February 8, 2026
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Me llamaron “la viuda loca” por construir un muro hasta que el cielo se oscureció y entendieron que no era locura, era advertencia…

  • January 16, 2026
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Me llamaron “la viuda loca” por construir un muro hasta que el cielo se oscureció y entendieron que no era locura, era advertencia…

Me llamaron “la viuda loca” por construir un muro hasta que el cielo se oscureció y entendieron que no era locura, era advertencia…

Me llamo Margarita Torres. En el pueblo de San Isidro, enclavado en las faldas de la Sierra Madre Occidental, en el estado de Chihuahua, me conocían como “la viuda loca”, la mujer de sesenta años que decidió levantar un muro de piedra de dos metros alrededor de su rancho cuando todos pensaban que el duelo le había secado el seso. Pero la locura, como la nieve pesada de las alturas, a veces solo es cuestión de perspectiva.

El día que empecé a trabajar en el muro hacía exactamente seis meses que habíamos enterrado a Guillermo. Era una mañana de octubre fría y clara, de esas que te cortan la respiración en estas tierras altas. Mis manos, que durante cuarenta años habían sido suaves y cuidadas, ahora se movían con torpeza alrededor de la carretilla cargada de piedras de cantera. Cada piedra que levantaba pesaba como un recuerdo. Cada golpe de mazo era un latido que intentaba convencer a mi corazón de que aún seguía latiendo.

Los vecinos me observaban desde lejos. Doña Dorotea, mi vecina de toda la vida, fue la primera en romper el silencio. Se acercó al lindero de la propiedad con su bata de flores y esa expresión de falsa compasión que tanto detestaba.

—Margarita, mujer, por el amor de Dios —dijo llevándose las manos a la cabeza—. ¿Qué locura es esta? Te vas a matar cargando esas piedras. Don Guillermo, que en paz descanse, no querría verte así, convertida en un peón de obra.

Me detuve un momento. El sudor me corría por la frente y se mezclaba con el polvo de la piedra. Sentí el corazón golpeándome las costillas, no solo por el esfuerzo físico, sino por la rabia y la tristeza que vivían agazapadas en mi garganta desde el día del funeral.

—Doña Dorotea —respondí con voz ronca—, sé muy bien lo que hago. Mi marido dejó instrucciones claras sobre esto.

Ella resopló, incrédula.

—¿Instrucciones? Marga, cariño, ¿te estás escuchando? Guillermo ya no está. Esas ideas… esas obsesiones de levantar muros no van a traerlo de vuelta. Tienes que aceptar la realidad.

Apreté los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. No era la primera vez que cuestionaban mi cordura. Medio San Isidro ya apostaba a que el dolor me había vuelto loca. Pero nadie sabía de las cartas.

La primera la encontré una semana después del entierro, dentro de su vieja caja de herramientas en el cobertizo. Junto a ella había unos planos detallados al milímetro para construir el muro. La letra temblorosa de Guillermo, mi querido meteorólogo jubilado, decía:

“Mi amada Marga, si estás leyendo esto, significa que ya no estoy aquí para proteger nuestro hogar. Construye el muro según el plano. Parecerá una locura, lo sé, pero confía en mí como siempre lo has hecho. Se acerca algo grande.”

Seguí trabajando. El sol subía y calentaba la piedra, pero yo sentía un frío interior que no se iba con nada.

Esa misma tarde apareció Beatriz, la hermana de Guillermo. Siempre había sido una mujer de ciudad: rubia ceniza perfecta, bolso de marca, mirada de quien considera el campo un lugar pintoresco pero incómodo. A sus cincuenta y cinco años nunca ocultó que pensaba que yo, una chica de pueblo, no era suficiente para su hermano “intelectual”.

—Margarita, tenemos que hablar. Esto se nos ha ido de las manos. Eres la comidilla de toda la comarca —dijo sin saludar siquiera.

Nos sentamos en las sillas de mimbre del porche, frente al rancho de adobe y piedra que Guillermo había restaurado con sus propias manos hacía cuarenta años. La propiedad estaba en una zona alta, rodeada de pinos y encinos, lejos del centro turístico del pueblo. Era nuestro paraíso privado.

—Beatriz, no puedes seguir con esta obsesión. Guillermo murió. Tienes que aceptarlo y pasar página. Esto del muro es… grotesco.

—Acepto que murió, Beatriz. Lo acepto cada mañana cuando me despierto y la cama está vacía. Pero eso no significa que vaya a ignorar su última voluntad.

—¿Qué voluntad, por Dios? Estás hablando de un hombre que estaba muy enfermo en sus últimos meses. La medicación, el dolor… quizás no pensaba con claridad cuando escribió esas supuestas cartas.

Sentí una punzada de ira caliente en el pecho.

—Guillermo tenía el corazón débil, es verdad. Pero su mente fue brillante hasta el último suspiro. Era meteorólogo, Beatriz, y uno de los mejores. Siempre estuvo obsesionado con los patrones climáticos.

—Sí, sí, lo sé. Pero en sus últimos años se pasaba horas mirando datos viejos y haciendo cálculos que nadie entendía. Eso no es ciencia, Marga, eso es senilidad.

—¡Respeta la memoria de tu hermano! —le espeté, levantándome de la silla.

Ella suspiró con condescendencia.

—Marga, no hace falta que seas grosera. Intento ayudarte. He hablado con Roberto. Viene este fin de semana. Hemos estado hablando… Quizás sea mejor que vendas este rancho. Es demasiado grande para ti sola. Podrías irte a un departamento en la Ciudad de México, cerca de él, o a una residencia asistida aquí en el pueblo.

—¡No voy a vender el rancho! —grité—. Este es mi hogar. Aquí está mi vida.

Cuando Beatriz se fue, volví al muro. Ya tenía casi un metro de altura. Según los planos de Guillermo, debía superar los dos metros y rodear toda la parcela. Faltaban meses de trabajo. Mientras colocaba las piedras pensaba en mi hijo. Roberto siempre fue pragmático, como su padre, pero sin su imaginación.

El sábado llegó, y con él, el coche de Roberto. Bajó vestido de ciudad, zapatos que no eran para pisar tierra, expresión seria de quien tiene que “resolver problemas”.

—Hola, mamá.

—Hola, hijo. Qué sorpresa.

No hubo abrazo. Se quedó mirando el muro, que ya avanzaba imponente por el frente del rancho.

—Mamá, ¿qué es esta locura?

—No es locura, Roberto. Son instrucciones de tu padre.

—Mamá, por favor… Papá estaba enfermo. Muy enfermo.

—Tenía mal el corazón, Roberto. No la cabeza.

—Mira esto —señaló el muro—. ¡Estás construyendo una fortificación colonial! ¡Estás delgada, estás sucia, tienes las manos llenas de heridas!

—Estoy trabajando.

—¿Para qué? ¿Para protegerte de qué?

—Del invierno que viene.

Roberto me miró como si hubiera dicho que veía marcianos.

—¿Del invierno? Mamá, estamos en octubre. Hace sol. Y aunque nevara, ¿para qué necesitas un muro de dos metros?

—Tu padre descubrió que este año se cumple un ciclo.

—¿Qué ciclo? Mamá, papá llevaba cinco años jubilado.

—Nunca dejó de estudiar.

Roberto se suavizó al verme los ojos rojos.

—Mamá, lo siento. No quiero pelear. Pero estoy preocupado. La gente dice que hablas sola mientras trabajas.

—No hablo sola. Pienso en voz alta.

—Mamá, voy a quedarme el fin de semana. Pero tienes que prometerme que dejarás de trabajar un poco. Y quiero ver esos “planos” de papá.

Le enseñé la carpeta de cuero. Roberto la abrió y empezó a examinar los documentos. Su expresión cambió de incredulidad a curiosidad técnica.

—Mamá… estos cálculos estructurales son perfectos. Especificaciones de drenaje, resistencia de materiales… Calculó para vientos de más de 140 kilómetros por hora.

Le tendí la carta.

—Lee esto.

Roberto leyó en silencio.

—“Ciclos de sesenta años… anomalías de presión…” —murmuró—. Mamá, ¿hay más cartas?

—Sí. Hay una para cada situación. Incluso una por si intentaban echarme del rancho.

Roberto levantó la vista.

—¿Echarte?

—O convencerme de vender.

Esa noche vio un coche parado en el camino vecinal, luces apagadas, dos hombres mirando hacia el rancho. Cuando encendimos la luz del porche, arrancaron a toda velocidad.

—Tenías razón —dijo Roberto—. Aquí pasa algo raro. Y no es solo el clima.

A partir de entonces trabajamos juntos. Roberto era fuerte y metódico. El muro creció rápido: piedra, cemento, drenajes perfectos. Mientras tanto, investigó a “Inversiones Sierra S.A. de C.V.”, la empresa que Beatriz mencionaba tanto.

Una tarde Beatriz volvió, esta vez con un hombre de maletín.

—Margarita, este es el Doctor Álvarez. Psiquiatra. Ha venido a charlar contigo.

Roberto salió del cobertizo, manos sucias de mortero.

—Hola, tía Beatriz. ¿Qué hace un psiquiatra en casa de mi madre sin invitación?

Beatriz palideció.

—Roberto… no sabía que estabas aquí. Pensé que…

—Mi madre está perfectamente —dijo Roberto con voz fría—. De hecho, estamos trabajando juntos. Y tengo una pregunta para ti. ¿Quién es “Inversiones Sierra S.A. de C.V.”?

Beatriz retrocedió.

—No sé de qué me hablas.

—Sí lo sabes. Es la empresa que quiere comprar el rancho por una miseria. Y tú figuras como intermediaria.

—¡Eso es mentira! —gritó ella—. ¡Lo hago por su bien! ¡Está loca! ¡Va a gastarse los ahorros en ese muro absurdo!

—Fuera de mi casa —ordené yo, avanzando—. Fuera tú y tu médico.

El psiquiatra intentó mediar. Roberto lo cortó.

—Lárguense.

Cuando se fueron, Roberto me miró.

—Mamá, he estado revisando datos históricos. El invierno de 1965 fue brutal. Casas derrumbadas, ganado muerto. Y ocurrió exactamente sesenta años después de la gran nevada de 1905.

—El ciclo —susurré.

—Sí. Papá tenía razón. Hay un patrón. Y si los cálculos son correctos… nos quedan dos semanas.

Trabajamos como posesos. Las grandes puertas de acero llegaron de la herrería de Cuauhtémoc. El muro se cerró casi por completo.

Daniel, el joven meteorólogo que ocupó el puesto de Guillermo, vino corriendo una mañana.

—Doña Marga… los barómetros se han vuelto locos. La presión ha caído en picado. Viene una masa polar monstruosa. En 48 horas…

Avisé al pueblo. Nadie me creyó. Solo Don Ramón y su familia llegaron cuando el viento ya arrancaba tejados. Luego el panadero, Doña Dorotea… quince personas se refugiaron detrás de mi muro.

La tormenta del siglo duró tres días. Viento que aullaba como bestia, nieve de tres metros. Dentro, el rancho resistió; el muro desviaba la fuerza, creando calma relativa. Afuera, el valle quedó devastado.

Cuando abrió el cielo azul, Beatriz firmó su derrota. Inversiones Sierra sabía del ciclo y quería comprar barato para un complejo turístico de lujo. Ella se llevaba comisión de cientos de miles de pesos. Roberto y el abogado Ricardo la obligaron a confesar ante notario. No vendí.

La universidad de Chihuahua vino. Guillermo no era loco; era visionario. Instalaron una estación en mi rancho. Me nombraron directora honoraria. Los estudiantes aprendían de sus cuadernos y de mis manos curtidas.

Cuatro años después conocí a Carlos Henderson, catedrático estadounidense viudo. Nos enamoramos con lentitud madura. Nos casamos frente al muro, con una foto de Guillermo en mi ramo. Vivimos ocho años felices hasta que él se fue en paz, dormido en su sillón.

Cinco años más tarde llegó la sequía de cien años. Campos agrietados, pozos secos. Lucía, mi nieta geóloga, encontró en los cuadernos de Guillermo una nota: acuífero fósil profundo bajo el rancho.

Lo abrimos. Agua cristalina, helada, suficiente para salvar el valle.

—No es mía —dije al pueblo—. Es de la sierra. Usadla con respeto.

Salvamos cosechas y ganado. San Isidro renació.

A los ochenta y dos, ya no me levantaba. Lucía me cogió la mano.

—El muro no es para separar —le dije—. Es un abrazo de piedra. Sé piedra para proteger, agua para amar. Y siempre abre la puerta a quien tenga frío.

Me fui con una sonrisa, sabiendo que Guillermo y Carlos me esperaban.

Hoy, el Centro de Investigación Climática Torres sigue en pie. Lucía dirige. Cuando llega otra tormenta, abren las puertas del muro y dicen:

—Aquí dentro estamos seguros.

Porque el legado de Margarita no fue la piedra sola. Fue la fe en quien amamos, la voluntad de construir cuando todos dudan, y la certeza de que la tormenta siempre pasa… y el sol vuelve a salir.

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