Gritó ‘¡No te cases!’ en la puerta de la iglesia… y el novio se quedó helado
La iglesia de San Gabriel parecía sacada de una postal que alguien hubiera retocado con exceso: piedra antigua lavada a presión, campanas quietas como si también contuvieran la respiración, y un pasillo de flores blancas alineadas con una precisión casi ofensiva. Era un blanco de revista, un blanco caro, un blanco que fingía pureza para ocultar negocios. Afuera, una alfombra marfil marcaba el camino hacia la puerta principal, y a ambos lados se amontonaban invitados perfumados, periodistas con sonrisas entrenadas y curiosos que no habían venido a celebrar amor, sino a presenciar un espectáculo: la boda de Emiliano Durán, el millonario que convertía todo lo que tocaba en titulares.
Los móviles se alzaban como una bandada de pájaros negros. Los flashes explotaban sin compasión. “¡Emiliano, por aquí!”, gritó alguien. “¡Una foto con el anillo!”, insistió otra voz. Y él apareció, impecable, avanzando con un traje oscuro que parecía hecho para dominar habitaciones. El nudo de la corbata perfecto, el reloj asomando apenas como un secreto de lujo, los zapatos brillando como espejo. Caminaba como caminan los hombres acostumbrados a que el espacio se abra, a que las puertas se sostengan, a que el mundo pida permiso.
A su lado, dos guardias discretos, y detrás una camioneta con cristales polarizados. Uno de los guardias, el jefe de seguridad, Marcos Lira, llevaba el auricular pegado al oído y la mano cerca del saco, como si incluso una iglesia pudiera ser una emboscada. A unos pasos, Valeria Sanz, la asistente personal de Emiliano, sostenía un portafolio delgado con documentos y una mirada ansiosa que no combinaba con el aire festivo. Valeria conocía ese tipo de días: no eran románticos, eran peligrosos. Días donde todos sonreían y, aun así, alguien podía clavar un cuchillo sin mancharse el traje.
El olor a incienso se mezclaba con perfumes caros. Pero, justo en medio de esa escena calculada, había una mancha incómoda para la perfección: una niña flaca, con el cabello revuelto, una sudadera demasiado grande para su cuerpo y tenis gastados que habían visto más calles que parques. No tendría más de once o doce años. Tenía las manos sucias, la cara marcada por el sol, y esa mirada de quien ya aprendió que el mundo no regala nada.
Estaba pegada al muro, casi invisible, hasta que decidió no serlo.
Cuando Emiliano dio el último paso antes de cruzar la puerta, la niña se lanzó al frente con una urgencia que no pedía permiso.
—¡No te cases con ella! —gritó.
El tiempo se partió como vidrio.
Los invitados se giraron como un solo cuerpo. Alguien soltó un “¡ay!” ahogado. Los murmullos subieron de volumen y los móviles se acomodaron mejor para grabar. Marcos reaccionó por instinto: extendió el brazo para apartarla, como si aquella criatura descalabrada fuera un peligro armado.
—¡Quítate! —espetó, agarrándole el brazo.
La niña no lloró. No suplicó. Se aferró con la otra mano al saco de Emiliano y jaló con una fuerza desesperada, como si su vida dependiera de impedir ese paso.
—No —dijo, con los ojos clavados en él—. Si entras… ya no sales igual.
—¡Basta! —gruñó Marcos, apretando más fuerte.
Emiliano se quedó quieto. No por compasión, sino por sorpresa. A él le habían gritado de todo: que era un ladrón elegante, que compraba jueces, que destruía vidas con un contrato. Pero aquello era distinto. “No te cases con ella” no sonaba a limosna, sonaba a advertencia. A bomba.
—¿Qué? —alcanzó a decir Emiliano, mirando a la niña como se mira algo fuera de lugar en un cuadro perfecto.
Marcos intentó apartarla, pero Emiliano levantó la mano.
—Suéltala —ordenó, seco.
El guardia dudó, desconcertado. Aflojó lo justo.
La niña aprovechó ese respiro para hablar como quien se lanza al agua helada.
—Escúchame… —tragó saliva, pero no bajó la mirada—. No te cases con ella. Es una trampa.
Emiliano soltó una risa corta, incrédula, más reflejo que crueldad.
—¿Una trampa? —repitió—. ¿Tú qué vas a saber de mi vida?
La niña apretó los labios.
—Sé lo que escuché. Sé lo que dijeron.
Emiliano se inclinó un poco, irritado y curioso a la vez.
—¿Quiénes?
La niña señaló con la barbilla hacia el interior, hacia el pasillo donde ya sonaba música suave y se veía el movimiento nervioso de fotógrafos.
—Ella… y el abogado.
La frase cayó como una piedra. “El abogado” no era cualquier nombre en la vida de Emiliano: Camilo Santoro, su abogado de confianza, el hombre que había protegido su patrimonio como si fuera un templo. Camilo era la mano invisible que firmaba, negociaba, callaba. Y Renata Aguilar, su futura esposa, era la imagen pública perfecta: joven, elegante, devota ante las cámaras, “filántropa” en titulares, dueña de una sonrisa que hacía creer a la gente en los finales felices.
Emiliano exhaló con impaciencia. Demasiadas cámaras. Demasiada presión. Demasiados pactos disfrazados de amor.
Metió la mano en el bolsillo y sacó un par de billetes, tratando de solucionar el asunto con la herramienta que siempre funcionaba.
—Mira, niña… toma. Come algo y vete.
La niña ni los miró.
—No quiero tu dinero —dijo con una firmeza que descolocó a varios—. Quiero que no entres.
Los invitados murmuraron más fuerte.
—¿Quién la dejó pasar? —susurró una mujer con sombrero exagerado.
—Qué vergüenza —respondió un hombre con copa en mano.
En ese instante, como si la vida insistiera en tensar la cuerda, la puerta de la iglesia se abrió y apareció Renata.
Era un golpe de belleza calculada: vestido blanco con cola larga, velo transparente, labios suaves, ojos brillantes. Pero lo que más destacaba era su serenidad teatral. Renata tenía el talento de convertir cualquier situación en escenario.
—¿Qué está pasando? —preguntó, con voz dulce para los invitados y mirada fría para la niña.
A su lado, el padre Ignacio, el sacerdote, intentó sonreír como quien apaga un incendio con agua bendita.
—Hijos, por favor… recordemos dónde estamos…
Renata bajó un escalón, lenta, como una reina descendiendo a su pueblo.
—Emiliano, amor —dijo, extendiendo la mano—. Entremos. No permitas que… esto arruine nuestro día.
La niña retrocedió un paso, pero no huyó. Se quedó clavada, como si el miedo no fuera más fuerte que su necesidad.
—¡No! —repitió—. ¡No te cases con ella!
Renata se acercó un poco más, su sonrisa intacta, pero sus ojos… sus ojos se estrecharon apenas, como si una puerta se cerrara por dentro.
—¿Quién eres? —preguntó con suavidad venenosa—. ¿Qué te han dicho?
La niña tragó saliva. Y entonces pronunció una palabra.
Una sola.
Una palabra que hizo que Renata perdiera el color de la cara por un segundo.
—“Amapola”.
El silencio fue absoluto. Incluso los móviles, por un instante, dejaron de moverse.
Emiliano frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Renata parpadeó demasiado rápido, como si buscara tiempo para inventar. Camilo Santoro apareció en la entrada lateral de la iglesia en ese momento, ajustándose el saco, con el gesto fastidiado del hombre que odia los imprevistos. Cuando escuchó la palabra, se quedó helado. Solo un parpadeo, una microfractura en su máscara.
Valeria, la asistente, apretó el portafolio con fuerza. Ella también reconoció algo en esa palabra, o al menos reconoció el miedo en los rostros de quienes la entendían.
Renata recuperó la sonrisa, pero ya no era cálida.
—No sé de qué habla esta niña —dijo—. Debe estar… confundida. O alguien la mandó.
Camilo avanzó con paso firme.
—Señor Durán, esto es inadmisible —dijo en tono de autoridad—. Está alterando un evento privado. Marcos, sáquenla de aquí.
—¡No! —la niña gritó cuando Marcos dio un paso—. ¡No me toquen! ¡Yo escuché todo! ¡Los escuché en el callejón detrás del hotel Alameda! ¡Ella dijo “Amapola” y él dijo “Cláusula 17”! ¡Y se rieron!
Emiliano sintió una presión helada en la nuca. “Cláusula 17” era real. Era la parte más delicada del acuerdo prenupcial: una cláusula que Camilo había insistido en incluir “por seguridad” y que Renata había aceptado con demasiada facilidad. Emiliano nunca la discutía en público. Ni siquiera Valeria la había leído completa. Era un arma legal.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó Emiliano, la voz baja, peligrosa.
La niña lo miró directo.
—Porque yo estaba ahí. Yo estaba escondida… porque me habían quitado mi comida y yo buscaba algo en la basura. Y los oí. Ella dijo que cuando te cases, el dinero entra al fideicomiso y… y luego te van a hacer firmar algo cuando estés dormido. Dijo que “Amapola” es lo que te van a dar en el vino. Y él… él dijo que en tres meses ya no vas a poder ni reconocer tu nombre.
Renata se rió, pero era una risa rota.
—¡Qué estupidez! Emiliano, por favor, mírame. ¿Me crees capaz de algo así?
Camilo levantó la voz para cortar la escena antes de que se descontrolara.
—Esta niña está delirando. Seguramente alguien la usa para chantaje. Podemos manejarlo después. Ahora, entremos.
Pero Emiliano no le devolvió la mirada a Renata. Se quedó viendo a la niña. Había algo en su desesperación que no era actuación. Algo en su forma de sostener la verdad con manos sucias.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Emiliano.
La niña dudó un segundo, como si su nombre también fuera un riesgo.
—Luna —dijo al fin—. Me llamo Luna.
Alguien en la primera fila soltó un suspiro. Una mujer mayor, doña Beatriz Aguilar, la madre de Renata, se abrió paso como un barco en el agua: joyas brillantes, peinado perfecto, labios tensos.
—¡Qué clase de espectáculo es este! —exclamó—. Emiliano, querido, ordena que se la lleven. Renata no merece esta humillación.
Desde atrás, una voz firme cortó el aire:
—Tal vez sí lo merece.
Era Catalina Durán, la hermana de Emiliano. Vestida de negro, mirada filosa, siempre fue la única que se atrevía a decirle “no” a su hermano. Catalina se acercó con paso decidido, mirando a Renata como si ya la hubiera olido antes.
—¿Qué haces aquí? —Renata tensó la mandíbula—. Esto es asunto de Emiliano y mío.
Catalina se agachó frente a Luna. La examinó con una atención que no era lástima, sino reconocimiento. Y entonces vio algo: un colgante barato, una medalla pequeña colgando del cuello de la niña. Catalina se quedó inmóvil.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó, tocando apenas la medalla.
Luna se protegió el pecho por instinto.
—Era de mi mamá —susurró—. Me dijo que si algún día encontraba a “E.D.”, le enseñara esto. Dijo que él… él iba a entender.
Emiliano escuchó “E.D.” y sintió un golpe seco en el estómago. Se acercó. Tomó con cuidado la medalla entre los dedos. Era una medalla vieja, de esas que se dan en hospitales: en un lado, un número; en el otro, dos iniciales borrosas. Y debajo, una fecha.
Catalina palideció.
—Emiliano… —murmuró—. Esa fecha…
Emiliano no podía respirar bien. Esa fecha era la misma de una noche que él llevaba enterrada bajo capas de dinero y decisiones: una noche de hace doce años, cuando todavía no era el monstruo elegante de los titulares, cuando todavía creía que podía salvar a alguien con promesas. Una mujer llamada Abril. Una mujer que desapareció sin dejar rastro después de decirle que estaba embarazada. Camilo había “resuelto” el problema, había dicho que era mentira, una extorsión, una trampa.
Emiliano levantó la mirada hacia Camilo. Camilo evitó sus ojos.
—Valeria —dijo Emiliano, sin apartar la vista del abogado—. Tráeme el expediente de Abril Romero. Ahora.
Valeria abrió el portafolio con manos temblorosas. Ella, a diferencia de Camilo, nunca supo todo. Pero sabía lo suficiente para entender que el pasado acababa de romper la puerta de la iglesia.
—No… no lo tengo aquí —susurró—. Está en la caja fuerte de la oficina.
Camilo intervino rápido, como quien apaga una chispa antes de que sea incendio.
—Emiliano, esto no es momento para… fantasmas. Estás a punto de casarte. No arruines tu vida por una historia inventada.
—¿Inventada? —Catalina se enderezó, furiosa—. ¿Como inventaste tú aquella “mudanza” de Abril? ¿Como inventaste que se había ido del país?
Camilo clavó los ojos en Catalina, advirtiéndole en silencio que se callara. Renata miró a Camilo con una presión invisible, como diciendo “arregla esto”.
Luna se aferró a la medalla.
—Mi mamá no inventó nada —dijo, la voz quebrándose por primera vez—. Mi mamá murió. Y antes de morir me dijo que tuviera cuidado con una mujer que sonríe como si no tuviera dientes. Me dijo que no confiara en el hombre del traje gris. Me dijo que… que si tú te casabas con Renata, iba a ser mi culpa si no te lo decía.
Renata dio un paso adelante, y por primera vez su voz perdió la dulzura.
—Basta. Ya es suficiente. Emiliano, dime que no vas a permitir esto.
Emiliano miró a Renata. Su belleza seguía intacta, pero ahora la veía como se ve una máscara a la luz equivocada.
—¿Qué es “Amapola”, Renata? —preguntó.
Renata parpadeó, y en ese segundo se le notó el miedo. Solo un segundo. Luego volvió la actriz.
—No sé… debe ser algo que escuchó en la calle. ¡Por Dios! ¿Vas a poner en duda nuestra boda por una niña…?
—¿Y la Cláusula 17? —Emiliano no levantó la voz, pero cada palabra sonaba como metal—. ¿Por qué una niña de la calle sabe algo que solo tú y Camilo saben?
Camilo levantó las manos.
—Esto se puede explicar. Hay filtraciones, hay empleados… alguien pudo hablar.
Valeria tragó saliva. Sabía que no era cierto. Esos papeles no los tocaba nadie. Solo Camilo. Solo Renata.
Catalina se cruzó de brazos.
—Emiliano, mírame —dijo—. Si te casas hoy, te vas a arrepentir mañana. Y puede que mañana sea tarde.
El padre Ignacio carraspeó, nervioso.
—Hijo, si hay dudas… la iglesia no obliga. El sacramento…
—¡Cállese! —doña Beatriz explotó—. ¡No vamos a suspender nada por una mendiga!
Marcos se acercó a Emiliano.
—Señor, hay prensa. Esto va a…
—Que graben —dijo Emiliano, y su voz hizo que todos callaran—. Que graben bien.
Renata se quedó inmóvil.
—¿Qué estás haciendo? —susurró, ya sin sonrisa.
Emiliano se agachó frente a Luna.
—¿Puedes demostrar lo que dices? —preguntó—. ¿Tienes algo?
Luna metió la mano en su sudadera enorme y sacó un teléfono viejo, con la pantalla rayada. Los invitados rieron con desprecio, pero Luna lo sostuvo como si fuera una granada.
—Yo grabé —dijo—. Porque cuando escuché “Amapola”… me dio miedo. Y cuando escuché tu nombre… me dio más.
Camilo dio un paso instintivo hacia ella.
—Eso es ilegal…
—Tú cállate —Catalina lo cortó—. Ya hablaste demasiado durante años.
Luna tocó la pantalla. El teléfono tardó en responder. Un segundo eterno. Y entonces se escuchó un audio con ruido de calle, autos lejanos, un perro ladrando. Una voz femenina, suave, reconocible. Renata.
“—Con la Cláusula 17, cuando firme el matrimonio, el fideicomiso se activa. Después, el vino. Amapola. No deja rastro si se mezcla con el… ¿cómo dijiste?”
La voz masculina respondió, fría, calculadora. Camilo.
“—Microdosis. Progresivo. Tres meses y parece estrés, agotamiento. Luego firmará lo que queramos. La empresa, la casa, todo.”
Renata rió en el audio.
“—Y si pregunta… le decimos que está paranoico. Nadie le cree a un millonario cuando se rompe.”
El audio se cortó por una interferencia, pero bastó. Bastó para que el aire se volviera veneno.
Los invitados se quedaron petrificados. Un periodista, Sofía Molina, reconocida por hacer pedazos a políticos en televisión, bajó el móvil un segundo, sorprendida de verdad.
—Madre de Dios… —susurró alguien.
Doña Beatriz llevó una mano a la boca.
—Eso… eso puede ser falsificado —balbuceó.
Renata se quedó sin palabras. Luego, de repente, se recompuso. Sonrió, pero ahora era una sonrisa afilada.
—¿De verdad vas a creer un audio de mala calidad? —dijo—. Emiliano, amor, esto es un montaje.
Emiliano se enderezó. Miró a Camilo. Luego a Renata. Y algo en su expresión cambió: ya no era el novio, era el empresario que olía una estafa.
—Marcos —dijo—, llama a la policía. Y bloquea las salidas.
Camilo dio un paso atrás.
—Emiliano, no seas ridículo. Podemos hablarlo…
—Tú no me hablas —Emiliano lo cortó—. Tú me ocultaste una hija. Me mentiste doce años. Y ahora quieres drogarme con “Amapola”. ¿Creíste que nunca iba a enterarme?
Renata alzó el mentón, rabia pura.
—¡Esa niña no es tu hija! ¡Es una rata entrenada! ¡Catalina te está manipulando porque siempre me odió!
Catalina sonrió sin alegría.
—No, Renata. Yo no te odio. Yo te veo.
Renata, sin aviso, lanzó la mano hacia el teléfono de Luna para arrebatárselo. Marcos reaccionó, pero no fue lo suficientemente rápido. Renata agarró el aparato, lo levantó como si fuera a estrellarlo. Luna gritó.
Emiliano atrapó la muñeca de Renata en el aire.
—Ni se te ocurra —dijo, y en su voz había hielo.
Renata se soltó con fuerza. Sus ojos brillaron de furia… y luego, como si cambiara de máscara en un segundo, empezó a llorar. Llorar bonito, llorar para cámaras.
—¡Me están atacando! —sollozó—. ¡Emiliano, por favor!
Pero ya nadie se movía por ella. El audio era una bala. Y la bala ya estaba en el pecho del cuento de hadas.
Camilo intentó deslizarse hacia la salida lateral, discreto, pero Valeria lo vio.
—¡Señor Durán! —gritó ella, señalando—. ¡Camilo se va!
Marcos corrió y lo interceptó, empujándolo contra una columna. Camilo se indignó.
—¡Suélteme! ¡Esto es abuso!
—Abuso es lo que hiciste con mi hermano —dijo Catalina, acercándose—. ¿Dónde está Abril, Camilo? ¿Dónde la enterraste?
Camilo se quedó callado, y en ese silencio se delató.
La sirena de una patrulla se escuchó a lo lejos. Los invitados se apartaron como si el sonido los quemara. Renata miró alrededor: las cámaras ahora eran cuchillos apuntándole. Doña Beatriz se llevó la mano al pecho como si fuera a desmayarse, más por reputación que por dolor.
Renata retrocedió lentamente. Sus lágrimas se secaron de golpe. La máscara se cayó.
—¿Crees que ganaste? —le susurró a Emiliano, con una calma que daba miedo—. Tú no entiendes cómo funciona el mundo. Si no soy yo, será otra. Siempre habrá alguien que quiera tu dinero. Yo solo fui más inteligente.
Emiliano apretó los dientes.
—Y yo fui más ciego.
Renata miró a Luna. En sus ojos apareció algo oscuro.
—Tú… —murmuró—. Tú arruinaste todo.
Luna se encogió, pero no bajó la vista.
—No. Yo te detuve.
La policía llegó. Un detective de rostro duro, el inspector Rojas, bajó del coche. Marcos lo saludó rápido.
—Inspector, aquí. Hay evidencia.
Rojas miró la escena como quien ya ha visto muchas versiones del infierno.
—¿Qué pasó? —preguntó.
Emiliano señaló a Camilo y a Renata.
—Intento de fraude, conspiración, posible envenenamiento —dijo, y su voz era estable aunque por dentro se estuviera rompiendo—. Y… secuestro de información. Quiero una investigación completa.
Camilo levantó la barbilla.
—Esto es absurdo. Soy abogado. Tengo…
—Tienes derecho a guardar silencio —Rojas lo cortó, esposándolo con un clic que sonó más fuerte que las campanas.
Renata se quedó quieta cuando vio las esposas. Luego soltó una risa breve, amarga.
—¿De verdad me vas a arrestar por un audio? —preguntó, mirando a Rojas con desprecio—. Soy Renata Aguilar.
—Hoy eres una sospechosa —respondió Rojas, sin pestañear.
Cuando un agente intentó tomarle el brazo, Renata lo apartó y, en un movimiento rápido, se giró para correr hacia la calle. Su vestido se levantó como un fantasma blanco. Los invitados gritaron. Marcos salió detrás de ella.
—¡Renata! —gritó Emiliano, pero no era un llamado de amor, era un instinto de cierre.
Renata corrió entre autos y periodistas. Un tacón se le atoró en una rejilla. Cayó de rodillas. Por un segundo, se vio humana, vulnerable… y luego volvió a ser fiera. Se quitó el zapato y lo lanzó a Marcos, que esquivó. Dos agentes la alcanzaron. Renata forcejeó, gritando insultos, amenazas.
—¡No saben con quién se meten! ¡Mi madre conoce gente! ¡Esto se va a arrepentir!
Doña Beatriz soltó un chillido.
—¡Renata! ¡Cálmate! ¡Por Dios!
Pero ya era tarde. La policía se la llevó, y el vestido blanco, manchado de polvo en la rodilla, parecía por fin decir la verdad.
Dentro de la iglesia, el silencio era pesado. El padre Ignacio se acercó a Emiliano con cuidado.
—Hijo… lo siento.
Emiliano no respondió. Miró a Luna, que temblaba ahora que la adrenalina se desvanecía. Tenía frío. Tenía hambre. Tenía un miedo antiguo que no se cura con promesas.
Catalina se arrodilló frente a ella.
—Oye, pequeña… hiciste algo valiente —dijo—. Nadie te va a tocar.
Luna miró la iglesia, las flores, los trajes, los ojos que antes la despreciaban y ahora la observaban como si fuera una bomba humana.
—Me van a devolver a la calle —susurró—. Siempre pasa.
Emiliano dio un paso hacia ella. Su voz salió más baja, más humana.
—No —dijo—. No esta vez.
Luna lo miró con desconfianza, como si la esperanza fuera un truco.
—¿Por qué? —preguntó—. No me conoces.
Emiliano tragó saliva, sosteniendo la medalla en su mano como si quemara.
—Tal vez sí te conozco… más de lo que crees —dijo, y su garganta se cerró—. Tu mamá… ¿se llamaba Abril?
Luna parpadeó rápido. Asintió, con la boca temblando.
—Sí… Abril Romero. —Y bajó la mirada—. Ella decía tu nombre en sueños, a veces. Decía “Emiliano” como si doliera.
Emiliano cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, no había glamour ni millonario: había culpa, rabia, pérdida.
—Yo la busqué —susurró—. Me dijeron que era mentira. Me dijeron…
—Camilo —dijo Catalina con asco—. Te lo dijo Camilo.
Valeria, con lágrimas en los ojos, apretó el portafolio contra el pecho.
—Yo… yo no sabía —murmuró—. Juro que no sabía.
Emiliano miró a los invitados, a la prensa, al altar preparado para una mentira, y de pronto se sintió desnudo. Se acercó a Luna despacio, como si temiera asustarla.
—No voy a dejar que vuelvas a la calle —dijo—. Y tampoco voy a dejar que la historia de tu mamá se quede enterrada. Te lo debo.
Luna lo miró, buscando la trampa.
—Todos dicen eso —susurró—. Y luego se van.
Emiliano se quitó el saco del traje, el mismo saco que ella había jalado, y se lo puso sobre los hombros con cuidado.
—Yo no me voy —dijo—. Y si me voy, me llevas de la oreja, ¿entendido?
Luna soltó una risa mínima, casi involuntaria, como si su cuerpo no recordara cómo se hacía. Y esa risa fue más poderosa que todas las flores blancas.
Los periodistas se acercaron en avalancha.
—¡Señor Durán! ¿Es cierto que su prometida intentó envenenarlo?
—¡Emiliano! ¿Quién es la niña?
—¿Canceló la boda?
Emiliano giró hacia ellos con una mirada que hizo retroceder a más de uno.
—No hay boda —dijo—. Y no hay show. Esto es un crimen. Y ella —puso la mano en el hombro de Luna— es mi familia.
Sofía Molina, la periodista, bajó el móvil y por primera vez habló sin morbo.
—¿Va a denunciar a su abogado?
—Ya lo hice —respondió Emiliano—. Y voy a contar todo. Aunque me destruya la reputación.
Catalina sonrió apenas.
—Bienvenido a ser humano, hermano.
Esa tarde, cuando la policía se llevó a Renata y a Camilo, la iglesia quedó vacía, como un teatro después de una tragedia. Las flores empezaron a oler a cosa vieja. La alfombra marfil se manchó de huellas y polvo. Y Emiliano, sentado en una banca, sostuvo a Luna cerca, sin tocarla demasiado, respetando su miedo como se respeta una herida.
—¿Tienes hambre? —preguntó.
Luna asintió con vergüenza.
Valeria, todavía temblando, sacó una botella de agua y unas galletas del portafolio, como si por fin recordara que había cosas más importantes que papeles.
—Toma —dijo, agachándose—. Son tuyas.
Luna las tomó con manos cuidadosas, como si se rompieran. Comió despacio, mirando a Emiliano cada dos mordidas, vigilándolo.
—¿Dónde vivías? —preguntó él.
Luna bajó la mirada.
—En un refugio… hasta que me echaron. Luego debajo del puente de la avenida. A veces con otros niños. A veces sola.
Emiliano apretó la mandíbula, furioso consigo mismo.
—No más —dijo.
—¿Y si me porto mal? —preguntó Luna, como si necesitara probar los límites—. ¿Y si grito? ¿Y si rompo cosas?
Catalina soltó una risa triste.
—Entonces serás una Durán auténtica —respondió—. Aquí todos rompemos cosas.
Emiliano miró a su hermana, agradecido.
—Vamos a casa —dijo finalmente, levantándose—. Pero no a la casa grande con gente rara. A mi departamento. Solo nosotros. Y mañana… mañana iremos con el inspector Rojas. Vas a contarle todo lo que sepas. Y después, si quieres… buscaremos dónde está enterrada la verdad de tu mamá.
Luna tragó saliva.
—¿De verdad la vas a buscar? —preguntó.
Emiliano asintió.
—Te lo prometo —dijo, y esta vez la palabra “prometo” no sonó a billete.
Cuando salieron de la iglesia, el cielo se había nublado. Las cámaras seguían ahí, pero ahora Emiliano caminaba distinto: ya no era el novio perfecto, era un hombre que acababa de perder una ilusión y encontrar un golpe de realidad. Luna caminaba a su lado, con el saco grande arrastrándose un poco, como si se probara un futuro que no le quedaba todavía.
Doña Beatriz, derrotada, se acercó con el rostro desencajado.
—Emiliano… esto… esto se puede arreglar —susurró—. Podemos hablar con Renata. Ella estaba… confundida.
Catalina la miró con desprecio.
—Confundida es una palabra bonita para “criminal”.
Emiliano ni siquiera la miró.
—No hay arreglo —dijo—. Hay consecuencias.
Valeria abrió la puerta del coche. Emiliano ayudó a Luna a subir. Antes de cerrar, Luna lo miró.
—¿Y si ella vuelve? —preguntó, la voz pequeña—. ¿Y si me hace daño?
Emiliano se agachó a su altura.
—Que lo intente —dijo, y en su voz ya no había miedo—. Esta vez, yo te protejo a ti.
El coche arrancó. La iglesia quedó atrás, con su alfombra manchada y su blancura falsa. Y mientras se alejaban, Luna apretó la medalla contra su pecho, mirando por la ventana como si esperara que el mundo le hiciera otra jugada sucia. Emiliano, sentado a su lado, miró la ciudad como si la viera por primera vez: no como un tablero de negocios, sino como un lugar donde una niña podía vivir debajo de un puente sin que él lo supiera.
Esa noche, en un departamento silencioso, Luna se quedó dormida en el sofá, abrazada al saco de Emiliano como si fuera un escudo. Emiliano se sentó frente a ella con una taza de café frío entre las manos. Catalina se quedó de pie, apoyada en el marco de la puerta.
—Te lo dije —susurró ella.
Emiliano no apartó la mirada de Luna.
—No me lo dijiste lo suficiente —respondió.
Catalina respiró hondo.
—Mañana será peor —dijo—. Vendrán demandas, escándalos, amenazas.
Emiliano asintió.
—Que vengan —murmuró—. Hoy… hoy casi me roban la vida. Y una niña que el mundo llamó “basura” me la devolvió.
Catalina se acercó y le puso una mano en el hombro.
—No la pierdas otra vez.
Emiliano cerró los ojos un segundo, como si rezara sin iglesia.
—No la voy a perder —dijo.
Y en el silencio del departamento, lejos de las flores blancas y los flashes, el verdadero comienzo se instaló sin ceremonia: el de un hombre enfrentándose a su propia sombra, y el de una niña que, por primera vez, no tenía que dormir con un ojo abierto por miedo a que el mundo la borrara. Porque la boda se canceló, sí, pero algo más se selló esa tarde: una verdad que ya no podía esconderse detrás de dinero, y una familia rota que, en medio del drama, el veneno y la traición, acababa de encontrarse en la puerta de una iglesia, justo cuando alguien gritó lo único que podía salvarlos.




