February 12, 2026
Desprecio

Se rieron de la recluta más torpe… hasta que el comandante vio el tatuaje y se quedó sin voz

  • December 29, 2025
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Se rieron de la recluta más torpe… hasta que el comandante vio el tatuaje y se quedó sin voz

Cuando el autobús verde oliva se detuvo con un chillido frente al portón del Campo “San Jerónimo”, el aire olía a polvo caliente, sudor viejo y metal húmedo. Sobre la reja, el letrero de hierro decía DISCIPLINA O DERROTA, y debajo, como si fuera una advertencia personal, el viento levantaba pequeñas espirales de arena que se metían en los ojos. Sofía Gómez bajó la primera, con una mochila demasiado grande para su espalda delgada, el cabello recogido con prisa y la mirada fija en el suelo, como si ya supiera que no habría compasión ahí dentro.

A su alrededor bajaron otros reclutas: cuerpos atléticos, risas nerviosas, chistes con dientes apretados. Uno de ellos, un tipo alto y huesudo apodado “El Flaco” Ríos, la miró de arriba abajo como quien examina un paquete mal envuelto.

—¿Esa es la nueva? —murmuró a su compañero, Mateo Salazar, un moreno de sonrisa fácil que intentaba caer bien a todo el mundo.

—Parece… perdida —respondió Mateo, con un tono menos cruel, pero igual de curioso.

Valeria Ledesma, la más rápida incluso al caminar, la observó con una ceja levantada. Tenía el cabello cortado al ras, una cicatriz mínima en la barbilla y una forma de mirar que prometía competencia, no amistad.

—Si se cae en la primera marcha, yo no la cargo —sentenció, sin bajar la voz.

Sofía fingió no escuchar. Ya había sentido miradas así en otros lugares, como si su presencia fuera un error administrativo. Pero aquí, en San Jerónimo, los errores se pagaban con humillación pública.

Los recibieron con un rugido.

—¡FORMACIÓN! ¡AHORA! —tronó la voz del Sargento Morales, un hombre ancho como una pared, con bigote duro y ojos de perro viejo que no se impresiona con nada.

Los reclutas corrieron y se alinearon como pudieron. Sofía tardó un segundo más. Eso bastó.

—¿Tú qué crees que es esto, Gómez? ¿Un spa? —Morales se le plantó enfrente. La sombra del sargento la cubrió entera—. ¡Mírame cuando te hablo!

Sofía levantó la vista. Sus ojos no eran sumisos: eran tranquilos, casi fríos. Como si estuviera midiendo el tamaño real del monstruo.

—Sí, mi sargento.

El Sargento Morales frunció el ceño, desconcertado por un instante. Luego escupió al suelo.

—Aquí no hay “sí, mi sargento” que te salve. Aquí se sobrevive o se rompe. ¿Entendido?

—Entendido, mi sargento.

Al fondo, alguien soltó una risita. El Flaco Ríos, claro, tapándose la boca como si fuera una tos.

El Comandante Vega apareció después, caminando con la calma de quien manda incluso sin hablar. Treinta años de servicio, decían. Treinta años tragándose el miedo ajeno como desayuno. Su cara era una piedra curtida por el sol, con arrugas que parecían cicatrices. Cuando se detuvo frente a la formación, el silencio se volvió pesado, casi sólido.

—Bienvenidos al lugar donde los sueños se mueren rápido —dijo, sin gritar, y aun así retumbó—. Si han venido a jugar a ser soldados, se equivocaron de puerta. Aquí no entrenamos cuerpos. Aquí entrenamos decisiones. Y la primera decisión es simple: ¿te rindes hoy o mañana?

Los ojos de Vega se pasearon por las filas y se detuvieron en Sofía. No fue un vistazo casual. Fue un anzuelo.

—Tú. Gómez.

—Sí, mi comandante.

—¿Por qué estás aquí?

Sofía tragó saliva. Había ensayado mil respuestas. Ninguna servía con esos ojos encima.

—Para servir, mi comandante.

Vega sonrió sin alegría.

—Eso lo dicen todos. La diferencia es que algunos lo soportan. Veremos cuánto duras.

Desde ese momento, fue como si la hubieran marcado con pintura fluorescente. En cada prueba, en cada carrera, en cada ejercicio, Sofía era el blanco.

La primera semana fue un desfile de pequeñas derrotas públicas. En la pista, llegaba última. En la pared de escalada, se quedaba a medio camino, jadeando, con los brazos temblando. En el circuito de obstáculos, tropezaba, se raspaba, se levantaba en silencio. No lloraba, no se quejaba, pero eso no le ganaba respeto. Solo alimentaba el desprecio.

—¡Gómez, eres un insulto para este uniforme! —le gritaba Vega frente a todos—. ¡Cien flexiones ahora mismo!

Sofía bajaba al suelo, apoyaba las manos, y empezaba. A la treinta, el sudor le caía por la frente. A la cincuenta, los brazos le temblaban como ramas finas. A la ochenta, se le nublaba la vista. Pero seguía. Siempre seguía.

—Mira, mira —susurró El Flaco Ríos a Mateo una tarde, cuando Sofía tambaleó al ponerse de pie—. Te apuesto que se desmaya antes del viernes.

Mateo apretó los dientes.

—Cállate.

—¿Te da pena? —se burló Valeria, cruzándose de brazos—. Aquí la pena se vuelve peso muerto.

Esa noche, en el comedor, la bandeja de Sofía apareció con sal extra, tanta que el arroz parecía nieve sucia. Cuando llevó la primera cucharada a la boca, tosió. El Flaco se rió a carcajadas.

—Uy, perdón, Gómez. Se me “resbaló” el salero.

Sofía lo miró. No con rabia explosiva, sino con algo más inquietante: una calma que no encajaba con su papel de recluta torpe.

—No pasa nada —dijo, y siguió comiendo, como si el sabor no importara.

Mateo la observó desde su mesa. Algo en ella le parecía… raro. No era la lentitud. Era la forma en que, incluso humillada, no se encogía por dentro.

El segundo viernes, durante una marcha nocturna, ocurrió el primer incidente serio. Los mandaron al monte, con mochilas pesadas, y la orden de regresar sin perder a nadie. El cielo era una boca negra. La luna apenas era una uña.

A mitad del ascenso, Sofía se quedó atrás. Morales la empujó con el hombro.

—¡Muévete, Gómez! ¡Si te pierdes, te dejo comida para los buitres!

Sofía respiraba con dificultad, pero seguía. De pronto, un grito cortó la noche.

—¡VALERIA!

Valeria Ledesma había resbalado cerca de una pendiente y estaba colgando de una raíz, con una pierna atrapada entre piedras. El pánico se le asomaba en los ojos, rápido y sucio.

—¡No… no puedo subir! —jadeó.

El Flaco se asomó y retrocedió.

—Está demasiado lejos.

Morales maldijo.

—¡Necesito dos para bajarla!

Mateo dio un paso adelante.

—Yo voy.

—Y yo —dijo otro recluta.

Pero antes de que Morales respondiera, Sofía se adelantó. Con una rapidez que nadie le había visto. Se arrodilló, evaluó la pendiente como si la hubiera memorizado, se quitó la correa de su mochila y la convirtió en un improvisado arnés.

—Gómez, ¿qué demonios crees que haces? —rugió Morales.

—Bajando —respondió ella, seca.

—¡No estás autorizada!

Sofía ya estaba descendiendo. Sus manos encontraban apoyo con precisión. Sus pies no resbalaban. Llegó a Valeria, le habló al oído con una voz baja que apenas se oía.

—Respira. Si te desesperas, te sueltas. ¿Me entiendes?

Valeria la miró, aturdida.

—¿Tú… tú sabes hacer esto?

—No preguntes. Agárrate.

En menos de un minuto, Sofía liberó la pierna atrapada, ajustó el arnés y la subió con ayuda desde arriba. Cuando Valeria cayó al suelo, temblando, Sofía la sostuvo antes de que se golpeara.

Hubo un silencio raro. El Flaco no supo qué cara poner. Morales se acercó con los ojos entrecerrados.

—¿Dónde aprendiste eso, Gómez?

Sofía se encogió de hombros.

—En ningún lado, mi sargento. Solo… lo hice.

Morales no quedó satisfecho, pero no podía negar lo que había visto. Vega, que había llegado tarde al incidente, miró a Sofía con un interés nuevo, como quien huele humo donde no hay fuego.

Esa misma noche, en la barraca, Valeria se sentó en su litera y miró a Sofía, que estaba limpiando una raspadura en su antebrazo sin hacer ruido.

—Me salvaste —dijo Valeria, con voz áspera, como si le doliera admitirlo.

Sofía no levantó la vista.

—No fue nada.

—No. Sí fue —Valeria se pasó una mano por la cara—. ¿Por qué actúas como si no pudieras correr, pero te mueves así en la montaña?

Sofía guardó la gasa, apretó el vendaje.

—Hay cosas que se ven torpes desde lejos. De cerca… son otra cosa.

Valeria frunció el ceño.

—Eres rara, Gómez.

—Lo sé.

Y no dijo más.

A partir de ahí, la tensión en el campamento cambió de textura. Ya no era solo burla. Empezó a ser sospecha. Porque algunos juraban haber visto a Sofía despierta cuando todos dormían, sentada en el borde de su cama, mirando el vacío como si esperara una señal. Otros decían que la habían visto hablando a solas detrás del galpón de mantenimiento, donde no llegaban las cámaras.

El rumor más jugoso nació en la boca del Flaco Ríos, por supuesto.

—Les digo que es espía —susurró en el comedor—. O novia de algún general. Por eso la dejaron entrar aunque sea un desastre.

Mateo lo enfrentó.

—Deja de inventar.

—¿Inventar? —El Flaco sonrió—. A mí no me engaña. Nadie es tan mala en todo… y tan tranquila.

Esa tarde, la prueba de tiro fue el escenario perfecto para que el infierno se abriera. Sofía había fallado dos veces. No por temblor. No por miedo. Sus disparos simplemente… rozaban el blanco, como si se negara a acertar.

—¡Tercera ronda! —ordenó Vega, de pie detrás de ella.

Sofía tomó el arma, respiró, apuntó… y falló otra vez.

El silencio fue brutal. Luego estalló la risa contenida, como burbujas de veneno.

—¡Ay, no! —se carcajeó alguien—. ¡Si dispara así en una guerra, nos mata a nosotros!

Vega se puso rojo. Sus venas parecían cuerdas en el cuello. Caminó hacia ella con pasos lentos, peligrosos.

—Gómez… —dijo, y su voz era más aterradora que un grito—. ¿Tú me estás tomando el pelo?

—No, mi comandante.

—¿Entonces qué eres? ¿Inútil? ¿O arrogante?

Sofía apretó la mandíbula.

—Estoy intentando, mi comandante.

Vega la agarró del brazo y la giró hacia la formación, como si fuera un objeto.

—¡Todo el batallón! ¡Atención! —Vega escupió las palabras—. Vamos a hacer una revisión de disciplina. Porque esto… esto es una falta de respeto.

Morales tragó saliva. Los reclutas se quedaron rígidos. El Flaco sonreía, esperando el espectáculo.

Vega empujó a Sofía al centro.

—¡Quítate esa sudadera ahora mismo, Gómez! —rugió—. Quiero ver qué clase de soldado pretendes ser. Si tienes escondido un chaleco de princesa, este es el momento.

Sofía dudó un segundo. Un segundo exacto. Como si en ese parpadeo evaluara las consecuencias. Luego, con lentitud, se quitó la sudadera, y debajo quedó la camiseta ajustada al cuerpo. Vega no se conformó.

—La camiseta también.

Los ojos de todos se abrieron, algunos con morbo, otros con incomodidad. Valeria apretó los puños. Mateo dio un paso, pero Morales lo detuvo con una mirada: no te metas.

Sofía inhaló, se dio la vuelta y levantó la camiseta por la espalda.

Y el mundo se congeló.

No había heridas. No había marcas de castigo. Había un tatuaje, sí, pero no uno cualquiera. En el hombro izquierdo, justo donde el hueso se curva, se extendía un emblema negro y plateado: un cuervo con las alas abiertas, sujetando una daga y una brújula, rodeado por un círculo de pequeñas letras.

El Flaco dejó de sonreír. Valeria sintió un escalofrío. Mateo, que no entendía de símbolos militares, solo supo que aquello era… demasiado serio para estar en la piel de una recluta.

El Sargento Morales palideció. Y el Comandante Vega… el hombre que nunca parecía temerle a nada… retrocedió un paso.

Sus pupilas se contrajeron como si hubiera visto un fantasma.

—No… —susurró, casi sin voz.

El silencio era tan denso que se escuchaba el zumbido lejano de un generador.

Vega se acercó, temblando. No era rabia lo que lo sacudía. Era algo peor: reconocimiento.

Sofía bajó la camiseta, se puso la sudadera con calma, y se giró para mirarlo.

—Comandante —dijo ella, y su tono no era el de una recluta pidiendo permiso. Era el de alguien recordando una deuda.

Vega tragó saliva. Sus manos se cerraron y abrieron, como si no supiera qué hacer con ellas.

—¿Quién… quién demonios eres? —logró decir.

Sofía sostuvo su mirada. Y en ese instante, por primera vez, no parecía lenta ni torpe. Parecía peligrosa.

—Usted sabe lo que significa ese símbolo —respondió.

Vega miró alrededor, como si el aire se hubiera vuelto enemigo.

—¡Morales! —ordenó, con una voz quebrada—. ¡Desaloje la pista! ¡Ahora! ¡Que todos vuelvan a barracas y nadie diga una palabra!

Los reclutas se quedaron quietos, confundidos.

—¡¿No escucharon?! —rugió Morales, obedeciendo el tono extraño de Vega—. ¡Fuera!

Hubo un murmullo de protesta, pero el miedo ganó. Se dispersaron en una masa silenciosa, mirándose entre sí como si acabaran de presenciar un accidente. El Flaco caminó rápido, con la cara gris. Valeria se quedó atrás un segundo, mirando a Sofía con ojos nuevos: mezcla de respeto y alarma. Mateo también, pero Sofía no les devolvió la mirada.

Cuando quedaron solos, Vega bajó la voz.

—Ese tatuaje… —dijo, como si cada palabra le quemara—. Ese tatuaje es de la Orden del Cuervo.

Sofía asintió, despacio.

—No debería existir —susurró Vega—. La disolvieron hace años. La borraron de los registros.

—A algunos nos borraron —corrigió Sofía—. Pero no nos mataron. Eso intentaron. No lo lograron.

Vega se llevó una mano a la sien. Sudaba.

—¿Qué quieres de mí?

Sofía dio un paso adelante.

—Quiero la verdad. Y quiero los nombres.

Vega frunció el ceño, fingiendo dureza, pero su voz se quebró.

—No sé de qué hablas.

Sofía sonrió apenas, sin humor.

—San Jerónimo está podrido, mi comandante. Alguien está sacando material del depósito. Alguien está vendiendo munición. Alguien está usando reclutas como pantalla. Y alguien… está dispuesto a matar para que no se note.

Vega la miró, como si una parte de él quisiera negarlo y otra supiera que era cierto.

—¿Y tú quién eres para acusar?

Sofía se inclinó un poco, lo suficiente para que su voz fuera un cuchillo.

—Soy la pesadilla que ustedes mismos fabricaron cuando decidieron que podían jugar con sombras.

Esa misma noche, el campamento no durmió igual. Aunque nadie entendía del todo, el rumor se propagó como incendio: “Gómez tiene algo en la espalda”. “Vega se asustó”. “Morales temblaba”. “Dicen que es de una unidad secreta”. Nadie tenía una versión completa, así que inventaron diez.

El Flaco Ríos reunió a dos reclutas en el baño.

—Les dije —susurró—. Les dije que era rara. Si es de una unidad secreta… estamos jodidos.

—¿Por qué? —preguntó uno, nervioso.

—Porque esas unidades no vienen a entrenar. Vienen a limpiar.

Mateo, que escuchó el murmullo al pasar, sintió un nudo en el estómago. Buscó a Sofía después, en el patio trasero, donde la luz era pobre y las sombras parecían más largas.

La encontró sola, sentada en un banco, con las manos apoyadas sobre las rodillas. No parecía triste. Parecía concentrada. Como si escuchara algo que nadie más podía oír.

—Gómez —dijo Mateo, acercándose despacio—. ¿Estás bien?

Sofía lo miró y, por primera vez, su expresión se suavizó un milímetro.

—Depende de lo que signifique “bien”.

—Todo el mundo está hablando de ti —Mateo tragó saliva—. De lo del tatuaje. De Vega.

Sofía desvió la mirada hacia la oscuridad del monte.

—Que hablen.

—¿Quién eres? —preguntó Mateo, sin malicia, solo con necesidad.

Sofía guardó silencio. El viento movió una bandera lejana.

—Soy alguien que necesitaba entrar aquí sin que nadie sospechara —dijo al fin.

Mateo se quedó helado.

—¿Entonces… fingiste?

Sofía soltó una risa pequeña, amarga.

—Fingir cansa más que correr.

—¿Por qué yo? —Mateo se apuró—. ¿Por qué me lo dices?

Sofía lo miró de nuevo, y sus ojos parecían medirlo, evaluarlo.

—Porque no te reíste cuando los demás lo hicieron —dijo—. Y porque vas a necesitar decidir de qué lado estás cuando esto se ponga feo.

Mateo sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—¿Feo cómo?

Sofía se levantó.

—Feo de verdad.

No exageraba.

Dos días después, a las tres de la mañana, sonó una alarma. Una alarma que ningún recluta quería escuchar: la del depósito de armas.

—¡A las posiciones! —gritaban los sargentos—. ¡Nadie se mueva sin orden!

Los reclutas salieron en tropel, medio dormidos, con el uniforme mal abrochado. Había luces encendidas por todas partes. Un camión estaba estacionado junto al depósito, con la puerta trasera abierta. Dentro, se veían cajas.

—¿Qué está pasando? —susurró Valeria, al lado de Mateo.

Mateo miró alrededor buscando a Sofía. No la vio en la formación. Eso lo asustó más que la alarma.

Vega apareció corriendo, algo que nadie había visto antes: el comandante corriendo como un hombre normal.

—¡Morales, cierre el perímetro! —ordenó—. ¡Nadie sale!

Morales obedeció, pero su mirada barría a los sargentos con desconfianza. Había tensión entre mandos. Como si supieran algo que los reclutas no.

En ese momento, una sombra se movió cerca del camión. Un hombre con gorra, intentando bajar una caja.

—¡Alto! —gritó un sargento.

El hombre echó a correr. Dos soldados lo persiguieron, pero el fugitivo parecía conocer el terreno. Se metió entre los edificios. Se oyeron pasos, un choque, un grito.

Y entonces, una explosión seca. No grande, no cinematográfica. Pequeña, precisa. Un petardo, quizá. Lo suficiente para distraer. Para crear caos.

Los reclutas se agacharon por instinto. Se escucharon órdenes cruzadas. Gritos. La noche se volvió un laberinto.

Mateo corrió hacia donde vio movimiento, sin saber por qué. Quizá porque buscaba una respuesta, o quizá porque, en el fondo, ya había tomado una decisión.

Dobló una esquina y vio a Sofía.

Estaba contra una pared, sujetando del cuello a un hombre corpulento con uniforme de suboficial. El hombre forcejeaba, pero Sofía lo tenía inmovilizado con una técnica limpia, sin esfuerzo aparente.

—¿Dónde están las llaves del segundo candado? —preguntó Sofía, con una voz helada.

—¡Estás loca! —escupió el hombre—. ¡Suéltame, mocosa!

Sofía lo apretó un poco más. El hombre emitió un gemido ahogado.

—No soy una mocosa —dijo ella—. Y tú no eres solo un ladrón. ¿Quién te paga?

Mateo se quedó paralizado. Sofía lo vio.

—Salazar —dijo, sin sorpresa—. Cierra esa puerta.

Mateo obedeció como si una parte de su cerebro se hubiera apagado y otra solo siguiera órdenes.

—Sofía… —susurró, temblando—. ¿Qué… qué haces?

—Evitando que este lugar reviente —respondió ella.

El hombre se rió, ronco.

—Tú sola no puedes…

Sofía lo soltó solo para golpearlo en el estómago con el codo. Fue rápido. El hombre se dobló, soltando aire como un globo pinchado.

—Puedo lo suficiente —dijo Sofía, y le arrebató un llavero del bolsillo.

En el llavero había una placa metálica con un número y un símbolo: una serpiente.

Sofía se quedó mirando eso un segundo, y algo oscuro cruzó su rostro.

—Claro… —murmuró—. Tenía que ser la serpiente.

—¿Qué significa? —preguntó Mateo.

Sofía guardó el llavero.

—Que no es solo contrabando —dijo—. Es una red. Y llega más alto de lo que imaginan.

Salieron de ahí con pasos rápidos. En el patio, los sargentos tenían a dos hombres inmovilizados. Vega discutía con alguien: el Teniente Aranda, un oficial joven, impecable, con una sonrisa que no combinaba con la situación.

—Esto es un error, mi comandante —decía Aranda—. Están acusando sin pruebas.

—¡Las pruebas están en el camión! —rugió Morales.

Aranda levantó las manos.

—Cualquiera pudo poner esas cajas ahí.

Sofía se acercó y, sin pedir permiso, se puso entre Vega y Aranda. Los reclutas a distancia contenían el aliento: ¿quién se atrevía a interrumpir así?

Aranda la miró, y su sonrisa se torció.

—Ah… la famosa Gómez —dijo, con sarcasmo—. ¿También vas a disparar al suelo para asustarnos?

Sofía lo miró fijo.

—Muéstreme su hombro —pidió.

Aranda parpadeó.

—¿Perdón?

—Su hombro izquierdo —repitió Sofía—. Muéstremelo.

Vega frunció el ceño.

—Gómez, ¿qué…?

Sofía levantó la mano, como si cortara el aire.

—Mi comandante, si confía en mí aunque sea un cinco por ciento, déjeme hacer esto.

Vega la miró. Dudó. Luego asintió.

Aranda soltó una carcajada breve.

—Qué teatro. ¿Ahora la recluta manda?

Sofía dio un paso más cerca.

—Muéstrelo.

Aranda retrocedió medio paso. Su sonrisa ya no era segura.

—No tienes autoridad…

Sofía se inclinó y bajó la voz, para que solo Aranda la oyera.

—Yo sí sé quién estuvo en “La Noche del Hangar”, Aranda. Yo sí sé quién cerró la puerta y dejó adentro a los que no iban a salir. Yo sí sé por qué borraron la Orden del Cuervo de los archivos.

Aranda se quedó rígido. Su cara perdió color. Un segundo después, intentó apartarse, pero Morales lo sujetó del brazo.

—¿Qué le dijiste? —preguntó Vega, casi en un susurro.

Sofía enderezó la espalda.

—Que ya no tiene dónde esconderse.

Aranda forcejeó, desesperado.

—¡Esto es una trampa! ¡Ella… ella no es nadie!

Sofía respiró hondo. Miró a Vega, luego a Morales, luego a los reclutas que observaban desde lejos: Valeria con los ojos encendidos, Mateo con el alma en la garganta, El Flaco con la boca abierta, como si de pronto entendiera el tamaño de su error.

—¿Quieren saber quién soy de verdad? —dijo Sofía, alzando la voz lo suficiente para que el patio entero la oyera—. No soy una recluta torpe. No soy una niña consentida. Soy el informe que nadie quiso leer. Soy la consecuencia.

Se quitó la gorra y dejó que el aire nocturno le enfriara el sudor.

—Mi nombre es Sofía Gómez, sí. Pero también soy Operativa “Brújula” de la Orden del Cuervo —dijo, y hubo un murmullo eléctrico—. Y estoy aquí por una razón: alguien en este campo está vendiendo munición, moviendo armas y usando a los reclutas como escudo. Ya hay muertos por esto afuera. Ya hay familias con ataúdes cerrados que no entienden de dónde salió la bala.

Vega apretó los labios, como si esas palabras le golpearan un recuerdo viejo.

—¿Y por qué… por qué pasar por todo esto? —preguntó Morales, con la voz más baja de lo habitual—. ¿Por qué dejar que te humillen?

Sofía lo miró.

—Porque el que esconde algo siempre se delata cuando cree que ganó —respondió—. Necesitaba que se confiaran. Que me subestimaran. Y funcionó.

Aranda gritó:

—¡Mentira! ¡No existe esa orden! ¡Eso es un cuento!

Sofía sacó el llavero con la serpiente y lo levantó.

—¿Entonces qué es esto, teniente? —preguntó—. ¿Un adorno?

Aranda se quedó sin palabras.

En ese momento, un disparo sonó desde algún punto del perímetro. No hacia ellos, sino al aire, pero fue suficiente para desatar la histeria. Los reclutas se agacharon. Vega gritó órdenes. Morales sacó su arma. Las luces se movieron como ojos nerviosos.

Sofía no se movió por miedo. Se movió por cálculo. Corrió hacia la torre de vigilancia más cercana, trepó por la escalera con una velocidad que habría callado cualquier burla, y desde arriba escaneó el perímetro. Vio una sombra escapando por la línea de árboles. Vio un destello metálico. Vio a un recluta joven, novato, persiguiéndolo sin saber.

—¡DETENTE! —gritó Sofía hacia abajo—. ¡NO LO SIGAS SOLO!

Demasiado tarde. El recluta se internó en la oscuridad.

Sofía bajó como un rayo, alcanzó a Morales y señaló.

—Van a intentar sacar a uno de los suyos —dijo—. No es solo robo. Es rescate. El que escapó es el enlace.

Vega la miró, respirando duro.

—¿Qué necesitas?

Sofía sostuvo su mirada, y por primera vez hubo algo humano en su voz: urgencia.

—Que confíe —dijo—. Y que me deje mandar por diez minutos.

Vega, el hombre durísimo, tragó saliva. Luego asintió.

—Diez minutos —dijo—. Morales, haz lo que ella diga.

Morales apretó la mandíbula, pero obedeció.

—¡Salazar! ¡Ledesma! —llamó Sofía—. ¡Conmigo!

Mateo y Valeria reaccionaron antes de pensar. Corrieron hacia ella. El Flaco quiso acercarse, pero Sofía lo miró y lo atravesó con una frase.

—Tú quédate ahí, Ríos. Hoy no necesito bocas. Necesito manos firmes.

El Flaco se quedó clavado, avergonzado hasta el hueso.

Sofía guio a Mateo y Valeria por un camino lateral, hacia un punto donde el alambrado tenía una zona de sombra. Llegaron a tiempo para ver al enlace intentando cruzar, y al recluta novato en el suelo, sujetándose el brazo, herido pero vivo.

—¡Atrás! —gritó Sofía, y su voz cortó la noche como una orden antigua.

El enlace levantó el arma. Dudó al ver a Sofía. Reconoció algo, no el rostro, sino la actitud.

—No deberías estar aquí —dijo el enlace, con voz baja—. Pensé que ya estaban muertos.

—Algunos —respondió Sofía—. Otros aprendimos a respirar bajo el agua.

El enlace apuntó de nuevo.

—Si das un paso, disparo.

Valeria levantó su arma, nerviosa.

—Sofía…

Sofía no miró a Valeria. Miró al enlace.

—No quieres disparar —dijo—. Porque sabes que, si lo haces, no vas a salir de este monte.

El enlace se rió, tembloroso.

—Te crees muy lista.

—No —dijo Sofía—. Me creo cansada.

Se movió en un ángulo mínimo, como si fuera a avanzar, y el enlace disparó… al lado. Un disparo de advertencia. En ese segundo, Sofía se lanzó. No fue magia. Fue técnica y decisión. Le golpeó el brazo, desvió el arma, lo derribó con un giro. El enlace cayó de espaldas, soltando un alarido.

Mateo se quedó boquiabierto.

—¿Cómo…?

—Esposas —ordenó Sofía.

Valeria reaccionó y lo inmovilizó con firmeza. Mateo ayudó, manos temblorosas. En cuestión de segundos, el enlace estaba reducido.

Cuando regresaron con el prisionero, el campamento entero parecía contener el aliento. Vega los esperaba. Morales también. El Teniente Aranda estaba sentado en el suelo, esposado, con la cabeza baja.

Sofía empujó al enlace hacia adelante.

—Aquí está la pieza que faltaba —dijo.

El enlace escupió al suelo.

—No termina aquí.

Sofía lo miró con una frialdad antigua.

—Lo sé —respondió—. Por eso vine.

Vega la observó en silencio. Luego habló con una voz distinta, menos de comandante y más de hombre que carga fantasmas.

—La Orden del Cuervo… —murmuró—. Yo pensé que los habían borrado para siempre.

Sofía sostuvo su mirada.

—Nos borraron en papel —dijo—. Pero a veces el papel no aguanta la sangre.

Hubo un silencio largo. Después, Vega se cuadró, como si de pronto recordara qué era la disciplina de verdad.

—Morales —ordenó—. Llama a Asuntos Internos. Ahora. Nadie sale de San Jerónimo hasta que esto esté limpio. Y quiero un informe completo con nombres y cadena de mando. Completo.

Morales asintió, serio como nunca.

—Sí, mi comandante.

Los reclutas miraban desde lejos, sin saber qué sentir: miedo, orgullo, vergüenza.

El Flaco Ríos dio un paso adelante, tragando duro.

—Gómez… yo…

Sofía lo miró. No con deseo de venganza. Con cansancio.

—No me debes disculpas —dijo—. Te debes aprender a mirar antes de reírte.

El Flaco bajó la cabeza, humillado de verdad por primera vez.

Valeria se acercó a Sofía, más despacio, como quien se acerca a una tormenta que ya pasó.

—Así que… eras tú —dijo, intentando sonar dura, pero su voz tembló.

Sofía la miró.

—Sigo siendo yo —respondió—. Solo que ahora sabes qué partes escondía.

Valeria respiró hondo.

—Te debo… más que una frase.

Sofía negó con la cabeza.

—Me debes que la próxima vez que veas a alguien caer, no lo pises —dijo—. Eso alcanza.

Mateo se quedó a su lado, sin saber si hablar o callar. Sofía lo miró y, por primera vez en semanas, su expresión se suavizó de verdad.

—Gracias por cerrar la puerta —le dijo.

Mateo tragó saliva.

—Yo… no sabía en qué me estaba metiendo.

Sofía sonrió apenas.

—Nadie sabe —dijo—. Hasta que ya está dentro.

La madrugada terminó con vehículos oficiales entrando al campo, luces azules y rojas cortando la oscuridad, hombres de traje caminando con prisa, órdenes en voz baja. La red de contrabando se deshiló como un saco viejo: un sargento, dos suboficiales, el teniente Aranda. Y, según los murmullos que llegaron después, nombres aún más altos en otra ciudad. San Jerónimo fue noticia interna, de esas que no salen en televisión pero tiemblan en los pasillos.

Días después, cuando el campamento volvió a una rutina tensa, Vega llamó a Sofía a su oficina. Nadie supo qué hablaron. Solo vieron que Sofía salió con la mirada fija, y Vega se quedó adentro, sentado como si le hubieran arrancado algo del pecho.

Esa noche, en la barraca, el ambiente era diferente. Nadie se atrevía a hacer chistes baratos. Nadie le salaba la comida. Nadie le escondía las botas.

El Flaco Ríos se acercó a su litera como un niño castigado.

—Gómez… Sofía —corrigió, nervioso—. Yo fui un idiota.

Sofía lo miró, en silencio.

—Me reí porque tenía miedo —admitió El Flaco—. Si me burlaba, pensaba que… no me tocaría a mí.

Sofía sostuvo su mirada, sin crueldad.

—El miedo no se cura riéndose —dijo—. Se cura eligiendo mejor.

El Flaco asintió, tragándose su orgullo.

Valeria se sentó al lado de Sofía, algo que nadie habría imaginado al inicio.

—¿Y ahora qué? —preguntó—. ¿Te vas?

Sofía tardó en responder. Miró sus manos, sus nudillos raspados, la tela del uniforme.

—No lo sé —dijo—. Vine por una misión. Pero… —levantó la vista— aquí también aprendí algo.

—¿Qué? —insistió Valeria.

Sofía dejó escapar un suspiro.

—Que a veces uno se esconde tanto que se olvida de quién es cuando no se esconde —confesó.

Mateo, desde su litera, habló con voz baja.

—¿Y quién eres cuando no te escondes?

Sofía lo miró. Y en ese momento, sin dramatismos, sin máscara, respondió:

—Una persona que está cansada de que el poder se use para aplastar al que parece débil —dijo—. Una persona que quiere dormir sin escuchar explosiones en la cabeza.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue humano.

A la semana siguiente, en la prueba de tiro, Sofía se colocó en la línea. Vega estaba ahí, observando, con el rostro serio. Morales también.

—Adelante, Gómez —dijo Vega, sin burla.

Sofía levantó el arma, respiró y apuntó. Esta vez no falló. El disparo dio en el centro del blanco con una precisión que calló el aire.

Hubo un murmullo.

Sofía hizo otros dos disparos. Centro. Centro.

Vega la miró como si, al fin, encajara una pieza en su mente.

—Así que… todo esto… —murmuró.

Sofía bajó el arma.

—No todo —dijo—. Algunas cosas sí me costaron de verdad.

Vega frunció el ceño, pero su voz sonó distinta, más baja.

—¿Por ejemplo?

Sofía se giró apenas.

—Aguantar que me miraran como si no valiera nada —respondió—. Eso… eso no fue actuación.

Vega apretó la mandíbula, afectado.

—Gómez…

Sofía lo interrumpió, tranquila.

—Pero también me recordó algo importante, mi comandante —dijo—. Que la gente muestra su verdad cuando cree que nadie la está evaluando.

Vega sostuvo su mirada un largo segundo. Luego asintió, con una gravedad nueva.

—San Jerónimo te debe una —dijo.

Sofía se encogió de hombros.

—No me deben a mí —respondió—. Se la deben al uniforme. A lo que dicen que representa.

Esa noche, mientras el sol se hundía detrás del monte, los reclutas corrían en formación. Sofía iba con ellos, a un ritmo constante, sin quedarse atrás, sin destacar con arrogancia. Solo… estando. Valeria corría a su lado, sin competir, como si hubiera aprendido a respirar de otra forma. Mateo iba un poco más adelante, mirando hacia atrás de vez en cuando, asegurándose de que nadie quedara rezagado.

El Flaco corría también, callado, con la cara roja, pero sin quejarse.

Cuando terminaron, jadeando, Morales los miró y soltó un gruñido que casi parecía aprobación.

—Si siguen así, quizá no me den asco mañana —dijo.

Valeria soltó una risa corta. Mateo también. Incluso Sofía sonrió, mínima, como quien permite un respiro.

Y aunque el campamento seguía siendo un lugar duro, lleno de reglas y de sombras, algo había cambiado: ya nadie se reía del más lento por deporte. Ya nadie confundía debilidad con destino.

Porque todos habían aprendido, a la fuerza, la lección que Sofía trajo en la piel: que la persona de la que te burlas puede no solo convertirse en tu peor pesadilla… sino en el espejo que te muestra lo peor de ti. Y ese espejo, una vez que te mira, no se rompe fácil.

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