El mercurio del viejo termómetro del porche no solo había caído: parecía haberse escondido, como si también él, avergonzado, se negara a admitir la cifra. En aquellas montañas el frío no era “tiempo malo”; era un animal invisible que te olía la piel, te mordía los dedos y te iba ganando, despacio, sin prisa, sin ruido. La ventisca de esa noche rugía con tanta fuerza que los tablones de la cabaña de troncos se quejaban como si tuvieran garganta. En la radio a pilas, entre chasquidos de estática, un locutor con voz cansada repetía el nombre del temporal: “La Devoradora… se recomienda no salir… caminos cerrados… riesgo de hipotermia…”. Elvira apagó el aparato con un golpe seco. A sus ochenta y tantos, no necesitaba que un hombre desde la ciudad le describiera lo que ya estaba escuchando en las paredes.
La cabaña estaba colgada en lo alto del valle, donde el bosque se volvía más oscuro y el cielo parecía más cercano, como si uno pudiera rozarlo con la punta de los dedos. Allí la había plantado Esteban, su marido, cuando todavía tenían fuerza en los brazos y terquedad en el alma. Él decía que una casa, si se hacía bien, era como un juramento: no se mueve, aunque el mundo empuje. Esteban ya no estaba; el juramento sí. Los sobrinos de Elvira —gente de asfalto, de calefacción central y de prisa— insistían cada invierno: que si una residencia, que si un departamento pequeño, que si “una señora de su edad no puede estar sola ahí arriba”. Y los servicios sociales mandaban a Marta, una muchacha de ojos buenos que olía a jabón y a oficina, a repetir la misma letanía con tacto.
—Doña Elvira, por favor… al menos déjeme instalarle un teléfono satelital —le había dicho Marta una semana antes, temblando ella más por nervios que por frío—. Si pasa algo…
—Si pasa algo, pasa —respondió Elvira sin crueldad, solo con esa calma áspera de quien ha enterrado a medio mundo—. Y si no pasa, mejor. ¿Usted cree que el lobo avisa antes de morder? La vida tampoco.
Aquella noche, la chimenea de piedra latía con un fuego serio, de los que no sirven para decorar sino para seguir respirando. Elvira tejía en su mecedora, y sus manos arrugadas se movían con una precisión que parecía venir de otro tiempo. Cerca, apoyada en la pared, descansaba una escopeta vieja. No era un adorno ni una amenaza; era un recordatorio de que en la soledad las cosas se resuelven sin aplausos y sin testigos.
El viento golpeó una ventana con un estruendo que hizo bailar la llama. Elvira ni parpadeó. Sin embargo, segundos después, escuchó algo que no encajaba: no era el silbido del temporal ni el crujido de las vigas. Era un rasguño insistente, pesado, como uñas desesperadas arañando la madera; y junto al rasguño, un gemido bajo, contenido, que no tenía nada de humano.
Elvira dejó el tejido sobre la mesa con lentitud. Se incorporó con el crujido de sus rodillas y tomó la escopeta. El hierro estaba tan frío que quemaba. Se acercó a la puerta y apoyó el oído. Otro rasguño, más cerca, como si lo que estuviera afuera hubiese decidido que ya no podía esperar. Elvira accionó el cerrojo sin hacer ruido, abrió apenas una rendija y dejó que una lengua de viento y nieve se colara en el salón, mordiéndole los tobillos.
La escena la dejó inmóvil.
En el porche, amontonados unos contra otros como una sola sombra viva, había lobos. No uno, no dos. Diez. Grandes, de pelaje gris y negro, empapados de nieve dura, temblando con un temblor que no era amenaza sino agotamiento. Elvira reconoció al de la cicatriz en el hocico, al que en el pueblo llamaban El Fantasma porque nadie admitía haberlo visto de cerca y, aun así, todos tenían historias: que si había burlado trampas, que si se había llevado perros de caza, que si “miraba como un hombre”. Esa noche, el rey de las exageraciones estaba allí con la cabeza baja, las pestañas blancas por el hielo, el costado manchado de oscuridad rígida. Una herida. Detrás de él, otros cuerpos respiraban como podían; tres jóvenes, casi cachorros, se apretaban contra una hembra de orejas lastimadas por la helada.
El sentido común le gritó a Elvira: “Cierra. Son peligrosos.” Pero otra voz, más antigua, más íntima —la misma que la había hecho sostener la mano de Esteban cuando la fiebre lo estaba apagando—, le susurró: “Si cierras, mueren.” No estaban atacando; estaban suplicando sin palabras, empujados por el hambre, el dolor y el frío que no negocia con nadie.
El Fantasma levantó la mirada. Ojos amarillos, quietos, sin furia. Miró a Elvira como si la estuviera midiendo, no para cazarla sino para entenderla. Y Elvira, con la escopeta en las manos, sintió algo casi ridículo: una especie de respeto. Como si esos ojos le dijeran: “No venimos por ti. Venimos por la vida.”
—Sea lo que sea… —murmuró, como hablándole a la montaña o al recuerdo de Esteban— hoy no voy a ser yo la que apague una chispa.
Apoyó la escopeta contra el marco y abrió la puerta de par en par. La ventisca empujó nieve hacia el interior.
—¡Adentro! —ordenó, con voz de maestra—. ¡Adentro o se congelan!
Al principio ninguno se movió. O no la creían, o el miedo de cruzar a un sitio ajeno les pesaba más que la muerte. Entonces Elvira hizo lo impensable: se agachó, agarró al alfa por el pellejo del cuello —como si fuera un perro grande, como si el mundo no estuviera mirando— y tiró. El Fantasma pesaba como un saco de piedra con músculos. Aun así, la adrenalina le prestó fuerza a sus huesos viejos. El lobo cruzó el umbral y cayó cerca del fuego, rendido, sin un gruñido.
Como si esa caída hubiera sido una señal, los demás se animaron. Entraron cojeando, arrastrándose, apoyándose entre sí. Los últimos fueron los jóvenes, empujados por la hembra, que miraba a Elvira de reojo, tensa, lista para morder si aquella puerta abierta era una trampa.
Dentro, el olor cambió. De pronto la cabaña olía a bosque mojado, a sangre vieja, a pelo, a nieve. Elvira cerró la puerta con dos vueltas de llave. Se quedó quieta un instante, con el corazón golpeándole el pecho. Luego, como si hubiera invitado a diez niños hambrientos, fue a la cocina.
—No me mires así —le dijo al aire, aunque en su mente era Esteban quien la miraba—. No es que me haya vuelto loca. Es que todavía soy humana.
Sacó un trozo de carne salada, pan duro y una olla. Dejó que el agua empezara a hervir, y con manos firmes buscó un frasco de alcohol, vendas viejas y un cuchillo. Se acercó al lobo herido. El Fantasma respiraba con dificultad. Cada vez que el fuego crepitaba, una oreja le temblaba.
—A ver, rey de las historias… —susurró Elvira—. Enséñame qué te hicieron.
Cuando le tocó el costado, el lobo hizo un movimiento brusco, más de dolor que de agresión, y enseñó los dientes. Elvira no se echó atrás.
—Ni se te ocurra. He parido terquedad en esta casa, y no fue precisamente a ti.
La hembra soltó un gruñido bajo, advirtiendo. Elvira levantó la mirada hacia ella.
—Tranquila, madre. Si quisiera hacerles daño, no los habría metido aquí. —Y, como si fuera la cosa más natural del mundo, añadió—: Además, si me muerdes, tendrás que limpiar tú la sangre.
No sabía si los lobos entendían palabras, pero sí entendían tonos. La hembra aflojó apenas. Elvira cortó con cuidado el pelaje endurecido alrededor de la herida. Había un surco profundo, como de bala rozada o hierro. Lo más inquietante era otra cosa: enredado entre el pelo, brillaba algo metálico. Elvira acercó la lámpara de queroseno. No era una bala. Era un pequeño dispositivo negro, con una luz diminuta que parpadeaba, medio hundido en la carne, como si alguien lo hubiera clavado.
—¿Qué demonios…?
Elvira tiró con cuidado. El lobo se tensó, soltó un gemido que pareció atravesar la madera. Cuando el aparato salió, dejó una mancha roja fresca. Elvira apretó una venda y le sostuvo el costado con fuerza inesperada.
—Ya está, ya está… —murmuró—. No te vas a morir en mi sala. No hoy.
Miró el dispositivo. Tenía un número grabado y un símbolo que le resultó familiar: el sello del Parque Nacional. Un collar de rastreo… o parte de uno. Pero ¿por qué estaba incrustado así, como un clavo? ¿Quién haría algo semejante?
Mientras limpiaba la herida, notó otra cosa: el pelaje de uno de los jóvenes estaba manchado, no de sangre, sino de un polvo oscuro, como ceniza. Y el olor… no era solo bosque. Había un tufo a combustible.
Elvira se enderezó despacio y miró hacia la ventana. Afuera, la ventisca seguía devorándolo todo. Pero en su pecho creció una incomodidad que no tenía nada que ver con el frío.
—No han subido solo por hambre… —susurró.
Como respuesta, uno de los lobos más pequeños soltó un gemido extraño, y luego se levantó y empezó a caminar por la sala, inquieto, olfateando el suelo, la pared, la escalera que subía al altillo. Los otros lo siguieron con nerviosismo. Era como si trajeran algo pegado al miedo.
Elvira apretó la escopeta otra vez.
—Si me han traído un problema… —dijo en voz alta— al menos que sea uno interesante.
La noche se hizo larga. Elvira les dio sopa tibia con trozos de carne, y aunque los lobos no comieron como perros domesticados, se acercaron al calor con cautela, como quien se acerca a un milagro por si desaparece. La hembra dejó que los jóvenes se echaran cerca del fuego y ella se quedó a medio metro, vigilando a Elvira como se vigila a un enemigo que todavía no ha decidido serlo.
En algún momento, cerca de las tres, el temporal aflojó un instante y el silencio pareció aún más grande. Elvira se había quedado dormida en la mecedora, con la escopeta cruzada en las piernas. Soñó con Esteban, joven, riéndose mientras clavaba un tronco. “Esta casa aguanta”, decía. “Esta casa aguanta.” Y luego, en el sueño, la risa se convertía en sirena.
La sirena la despertó de verdad.
No era una sirena cercana, pero el sonido atravesó el valle como un cuchillo. Elvira se levantó sobresaltada. Los lobos también se incorporaron, tensos. El Fantasma intentó ponerse de pie, cojeó, pero no se tumbó. La hembra enseñó los dientes hacia la puerta, como si supiera lo que venía.
Elvira caminó hasta la ventana. La nieve seguía cayendo, pero ahora había luces: destellos rojos y azules moviéndose como ojos en la noche. Más de uno. Varios. Una hilera de vehículos abriéndose paso por el camino que casi nunca veía ruedas.
Elvira sintió que el estómago se le helaba.
—No… —susurró—. No puede ser.
Golpes en la puerta. No golpes de viento; golpes humanos, decididos, autoritarios.
—¡Policía! ¡Abran la puerta! —gritó una voz masculina, amplificada por un megáfono—. ¡Señora Elvira Rojas, sabemos que está adentro!
Elvira tardó un segundo en reaccionar. “¿Cómo diablos saben mi nombre?”, pensó. Nadie subía hasta allí en tormenta, a menos que viniera a buscar algo o a alguien.
Los lobos se movieron. Uno de los jóvenes se escondió detrás de la mesa. La hembra se plantó frente a Elvira. El Fantasma dio un paso, dolorido, y miró hacia la puerta con una fijeza que parecía odio… o recuerdo.
—¡Doña Elvira! —gritó otra voz, femenina, familiar—. ¡Soy Marta! ¡Por favor, conteste! ¡No haga ninguna tontería!
Elvira apretó los labios. Marta. ¿Qué hacía Marta con la policía?
—¡Estoy bien! —respondió Elvira, alzando la voz—. ¡Váyanse a su casa!
—¡Necesitamos hablar! —insistió Marta—. ¡Hay… hay una situación!
Elvira rió, pero sin humor.
—¡Claro que hay una situación, niña! ¡Diez lobos en mi sala, para empezar!
Hubo un silencio afuera, como si el mundo hubiera parpadeado.
—¿Diez…? —Marta sonó como si se le hubiera quebrado la lengua.
Entonces apareció otra voz, áspera, de mando.
—¡Señora, le ordeno que abra inmediatamente! —dijo el hombre del megáfono—. ¡Hay evidencia de actividad ilegal en su propiedad! Si no abre, entraremos por la fuerza.
Elvira sintió una indignación caliente subirle al pecho. “Actividad ilegal”, decía, en su casa, en la casa que Esteban levantó con las manos. Se acercó a la puerta sin abrirla del todo.
—¡¿Ilegal dice?! —respondió—. ¡Ilegal es venir a gritarle a una vieja en plena tormenta!
—¡No estamos aquí por su edad, señora, estamos aquí por lo que hay adentro! —replicó la voz—. ¡Tenemos señales de rastreo activas en este punto exacto!
Elvira miró el dispositivo negro sobre la mesa, el que había sacado del costado del lobo. La luz seguía parpadeando. “Señales de rastreo”, repitió su mente.
Detrás de ella, la hembra soltó un gruñido grave. Y El Fantasma, de pronto, giró la cabeza hacia el rincón donde Elvira guardaba herramientas. Olfateó el aire. Se acercó al suelo, rascó con una pata. Insistió, como si hubiera algo ahí que le llamaba.
Elvira lo siguió con la mirada. En ese rincón, bajo una alfombra vieja, había una trampilla. Esteban la había hecho para guardar conservas, herramientas, lo que fuera. Elvira casi nunca bajaba; las escaleras eran traicioneras, y el sótano olía a humedad. Pero el lobo rascaba con urgencia, como si el sótano guardara la razón de todo.
Los golpes afuera se hicieron más fuertes.
—¡Última advertencia! —gritó el sheriff—. ¡Abra!
Elvira respiró hondo. Se obligó a pensar. “¿Por qué la policía rodea mi casa por un collar de lobo?”, se preguntó. No tenía sentido… salvo que el collar fuese solo el principio.
—¡Marta! —gritó Elvira hacia la puerta—. ¡Marta, tú me conoces! ¡Diles que esto es una locura!
—Doña Elvira… —la voz de Marta sonó quebrada, más baja, como si estuviera cerca de la puerta—. Encontraron un collar… y una denuncia… dicen que alguien los estaba… usando. Que aquí arriba hay… un escondite.
—¿Un escondite de qué?
—De… de cazadores furtivos. Y de animales robados. Y… —Marta tragó saliva— y de otras cosas.
Elvira sintió un golpe en la memoria. Meses atrás, en el pueblo, había oído rumores: que a un guardaparques joven, Julián, lo habían dado por desaparecido; que algunas cámaras trampa del parque aparecían destrozadas; que se escuchaban tiros en noches sin luna. Y también se hablaba, en voz baja, de un hombre apodado El Zurdo, un cazador furtivo que traficaba pieles, colmillos, lo que fuera. Nadie lo veía, pero todos lo temían. “Ese no caza por hambre”, decía don Ramiro, el vecino del valle inferior. “Ese caza por negocio.”
Elvira miró a los lobos. Uno de los jóvenes tenía una mancha de ceniza. Tufo a combustible. El Fantasma con un dispositivo clavado como un anzuelo.
—No… —susurró Elvira—. No, no, no…
Una idea la atravesó: ¿y si los lobos venían huyendo de ellos? ¿Y si el infierno no era la tormenta, sino otra cosa que los empujó montaña arriba hasta su puerta?
El Fantasma volvió a rascar la trampilla. Con dolor, con insistencia. Y entonces Elvira lo entendió: no estaba pidiendo bajar; estaba señalando.
—¿Qué hay ahí abajo? —se dijo a sí misma, y el corazón le empezó a martillar.
Afuera, un estruendo: alguien golpeó la puerta con una herramienta, intentando forzarla. Los lobos se agitaron. La hembra se colocó delante de Elvira, como una muralla viva.
Elvira alzó la voz con una autoridad que ni ella sabía que le quedaba.
—¡Basta! —gritó—. ¡Si entran a lo bruto, esos animales se van a asustar y alguien va a salir lastimado! ¡Déjenme hablar con quien mande!
—¡Soy el sheriff Valdés! —respondió el hombre—. ¡Y mando yo!
Elvira casi sonrió. Valdés. Claro. El sheriff del pueblo, el que siempre se hacía el amable en el almacén, el que saludaba con la mano pero miraba demasiado. Esteban lo había detestado sin razón aparente. “Ese hombre huele a mentira”, decía. Elvira nunca le dio importancia. Hasta ahora.
—¡Valdés! —dijo Elvira, pronunciando el apellido como si fuera una piedra—. ¿Desde cuándo le preocupan los lobos a usted?
Hubo un silencio breve, peligroso.
—Señora, esto no es un debate. Abra la puerta.
Elvira apoyó la frente en la madera. La decisión era un cuchillo: si abría, podían entrar y disparar. Si no abría, la acusarían y entrarían igual. Pero había otra cosa: la trampilla. El Fantasma seguía rascando como si el suelo ardiera.
Elvira se dio la vuelta y, sin soltar la escopeta, levantó la alfombra. Abrió la trampilla. Un aliento de aire frío y húmedo subió como si el sótano fuera una boca. Elvira apuntó la lámpara hacia abajo. Vio escalones. Vio sombra. Y entonces vio algo más: un brillo metálico, un reflejo extraño, como de plástico.
Bajó un escalón. Dos. El olor la golpeó: combustible, moho… y algo agrio, viejo, que le revolvió el estómago. La lámpara iluminó el rincón del fondo y Elvira se quedó sin aire.
Había cajas. Muchas. Algunas abiertas. Dentro, piezas de collares de rastreo, baterías, cables. En otra caja: trampas de acero. En otra: frascos con etiquetas arrancadas. Y colgados en una viga, como trofeos grotescos, había dos pieles grandes enrolladas. Elvira no necesitó tocarlas para saber qué eran. Lobo.
—Dios mío… —susurró, y se le aflojaron las piernas.
Sintió la rabia brotarle como fuego. Aquello estaba en su casa. En el sótano de Esteban. ¿Cómo? ¿Cuándo? Ella casi no bajaba. ¿Quién había usado ese espacio? ¿Quién había entrado?
De pronto, un sonido arriba: la puerta cediendo, madera crujiendo. Voces, botas. Un grito de Marta: “¡Esperen!”
Elvira subió como pudo, con el pecho ardiéndole. Al llegar al salón, vio la puerta medio abierta y una linterna apuntando hacia adentro. Detrás, sombras de uniformes. Y algo peor: escuchó un clic metálico, inconfundible. Un arma amartillada.
—¡No disparen! —gritó Marta, desesperada—. ¡Hay… hay animales!
Elvira se plantó en medio, levantó la escopeta y apuntó al techo, no a ellos.
—¡Un solo disparo y juro por mi marido muerto que me llevo a alguien conmigo! —rugió, y su voz no sonó a anciana: sonó a montaña.
Los policías se quedaron quietos. El sheriff Valdés apareció por el hueco, con la cara roja por el frío y por la autoridad herida.
—¿Está apuntándonos, señora? —dijo, con una calma falsa.
—Estoy evitando que usted haga una estupidez —respondió Elvira—. Aquí dentro hay diez lobos. Y si entran como brutos, se van a defender. ¿Eso quiere? ¿Un espectáculo? ¿Una matanza para salir en la tele?
Valdés dio un paso, lento, mirando alrededor. Sus ojos se clavaron en El Fantasma. Por un segundo, algo le cruzó la cara: no sorpresa, sino reconocimiento. Como si se vieran de antes.
—¿Y cómo llegaron aquí? —preguntó Valdés, aunque su tono no buscaba respuesta; buscaba culpar.
—Porque les abrí —dijo Elvira sin vergüenza—. Se estaban congelando.
Uno de los agentes murmuró: “Está loca…”. Otro dijo: “Es una trampa, seguro.” Marta temblaba junto a la puerta, con lágrimas en los ojos.
—Doña Elvira, por favor… —susurró Marta—. Nos llegó una alerta del parque. Los collares… alguien los arrancó. Los dispositivos mandaron señal y… y todos apuntan aquí.
Elvira señaló la mesa.
—Uno lo tenía clavado en la carne. ¿Eso también lo hice yo? —Escupió las palabras—. Y si quieren “actividad ilegal”, bajen al sótano. Ahí está su respuesta.
Valdés frunció el ceño. Por primera vez, su seguridad titubeó.
—¿Qué hay en el sótano?
—Baje y lo verá —dijo Elvira—. Pero le advierto: lo que hay ahí abajo no lo va a dejar dormir.
Valdés hizo un gesto a dos policías. Ellos se movieron hacia la trampilla. Los lobos, al ver extraños cerca, se agitaron. La hembra gruñó con fuerza. El Fantasma se colocó frente a la trampilla, como guardián. El agente se detuvo.
—¡Retroceda! —ordenó Valdés al lobo, ridículo, como si el animal entendiera órdenes de sheriff.
Elvira dio un paso y se interpuso.
—Nadie baja hasta que yo diga —dijo—. Y si bajan, bajan sin apuntar a nada que respire.
Valdés apretó los dientes. Sus ojos buscaron los de Elvira. Y en ese instante, la máscara se le resbaló apenas.
—Usted no sabe con quién se está metiendo, vieja.
Elvira sonrió, y esa sonrisa fue pura piedra.
—Me he metido con inviernos, entierros, hambre y soledad. Usted es solo un hombre con placa.
La tensión se cortaba con la respiración. Entonces, desde afuera, se escuchó un motor acercándose a toda velocidad, algo imposible en ese camino nevado. Un vehículo frenó de golpe. Se abrió una puerta. Una voz femenina gritó:
—¡Alto! ¡Nadie dispara! ¡Soy la guardaparques Inés Salvatierra!
Una mujer alta, con uniforme del parque y una bufanda verde, entró empujando el aire helado. Sus ojos recorrieron la escena: Elvira con escopeta, policías tensos, lobos agrupados. Inés no parpadeó. Fue directo a Valdés.
—Sheriff, usted y yo vamos a hablar —dijo, y su tono era hielo—. Porque esos collares son de mi unidad. Y alguien los está usando para algo que no es monitoreo.
Valdés tragó saliva, sonrió con esa sonrisa de hombre que cree que todo se arregla con autoridad.
—Señorita Salvatierra, esto es jurisdicción—
—Esto es crimen federal si hay tráfico de fauna —lo cortó Inés—. Y ya hay un expediente abierto. Además, uno de mis hombres desapareció. ¿Le suena el nombre Julián Rivas?
Elvira vio cómo Valdés se tensaba. Un microgesto. Un temblor en la mandíbula. La guardaparques lo notó también.
—Bajen al sótano —ordenó Inés, mirando a Elvira—. Con cuidado. Y usted, señora… gracias por no dejar que los maten.
Elvira bajó la escopeta un centímetro, sin guardarla del todo.
—Gracias no. Todavía no sabemos qué diablos está pasando.
Inés asintió.
—Lo vamos a saber.
Bajaron tres personas: Inés, un agente joven y Marta, que insistió, aunque le temblaban las rodillas. Elvira los siguió, con la lámpara en alto. Al ver las cajas y las trampas, Marta se tapó la boca para no vomitar. El agente maldijo en voz baja. Inés se arrodilló ante una caja y sacó un collar roto, luego otro, luego una bolsa con chips.
—Se los arrancaron… —murmuró Inés—. Los estaban usando como señuelos. Como… como balizas.
Elvira se apoyó en la pared.
—¿Para qué?
Inés apuntó la lámpara hacia un rincón. Allí, parcialmente cubierto por una lona, había un bidón de gasolina y, al lado, un saco grande. Inés tiró de la lona. El saco se abrió un poco. Dentro, algo de tela verde. Un parche. Inés se quedó rígida.
Elvira no necesitó acercarse para entender: el parche tenía el logo del parque.
Marta soltó un sollozo.
—Julián…
Inés cerró los ojos un segundo, apretando los dientes como si quisiera romperlos.
—Aquí lo escondieron —dijo, con voz rota, pero firme—. Aquí, bajo su casa.
Elvira sintió que el mundo se le inclinaba.
—¿Quién…? —preguntó, pero su garganta no terminó la frase.
Inés no respondió con palabras. Subió de golpe, como una tormenta distinta. Elvira la siguió. Arriba, Valdés estaba en el salón, vigilando a los lobos como si fueran el enemigo. Inés lo miró como se mira a un hombre que ya está condenado.
—Sheriff Valdés —dijo—, queda detenido. Por obstrucción, por sospecha de tráfico ilegal y por lo que acabo de encontrar abajo.
Hubo un murmullo de incredulidad.
Valdés rió.
—¿Detenido? ¿Por usted? ¿Con qué pruebas?
Inés levantó uno de los collares rotos.
—Con esto. Con las trampas. Con el equipo de mi compañero. Y con el hecho de que su mirada acaba de decirme todo.
Valdés dio un paso atrás. Sus ojos se movieron hacia la puerta, hacia los hombres que le eran leales. Elvira vio algo que los demás no vieron: dos agentes se miraron entre sí, demasiado rápido, y uno de ellos tocó su cinturón como quien busca un plan de escape.
El drama estalló como vidrio.
—¡No me toquen! —gritó Valdés, sacando el arma—. ¡Esto es una emboscada!
Marta chilló. El agente joven levantó su arma. Los lobos se levantaron como una ola. El Fantasma, aunque herido, se adelantó, y su gruñido llenó la cabaña como un trueno.
Elvira se movió antes de pensar. Se plantó entre Valdés y los demás, apuntándole ahora sí, directo al pecho.
—Guarda eso, cobarde —dijo, y en su voz no había miedo—. Aquí no vas a mandar.
Valdés la miró con desprecio.
—Vieja idiota, no sabes nada. Esa casa… esa casa siempre fue un buen escondite. Esteban era terco, sí, pero no era tonto. Sabía cerrar la boca.
Elvira sintió como si alguien le hubiera escupido sobre la tumba de su marido.
—No pronuncies su nombre —susurró.
Valdés sonrió, cruel.
—¿No te preguntaste por qué Esteban no quiso que bajaras al sótano? ¿Por qué hizo la trampilla? ¿Por qué siempre decía que “la casa aguanta”? Aguanta porque guarda secretos, Elvira.
La anciana se quedó helada. Un segundo. Dos. Luego, algo en su interior se rompió, pero no hacia abajo: hacia arriba, como una llama.
—Esteban no traficaba —dijo, y cada palabra fue un golpe—. Esteban no cazaba lobos. Esteban no era como tú.
—Esteban hacía lo que había que hacer para sobrevivir —escupió Valdés—. Como todos. Solo que tú te quedaste con las manos limpias y la cabeza dormida.
Inés avanzó despacio, con el arma baja pero lista.
—Valdés, se acabó.
Valdés giró apenas, buscando salida. En ese instante, uno de los agentes “leales” dio un paso, como para cubrirlo. El Fantasma reaccionó con una velocidad brutal: se lanzó, no hacia el cuello, sino hacia el brazo del agente, y lo hizo caer. El disparo que iba a salir se perdió en el techo. Trozos de yeso cayeron como nieve dentro de la sala. Los lobos empezaron a gruñir todos a la vez, un coro aterrador.
—¡Paren! —gritó Marta—. ¡Por favor!
Valdés, viendo el caos, corrió hacia la puerta. Pero la hembra se interpuso, dientes al aire, y Valdés tropezó hacia atrás. Elvira dio un paso, lo encañonó.
—Estás rodeado —dijo.
Valdés levantó el arma otra vez, desesperado. Elvira no disparó. No lo hizo. En cambio, habló con una quietud que silenció incluso a los lobos.
—Mírame —ordenó.
Valdés la miró.
—Mírame bien. Porque la montaña siempre mira. Y la montaña no olvida.
Valdés dudó. Esa duda lo perdió. Inés se lanzó y le golpeó el arma con una mano experta; el agente joven lo redujo. Los policías que no estaban comprados se movieron rápido. Valdés acabó en el suelo, esposado, con la cara contra las tablas de la sala de Elvira.
Elvira soltó un aire que no sabía que estaba conteniendo. Le temblaban las manos, no de miedo, sino de rabia vieja.
—Doña Elvira… —Marta se acercó con cuidado—. ¿Está… está bien?
Elvira la miró como si la viera por primera vez.
—Estoy viva —dijo—. Y eso, hoy, es suficiente.
La guardaparques Inés se quedó observando a los lobos. El Fantasma estaba de pie, jadeando, con la venda manchada. La hembra lamía el lomo de uno de los jóvenes, intentando calmarlo. Inés bajó el arma y habló, no a los humanos, sino a los animales, como si el bosque estuviera escuchando.
—Ya está… ya está… —murmuró—. Nadie más les va a clavar nada.
Elvira se acercó a Inés.
—¿Por qué vinieron aquí? —preguntó, mirando al alfa—. ¿Cómo supieron que mi puerta era…?
Inés tragó saliva, y su mirada se nubló de dolor y respeto.
—Porque los estaban cazando con fuego —dijo—. Los furtivos provocaron un incendio controlado en un cañón para obligarlos a huir hacia trampas y rifles. Pero la tormenta apagó parte… y los lobos escaparon como pudieron. —Señaló el dispositivo—. Y como les clavaron esto a uno, la señal del collar se activó. El sistema lo detectó. Creímos que alguien los tenía encerrados… o que estaban usando los collares para atraerlos. No imaginé… —miró a Elvira— no imaginé que usted los iba a meter en su sala.
Elvira se encogió de hombros, cansada.
—No soy santa. Solo no me gusta que la muerte gane tan fácil.
La noticia explotó con el amanecer. Aunque la nieve seguía cayendo, la montaña se llenó de radios, de luces, de voces. Llegaron refuerzos del parque, un fiscal, un equipo de rescate. También llegó Bruno, un periodista del canal local, con una cámara y una sonrisa demasiado grande.
—¡Increíble! —decía, apuntando el lente hacia la cabaña—. ¡La viuda que salvó a diez lobos! ¡La heroína de la tormenta!
Elvira casi le cerró la puerta en la cara.
—Si me llamas heroína otra vez, te hago limpiar el sótano —le gruñó.
Bruno rió, nervioso, y retrocedió.
En medio del caos, Elvira vio llegar a don Ramiro, con su gorro de lana y su cara de hombre que sabe más de lo que dice. Se quedó mirando los vehículos, las esposas, a Valdés sentado en la patrulla con los ojos hundidos. Ramiro se acercó a Elvira y habló bajo.
—Yo te dije que olía a mentira —murmuró.
Elvira no respondió. Miró la cabaña. Miró el bosque. Miró a los lobos, que ahora estaban en el porche, rodeados por guardaparques con dardos tranquilizantes listos, no para dañarlos sino para trasladarlos sin riesgo.
—No quiero que los maten —dijo Elvira, alto, para que la escucharan.
Inés se giró hacia ella.
—No los vamos a matar. Los vamos a llevar a una zona protegida. Y vamos a investigar todo esto hasta el fondo.
Elvira apretó los labios.
—Y al que les clavó ese aparato…
—Lo vamos a encontrar —aseguró Inés—. Valdés no era el único. Pero hoy ya cayó uno.
Cuando llegó el momento, la hembra se resistió al sedante y lanzó un aullido que se metió en el pecho de Elvira como un recuerdo. El Fantasma se dejó caer más lento, como si la herida y el cansancio ya lo hubieran drogado antes. Antes de que lo cargaran, el alfa giró la cabeza hacia Elvira. Sus ojos amarillos se clavaron en los de ella. No fue ternura. Fue algo más extraño y más profundo: un reconocimiento silencioso, como si ambos supieran que esa noche habían cruzado una frontera invisible.
Elvira, sin pensar, habló en voz baja.
—Vete. Vive. Y no vuelvas a pedir permiso en mi puerta, ¿me oyes? —Tragó saliva—. Que a la próxima… capaz no me alcanza el corazón.
El Fantasma parpadeó una vez. Luego la cabeza le cayó, rendida.
Cuando todo terminó, cuando las patrullas se fueron y la montaña volvió a su silencio, la cabaña quedó rara, demasiado grande, demasiado vacía. El fuego seguía encendido, pero ya no olía a bosque adentro. Elvira bajó al sótano acompañada por Inés y dos técnicos. Sacaron cajas, tomaron fotos, etiquetaron trampas. Elvira se quedó en la escalera, mirando ese rincón como si fuera un sueño malo.
—¿Cree que Esteban…? —preguntó Inés, suave, sin acusar.
Elvira apretó la baranda.
—Esteban guardaba cosas —dijo al fin—. Siempre guardó. Maderas, herramientas… silencios. Pero también guardaba dignidad. Si Valdés usó mi casa… si escondió esto aquí… lo hizo porque sabía que yo no bajaba. —Le tembló la voz—. Y porque sabía que Esteban ya no podía defender su nombre.
Inés asintió, con una tristeza adulta.
—Lo que importa —dijo— es que usted, hoy, lo defendió.
Elvira soltó una risa seca.
—Lo defendí… y ni siquiera sé si lo conocía del todo.
Marta apareció en la puerta del sótano, con una manta y una taza humeante.
—Doña Elvira… —dijo, y su voz temblaba—. Lo siento. Lo siento por haber insistido tanto. Y… gracias. Si usted no abría… los lobos… y quizá… quizá nunca encontrábamos nada.
Elvira la miró largo. Luego le hizo un gesto con la mano.
—Ven aquí, niña. —Marta se acercó, y Elvira le acomodó la manta sobre los hombros con una delicadeza torpe—. No te culpes por hacer tu trabajo. Culpa a los que lo ensucian.
Esa tarde, cuando por fin se quedó sola, Elvira se sentó en la mecedora con el tejido en el regazo. No tejió. Solo miró el fuego. Afuera, el temporal empezaba a morir, como un animal cansado. La radio, olvidada, chisporroteó sola, como si el mundo quisiera volver a hablar. Elvira la encendió.
“Última hora”, decía el locutor. “El sheriff Valdés ha sido detenido por presunta participación en una red de caza furtiva y tráfico de fauna. La intervención se produjo tras una alerta de collares de rastreo y el testimonio clave de una residente local…”
Elvira apagó la radio antes de que dijeran su nombre. No quería oírlo convertido en espectáculo.
Se levantó, fue hasta la puerta y la abrió. El aire frío entró, pero ya no mordía igual. El valle estaba cubierto de blanco. El bosque, quieto. Y en la distancia, casi imperceptible, un aullido respondió al silencio, largo, profundo, como una despedida.
Elvira se quedó allí, con el rostro cortado por el viento, y por primera vez en muchos años sintió que la soledad no era solo ausencia. Era también un lugar donde, a veces, la vida venía a tocar tu puerta, desesperada, y te obligaba a decidir qué clase de persona seguías siendo.
—Esteban —susurró, sin saber si hablaba con él o con la montaña—. Tu casa aguantó. Pero no por tus secretos. Aguantó por lo que yo hice hoy.
Cerró la puerta despacio. Volvió al fuego. Tomó el tejido. Y mientras la lana se deslizaba entre sus dedos, Elvira entendió algo que la hizo sonreír, apenas: la Devoradora había pasado… y, aun así, esa noche, por una vez, no se había llevado todo.




