Al cruzar la puerta principal de la mansión, Dante cerró los ojos con fuerza. Creyó que lo iban a golpear.
Pero al abrirse la puerta…
—¡¡¡SORPRESA!!!—
Los ojos de Dante se abrieron de par en par.
En medio del enorme comedor había una mesa larguísima, llena de comida: lechón, jamón, espagueti, pollo frito y muchas cosas más.
Y sentados a la mesa… ¡estaban su esposa Sheila y sus tres hijos! Iban bien vestidos y se veían felices, radiantes.
—¡Papá! —gritaron los niños mientras corrían hacia él.
El casco se le cayó de las manos a Dante.
—¿M-Ma? ¿Hijos? ¿Qué hacen aquí?
El señor Gabby se acercó y le dio una palmada en el hombro. Sonrió; ya no tenía el rostro serio de antes.
—Hermano Dante, ya no llores. Tu esposa es mi cómplice.
Entonces el señor Gabby explicó:
—¿Recuerdas el mes pasado? Cuando pedí un servicio y dejé un sobre en tu moto. Dentro había 50,000 pesos. Era el pago del hospital de mi madre.
Dante se quedó paralizado.
—Sí, señor… lo perseguí para devolvérselo.
—Exacto —respondió el señor Gabby—. Pudiste habértelo quedado. Pudiste haber huido con ese dinero. Pero lo devolviste. Gracias a tu honestidad, mi madre pudo ser operada y hoy está sana.
El señor Gabby señaló a la familia de Dante.
—Por eso, esta Navidad me toca a mí devolver el favor. Los recogí hace rato en mi camioneta, les compré ropa nueva. ¿Y esta Nochebuena? Es para ustedes.
Dante cayó de rodillas en el suelo y rompió a llorar desconsoladamente.
—Señor… gracias… pensé que nuestra Navidad sería triste… pensé que solo tendríamos pan…
—Levántate, amigo —dijo el señor Gabby ayudándolo a ponerse de pie—. Ustedes son mis invitados de honor esta noche. ¡A comer! ¡Ya son las 12:00 AM! ¡Feliz Navidad!
Dante abrazó a su esposa y a sus hijos.
Aquella noche, dentro de una mansión, Dante no fue tratado como un simple repartidor, sino como un orgullo del hogar: un padre honesto, honrado por el destino de una manera que jamás imaginó.




