February 13, 2026
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‘¡Entrégame al niño!’: la traición del sacerdote que nadie vio venir

  • December 30, 2025
  • 25 min read
‘¡Entrégame al niño!’: la traición del sacerdote que nadie vio venir

Elena regresaba del pozo con los dedos entumecidos por el frío del amanecer. La escarcha crujía bajo sus botas y el aire olía a humo viejo, a pan del día anterior y a tierra húmeda. En la aldea de Valdebruma, la vida era sencilla y, por eso mismo, peligrosa de otra manera: no por guerras ni coronas, sino por el hambre, por las malas cosechas y por los chismes que podían volverse cuchillos. Ella solo pensaba en el guiso que iba a preparar, en que Ivo —su hijo mayor— dejara de toser por las noches, en que Marita aprendiera de una vez a no correr descalza sobre el barro helado. Pensaba en Tomás, su marido, que llevaba semanas trabajando en el molino del señor feudal y volvía cada vez más tarde, con los ojos apagados y una frase clavada en la lengua como un clavo: “No preguntes, Elena”.

Fue entonces cuando escuchó el galope.

No era el galope firme de un mensajero ni el ritmo alegre de un comerciante. Era un galope torcido, desesperado, como si el caballo también supiera que no había camino hacia la salvación. Elena alzó la cabeza y vio al animal surgir entre la neblina: espuma en el hocico, ojos desorbitados, patas embarradas de sangre. Y encima, un hombre que no pertenecía a Valdebruma. Su capa era de un negro pesado, demasiado fino para una aldea pobre; su ropa tenía destellos de seda bajo el cuero, y aunque intentaba ocultarlo, Elena alcanzó a ver el borde de una armadura bajo el abrigo rasgado.

El caballo se detuvo a pocos pasos de ella, relinchando, y el hombre cayó casi a sus pies, como si lo hubiera soltado el mundo. Un golpe sordo contra el suelo. Elena retrocedió, el cántaro golpeándole la cadera.

—¡Dios santo! —murmuró, llevándose una mano a la boca.

La sangre se abría paso por la tela del hombre como una flor oscura. Él intentó incorporarse, pero solo logró apoyarse en un codo. Sus labios estaban partidos, y cuando habló, la voz le salió como un silbido.

—No grite —dijo—. Por favor… no grite.

Elena miró alrededor. La aldea aún dormía. Solo se escuchaba el viento y, a lo lejos, el gallo de la casa de la viuda Celia. Quiso correr, pero el hombre la sujetó del brazo con una fuerza inesperada, desesperada, como la garra de un ahogado.

—Escúcheme, mujer —jadeó, tragando sangre—. No hay tiempo. Lo que voy a pedirle… le costará la vida si lo hace mal.

Entonces Elena vio el bulto que él protegía contra su pecho: un paquete envuelto en terciopelo azul, un azul tan profundo y limpio que parecía arrancado de un vitral de iglesia. Era un color imposible en Valdebruma, donde todo era marrón, gris y verde apagado.

—¿Qué es eso? —preguntó ella, con la voz temblorosa.

El hombre abrió el envoltorio lo suficiente para revelar un rostro pequeño, pálido, perfecto. Un bebé. Y lo más extraño: no lloraba. Miraba, con los ojos abiertos como si ya supiera demasiado, con una calma impropia de un recién nacido.

Elena sintió que el mundo se estrechaba. El bebé olía a jabón caro y a una especie de hierba dulce, nada parecido a los olores de su casa. Sus manos, diminutas, se movían despacio como si el aire fuera agua.

—¿De quién es? —susurró Elena, incapaz de evitarlo—. ¿Qué… qué está pasando?

El hombre acercó su boca al oído de ella. Su aliento era caliente y metálico.

—Hay que esconder a este niño. Nadie debe saber que ha sobrevivido.

Elena tragó saliva. El bebé la miró fijo, sin parpadear. Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Sobrevivido a qué?

El hombre apretó la mandíbula, como si la respuesta le quemara.

—A una matanza. A un incendio. A una traición. —Sus ojos, oscuros y febriles, se clavaron en los de Elena—. Lo buscan. Los jinetes del Rey Rojo… vienen por él. Si lo encuentran, no quedará nada de esta aldea. Ni niños. Ni viejos. Ni usted.

Elena se quedó sin aire. Había oído historias del Rey Rojo, claro. Todos las habían oído. Se decía que su emblema, un sol sangrante, se marcaba con hierro en las puertas de las casas que arrasaba. Se decía que sus hombres reían mientras rezabas. Y se decía, sobre todo, que cuando el Rey Rojo quería algo, lo tenía… o lo destruía.

—Yo… yo no puedo —balbuceó Elena—. Tengo hijos. No puedo meterme en… en esto.

El hombre sonrió con una tristeza que parecía una despedida.

—Ya está metida.

Y, como si el destino hubiera estado esperando esa frase, el silencio se rompió con un trueno de cascos. No uno. Muchos. Una docena de sombras sobre caballos, atravesando la niebla como una jauría.

El hombre empujó el bebé hacia los brazos de Elena.

—Por todo lo sagrado —dijo—. No confíe en nadie.

—¡¿Pero quién es?! —exclamó ella, apretando al niño contra su pecho.

El hombre se desplomó un poco más. Su mano tembló, buscando el borde del terciopelo.

—Escondan a este niño —susurró, helado—. Es el futuro rey.

Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Los jinetes ya estaban cerca; Elena distinguió el emblema rojo en sus capas, el brillo de las lanzas, los cascos de hierro. El líder frenó en seco. Tenía una cicatriz terrible cruzándole la cara, como una serpiente blanca. Bajó del caballo con una calma que era más aterradora que un grito.

Sus ojos fueron primero al cuerpo sangrante del hombre caído, luego al azul imposible del terciopelo entre los brazos de Elena. Sonrió, mostrando dientes manchados de tabaco.

—¿Qué tienes ahí, campesina? —preguntó con una voz que parecía hielo raspando piedra.

Elena notó que sus manos estaban mojadas, no sabía si de agua del cántaro o de sangre. Sintió al bebé moverse, emitir un pequeño sonido, casi un suspiro.

—Nada —mintió, y su voz la traicionó, quebrándose—. Solo… un trapo. Para el frío.

El líder avanzó un paso. Sus hombres lo imitaron, rodeándola lentamente, cerrando un círculo que olía a metal.

—¿Un trapo de terciopelo azul? —se burló—. Qué lujo para una mujer que lleva uñas rotas. Muéstramelo.

Elena apretó al bebé contra sí. Le vino a la mente el rostro de Ivo, su tos nocturna, Marita riendo con la boca llena de sopa aguada. Le vino a la mente Tomás diciendo “no preguntes” con la mirada perdida.

—No puedo —dijo, y apenas reconoció su propia voz—. Es… es mío.

El líder levantó una ceja.

—¿Tuyo? —Se inclinó un poco, como si oliera la mentira—. Curioso. Porque nos han dicho que un niño muy especial pasó por aquí.

Uno de los jinetes se bajó del caballo y pateó el cuerpo del hombre herido. Elena soltó un gemido involuntario. El hombre apenas reaccionó; estaba casi ido.

—¿Quién eres? —le gritó Elena al líder, intentando ganar tiempo—. ¿Qué quieren?

—Quiero lo que me pertenece —dijo él, sin dejar de sonreír—. Llámame capitán Soren. Y si haces lo correcto, puede que tus hijos sigan respirando mañana.

La palabra “hijos” le pegó como un látigo.

—No sé de qué habla —insistió Elena.

Soren dio una orden con un gesto. Dos hombres se separaron del círculo y caminaron hacia la aldea. Elena vio cómo se perdían entre la niebla, rumbo a su casa.

—¡No! —exclamó, dando un paso hacia ellos, pero una lanza le cortó el camino.

Soren disfrutó del momento.

—Siempre terminan entendiendo con la amenaza adecuada —dijo—. Ahora, campesina: el paquete.

El bebé la miró, tan quieto. Y Elena, en un acto desesperado y absurdo, habló con él como si pudiera entenderla.

—No hagas ruido —susurró, pegando su boca a su frente—. Por favor.

Entonces ocurrió algo que la heló aún más: el bebé abrió la mano y apretó un mechón de su cabello, con una fuerza mínima pero firme, como si la estuviera anclando a la vida.

Elena tomó una decisión que ni ella sabía que podía tomar. Giró de golpe y echó a correr.

Los jinetes reaccionaron tarde, sorprendidos por el atrevimiento. Elena no corrió hacia la aldea, sino hacia el bosque, hacia la pendiente de piedras donde solo los desesperados se aventuraban. El cántaro cayó y se rompió; el agua se mezcló con la tierra como si fuera una señal.

—¡Atrápenla! —rugió Soren.

Elena sintió el aire cortarle la garganta, el peso del bebé contra su pecho, su corazón golpeándole las costillas como si quisiera salir. Detrás, cascos. Gritos. Un silbido de flecha que pasó tan cerca que oyó el viento arrancándole un cabello.

Entró al bosque como si entrara a una boca oscura. Las ramas le arañaron la cara, el barro le tragó los tobillos. Conocía ese bosque; había recogido setas allí desde niña. Pero nunca lo había visto así: no como hogar, sino como escondite, como tumba posible.

A lo lejos, escuchó un grito: la voz de Marita, aguda como un vidrio. Elena se detuvo un segundo, horrorizada, y ese segundo casi la mata. Un jinete apareció entre los árboles, demasiado cerca, la espada desenvainada.

Elena retrocedió, tropezó con una raíz y cayó de rodillas. El bebé no lloró. Solo la miró, serio.

—Devuélvelo —dijo el jinete, acercándose.

Elena levantó una piedra con la mano libre. Pesaba poco, pero era algo.

—¡Aléjate! —gritó ella, con una furia que no sabía que tenía—. ¡Aléjate o te juro que…!

El jinete rió.

—¿Me vas a matar con una piedra? Qué valiente.

Y entonces, de la nada, un cuchillo voló y se le clavó en el cuello.

El jinete abrió la boca, sorprendido. Se llevó una mano a la herida, tambaleó y cayó como un saco. Elena se quedó paralizada, jadeando. El cuchillo estaba bien lanzado, preciso.

De entre los árboles apareció una mujer envuelta en una capa marrón, con el rostro parcialmente cubierto. Sus ojos eran oscuros, afilados como los de un gato.

—Muévete, campesina —dijo, sin preámbulos—. Si te quedas quieta, mueres.

—¿Quién…? —Elena apenas podía hablar.

—Después. Ahora corre.

La mujer la agarró del brazo —otra vez esa sensación de ser arrastrada por fuerzas que no entendía— y la condujo por un sendero estrecho, oculto tras helechos.

—¿Por qué me ayudas? —logró preguntar Elena, mientras corrían—. ¿Quién eres?

—Me llaman Liora —respondió la desconocida—. Y porque ese niño vale más que tu miedo.

Elena tragó saliva.

—Mis hijos… —dijo, y su voz se rompió—. Han ido hacia mi casa.

Liora maldijo.

—Lo sabía. Soren siempre hace eso. —Miró al bebé de reojo—. Debemos sacarte de aquí… pero si no vuelves, quemarán tu casa y colgarán a tu marido.

Elena sintió un golpe en el estómago. Tomás. Ivo. Marita.

—Entonces vuelvo —dijo Elena, con un temblor que no era duda, sino decisión—. No puedo dejarlos.

Liora la miró como si estuviera evaluando una espada.

—Vas a ir a la boca del lobo con el cordero en brazos.

—Me da igual. Son mis hijos.

Liora apretó los labios.

—Está bien. Hay una forma. —Se detuvo detrás de un tronco caído, sacó algo de un bolsillo: un pequeño frasco de vidrio con líquido oscuro—. Esto es de Mircea, la curandera del pantano. Te manchará la piel, te cambiará el olor. Los perros no te seguirán bien.

—¿Y tú? —preguntó Elena.

—Yo seré la distracción.

Elena la miró, incrédula.

—¿Por qué arriesgarías tu vida?

Liora sonrió, y por un instante pareció más joven, casi triste.

—Porque ya perdí a los míos por culpa del Rey Rojo. —Se inclinó hacia Elena—. Y porque ese bebé… no es solo un bebé.

Elena sintió un vértigo.

—¿Tú sabes quién es?

Liora dudó un segundo.

—Sé a quién se parece. Y sé quién lo quiere muerto.

Antes de que Elena pudiera preguntar más, Liora le untó el líquido en las manos, en el cuello, en la cara. El olor era amargo, como tierra podrida.

—Ahora escucha —dijo Liora—. Vuelve a la aldea por el arroyo. No por el camino. Busca a Celia, la viuda. Ella tiene un sótano. Y no confíes en el sacerdote. El padre Aurelio… le debe dinero al capitán Soren.

Elena abrió los ojos.

—¿Aurelio? Él me bautizó.

—Los hombres santos también tienen hambre —murmuró Liora—. Ve.

Elena apretó al bebé contra su pecho y corrió.

El regreso fue un infierno silencioso. El bosque parecía observarla. El arroyo estaba helado; el agua le mordía los tobillos, pero no se detuvo. Cuando por fin vio las primeras casas de Valdebruma, el corazón se le subió a la garganta.

Había humo.

No mucho, pero suficiente para anunciar tragedia. Elena se acercó agachada, pegada a las sombras. Vio a dos jinetes frente a su casa. Vio la puerta abierta. Oyó lloros. El llanto de Marita.

—¡Mamá! —gritaba la niña—. ¡Mamá!

Elena quiso lanzarse hacia ella, pero una mano la sujetó desde atrás. Se giró, lista para morder, y se encontró con el rostro arrugado de la viuda Celia, que la miraba con ojos encendidos por el miedo.

—Estás loca —susurró Celia—. ¡Te van a ver!

—Mis hijos —jadeó Elena, y sintió lágrimas en la cara—. ¡Se los van a llevar!

Celia miró el bulto azul.

—¿Qué demonios traes ahí?

—Después. Por favor, Celia.

La viuda apretó la mandíbula. Era una mujer dura; había enterrado a tres maridos y seguía caminando erguida.

—Ven —dijo—. Por atrás. Tengo una entrada bajo el gallinero. Pero si nos pillan, nos despellejan.

Elena asintió sin pensar. Celia la condujo hasta su casa, una construcción vieja de madera oscura. Levantó una tabla bajo el gallinero y reveló un hueco. Un olor a humedad salió como un suspiro.

—Baja —ordenó Celia—. Y no hagas ruido.

Elena bajó, con el bebé. El sótano era pequeño y estaba lleno de sacos de harina, frascos con encurtidos y herramientas. Allí adentro el tiempo parecía detenido. Celia cerró la entrada y la oscuridad las envolvió.

Desde arriba llegaban voces.

—¡Busquen en todas las casas! —la voz de Soren, clara, dominante—. ¡Si esa campesina escondió al niño, no debe respirar al atardecer!

Elena se tapó la boca para no sollozar. El bebé seguía sin llorar. Y eso la aterraba más que el resto, como si el silencio del niño fuera una promesa.

—¿Quién es? —susurró Celia, apenas audible—. ¿Qué has hecho, Elena?

Elena tragó.

—Un hombre me lo dio. Dijo… dijo que es el futuro rey.

Celia se quedó inmóvil. Luego soltó una risa seca, sin humor.

—¿Rey? Aquí solo conocemos señores que se llevan nuestro grano y sacerdotes que nos cobran por rezar.

—Celia…

—No me mires así. —La viuda se inclinó hacia el bebé, intentando ver su cara en la oscuridad—. A ver… —Se detuvo de golpe—. Por las sombras…

—¿Qué?

Celia respiró hondo.

—He visto ese color antes. Terciopelo azul. Solo en una ocasión. Cuando pasaron las carrozas reales, hace años, antes de que el Rey Rojo tomara el trono. —Miró a Elena—. Si esto es verdad, nos van a borrar del mapa.

Arriba, un golpe en una puerta. Luego un grito.

—¡Tomás! —reconoció Elena la voz de su marido, ahogada.

Elena sintió que se le partía el alma. Se levantó, buscando la salida.

Celia la sujetó.

—Si sales, mueres.

—¡Es Tomás! —susurró Elena, desesperada—. ¡Y Marita está llorando!

Celia la miró fijo.

—Si mueres, también mueren. Piensa.

Elena apretó los ojos. Respiró. El bebé se movió y su mano tocó el pecho de Elena. Fue un gesto pequeño, pero Elena lo sintió como una súplica muda.

En ese instante, un ruido distinto se coló desde arriba: pasos rápidos, urgentes, y una voz que Elena no esperaba oír.

—Capitán Soren —dijo el padre Aurelio—, les juro por la cruz que yo mismo revisaré cada rincón. Esa mujer no puede haber ido lejos.

Elena se quedó helada. Celia le había advertido. Y aun así, escuchar al sacerdote vendiéndolas con tanta calma fue como tragar hielo.

—Rezarás con más ganas si lo encuentras —respondió Soren, divertido—. Y recuerda nuestra deuda, padre.

—Sí… sí, capitán.

Elena tembló de rabia. Celia puso una mano en su hombro, apretando.

—No hagas nada —susurró—. Espera.

Los minutos se hicieron eternos. El sótano olía a encurtidos y miedo. Afuera, los cascos sonaban como relojes de muerte. Luego, de repente, un silencio pesado. Y después, gritos.

—¡Fuego! —vociferó alguien—. ¡Hay fuego en el granero del señor!

Elena abrió los ojos. Celia también.

—Eso es Liora —murmuró Celia, como si entendiera.

Arriba, caos. Pasos corriendo. Voces chocando unas con otras. El sonido de un caballo relinchando de terror. Soren gritó órdenes.

—¡Apaguen eso! ¡Y no dejen que nadie salga de la aldea!

Celia se movió con rapidez sorprendente. Levantó una piedra del suelo del sótano y la apartó, revelando una pequeña rendija.

—Salida vieja —susurró—. La usaba mi primer marido para esconder licor. Lleva al seto detrás de la iglesia.

Elena sintió una esperanza brutal.

—¿Y mis hijos?

Celia apretó la mandíbula.

—Si ahora salvas al niño, quizá luego puedas salvarlos. Si te atrapan con él, no salvarás a nadie.

Elena se quedó paralizada. El dilema le destrozaba la garganta. Pero entonces oyó la voz de Tomás, más cerca, no dentro de la casa, sino afuera, como si lo hubieran sacado.

—¡Elena! —gritó él—. ¡Si estás viva, corre!

Elena lloró en silencio. Celia empujó la piedra.

—¡Ve! —ordenó—. Yo me encargo de tus hijos si puedo. Te lo juro por la tumba de mis muertos.

Elena no tuvo tiempo de agradecer. Gateó por la rendija con el bebé. La tierra le raspó las rodillas. Salió detrás de la iglesia, donde el seto crecía alto y salvaje.

Allí, en la sombra, alguien la esperaba.

—Pensé que no volverías a salir —dijo una voz.

Liora. Tenía el pelo desordenado, la capa manchada de hollín y sangre que no parecía suya. Respiraba agitada.

—Mis hijos… —dijo Elena, y su voz se quebró.

Liora apretó los labios.

—Lo sé. Vi cómo los tomaban. Pero aún no se han ido. Soren quiere al niño primero. Es su obsesión.

Elena sintió que el odio le encendía el pecho.

—Entonces los vamos a recuperar.

Liora la miró, sorprendiéndose un segundo, como si Elena hubiera cambiado de forma.

—¿Con qué? ¿Con tus manos?

Elena miró al bebé. Sus ojos seguían abiertos. Y entonces, por primera vez, notó algo que antes no había visto bien: una marca pequeña detrás de la oreja del niño, como una corona diminuta tatuada en la piel.

—No sé —dijo Elena—. Pero no voy a perderlos.

Liora suspiró, como si aceptara un destino inevitable.

—Hay un hombre… en el borde del bosque. Un contrabandista llamado Rurik. Odia al Rey Rojo. Nos debe favores. Si llegamos a él, quizá…

—No “quizá” —cortó Elena—. Vamos.

Se movieron entre sombras, esquivando las calles. La aldea era un teatro de desastre: el granero ardía y la gente gritaba, el padre Aurelio corría como gallina decapitada, los jinetes empujaban a campesinos con las lanzas para mantenerlos dentro de sus casas. Elena vio a Tomás arrodillado en el barro, con la cara golpeada, y a Ivo sujetado por el cuello por un soldado. Marita lloraba, sostenida por otro, con el cabello hecho un nudo.

Elena estuvo a punto de gritar, de lanzarse, de condenarse. Liora la detuvo, tapándole la boca.

—No ahora —susurró Liora—. Si te ven, los matan en el acto.

Elena apretó los ojos, tragándose un sollozo.

Se deslizaron hacia la salida del bosque. Allí, junto a un carro viejo cubierto con paja, apareció Rurik: un hombre grande, con barba rojiza y una cicatriz en la ceja. Tenía un arco en la espalda y una sonrisa como la de alguien que ya ha visto demasiada muerte.

—Vaya, vaya —murmuró—. La gata del bosque trae compañía.

—Cállate —dijo Liora—. Necesitamos tu ayuda.

Rurik miró a Elena, y luego al terciopelo azul. Silbó.

—Así que era verdad —dijo—. El cachorrito real.

Elena lo miró con furia.

—No es un cachorro. Es un niño.

Rurik alzó las manos, fingiendo inocencia.

—Tranquila, madre coraje. ¿Qué quieres de mí?

Liora habló rápido.

—Soren tiene a sus hijos. Si conseguimos sacar al niño de la aldea, Soren lo seguirá. Pero necesitamos un intercambio. Una trampa. Algo que lo obligue a soltar a los niños.

Rurik se rascó la barba, pensativo.

—¿Y por qué arriesgaría mi pellejo por unos campesinos?

Elena dio un paso hacia él. Sus ojos ardían.

—Porque si ese hombre se queda con el trono, no habrá pellejo suficiente para nadie —dijo—. Porque hoy son mis hijos, y mañana serán los tuyos, o los de quien te vende pan. Porque… —bajó la voz— porque tú también tienes algo que esconder, ¿verdad?

Rurik la miró con sorpresa. Liora ladeó la cabeza, como si no esperara esa intuición.

Rurik soltó una risa baja.

—Me caes bien. —Se inclinó—. Está bien. Haré esto por la chica del bosque. Y porque odio al sol sangrante.

El plan nació en murmullos y miradas. Rurik tenía una carreta con doble fondo. Liora conocía los caminos invisibles. Elena… Elena tenía el arma más peligrosa: la desesperación.

La trampa fue simple y brutal: harían creer a Soren que el bebé estaba a punto de escapar por el puente viejo del arroyo, hacia las colinas. Soren no resistiría. Lo seguiría con parte de sus hombres. En ese momento, Rurik y Liora atacarían el grupo que custodiaba a los niños, usando el fuego del granero como cobertura.

Elena se negó a quedarse atrás.

—Yo voy —dijo—. Si algo sale mal, mis hijos me necesitan cerca.

Liora la miró con una mezcla de respeto y miedo.

—No puedes luchar con un bebé.

Elena bajó la vista al niño. Y entonces, por primera vez, el bebé hizo algo nuevo: emitió un sonido que no era llanto, sino casi… un murmullo, un susurro diminuto. Y Elena, con el corazón encendido de cansancio, juró que el sonido se parecía a una palabra.

“Ma…”

Elena sintió que se le partía algo adentro. Lo abrazó con más fuerza.

—No lo dejaré —dijo, firme—. Pero tampoco dejaré a mis hijos.

Se movieron. El puente viejo estaba medio roto y crujía con cada paso. Rurik se adelantó, dejando huellas falsas en el barro. Liora lanzó una piedra al río, imitando un chapoteo como si alguien estuviera cruzando. Y Elena, con el bebé envuelto, apareció lo suficiente para que la vieran desde lejos.

—¡Ahí! —gritó un soldado.

Soren apareció como un demonio salido del humo, la cicatriz brillante a la luz del fuego.

—¡Deténganla! —rugió—. ¡No disparen al paquete!

Elena corrió hacia el puente. Oyó cascos detrás. Sintió el tiempo romperse. El bebé no lloró. Solo apretó su dedo con esa fuerza calmada, como si le diera valor.

—¡Elena! —gritó Tomás a lo lejos, y ella lo oyó por encima del caos.

No podía mirar atrás. No podía.

En el momento justo, Liora y Rurik atacaron por el costado de la plaza. Se escuchó un grito ahogado, el chasquido de un arco, el golpe seco de un cuerpo cayendo. Elena quiso creer que era el sonido de sus hijos siendo liberados, pero no podía detenerse a comprobarlo.

Soren estaba cada vez más cerca. Elena sintió su aliento casi en la nuca.

—¡No eres nadie! —bramó él—. ¡No entiendes lo que llevas en brazos!

Elena giró un poco la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas y barro.

—Soy su madre por esta noche —escupió—. ¡Y eso es suficiente!

El puente crujió. Un tablón cedió bajo un casco. Un caballo relinchó y cayó de lado, arrastrando a un jinete al agua helada. Soren maldijo, frenando un instante. Ese instante salvó a Elena: alcanzó el otro lado y se lanzó al sendero entre los árboles.

Pero cuando giró, buscando la sombra de Liora, vio algo que le congeló la sangre.

El padre Aurelio estaba allí, bloqueando el camino, con una antorcha en una mano y una sonrisa temblorosa.

—Hija —dijo, como si diera un sermón—. Entrégame al niño. Te perdonaré. Dios perdona.

Elena sintió una risa amarga subirle del estómago.

—Tú no eres Dios —susurró—. Eres un cobarde.

Aurelio apretó los dientes, levantó la antorcha.

—¡Es por la paz! ¡Por el orden!

Elena vio el brillo de la codicia en sus ojos. Y entonces Liora apareció desde un lado, silenciosa, como una sombra.

—No —dijo Liora, y clavó un pequeño puñal en la mano de Aurelio.

El sacerdote gritó, soltó la antorcha. Cayó al barro, chillando, mientras la llama se apagaba.

—Te lo dije —murmuró Liora—. No confíes en nadie.

Elena miró más allá. Vio a Rurik arrastrando a Ivo y a Marita, y detrás, Tomás tambaleándose, libre pero herido, con sangre en la boca. Elena soltó un sollozo que era mitad alivio, mitad derrumbe.

—¡Mamá! —gritó Marita, corriendo hacia ella.

Elena se arrodilló, abrazándolos con un brazo mientras sostenía al bebé con el otro. Tomás llegó y los envolvió a todos con su cuerpo, como si quisiera construir una muralla con sus huesos.

—¿Qué has hecho? —susurró Tomás, mirando el terciopelo azul—. ¿Qué… qué es esto?

Elena lo miró, y por primera vez, vio en su esposo algo que antes no había querido ver: reconocimiento. Miedo antiguo.

—Tú lo sabes —dijo ella, despacio—. Tú sabes más de lo que dices.

Tomás tragó saliva. Miró al bebé. Su rostro se volvió ceniza.

—No… —murmuró—. No puede ser.

Rurik soltó una carcajada tensa.

—Oh, sí puede —dijo—. Y si nos quedamos aquí a contemplarlo, Soren nos corta la lengua.

A lo lejos, el grito de Soren retumbó como un trueno:

—¡NO ESCAPARÁN!

La familia y sus aliados se internaron en el bosque, corriendo hacia las colinas, hacia lo desconocido. Las ramas se cerraron detrás de ellos como si el bosque mismo quisiera tragarse el secreto.

Mientras corrían, Elena sintió que el bebé se acomodaba, y por un instante sus ojos se cerraron, como si por fin pudiera dormir. Elena, agotada, miró el cielo entre las ramas: un amanecer pálido se abría paso, manchado por el humo de Valdebruma. Pensó en la vida simple que conocía, en su guiso y sus preocupaciones pequeñas. Todo eso había muerto en una mañana.

Liora corría adelante, guiándolos. Rurik cubría la retaguardia. Tomás, pese a sus heridas, cargaba a Marita cuando tropezaba, y empujaba a Ivo a seguir.

—¿A dónde vamos? —preguntó Elena, con la voz rota.

Liora no se detuvo.

—A donde el Rey Rojo no pueda alcanzarnos… todavía. Hay gente en el norte. Leales al antiguo linaje. Rebeldes. Algunos los llaman traidores. Otros, esperanza.

Tomás miró a Elena con ojos que pedían perdón y confesión a la vez.

—Yo trabajé para ellos —admitió, entre jadeos—. Para los que intentaron salvar a la familia real. Creí que… creí que todo había terminado.

Elena apretó al bebé.

—Ahora no —dijo—. Ahora empieza.

Detrás, los cascos volvieron a sonar, más lejanos pero persistentes. El Rey Rojo no olvidaba. Soren no perdonaba. Y sin embargo, mientras el bosque los tragaba y el frío les mordía los huesos, Elena sintió algo que nunca había sentido: una llama de desafío.

Porque tenía a sus hijos vivos. Tenía aliados que la muerte aún no había comprado. Y tenía en brazos a un niño que no lloraba… un niño con una marca de corona detrás de la oreja, un secreto envuelto en terciopelo azul. El futuro, pesado y caliente contra su pecho, respirando con calma en medio del desastre.

Y Elena, campesina de manos rotas y corazón feroz, se juró en silencio que si el mundo insistía en convertirla en parte de una guerra, entonces no sería solo una pieza: sería la tormenta.

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