February 7, 2026
Traición

La policía que nunca llegó a casa… y el teniente que la estaba cazando

  • January 3, 2026
  • 23 min read
La policía que nunca llegó a casa… y el teniente que la estaba cazando

Esa noche, la oficial Valeria Martínez salió del cuartel con la misma sensación de siempre: el uniforme le quedaba pegado a la piel como una segunda condena. El aire olía a gasolina vieja, fritanga de puesto nocturno y lluvia reciente. En la recepción, la televisión escupía noticias sin volumen: un banner rojo repetía “OTRA DESAPARICIÓN EN EL DISTRITO SUR”. Nadie prestaba atención. En la comisaría, las desapariciones eran un rumor más, como las goteras del techo o los chistes malos del turno de madrugada.

—Martínez, ¿vas a irte sola? —le preguntó Vega, su compañera, apoyada en la pared con el chaleco a medio abrochar.

Vega era de esas policías que sonreían como si nada pudiera tocarlas, pero Valeria la conocía bien: cuando algo le daba miedo, parpadeaba demasiado rápido.

—Como siempre —respondió Valeria, metiéndose el móvil en el bolsillo interior—. Me queda cerca. Además, mañana entro temprano.

Vega frunció la boca.

—Dicen que hoy se llevaron a otro. Un agente de tránsito, cerca del río. Lo encontraron… bueno. No lo encontraron.

Valeria se quedó quieta un segundo, escuchando cómo el agua goteaba en un cubo metálico al fondo del pasillo.

—¿Quién dice? ¿El sargento chismoso? —intentó bromear.

—No. Lo dijo el teniente Salazar en la reunión. “Precaución”, “no caminar solos”, “no confiar en nadie”. —Vega bajó la voz—. Y cuando Salazar suena nervioso… mala señal.

Valeria sintió un pinchazo de fastidio. Salazar llevaba meses pidiendo “precaución” y, aun así, siempre había un informe perdido, una cámara apagada, una patrulla que llegó tarde. Todo se convertía en estadísticas y cafés fríos.

—Me voy ya, Vega. Si me acompañas, te invito un chocolate caliente.

Vega miró hacia la puerta, como si al otro lado hubiera algo esperando.

—No puedo. Tengo que cerrar un informe y… —la frase se le rompió—. Solo… mándame un mensaje cuando llegues.

Valeria asintió, con esa seguridad fingida que se aprende en la academia: cabeza alta, pasos firmes, nada de mostrar debilidad. Afuera, el cielo estaba bajo y gordo, como si aún guardara más lluvia.

Su ruta a casa era casi un ritual. Dos calles principales, un semáforo eterno, un tramo por la avenida donde los taxis se peleaban por clientes, y luego el atajo: un callejón estrecho que recortaba diez minutos de caminata. Era feo, sí, pero era “suyo”, lo conocía como las líneas de su mano. Había un grafiti de una sirena en la pared izquierda, un contenedor verde con una rueda rota, una luz de poste que parpadeaba como un ojo cansado. Y al final, siempre estaba el vagabundo que dormía en la esquina, bajo una manta agujereada, rodeado de cartones. A veces Valeria le dejaba un bocadillo. A veces, él levantaba dos dedos como saludo, sin decir una palabra.

Esa noche, sin embargo, el callejón no era el mismo.

Todo estaba… callado. Demasiado. Como cuando entras a una casa y de pronto entiendes que falta un sonido que debería estar ahí. Sus botas resonaron contra el pavimento mojado con una nota hueca, extraña. No había televisión encendida detrás de las ventanas, ni discusiones de pareja, ni música filtrándose por los balcones. Hasta los gatos callejeros —los reyes invisibles de esos rincones— habían desaparecido.

Valeria desaceleró sin querer. Su mano rozó la funda de la pistola. Se dijo a sí misma que era cansancio, paranoia acumulada por los rumores. Se obligó a mirar al frente, a mantener el paso.

Y entonces la mano le cubrió la boca.

Fue un movimiento rápido, profesional, como un cierre de cremallera. Un brazo le rodeó el pecho y la tiró hacia atrás, contra un cuerpo que olía a cartón mojado, sudor viejo y lluvia estancada. En una fracción de segundo, el entrenamiento de Valeria se encendió: codo hacia atrás, pisotón, giro de muñeca. Sus músculos se tensaron para romper el agarre.

Pero la voz que le susurró al oído la congeló.

—No te muevas. Te estoy salvando.

Era una voz ronca, raspada por cigarrillos o noches sin dormir. No sonaba excitada, ni agresiva. Sonaba urgente.

Valeria intentó morder, pero la mano se apartó lo suficiente para que pudiera respirar, sin soltarla.

—Camina normal —murmuró el hombre—. Como si nada pasara. No mires atrás. No preguntes ahora.

Valeria tragó saliva. El miedo tenía sabor metálico.

—¿Quién…? —intentó decir, pero él apretó otra vez, suave, como una advertencia.

—Valeria, por favor. Solo hazlo.

Que supiera su nombre la golpeó como una bofetada. Sus ojos se movieron de un lado al otro, absorbiendo detalles: las ventanas apagadas, los contenedores en posiciones distintas, la luz del poste parpadeando más rápido. Y allí, en la esquina donde siempre dormía el vagabundo… una mancha oscura y extendida, como si alguien hubiera arrastrado algo pesado. No era agua. Era demasiado espesa. Bajo la luz tenue, parecía casi negra.

—¿Por qué me estás ayudando? —logró susurrar.

—Porque sé lo que les pasa a los policías que caminan solos por aquí después de las once.

El corazón de Valeria se disparó. En la distancia, al fondo del callejón, escuchó pasos. No uno. Varios. Ritmados. Como si alguien hubiera ensayado el sonido de una cacería.

El hombre la empujó suavemente hacia un lado.

—Detrás de ese auto —dijo.

Había un coche abandonado, oxidado, con las ventanas rotas. Valeria se agachó, y el hombre se agachó con ella. Su respiración olía a café barato.

Tres figuras aparecieron bajo la luz del poste. Llevaban capuchas y guantes. Uno de ellos sostenía algo que brillaba bajo la luna: una hoja metálica, quizá un cuchillo, quizá una navaja larga. Otro llevaba una bolsa negra, como de basura industrial. El tercero caminaba al centro con la calma de alguien que se siente dueño del lugar.

Valeria contuvo la respiración cuando lo reconoció.

No era un desconocido del barrio. No era un pandillero cualquiera. Era alguien que ella había saludado docenas de veces, alguien que había firmado sus permisos, alguien que se había parado frente a la comisaría con su tono de mando.

El hombre del medio era el teniente Salazar.

Valeria sintió que el mundo se inclinaba.

—No… —susurró, y el vagabundo le tapó la boca de nuevo, con desesperación.

Salazar levantó la mano como si dirigiera una orquesta invisible.

—Por aquí —dijo, y su voz, amplificada por el callejón vacío, era la misma de las reuniones, solo que más baja, más… íntima—. Revisen. Tiene que haber pasado por aquí. La oficial Martínez siempre usa este atajo.

Valeria sintió un frío que no venía de la lluvia.

El vagabundo, pegado a ella, temblaba.

—Te dije que no vinieras —murmuró, casi para sí—. Te lo dije con el bocadillo, con los dos dedos, con… todo.

Valeria lo miró por primera vez con atención. Bajo la capucha sucia, había unos ojos claros, demasiado vivos para alguien que vive en la calle. La barba estaba descuidada, sí, pero el puente de la nariz era recto, la mirada alerta.

—¿Quién eres? —susurró Valeria sin voz.

—Me llamo Nico —respondió él—. Y antes… antes yo también llevaba placa.

Los pasos de los tres se acercaron. Uno golpeó el contenedor verde con el pie.

—No está —dijo una voz joven.

—Mira bien —respondió Salazar—. Si se escapa, no habrá segunda oportunidad. Ya saben lo que ordenó El Ciego.

“El Ciego”. Valeria había oído ese nombre en informes: un líder de red criminal, tráfico, extorsión. Nunca nadie lo había visto claramente. Siempre era “dicen”, “se comenta”, “una fuente”.

Nico apretó el brazo de Valeria.

—No respires fuerte —le dijo al oído—. Y cuando yo te diga, corres sin mirar atrás.

Valeria quiso agarrar su radio, pedir refuerzos, pero el vagabundo la detuvo con un gesto mínimo.

—Interfieren la señal aquí —susurró—. Pusieron bloqueadores. Por eso apagan las cámaras. Por eso nadie escucha gritos.

Salazar se detuvo a menos de cinco metros del coche oxidado. La luz del poste le iluminó la mitad del rostro: la mandíbula apretada, las ojeras, esa expresión que siempre parecía autoridad… y que ahora parecía hambre.

—Martínez —dijo en voz alta, casi cariñoso—. Sé que estás aquí. No lo compliques.

Valeria sintió ganas de vomitar. Una parte de ella quería saltar, gritar, apuntarle. Pero otra parte —la que conocía las reglas no escritas— sabía que si Salazar estaba allí con dos hombres, era porque tenía control. Y si la buscaba, era porque ya estaba “marcada”.

Nico se movió, con la precisión de alguien entrenado. Sacó un objeto de su bolsillo: un pequeño espejo quebrado. Lo inclinó para mirar sin asomar la cabeza.

—Van a rodear —murmuró—. En diez segundos.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Valeria, temblando.

Nico la miró con un dolor viejo.

—Porque yo estuve del otro lado. Porque yo fui el cuarto hombre una vez. Y porque cuando quise denunciar… me dejaron aquí. —Se tocó la barba, como si le molestara el recuerdo—. Me acusaron de drogas, me quitaron la placa, me rompieron la vida. Y luego… empezaron a desaparecer compañeros.

Un ruido de metal raspando el pavimento. Uno de los hombres movía algo, quizá una barra.

Nico inhaló.

—Ahora —susurró.

Valeria no tuvo tiempo de procesarlo. Nico le empujó la espalda y ambos salieron disparados hacia el lado contrario, hacia una puerta de servicio que Valeria nunca había visto abierta. Nico la pateó, la cerradura cedió, y entraron a un pasillo oscuro que olía a moho y detergente barato.

Detrás, en el callejón, una voz gritó:

—¡Ahí! ¡Corran!

Valeria corrió como si el aire fuera cuchillo. Nico iba adelante, sin dudar, como si conociera el lugar. Subieron unas escaleras, cruzaron un cuarto de calderas, salieron por una puerta trasera a otra calle.

Un coche frenó de golpe. Luces los encandilaron.

—¡Martínez! —gritó una voz femenina.

Era Camila Ríos, una periodista local que Valeria había visto rondando la comisaría, siempre con una libreta y una sonrisa peligrosa.

Camila estaba junto a un viejo sedán. Tenía el pelo recogido y los ojos abiertos como platos.

—¡Suban! —gritó.

Valeria no entendió nada, pero Nico la empujó hacia el coche.

—Confía —dijo.

Subieron. Camila arrancó con un chirrido, giró bruscamente y se metió en una avenida.

—¿Qué demonios está pasando? —exclamó Valeria, intentando recuperar el aliento—. ¿Por qué tú…? ¿Y él…?

Camila la miró por el retrovisor.

—Porque me llamó Nico hace una hora y dijo: “Hoy van por ella”. Y porque llevo semanas investigando a Salazar y a un tal “El Ciego” y nadie en tu comisaría me toma en serio. —Apretó los labios—. Hasta que hoy vi a Salazar entrar a un edificio del distrito industrial con dos tipos… y supe que era esta noche.

Valeria sintió que la rabia la mantenía despierta.

—¿Tú sabías? —miró a Nico—. ¿Y no dijiste nada?

Nico soltó una risa amarga.

—¿A quién? ¿A Salazar? ¿A los suyos? Los de Asuntos Internos también están comprados. —Se inclinó hacia Valeria—. Te dejé señales. Te observé. Esperaba que cambiaras de ruta.

—¡No soy adivina! —Valeria apretó los puños—. ¡Soy policía!

Camila soltó una carcajada sin humor.

—Eso ya no significa lo que crees, oficial.

El teléfono de Camila vibró. Ella lo miró y se puso pálida.

—Nos siguen —dijo.

Por el retrovisor, Valeria vio un vehículo negro, sin placas visibles, pegado a ellos como una sombra. La velocidad subió. Camila zigzagueó entre coches.

—Si llegamos a la estación… —empezó Valeria.

—No —dijo Nico con firmeza—. La estación es su nido. Salazar no estaba solo. Tienen ojos allí.

—Entonces, ¿a dónde? —preguntó Valeria, con la voz quebrada.

Camila giró hacia el puente viejo, el que cruzaba el río oscuro.

—A alguien que todavía le teme a la luz —dijo—. Mi editor. Si esto explota en prensa, ya no podrán desaparecerte tan fácil.

El coche negro aceleró. Se acercó. Un golpe en la parte trasera los sacudió. Valeria gritó.

—¡Agárrate! —dijo Camila.

Nico sacó algo de su bolsillo: una pequeña lata, como un aerosol.

—¿Qué es eso? —preguntó Valeria.

—Una mierda que aprendí a usar cuando ya no tenía placa —respondió.

Cuando el coche negro se puso a la par, Nico bajó la ventana y roció. Una nube blanquecina golpeó el parabrisas del perseguidor. El coche negro se tambaleó, frenó.

Camila aprovechó y tomó una salida estrecha hacia un barrio de bodegas.

Se detuvieron bajo una estructura de concreto, con grafitis y ratas.

Valeria temblaba. Camila apagó el motor.

—Respiren —dijo.

Valeria se giró hacia Nico, con lágrimas de furia en los ojos.

—¿Qué quieren de mí? ¿Por qué yo?

Nico se pasó la mano por la cara, dejando surcos de suciedad.

—Porque tú eres limpia. Porque no aceptaste el “regalo” del comerciante hace dos semanas. Porque hiciste preguntas sobre la desaparición del agente Pardo. Porque le caes mal a Salazar desde que le llevaste la contraria en esa redada.

Camila añadió, sin suavizar nada:

—Porque necesitan un ejemplo. Si una oficial “correcta” desaparece, los demás se callan.

Valeria sintió que el aire pesaba toneladas.

—No voy a correr toda la vida —dijo, con un hilo de voz que se transformó en acero—. Si Salazar está metido… lo voy a tumbar.

Nico la miró con algo parecido a esperanza y miedo.

—Tumbarlo es fácil. Lo difícil es sobrevivir después.

Camila abrió su mochila y sacó una grabadora pequeña.

—Yo tengo algo —dijo—. Una fuente me envió un audio. Es Salazar hablando con alguien. Menciona “entregas”, “cargas”, “la lista”. Pero necesito más. Una prueba que lo hunda.

Valeria apretó los dientes.

—Vamos a buscarla.

Nico negó con la cabeza, pero Valeria lo cortó:

—No me digas que no. He pasado media vida obedeciendo. Hoy ya no.

El plan nació ahí, en la humedad del concreto. Camila tenía un contacto en el distrito industrial: un guardia nocturno llamado Raúl, exboxeador, que odiaba a “El Ciego” porque le había arruinado a un primo. Nico conocía rutas, túneles, lugares donde se perdía la señal. Valeria tenía algo más importante: acceso a ciertos sistemas… y la intuición de policía que todavía cree en algo.

—Si entramos al edificio del que hablas —dijo Valeria—, y grabamos a Salazar in fraganti…

—No vamos a poder entrar como turistas —respondió Camila.

Nico apretó la mandíbula.

—Yo puedo entrar. Me conocen allí. Creen que sigo siendo basura. Eso me hace invisible.

—No —dijo Valeria—. No te voy a mandar solo.

Nico la miró, y por primera vez su voz se quebró.

—Ya estoy solo desde hace años, Valeria.

Aun así, aceptó.

Dos horas después, el distrito industrial era un cementerio de metal. Chimeneas apagadas, depósitos gigantes, sombras largas. El edificio al que Camila había visto entrar a Salazar tenía una luz en el segundo piso. Solo una.

Raúl, el guardia, los esperaba detrás de una garita. Era ancho, con nariz rota y manos enormes.

—No me miren mucho —dijo—. Hay cámaras… aunque algunas “fallan” cuando conviene.

—¿Puedes distraerlos? —preguntó Camila.

Raúl escupió al suelo.

—Puedo hacer que miren para otro lado un minuto. Más no prometo. Si “El Ciego” se entera, me desuellan.

Valeria tragó saliva.

—Solo un minuto.

Se movieron como sombras. Nico los guió por un lateral, hacia una puerta de mantenimiento. Valeria notó que sus manos dejaban de temblar: el miedo se convertía en enfoque.

Dentro, el edificio olía a químicos y a dinero. Subieron por una escalera metálica. Se oían voces arriba.

Camila encendió la grabadora y la guardó en el bolsillo de la chaqueta, con el micrófono asomando.

Se asomaron por una rendija.

En una sala iluminada con tubos fluorescentes, había cajas apiladas y una mesa metálica. Sobre la mesa, una carpeta azul: “INFORMES”. Y junto a ella, una placa policial. Luego otra. Y otra. Como trofeos.

Valeria sintió una náusea caliente.

Salazar estaba allí, sin chaqueta, con la camisa remangada. Enfrente de él, un hombre sentado en una silla, con una bolsa en la cabeza, las manos atadas. A un lado, dos sujetos armados. En la esquina, una figura más, casi inmóvil.

La figura levantó la cabeza y Valeria vio un parche negro en el ojo derecho.

El Ciego.

No era un mito. Era real.

El Ciego habló con una calma aterradora.

—Esta ciudad es un animal —dijo—. Hay que cortarle el ruido para que no muerda. Y los policías son ruido.

Salazar sonrió, como si escuchara un chiste.

—No todos. Algunos sirven. Otros… desaparecen.

Camila apretó los ojos, obligándose a grabar. Valeria sintió que la rabia le quemaba la garganta.

—La oficial Martínez casi se nos va —dijo Salazar, y Valeria notó cómo su voz, la misma que daba discursos de “honor”, ahora sonaba sucia—. Pero la encontraremos. Y cuando lo hagamos, todos los demás van a entender.

El Ciego ladeó la cabeza.

—¿Estás seguro de que no te sigue nadie?

Salazar se encogió de hombros.

—¿Quién? ¿Los buenos? Ya no quedan.

Nico respiró, y ese mínimo sonido fue suficiente. Uno de los armados giró.

—¿Qué fue eso? —dijo.

Todo pasó en segundos. El hombre se acercó a la rendija. Valeria vio el cañón del arma apuntando hacia su oscuridad.

Nico empujó a Valeria hacia atrás.

—¡Corre! —susurró.

Pero Valeria no corrió. Sacó su pistola. Su decisión fue un relámpago.

La puerta cedió cuando el armado la abrió de golpe. Se encontraron cara a cara. Sus ojos se agrandaron al ver el uniforme.

—¡Policía! —gritó Valeria, aunque no sabía a quién le hablaba: a ellos o a sí misma—. ¡Tiren las armas!

El mundo explotó en movimiento. Un disparo rebotó en el metal. Camila gritó. Nico se lanzó contra el hombre armado y lo derribó, como un luchador desesperado.

Salazar giró, sorprendido solo un instante. Luego sonrió.

—Martínez… qué detalle. Viniste tú sola.

—No estoy sola —escupió Valeria.

Camila, temblando, apuntaba con su móvil grabando. Raúl, abajo, empezó a golpear una alarma improvisada, creando caos.

El Ciego se levantó con lentitud, como si disfrutara el espectáculo.

—Qué bonito —dijo—. La heroína.

Valeria apuntó al Ciego. Sus manos estaban firmes, aunque por dentro era un terremoto.

—Se acabó —dijo—. Están grabados. Todos. Salazar, usted…

Salazar levantó las manos, teatral.

—¿Grabados? —rió—. ¿Y quién va a ver eso, Valeria? ¿Asuntos Internos? ¿Tu jefe? ¿La misma gente que me cubre?

Camila gritó:

—¡La prensa lo va a ver!

Salazar la miró como si fuera una mosca.

—Ah, la periodista. Siempre metiendo la nariz. —Su mirada se endureció—. El Ciego tiene razón. Hay que cortar el ruido.

Uno de los hombres armados se lanzó hacia Camila. Nico lo interceptó. Se escuchó un golpe seco. Camila cayó contra unas cajas, pero no soltó el móvil.

Valeria disparó al suelo, cerca del pie del atacante. El hombre retrocedió, maldiciendo.

—¡Suelten al rehén! —gritó Valeria.

El rehén, con la bolsa en la cabeza, se retorcía. Nico gritó:

—¡Es Vega!

Valeria sintió que el corazón se le partía. Vega. Su amiga. La que le pidió un mensaje. La que no pudo acompañarla.

—¡Vega! —gritó Valeria.

Salazar se encogió de hombros.

—Una lástima. Era simpática.

Valeria dio un paso adelante, apuntando a Salazar ahora.

—¡Usted es policía! —le escupió—. ¡Usted juró…!

—Yo juré sobrevivir —dijo Salazar, y su voz se volvió hielo—. Y en esta ciudad, los juramentos no pagan cuentas.

El Ciego hizo un gesto con la mano, aburrido.

—Mátalos —dijo.

Y ahí Valeria entendió que no había negociación. Que esa sala era un matadero con luces fluorescentes.

En el caos, Nico alcanzó la mesa y agarró la carpeta azul. Se la lanzó a Valeria.

—¡Pruebas! —gritó—. ¡Nombres, pagos, rutas!

Valeria la agarró como si fuera una bomba. Camila, aún en el suelo, gritó:

—¡Tengo el audio! ¡Y esto está grabado!

Raúl apareció en la puerta, jadeando.

—¡Vienen más! —avisó—. ¡Vi camionetas!

El edificio retumbó con pasos. Refuerzos criminales. Valeria miró a Vega, al rehén, que se debatía. Tenía que sacarla. Tenía que salir viva. Tenía que sacar esa carpeta.

Nico se acercó a Vega y, con una navaja pequeña, empezó a cortar las ataduras.

—Vayan —le dijo a Valeria—. Yo los detengo.

—¡No! —Valeria lo agarró del brazo—. ¡Vienes con nosotros!

Nico la miró con una calma triste.

—Escucha. Si salimos todos, nos cazan en la calle. Necesitan un cierre. Yo les doy uno. Tú llevas la verdad.

—No eres sacrificio —dijo Valeria, con la voz rota—. Eres persona.

Nico sonrió, apenas.

—Gracias por decirlo. Nadie me lo decía desde que me dejaron en el callejón.

Vega, ya sin bolsa, tosió, desorientada. Tenía un labio partido y los ojos llenos de pánico.

—Val… —susurró—. Yo… yo intenté llamarte…

—Luego —dijo Valeria, tragándose las lágrimas—. Ahora salimos.

Camila se incorporó, agarrando su grabadora.

—Nico, ven —pidió ella—. No podemos…

Nico levantó una mano, como despedida.

—Corran.

Valeria no quiso, pero el sonido de más puertas abriéndose la obligó. Raúl guió a Valeria, Camila y Vega por una salida lateral. Bajaron escaleras, cruzaron pasillos. Detrás, se escucharon gritos, golpes, un disparo, luego otro. Valeria apretó los dientes, negándose a mirar atrás, porque si miraba, se quedaba.

Salieron al aire frío de la madrugada. Camila abrió el coche de Raúl. Subieron. El motor rugió.

—¿Y Nico? —sollozó Vega.

Valeria apretó la carpeta azul contra el pecho.

—Nos dio tiempo —dijo, y esa frase le supo a ceniza.

A la distancia, el edificio industrial se iluminó un instante con destellos, como si dentro hubiera una tormenta encerrada.

Camila marcó a su editor mientras Raúl conducía como si el diablo les mordiera los talones.

—Soy Camila Ríos —dijo, con la voz temblorosa pero firme—. Tengo pruebas. Del teniente Salazar. De una red. De desapariciones. Si no lo publicas, lo publico yo sola. Y si me pasa algo, ya está en la nube.

Valeria miró por la ventana. La ciudad seguía igual: semáforos, anuncios, gente dormida. Y sin embargo, ella ya no era la misma.

Horas después, cuando el sol apenas se insinuaba, Valeria entró en una oficina de fiscalía federal con Camila y Vega. Raúl se quedó fuera, fumando con manos temblorosas. Valeria entregó la carpeta, el audio, el video. Habló hasta quedarse sin voz. Por primera vez en meses, la gente al otro lado de la mesa no le dio palmaditas vacías: tomaron notas, hicieron llamadas, activaron protocolos. Aun así, Valeria sabía que no era el final. Era el inicio de una guerra.

El titular salió esa misma tarde: “TENIENTE SALAZAR VINCULADO A RED DE SECUESTROS”. Las redes ardieron. La comisaría se convirtió en un hormiguero de periodistas. Salazar desapareció antes de que fueran a buscarlo. El Ciego también. Como si la ciudad los hubiera tragado.

Días después, Valeria volvió al callejón. No llevaba uniforme. Solo una chaqueta y una bolsa con comida caliente. La lluvia caía suave, como si quisiera limpiar el asfalto de secretos.

La esquina donde dormía Nico estaba vacía. No había manta. No había cartón. Solo el grafiti de la sirena, mirándola con ojos pintados.

Valeria dejó la comida en el suelo, como una ofrenda inútil. Se quedó ahí, escuchando los sonidos que volvían poco a poco: una ventana que se abría, un televisor a lo lejos, un gato maullando desde un tejado. La ciudad respiraba, pero con cicatrices.

Vega se acercó por detrás. Tenía el labio curado y una mirada distinta, más dura.

—No encontraron su cuerpo —dijo Vega en voz baja—. Ni el de otros. Quizá…

Valeria apretó la mandíbula.

—Quizá está vivo —dijo—. O quizá no. Pero lo que hizo… nos salvó.

Camila apareció también, con una cámara colgada al cuello.

—No es el final, Valeria —dijo—. Esto recién empieza. Me llamaron dos fuentes. Dicen que Salazar era solo un brazo. Que El Ciego tiene otros ojos.

Valeria miró el callejón, el atajo que había sido rutina y que ahora era una cicatriz personal.

—Entonces vamos a seguir —respondió—. Y esta vez, no voy a caminar sola.

Vega asintió, y por primera vez desde aquella noche, sonrió un poco.

—Te debo el chocolate caliente.

Valeria soltó una risa corta, rota, pero real.

—Te lo cobro con intereses.

Camila levantó la cámara.

—¿Puedo grabar eso? —preguntó, intentando aligerar.

Valeria la miró.

—Graba lo que quieras —dijo—. Ya no pienso esconderme.

Mientras se alejaban del callejón, una sombra se movió en una azotea cercana. Solo un instante. Una silueta con capucha. Un destello en los ojos claros. Valeria se detuvo, el corazón golpeándole el pecho.

—¿Qué pasa? —preguntó Vega.

Valeria sostuvo la mirada hacia arriba, pero la sombra ya no estaba.

La lluvia siguió cayendo, terca, constante. Y Valeria, con la carpeta ya entregada y la verdad ya encendida, entendió algo que le dio miedo y fuerza al mismo tiempo: que la ciudad no se salvaba con un acto heroico, sino con una decisión diaria de mirar donde todos prefieren cerrar los ojos.

Y aunque el callejón todavía olía a humedad y peligro, esa noche, por primera vez, Valeria sintió que el miedo no era una cadena. Era una alarma. Y ella había aprendido a escucharla.

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