La humilló delante de todos… pero lo que sacó de su mochila fue lo verdaderamente aterrador
La primera vez que vi los ventanales de aquella boutique en Polanco pensé que eran un acuario: un mundo aparte, limpio, frío, con criaturas finas moviéndose despacio entre luces que no parpadeaban. Afuera, el aire olía a smog y a tamal de guajolota; adentro, a perfume caro y a tela nueva. Yo estaba parado en la banqueta con mi chamarra manchada de grasa, las manos agrietadas por el frío de diciembre y una mochila vieja colgándome del hombro como si fuera el último pedazo de dignidad que me quedaba. El guardia de la entrada me miró de reojo, como si yo fuera una bolsa de basura que alguien dejó ahí por error. A unos metros, una señora paseaba a un perro con suéter. El perro, curiosamente, sí me olió con compasión.
Respiré hondo. No era la primera vez que me tragaba la vergüenza para cruzar una puerta. Pero esa vez… esa vez la vergüenza no era mía. La que iba a asfixiarse con ella era otra persona.
Me llamo Ramiro, aunque en la calle me dicen “el Abuelo”. Y sí, sé cómo me veo: sé que parezco un hombre al que el mundo le cerró todas las ventanas. Sé que mi barba blanca sin recortar grita abandono y que mis botas llevan más historias que los tacones que brillaban detrás del vidrio. Sé que huelo a calle, a cansancio, a lluvia vieja. Pero también sé lo que pesa esta mochila: no pesa por la tela roída, pesa por el secreto que late adentro como un corazón furioso.
Empujé la puerta de cristal y el aire acondicionado me mordió la piel. Sonó una campanita delicada, como si el lugar se burlara de mi existencia. Tres vendedoras voltearon al mismo tiempo; sus sonrisas automáticas se congelaron al verme. Una de ellas, una chica de uñas largas y pestañas imposibles, susurró algo al oído de otra y ambas rieron bajito. En una esquina, una influencer con lentes enormes se probaba un abrigo frente a un espejo; su teléfono estaba en modo selfie, y su voz se derramaba en la tienda como miel falsa.
—Amix, esto está icónico, o sea, literal Polanco vibes… —decía, sin notar que su “vibe” acababa de chocar con mi sombra.
En ese momento apareció ella. Tacones firmes, postura de reina, cabello recogido con una pulcritud que daba miedo. Lorena. La gerente. La mujer que convertía una prenda en un arma y una mirada en sentencia.
Me vio de arriba abajo sin prisa, como quien inspecciona una grieta en la pared.
—Aquí no damos limosna, abuelo —dijo, con una sonrisa finita, casi elegante—. Sácate o llamo a la patrulla.
Las palabras me golpearon, pero no me tambalearon. Me quedé quieto. La tienda entera pareció inclinarse un poquito hacia nosotros, como si todos estuvieran esperando el espectáculo. Una de las vendedoras, Maritza —luego supe su nombre por el gafete—, se acercó medio paso, lista para empujarme con delicadeza. El guardia, un hombre ancho llamado Benjamín, se tensó como resorte.
—No vengo a pedir —dije despacio—. Vengo a pagar.
Lorena soltó una risa corta.
—¿A pagar qué? ¿Un vaso de agua? ¿Una foto con el aire acondicionado?
La influencer giró un poco la cámara, atraída por el drama como mosca a la fruta madura.
—Ay, amix, esto está heavy… —murmuró al teléfono, y su mirada brilló de emoción.
Yo noté algo que casi nadie notaba: detrás del mostrador, un muchacho flaco acomodaba cajas con manos temblorosas. Tenía cara de no dormir, y en sus ojos había esa mezcla de miedo y rabia que solo tienen los que necesitan el trabajo para no hundirse. Cuando Lorena hablaba, él bajaba la mirada como si le doliera.
—No quiero problemas, señor —dijo Benjamín, el guardia, con voz más humana que el resto—. Solo… ya sabe.
—Los problemas ya están aquí —respondí—. Y llevan tacones.
Lorena frunció los labios, ofendida.
—¿Cómo dijiste?
Me acerqué un paso. Sentí el mármol bajo mis botas, limpio, impecable. Sentí decenas de ojos clavados en mi espalda, esperando que yo me rompiera. Y entonces lo hice: abrí la mochila.
No la abrí como quien saca una torta envuelta en servilleta. La abrí como quien destapa un ataúd.
Saqué un fajo de billetes. Luego otro. Y otro. Billetes de a mil, apretados con ligas, acomodados con una precisión que no combinaba con mi aspecto. Los puse sobre el mostrador, uno encima de otro, hasta que el montón pareció una torre absurda en medio de tanto minimalismo.
El silencio no fue silencio: fue un golpe. A Lorena se le cayó la tablet de las manos, como si de pronto pesara más que su ego. Maritza se llevó la mano a la boca. La influencer dejó de hablar y abrió la boca, pero no encontró palabras; solo grabó. El guardia parpadeó, confundido. El muchacho flaco dejó caer una caja y las etiquetas se regaron por el piso.
—¿Qué… qué es esto? —susurró Lorena, y por primera vez su voz no sonó afilada: sonó pequeña.
—Dinero —respondí—. El mismo que tú crees que lo compra todo.
Lorena tragó saliva y su mirada cambió. Esa mirada… yo la conocía. No era la mirada de una gerente; era la mirada de alguien que acaba de ver un fantasma.
—¿De dónde lo sacaste? —preguntó, intentando recuperar el control—. Esto no… esto puede ser robado. Benjamín, llama a…
—No llames a nadie todavía —dije, y saqué algo más de la mochila.
No brillaba como los billetes. Era pequeño, viejo, oxidado. Un llavero. Un llavero con un corazón de metal picado en los bordes, como si hubiera sido arrastrado por el suelo mil veces. Y ahí, grabado a mano, torcido pero claro: “LORENA S. — 2004”.
El aire se volvió pesado. Lorena palideció tanto que el maquillaje se le notó como máscara.
—Eso… —balbuceó—. Eso lo perdí hace años.
Me incliné un poquito hacia ella. No para intimidarla, sino para obligarla a mirarme como se mira a alguien real.
—No lo perdiste —dije—. Lo dejaste.
Hubo una exclamación ahogada detrás; alguien, quizá un cliente que hasta ese momento fingía no escuchar, susurró “¿qué está pasando?”. La influencer volvió a su teléfono.
—Amix, esto es un plot twist. O sea, se puso intenso real.
Lorena levantó la barbilla, tratando de ponerse su corona otra vez.
—No sé quién eres —escupió—. Y aunque trajeras oro, aquí no… no me amenazas. Te vas o te saco yo.
La miré sin pestañear. Sentí algo caliente subirme por la garganta: no era rabia, era una tristeza vieja que se negó a morirse.
—¿De verdad? —pregunté—. ¿De verdad no sabes quién soy?
—No.
La palabra “no” salió con una seguridad ensayada. Pero sus manos temblaban. Lo vi. Lo vio Maritza. Lo vio el muchacho flaco. Lo vio hasta el maniquí.
Entonces dije la frase que venía guardando desde hacía años, como una piedra en el estómago.
—¿Crees que el dinero compra la elegancia? Te equivocas. El dinero solo revela quién eres en realidad. Y hoy, Lorena… vas a pagar la deuda más cara de tu vida.
En cuanto pronuncié su nombre completo con esa cadencia —no “Lore”, no “señorita gerente”, sino Lorena, a secas, como cuando era niña—, algo se rompió en sus ojos. No fue teatro. Fue memoria.
—Tú… —susurró—. No puede ser.
—Sí puede —dije, y el llavero tintineó en mi mano—. Porque yo fui el que te lo regaló.
La tienda parecía haberse quedado sin oxígeno. Benjamín dio un paso atrás, como si de pronto él fuera el intruso. Maritza miró a Lorena con una mezcla de miedo y curiosidad. La influencer, con la cámara temblando, murmuraba: “Esto va a explotar en redes”.
Lorena apretó los dientes.
—Eso es mentira. Mi papá murió. Yo… yo lo vi.
Esa frase me cortó por dentro, porque era exactamente lo que ella necesitaba creer para dormir.
—¿Lo viste? —repetí—. ¿O viste lo que te dijeron que vieras?
Su mirada fue un relámpago. Un segundo de pánico puro. Y en ese segundo, vi a la Lorena de antes: la chiquilla con trenzas deshechas corriendo en un patio de vecindad, la adolescente que me gritaba “¡no te metas, Ramiro!” cuando yo intentaba corregirla, la joven que me juró que un día me sacaría de la miseria y luego… me dejó exactamente ahí.
—No me vengas con novelas —dijo, pero su voz ya no mandaba—. ¿Qué quieres? ¿Dinero? ¿Fama? ¿Venganza?
—Quiero que recuerdes —respondí—. Y que enfrentes lo que hiciste.
Se oyó un carraspeo. Una señora elegante, de collar de perlas, había dejado de fingir indiferencia.
—Disculpen —dijo, con una calma venenosa—, pero yo estaba a punto de pagar un vestido. ¿Esto es parte de la experiencia VIP?
Lorena giró hacia ella con una sonrisa automática que le salió torcida.
—Un momento, señora. Estamos… resolviendo una situación.
—Ah, sí, se nota —respondió la señora, y su mirada viajó de los billetes a mi cara—. Qué barbaridad.
Yo me apoyé en el mostrador y dejé que mi voz se volviera historia.
—Hace veinte años —empecé—, yo tenía un taller de costura. No era Polanco, era Iztapalapa. Pero allí la gente también soñaba. Tu mamá, Lorena, cosía conmigo. Tenía manos de artista. Y tú… tú eras una chamaca con ojos grandes, siempre preguntando por qué las cosas costaban tanto, por qué la gente rica nunca miraba a los pobres. ¿Te acuerdas?
Lorena apretó la mandíbula.
—No hables de mi madre.
—Tu madre me pidió que te cuidara —continué—. La noche que se la llevó el hospital, me hizo jurar que no te dejaría sola. Y yo… yo cumplí. Te llevé al taller, te di de comer, te compré tus útiles aunque yo me quedara sin zapatos. Te enseñé a coser, a medir, a cortar sin miedo. Tú decías que ibas a ser “una jefa” y que todos te iban a respetar. Y yo me reía.
El muchacho flaco, el de las cajas, me miraba con atención, como si de pronto mi voz le hiciera sentido a su propio cansancio.
—No eres mi padre —escupió Lorena, pero ya no era rechazo: era defensa.
—No de sangre —admití—. Pero sí fui el hombre que estuvo cuando nadie más estuvo.
Maritza murmuró:
—¿Entonces… la conocía de antes?
Benjamín se aclaró la garganta.
—Señor, si esto es un asunto personal, quizá deberían…
—Cállate, Benjamín —cortó Lorena, sin mirarlo. Luego me clavó los ojos—. No tienes derecho a venir aquí. No después de… de todo.
Reí, pero fue una risa amarga.
—¿De todo? ¿Te refieres a cuando me dejaste tirado? ¿A cuando tu “amigo” Esteban me empujó en un callejón para que firmara unos papeles? ¿A cuando mi taller se incendió y tú estabas “demasiado ocupada” para contestar el teléfono?
Un murmullo recorrió la tienda al oír el nombre “Esteban”. La señora de perlas frunció el ceño.
—¿Esteban? ¿El dueño?
Lorena se puso rígida. Me di cuenta de que no solo era orgullo lo que estaba en juego. Era miedo. Miedo real.
En ese momento, como si lo hubiera invocado, se abrió la puerta de cristal y entró un hombre con saco caro y sonrisa de tiburón. Esteban Varela. El propietario, el que se pavoneaba en inauguraciones, el que salía en revistas con frases como “la moda es poder”. Traía un café en mano y un aire de “yo mando aquí” que se le cayó un poquito cuando vio el dinero sobre el mostrador.
—¿Qué demonios…? —dijo, mirando a Lorena—. ¿Qué pasa aquí?
Lorena reaccionó como quien ve un salvavidas.
—Esteban, este señor está causando un escándalo. Ya iba a llamar a la patrulla.
Esteban me miró como si yo fuera un error del sistema. Luego sus ojos se posaron en el llavero.
Y ahí supe que no era solo “un recuerdo”. Era una pieza.
—Señor —dijo Esteban, intentando sonar diplomático—, entiendo que quiera atención, pero aquí no podemos permitir…
—¿Atención? —lo interrumpí—. No vine por atención. Vine a devolver algo. Y a cobrar algo.
Esteban se rió con suficiencia.
—¿Cobrar? ¿A mí? ¿A nosotros? ¿Quién eres tú?
Me enderecé. Abrí la mochila por completo y saqué un sobre amarillo, arrugado, sellado con cinta. Lo puse junto a los billetes.
—Soy el hombre que guardó los recibos —dije—. Soy el que escuchó conversaciones detrás de una puerta. Soy el que vio cómo convertían vestidos en lavado de dinero y a empleados en amenazas silenciosas.
El muchacho flaco tragó saliva. Sus manos se apretaron en puños. Lorena lo miró de reojo, y por un segundo vi en ella algo peor que desprecio: vi cálculo.
—No sabes lo que estás diciendo —susurró Lorena.
—Sí sé —respondí—. Porque tu llavero estaba en el lugar donde firmaste el trato.
La influencer soltó un chillidito.
—¡Amix, esto es crimen de cuello blanco, literal! —y apuntó su cámara a Esteban.
Esteban cambió de color. Su sonrisa se tensó. Se acercó al mostrador, bajando la voz, pero su rabia se colaba entre los dientes.
—Escúchame, viejo. Te doy lo que traes en la mesa y te largas. Nadie tiene que salir lastimado. ¿Cuánto quieres?
Lorena lo miró con ansiedad, como si esa oferta fuera su última carta.
Yo me quedé en silencio un momento, disfrutando la ironía. El hombre rico ofreciendo dinero para comprar silencio. Lo mismo de siempre. Solo que esa vez, no era yo el que estaba a la venta.
—¿Ves? —dije, mirándola a ella—. Esto es lo que eres cuando crees que nadie te mira.
Lorena estalló.
—¡Tú me obligaste! —gritó, y el eco se estrelló contra los espejos—. ¡Tú me criaste para sobrevivir! ¿O qué querías? ¿Que me quedara cosiendo en un barrio, contando monedas? ¡Yo tenía talento! ¡Yo merecía más!
Su grito me dolió porque era verdad y mentira al mismo tiempo. Sí, ella merecía más. Pero no así.
—Merecías más —dije suave—. Pero no merecías pisar a los demás para subir.
Esteban levantó la mano como quien calma a una actriz fuera de control.
—Lorena, no hagas escenas.
Y ahí, Lorena lo miró… y vi algo oscuro. Porque Esteban no era su aliado: era su dueño.
—Tú no entiendes —me dijo ella, bajando la voz de golpe—. No entiendes lo que pasa cuando te metes con gente de verdad. Tú solo… tú solo dormías en tu taller. Yo tenía que…
—¿Que venderte? —pregunté.
Lorena parpadeó rápido. Sus ojos se llenaron de humedad, pero no era arrepentimiento. Era terror.
—Él me ayudó —dijo, señalando a Esteban—. Sin él, yo no estaría aquí.
—Y sin ti, él no habría podido abrir puertas —repliqué—. No te engañes. Tú no eres víctima. Tú elegiste.
Benjamín, el guardia, dio un paso adelante con indecisión.
—Señor Esteban… ¿llamo a seguridad extra?
—Cállate —ordenó Esteban, sin mirarlo. Luego se inclinó hacia mí—. Última vez. Te ofrezco un trato.
Yo sonreí, y por primera vez sentí la calma completa. Porque el verdadero trato ya estaba hecho.
—Ya llamé yo —dije.
Lorena se quedó helada.
—¿Qué?
Saqué de mi bolsillo un teléfono viejo, de esos que nadie roba. Lo levanté para que lo vieran.
—Hace dos días, cuando encontré ese llavero —dije, mirando a todos—, también encontré una memoria. Y en esa memoria hay audios. Hay fechas. Hay números. Y hay una firma. La tuya, Lorena.
Esteban me agarró del brazo con fuerza, y su perfume caro se mezcló con mi olor a calle. Sus ojos eran cuchillos.
—No sabes con quién te metiste.
Benjamín se sobresaltó, pero no se movió. Maritza se quedó petrificada. La influencer estaba prácticamente babeando de emoción.
—Señor, suélteme —dije, sin alzar la voz.
Esteban apretó más.
—Te voy a desaparecer.
Lorena dio un paso hacia nosotros.
—¡Esteban, no!
Y en ese instante, se escucharon sirenas. No una. Dos. Tres. El sonido entró por la puerta de cristal y convirtió el lujo en un escenario de juicio.
La campanita sonó otra vez, pero ahora con prisa. Entraron dos policías y detrás de ellos un hombre con gabardina y cara de no creer en nada. El detective Salgado. Lo conocí en una banca del parque Lincoln, cuando él me vio dormir ahí y no me trató como basura. Yo le conté una parte, solo una parte, y él me dijo: “Si es verdad, me vas a ayudar a cerrar un caso grande”.
—¿Ramiro? —dijo Salgado, al verme—. ¿Es aquí?
Asentí.
Lorena retrocedió como si el suelo se hubiera vuelto agua.
—Esto es un abuso —dijo Esteban, soltándome al fin—. Oficial, aquí hay un indigente causando problemas. Yo soy…
—Señor Varela —lo interrumpió Salgado, sacando una placa y unos papeles—, tenemos una orden para revisar las instalaciones y para traer a declarar a la gerente Lorena Sánchez por posible participación en operaciones con recursos de procedencia ilícita. También… por encubrimiento.
La señora de perlas soltó una risita escandalizada.
—¡Dios mío!
Maritza se tapó la boca. El muchacho flaco dejó escapar un suspiro que parecía llevar años conteniendo.
Lorena se tambaleó. Su postura perfecta se quebró. Y ahí, delante de los espejos que siempre la habían hecho sentir grande, se hizo pequeña de verdad.
—No… no pueden… —murmuró—. Yo no… yo solo…
La influencer casi se desmaya de felicidad.
—Amix, esto se va a ir a noticieros, literal…
Salgado se acercó a Lorena con calma.
—Señorita, necesito que me acompañe.
Lorena miró alrededor buscando apoyo. Encontró la cara fría de Esteban, que ya estaba pensando en salvarse solo. Encontró la mirada de Maritza, que por primera vez no la admiraba. Encontró los ojos del muchacho flaco, llenos de rabia silenciosa. Y me encontró a mí.
—¿Por qué? —me susurró, apenas moviendo los labios—. ¿Por qué me haces esto?
Yo respiré hondo. Podría haberle dicho “por venganza”. Podría haberle dicho “porque te lo mereces”. Pero la verdad era más triste.
—Porque si nadie te detiene —dije—, vas a terminar siendo Esteban. Y tú… tú alguna vez fuiste mejor que eso.
Lorena soltó una carcajada rota que se convirtió en sollozo. Sus rodillas cedieron y cayó al piso brillante, no como reina, sino como alguien que de pronto siente el peso de todo lo que hizo. Sus manos buscaron el aire, como si quisiera agarrarse de algo que no fuera mentira.
—Yo quería salir —lloró—. Yo quería… que no me volvieran a ver por encima del hombro.
—Y terminaste mirando por encima del hombro a todos —respondí, con una voz que me salió cansada.
Salgado le hizo una seña a una policía para ayudarla a levantarse. Lorena se resistió un segundo, luego se dejó, derrotada.
Esteban intentó interponerse.
—Esto es ridículo. Yo tengo abogados. Yo conozco gente.
Salgado lo miró como quien mira una cucaracha.
—También lo buscamos a usted, señor Varela. No se preocupe, va a tener oportunidad de hablar con todos los abogados que quiera.
Cuando los policías empezaron a revisar el mostrador, uno de ellos tocó los fajos de billetes y levantó una ceja.
—¿Y esto?
Yo di un paso adelante.
—Eso —dije— es lo que ella siempre quiso que la definiera. Y lo que la va a condenar.
La influencer, con ojos enormes, se acercó a mí como si yo fuera una celebridad.
—Oiga, señor… ¿me puede decir su nombre para el video? Está cañón, esto es justicia poética…
La miré y negué con la cabeza.
—No necesito fama, muchacha. Ya tuve suficiente de que me miren.
Ella se quedó un segundo confundida, luego siguió grabando a Esteban como si fuera el premio mayor.
Maritza se acercó con pasos tímidos.
—Señor… —dijo, y su voz tembló—. Disculpe… lo que le dijeron. Yo… yo solo trabajo aquí.
El muchacho flaco también se aproximó. Tenía los ojos rojos, no de llanto, sino de coraje.
—Gracias —me soltó de golpe—. Usted no sabe… lo que era trabajar con ella. Siempre amenazando, siempre humillando. A mí me quitó propinas, me… me decía que si hablaba me corría y… y yo tengo a mi mamá enferma.
Lorena alcanzó a escucharlo desde donde la escoltaban hacia la puerta. Cerró los ojos como si esas palabras fueran golpes.
Yo tragué saliva.
—Hablar cuesta —le dije al muchacho—. Pero el silencio cuesta más.
Salgado se me acercó.
—Ramiro, necesitamos tu declaración formal. Lo que traes en ese sobre… ¿son los audios?
Asentí.
—Y también hay una libreta —dije—. Con números que yo no entendía, pero que tú sí.
Salgado tomó el sobre con cuidado, como si fuera un animal peligroso.
—Hiciste lo correcto.
Miré a Lorena una última vez. La estaban sacando. Su maquillaje se había corrido un poquito, dejando ver a la mujer cansada debajo del personaje. En la puerta, se giró hacia mí, desesperada.
—¡Ramiro! —gritó—. ¡No me dejes! ¡No me dejes como todos!
Esa frase me atravesó. Porque era exactamente lo que yo había jurado no hacer.
Pero también supe algo con una claridad brutal: yo no la estaba dejando. Ella se había dejado sola hace mucho.
Me acerqué lo suficiente para que solo ella me oyera entre el caos.
—No te dejo —le dije—. Te suelto. Hay una diferencia.
Lorena tembló. Sus labios se abrieron como si quisiera decir algo más, pero ya no había palabras que arreglaran lo roto. Los policías la sacaron y la campanita sonó otra vez, ahora como un punto final.
Cuando todo se volvió ruido de radios, de papeles, de gente curiosa asomándose por el vidrio, yo me quedé mirando el mostrador vacío. Los billetes seguían ahí, pero ya no parecían poder. Parecían solo papel. Afuera, Polanco seguía brillando, indiferente. Adentro, el lujo había perdido la máscara por unos minutos.
Benjamín, el guardia, se acercó con torpeza.
—Oiga… —dijo—. Disculpe por… por cómo la tratamos. Uno solo hace su chamba, ya sabe.
Lo miré.
—Tu chamba no te obliga a olvidar que soy humano —respondí sin enojo—. Pero gracias por decirlo.
Él asintió, avergonzado.
Salgado me tocó el hombro.
—Vente. Te llevo a que te tomen declaración. Y luego… podemos ver lo de ese refugio que me mencionaste. El de los chavos.
Sonreí apenas. Porque sí: en el parque Lincoln, además de contarle mi historia, le conté mi plan. No era solo desenmascarar a Lorena. Era usar lo que quedara —lo que se pudiera recuperar— para que otros “abuelos” no tuvieran que entrar a tiendas con el corazón apachurrado para que los miraran como basura.
Agarré mi mochila. Dejé los fajos de billetes sobre el mostrador, como quien deja una carga. Maritza abrió los ojos.
—¿Se va a llevar su dinero?
Negué.
—No es mío —dije—. Nunca lo fue. Solo lo cargué para que llegara a donde tenía que llegar.
El muchacho flaco me siguió con la mirada.
—¿Y usted… a dónde va?
Me encogí de hombros.
—A donde siempre he estado —dije—. Solo que hoy… con un poco menos de sombra encima.
Salí de la boutique y el aire de la calle me golpeó como abrazo rudo. La gente afuera miraba, grababa, murmuraba. Alguien dijo “es el señor del video”, como si yo ya fuera un personaje. Pero yo no quería ser personaje. Quería ser recordatorio.
Caminé hacia la esquina. En la banqueta, sentado sobre cartones, estaba Nico, un chavito que a veces me compartía pan cuando yo no tenía nada. Me vio y se levantó de golpe.
—¡Abuelo! —dijo—. Te tardaste. Pensé que te habían corrido a patadas.
Le revolví el cabello con la mano.
—Casi —respondí—. Pero hoy no.
Nico miró hacia la boutique, donde las sirenas seguían sonando y la gente seguía juntándose como si el escándalo fuera una fiesta.
—¿Qué pasó?
Miré el cielo gris de la ciudad, ese cielo que no le pertenece a nadie.
—Pasó que el dinero no compró lo que ella creía —dije—. Y que a veces, hijo… a veces la calle enseña la verdad más rápido que cualquier espejo.
Nico frunció el ceño.
—¿Y ahora qué?
Sonreí, y sentí que la sonrisa me dolía un poquito, como si no la hubiera usado en años.
—Ahora —dije—, ahora vamos por un café. Y luego vamos a empezar algo nuevo.
Mientras caminábamos, escuché a lo lejos el murmullo de Polanco tragándose el escándalo, convirtiéndolo en chisme de sobremesa. Pero yo llevaba en el bolsillo el llavero oxidado. No para guardarlo como trofeo, sino como recordatorio de lo que pasa cuando uno se olvida de quién es.
Porque al final, eso era la deuda más cara: no el dinero, no la tienda, no la caída en redes. La deuda era con la persona que Lorena había sido antes de aprender a despreciar. Y esa, por más billetes que tuviera, ya no se pagaba con compras… se pagaba con verdad.

