sin detenerse. Los libros de texto apenas mencionan su existencia. Los monumentos en su honor están olvidados, algunos cubiertos de graffiti, pero en algún lugar de la selva filipina un monumento diseñado por el piloto Miguel Moreno Arreola y construido por el escultor filipino Guillermo Tolentino lleva grabados los nombres de los cinco pilotos caídos. Los filipinos no los han olvidado porque ellos saben algo que muchos mexicanos han olvidado, que hubo un tiempo en que México envió a sus mejores hombres al otro lado del mundo y esos hombres nunca retrocedieron. 96 misiones, 85% de efectividad, cinco pilotos muertos, 300 hombres que arriesgaron todo y una nación que demostró que cuando el mundo te subestima, la mejor respuesta no son palabras, son victorias. Alemania hundió barcos mexicanos pensando que no habría consecuencias. Estados Unidos los discriminó pensando que fracasarían. Japón los enfrentó pensando que los destruirían. Todos se equivocaron porque el Escuadrón 2011 voló 96 misiones de combate en el infierno del Pacífico y jamás, ni una sola vez retrocedió. Esta es la historia que México olvidó, pero que nunca debió olvidarse. Las Águilas Aztecas, el Escuadrón 2011, por honor, por México, por la libertad.




