February 11, 2026
Drama Familia

Mi perro no dejaba de gruñirle a una pared… cuando la derribamos, casi me desmayo

  • December 27, 2025
  • 24 min read
Mi perro no dejaba de gruñirle a una pared… cuando la derribamos, casi me desmayo

Cuando Lucía y yo firmamos el contrato del apartamento 4B, lo hicimos con esa mezcla de ilusión y culpa que te entra cuando sientes que estás ganándole al mundo. Era un piso amplio, con un cuarto principal que parecía sacado de una revista, ventanas altas, suelo de madera que crujía con dignidad y, lo más sospechoso de todo, un alquiler demasiado barato para esa zona. El agente inmobiliario, un hombre de sonrisa plastificada llamado Sergio, lo justificó con un gesto vago de la mano.

—El propietario quiere alquilar rápido —dijo—. Ya saben… el mercado, la competencia, esas cosas.

Lucía lo miró con esa expresión que le conozco desde la universidad: “te estoy escuchando, pero no te creo”. Aun así, aceptamos. No porque fuéramos ingenuos, sino porque estábamos cansados. Cansados de buscar, de que nos pidieran avales imposibles, de pisos donde el baño olía a humedad vieja, de vecinos que gritaban a la televisión como si el aparato les hubiera robado la juventud.

Max, nuestro perro, también pareció aprobarlo. Apenas cruzó la puerta del 4B, olfateó el aire, dio dos vueltas como si estuviera inspeccionando el territorio y luego se dejó caer sobre la alfombra del salón con un suspiro satisfecho.

—¿Ves? —dijo Lucía, riéndose—. Si Max lo aprueba, es hogar.

Yo quería creerlo. De verdad quería.

Los primeros días fueron perfectos. Organizamos las cajas, colgamos fotos, discutimos por tonterías como en qué estante iba el café y si la cama tenía que mirar hacia la ventana o hacia la puerta. La rutina empezaba a sentirse estable, como un piso firme después de meses caminando sobre arena.

Hasta que, tres meses después, Max hizo algo extraño.

Fue una tarde de martes. Yo estaba en el escritorio del cuarto principal, trabajando con el portátil, y Lucía doblaba ropa sobre la cama. Max entró sin hacer ruido, como un fantasma con patas, y se quedó plantado frente a la pared que daba al pasillo. No ladró. No gimió. Solo se quedó quieto… y gruñó.

Un gruñido bajo, profundo, que no era el típico “oye, pasa alguien” ni el “no me gusta ese ruido”. Era un gruñido que parecía venir de un lugar más antiguo, como un instinto enterrado que de pronto se despertaba.

—¿Qué le pasa? —preguntó Lucía, bajando una camiseta—. ¿Vio una cucaracha?

Me acerqué, le toqué la espalda. Max estaba tenso como un cable. Los pelos del lomo erizados. Los ojos fijos en un punto exacto de la pared, como si del otro lado hubiera alguien respirando.

—Max… —susurré—. ¿Qué hay ahí?

El perro no me miró. Ni parpadeó. Solo gruñó un poco más fuerte.

Al principio nos reímos. “Los perros escuchan cosas que nosotros no”, dijimos, como repitiendo una frase de calendario. “Quizá es una tubería”. “Quizá hay ratones”. “Quizá oyó al vecino”.

Pero Max volvió a hacerlo al día siguiente. Y al otro. Y al otro.

Empezó a convertirse en un ritual inquietante: entraba al cuarto principal, caminaba directo hacia esa pared específica, se quedaba quieto durante minutos interminables y gruñía, como si estuviera vigilando la frontera entre nuestro mundo y algo que no debía cruzar.

Una noche, mientras cenábamos, el sonido cambió. Ya no era solo un gruñido. Era un arañazo.

—¿Lo oyes? —preguntó Lucía, dejando el tenedor en el plato.

El sonido venía del cuarto. Corrimos y lo encontramos con las uñas clavadas en la pintura, rascando con furia, dejando marcas profundas, como si quisiera atravesar el concreto con puro odio.

—¡Max, no! —grité.

Lo aparté, pero forcejeó, desesperado, como si la pared lo estuviera llamando. Lucía se agachó y tocó las marcas con la punta de los dedos. Luego olfateó el aire y frunció el ceño.

—Huele raro —murmuró—. Como… humedad y metal.

—Es solo ansiedad —le dije, más para convencerme a mí que a ella—. Se le va a pasar.

Lucía se quedó mirando la pared, como si esperara que la pared le devolviera la mirada.

Esa misma semana, la vecina del 4A nos tocó la puerta. Era una mujer mayor, con pelo gris recogido en un moño apretado y una bata estampada de flores. Tenía una bolsa del supermercado en una mano y cara de venir con un sermón.

—Buenas —dijo, sin sonreír—. Soy Purificación, pero todos me dicen Puri. Vengo por el perro.

—¿Max? —preguntó Lucía, intentando sonar amable.

—Sí. Aúlla por las noches. De dos de la madrugada hasta el amanecer. Mi marido se levanta a las cinco. No puede dormir.

Me congelé. Yo dormía tan profundo que no lo había notado. Lucía me clavó una mirada que decía “¿ves?”.

—Lo sentimos, de verdad —dije—. Estamos viendo qué le pasa.

Puri bajó la voz, como si el pasillo estuviera escuchando.

—Ese cuarto… el principal… ¿da al pasillo interno?

—Sí —respondió Lucía.

Puri tragó saliva.

—En ese apartamento pasan cosas raras desde hace años —soltó, de golpe—. Ruidos. Golpes. Gente entrando a horas raras. Una vez… una vez escuché a alguien llorar. Pero luego… silencio.

Lucía y yo nos miramos.

—¿Qué quiere decir? —pregunté.

Puri apretó la bolsa.

—Que a su perro no le pasa nada. Su perro sabe.

Antes de que pudiera pedirle que explicara, Puri se dio media vuelta y se metió en su apartamento, cerrando la puerta con una sequedad que me dejó con la mano en el aire, como si me hubiera dado un portazo en la cara del sentido común.

Esa noche, a las dos en punto, Max empezó a aullar.

No era un aullido normal. Era un lamento largo, desgarrador, como si estuviera respondiendo a alguien. Como si del otro lado de la pared hubiera un eco que solo él podía escuchar.

Me levanté, irritado, y fui al cuarto principal. Max estaba allí, frente a la pared, temblando. No solo aullaba; también jadeaba, como si estuviera corriendo sin moverse. Sus ojos eran un pozo de terror.

—Max… —dije, arrodillándome—. Tranquilo, chico.

Le puse la mano en el pecho. Le latía el corazón como un tambor.

Lucía apareció detrás de mí, en pijama, con el pelo revuelto y los ojos abiertos de par en par.

—Daniel… —susurró—. Mira eso.

Señaló la pared.

En la pintura, justo donde Max había arañado días antes, había una pequeña grieta nueva. Una línea finísima, como una vena. Y alrededor, la pintura parecía abombada, como si algo hubiera empujado desde dentro.

Me acerqué, pegué la oreja. Al principio solo escuché mi propio pulso. Luego… un sonido.

Un golpecito.

Toc. Toc. Toc.

Separados, débiles, como uñas contra madera. O como alguien intentando avisar que existe.

Me aparté de golpe. Lucía se llevó una mano a la boca.

—¿Lo escuchaste? —preguntó.

Asentí, sin palabras.

Max, como si hubiera entendido que por fin lo habíamos oído, soltó un gemido y volvió a gruñir, esta vez con una rabia desesperada, como diciendo “¡ya era hora!”.

A la mañana siguiente llamé al portero del edificio, Ramón, un tipo de cincuenta y tantos con bigote triste y manos de cemento. Vino con su caja de herramientas y miró la pared como si le estuviéramos mostrando una mancha de humedad cualquiera.

—Puede ser una tubería —dijo—. O una cámara de aire. Estos edificios viejos tienen huecos.

Lucía cruzó los brazos.

—Hay golpes —insistió—. Se oyen golpes desde dentro.

Ramón se rascó la nuca.

—¿Golpes… desde dentro? —repitió, como si las palabras le supieran raro.

Max estaba detrás de nosotros, tenso, mirando a Ramón con desconfianza.

—Mire —dije—. Ya están los vecinos quejándose. No dormimos. Y el perro está… así. Queremos arreglarlo.

Ramón acercó una linterna a la grieta, intentó mirar.

—Sin permiso del propietario no puedo tirar nada —dijo—. Pero puedo avisar a Sergio. Él gestiona.

Cuando nombró a Sergio, Max soltó un ladrido seco, agresivo. Ramón dio un salto.

—¿Qué le pasa a tu perro?

—No le caes bien —dijo Lucía, con ironía.

Ramón se marchó con una promesa vaga. “Yo le digo a Sergio”, “yo veo”, “yo pregunto”. Promesas que en edificios viejos se diluyen como humo.

Esa tarde, Sergio nos llamó.

—He oído que quieren hacer obras —dijo con tono alegre, como si estuviéramos hablando de pintar una pared de azul.

—No obras —respondí—. Algo pasa en esa pared. Hay ruidos. El perro está fuera de sí. Queremos abrir para ver si hay plagas o algo.

Hubo un silencio al otro lado. Un silencio demasiado largo.

—No es necesario —dijo al fin, ya sin alegría—. Ese muro es estructural. No pueden tocarlo.

—¿Estructural? —repitió Lucía, que tenía el altavoz puesto—. Pero da al pasillo interno, no a fachada. ¿Por qué sería estructural?

Otro silencio.

—Porque lo digo yo —respondió Sergio, y la voz se le endureció—. Si lo tocan, estarán incumpliendo el contrato.

Lucía soltó una risita incredulidad.

—¿Incumpliendo? ¿Y nosotros incumplimos por querer dormir?

—Pueden llamar a control de plagas —dijo Sergio, rápido—. O a un veterinario para su perro. Pero ese muro no se toca.

—¿Por qué? —pregunté, ya sin paciencia.

Sergio suspiró, como si yo fuera un niño pesado.

—Porque sí, Daniel. Déjenlo. No se metan donde no deben.

La llamada se cortó.

Nos quedamos mirando el móvil como si hubiera mordido.

—¿Escuchaste eso? —dijo Lucía, pálida—. “No se metan donde no deben”.

Max, como si hubiera entendido cada palabra, fue al cuarto y se plantó frente a la pared, gruñendo con una determinación que daba miedo.

Esa noche, mientras Max aullaba como un lobo encerrado, Lucía se sentó en la cama, con las rodillas al pecho.

—Yo no puedo más —dijo, temblando—. Siento que hay algo ahí. Algo malo. Y siento que… que nos está mirando.

—Es una pared —intenté bromear, pero mi voz sonó hueca.

—Daniel, anoche escuché una voz.

Me giré.

—¿Qué?

Lucía tragó saliva.

—No sé si fue un sueño, o si… pero escuché algo como… como alguien diciendo “ayuda”.

Se me heló la espalda. Y, a la vez, una parte de mí se negó, con fuerza, a creerlo. Porque creerlo significaba aceptar que lo imposible podía estar al otro lado del yeso.

A la mañana siguiente, tomé una decisión que me pesará siempre recordar. Una decisión que nació de la mezcla más peligrosa: miedo y orgullo.

—Vamos a tirar esta maldita pared —dije, con la mandíbula apretada—. Si Sergio no quiere, peor. No puede prohibirnos vivir tranquilos.

Lucía me miró como si viera a alguien distinto. Luego asintió.

—Pero lo hacemos con cuidado —dijo—. Y si encontramos algo… llamamos a la policía.

Compramos un martillo demoledor y un pequeño taladro percutor. También llamé a un amigo de la universidad, Iván, que ahora trabajaba como albañil. Le dije que era “una reforma mínima”, y él se rió.

—Tú siempre metiéndote en líos —dijo—. Paso el sábado.

El sábado por la mañana, el edificio parecía dormido. Solo se oía un televisor lejano y pasos ocasionales en el pasillo. Puri nos vio desde su mirilla, lo sé porque sentí la mirada como un alfiler. Max no se separó de nosotros ni un segundo; estaba nervioso, pero no se escondía. Era como si su miedo hubiera mutado en misión.

Iván examinó la pared, tocó con los nudillos.

—Suena raro —dijo—. Como… hueco en una parte.

—¿Hueco? —preguntó Lucía.

—Sí. Mira, aquí. —Golpeó más arriba—. ¿Oyes? Aquí es macizo. Aquí no.

Yo sentí un escalofrío. Un muro interior no debería sonar así.

—Dale —dije, intentando sonar valiente—. Solo abre un poco.

Iván enchufó el taladro. El ruido explotó en el cuarto como un insecto gigante. Polvo blanco se levantó y nos cubrió. Max empezó a ladrar, primero al taladro, luego a la pared, frenético.

—¡Tranquilo, Max! —gritó Lucía, sujetándolo del collar.

Iván perforó y luego cambió al martillo demoledor. Golpeó. Una vez. Dos. Tres. El concreto cedió con un crujido desagradable, como un hueso.

Al principio, solo polvo y escombros. Pedazos de yeso que caían como nieve sucia. Yo respiraba por la boca y sentía el sabor áspero en la lengua.

Entonces llegamos a la mitad. Y todo cambió.

Max se puso histérico. No era un ladrido normal; era un ladrido desesperado, como si estuviera rogando que paráramos. Se zafó del collar, corrió hacia la puerta del cuarto y empezó a arañarla, a gemir, a empujar con el hocico. Como si quisiera huir. Como si el aire se hubiera vuelto veneno.

—¡Max! —Lucía corrió tras él, pero él no paraba.

Iván bajó el martillo y me miró.

—Oye, Dani… —dijo—. Tu perro está mal.

—Sigue —dije, con la voz tensa—. Solo un poco más. Ya estamos.

Lucía se acercó al hueco que habíamos abierto y se quedó helada. Su cara se puso blanca, como si le hubieran drenado la sangre con una jeringa invisible.

—Amor… ven acá. AHORA.

Me acerqué.

Miré hacia dentro.

Detrás del yeso no había ladrillo. No había aislamiento. No había tuberías. Había… un espacio.

Una cavidad oscura, como un pulmón escondido dentro del edificio. Y lo que más me golpeó no fue verlo, sino olerlo: un aire viejo, cerrado, con un rastro metálico y rancio que me revolvió el estómago.

Iván apuntó con la linterna. El haz de luz cortó la oscuridad y reveló algo que no debería estar ahí: una puerta pequeña, metálica, empotrada, como una compuerta. Tenía una manija oxidada y, alrededor, marcas… marcas de uñas. Marcas humanas.

Lucía soltó un sollozo seco.

—Dios mío…

En ese momento, desde dentro, se oyó un golpe. Más claro que nunca.

Toc. Toc. Toc.

Y una voz.

No fuerte. No teatral. Una voz que parecía haber olvidado cómo sonar.

—¿Hay… alguien? —susurró.

Max, desde la puerta, chilló como si lo apuñalaran con el miedo.

Yo me quedé inmóvil, como si mi cuerpo fuera de piedra y mi mente fuera agua hirviendo.

—¿Quién eres? —logré decir, con un hilo de voz.

Hubo una pausa larga, y luego un gemido.

—No… no me dejen… —dijo la voz—. Por favor.

Lucía se tapó la boca con ambas manos. Iván retrocedió, pálido.

—Esto… esto es una locura —murmuró—. Llamen a la policía ya.

Yo saqué el móvil con manos temblorosas y marqué el número de emergencias. Mientras hablaba, sentía que cada palabra se me trababa en la garganta: “hay una persona detrás de una pared”, “una compuerta”, “una voz”.

—Quédense donde están —dijo la operadora—. No intenten abrir nada. Una patrulla va en camino.

Pero Lucía no podía quedarse quieta. Se arrodilló junto al hueco, como si la empatía fuera un imán.

—¿Cómo te llamas? —preguntó con la voz rota.

Dentro, un suspiro.

—Clara… —dijo la voz—. Me llamo Clara.

Iván me miró, horrorizado.

—¿Clara? —repitió—. ¿No había una chica…?

Yo también lo recordé, como un flash. Meses atrás, en el barrio, había carteles de una joven desaparecida. No había prestado atención. Nadie lo hace… hasta que la tragedia te mira a los ojos desde un agujero en la pared.

Lucía seguía hablando.

—Clara, vamos a ayudarte. Ya viene la policía. Aguanta, ¿sí?

Hubo un sonido dentro, como un sollozo ahogado.

—Él… él viene a veces… —susurró Clara—. Si lo oyen… no digan… que estoy viva.

—¿Quién? —pregunté, sin poder contenerme.

La respuesta fue un silencio. Luego una respiración asustada.

—El que… cobra el alquiler.

Sentí que el piso se inclinaba. Lucía me miró, y en sus ojos vi lo mismo que en mi estómago: una caída libre.

Sergio.

Antes de que pudiéramos procesarlo, alguien golpeó la puerta del apartamento. Tres golpes fuertes, autoritarios.

PUM. PUM. PUM.

Max empezó a ladrar, pero esta vez no era miedo; era furia pura.

—¡Abran! —gritó una voz masculina desde el pasillo—. ¡Sé que están ahí!

Lucía se quedó petrificada.

Iván agarró el martillo como si fuera un arma.

—¿Quién es? —susurró.

Yo no respondí. No podía.

Los golpes se repitieron, más violentos.

—¡Daniel! ¡Lucía! —era Sergio, sin duda—. ¡Abran ahora mismo!

Lucía se llevó un dedo a los labios. “No”, me dijo sin palabras. En el hueco, Clara jadeó como si hubiera oído un monstruo.

—No… —susurró—. No…

Iván se acercó a la mirilla del salón, miró.

—Es él —murmuró—. Está solo… pero está… muy nervioso.

La manija de la puerta se movió, como si Sergio intentara abrir.

—¡Tengo llave! —gritó—. ¡No pueden hacer esto!

Mi sangre se congeló.

—¿Tiene llave? —susurró Lucía, temblando.

—Es el gestor —dije, con la boca seca—. Claro que tiene…

En ese instante, el sonido de sirenas, lejanas pero acercándose, llenó el aire como una promesa.

Sergio lo oyó también. Se quedó en silencio un segundo. Luego, su voz cambió. Ya no fingía cordialidad. Era una voz fría, sin máscara.

—Escuchen bien —dijo, casi susurrando a través de la puerta—. Si abren esa compuerta… les juro que no salen de aquí.

Iván me miró con una mezcla de incredulidad y miedo.

—Este tipo está loco —dijo.

Las sirenas se acercaban. Sergio maldijo en voz baja. Oí pasos acelerados alejándose por el pasillo.

Max corrió hacia la puerta y ladró, como si quisiera atravesarla y morder al peligro.

Minutos después —minutos que se sintieron como años— la policía llegó. Dos agentes uniformados entraron con cautela, seguidos por una mujer de mirada afilada, pelo recogido y un porte que imponía calma en medio del caos.

—Soy la inspectora Valeria Ortega —dijo—. ¿Quién llamó?

Le contamos todo atropelladamente. Mientras hablábamos, Valeria se agachó frente al hueco, apuntó con una linterna y habló con una voz suave que contrastaba con la dureza de sus ojos.

—Clara —dijo—. Soy policía. Estamos aquí.

Desde dentro, un sollozo.

—¿De verdad? —preguntó Clara, como si la palabra “policía” fuera un cuento.

—De verdad —respondió Valeria—. Vamos a sacarte.

Los agentes acordonaron el área. Llamaron a bomberos. Iván, aún con el martillo en la mano, se apartó como si el objeto quemara.

Mientras esperábamos, Valeria se volvió hacia nosotros.

—¿Quién es Sergio? —preguntó.

Yo tragué saliva.

—El gestor. El agente inmobiliario. El que nos alquiló.

Valeria asintió lentamente, como si una pieza encajara.

—Ya lo imaginaba —dijo.

—¿Cómo? —preguntó Lucía.

Valeria miró alrededor del cuarto, la pared rota, las marcas de uñas, el aire contaminado.

—Porque Clara Martínez desapareció hace casi dos años —dijo—. Y la última vez que alguien la vio… fue entrando a este edificio.

Lucía se tambaleó y tuve que sostenerla.

—Yo… yo vi un cartel, pero… —susurró.

—Nadie piensa que un horror así puede vivir al lado —dijo Valeria, sin juzgarnos—. Por eso existe.

Los bomberos llegaron con herramientas. No intentaron forzar la compuerta de golpe; trabajaron con cuidado, como si dentro hubiera una vida hecha de vidrio. Cuando al fin la puerta metálica cedió con un chirrido, un olor más fuerte salió, y el silencio del edificio se rompió con un gemido humano.

Clara no salió caminando. La sacaron. Estaba viva, pero tan delgada que parecía hecha de sombras. Tenía el pelo enmarañado, la piel pálida, los ojos enormes, llenos de un miedo que no se apaga con abrir una puerta.

Lucía lloró al verla. Yo sentí una rabia que me quemaba.

Max, increíblemente, se acercó despacio, sin ladrar. Clara lo vio y, por primera vez desde que la escuchamos, su rostro cambió. Una chispa.

—¿Max? —susurró.

Lucía me miró, confundida.

—¿Cómo sabe su nombre? —preguntó.

Clara extendió una mano temblorosa y Max la olfateó, luego le lamió los dedos, con una ternura que me partió.

—Yo… yo lo paseaba a veces… en el parque… —murmuró Clara—. Antes de… antes de esto.

No supe qué decir. El mundo era demasiado pequeño para tanto azar y demasiado grande para tanta crueldad.

Valeria dio órdenes rápidas. “Ambulancia”, “traslado”, “protección”. Mientras atendían a Clara, un agente volvió del pasillo con expresión grave.

—Inspectora —dijo—. Encontramos a Sergio en la escalera de incendios. Intentaba bajar al sótano. Está detenido.

Lucía soltó un suspiro que parecía llevar guardado semanas. Yo apreté los puños. Quise ir a verlo, gritarle, preguntarle por qué. Pero Valeria me detuvo con una mirada.

—No vale la pena —dijo—. Estos tipos se alimentan de la reacción.

—¿Y si hay… más? —pregunté, con la voz ronca—. ¿Y si esa cavidad conecta con…?

Valeria asintió, seria.

—Eso vamos a investigar.

Y lo hicieron.

Durante horas, el edificio se llenó de uniformes, linternas, cámaras, cintas amarillas. Vecinos asomándose, llorando, murmurando. Puri salió al pasillo, con la misma bata de flores, y cuando vio el hueco en nuestra pared, se santiguó.

—Yo lo sabía… —susurró—. Yo lo sabía…

—¿Por qué no dijo nada? —le preguntó Lucía, con una mezcla de dolor e indignación.

Puri la miró con ojos cansados.

—¿A quién? —respondió—. ¿A quién le hablas cuando el miedo también paga alquiler?

La investigación reveló un laberinto. No de túneles interminables como en las películas, sino de espacios ocultos, cámaras selladas, pasillos estrechos entre muros falsos. “Reformas antiguas”, dijo Ramón el portero, llorando en un rincón. “Yo no sabía”. Pero Valeria no tragaba palabras fáciles.

Encontraron objetos que no pertenecían a nadie del edificio: un pendiente suelto, un cuaderno con páginas arrancadas, fotos polaroid sin fecha, un teléfono viejo escondido en una caja metálica. No describieron todo delante de nosotros, pero bastó con ver la cara de Valeria para entender que ese lugar había tragado más secretos de los que queríamos imaginar.

Cuando por fin todo se calmó, ya era de noche. Nuestro apartamento parecía un escenario después del desastre: polvo por todas partes, herramientas, huellas, cinta policial en la puerta del cuarto principal.

Lucía estaba sentada en el sofá, abrazando a Max. Yo tenía un vaso de agua entre las manos y no lograba beber. El agua se movía, temblando, como si mi pulso se hubiera vuelto visible.

Valeria se despidió en la puerta.

—Han hecho lo correcto —dijo—. Si no hubieran abierto… quizá Clara no habría sobrevivido.

—Nos amenazó —dije, recordando la voz de Sergio—. Dijo que no saldríamos de aquí.

Valeria asintió.

—Están bajo protección por ahora. Y… —hizo una pausa—. Si pueden, váyanse unos días. Sé que es su casa, pero… no es un lugar fácil para dormir después de algo así.

Lucía soltó una risa sin humor.

—¿Dormir? —repitió—. Creo que nunca más voy a dormir sin escuchar paredes.

Esa noche nos fuimos a casa de Iván. Él no nos dejó pagarle nada; nos puso mantas, nos dio té, intentó hacer chistes malos como si el humor pudiera cubrir el horror con una sábana. Max se acurrucó entre Lucía y yo en el suelo, como un guardián que por fin podía cerrar los ojos.

Pero yo no pude. Cada vez que los cerraba, veía la grieta en la pintura, la compuerta, las marcas de uñas, la voz susurrando “no me dejen”. Y, peor, veía la cara de Sergio cuando dijo “no se metan donde no deben”. Una frase que ahora sonaba como una confesión.

Dos días después, Valeria nos llamó.

—Clara está estable —dijo—. Débil, pero viva. Ha podido declarar un poco.

—¿Qué dijo? —pregunté, conteniendo la respiración.

—Que Sergio la citó con la excusa de enseñarle un apartamento —respondió Valeria—. Igual que a ustedes. Que la drogó. Que la tuvo ahí… mucho tiempo. Y que, cuando escuchó un perro en el pasillo hace meses, pensó que era una alucinación. Pero era Max. Su perro… o el perro de alguien… le recordó que el mundo seguía girando.

Lucía lloró en silencio, apretando la correa de Max como si fuera un amuleto.

—¿Y Sergio? —pregunté.

—Niega todo —dijo Valeria, seca—. Pero tenemos pruebas. Y tenemos a Clara viva. Eso lo cambia todo.

Colgué y me quedé mirando la pared del salón de Iván, lisa, normal, inocente. Me pareció un milagro que una pared pudiera ser solo una pared.

Volvimos al 4B una semana después, solo para recoger nuestras cosas. No queríamos dormir allí ni una noche más. El propietario ofreció “arreglarlo todo”, “pintar”, “compensar”. Sus palabras eran monedas falsas. Lucía empacaba sin mirar atrás. Yo desmonté el escritorio del cuarto principal con manos que ya no confiaban en la madera.

Puri estaba en el pasillo cuando salimos con las cajas. Nos miró con algo parecido a respeto.

—Su perro… —dijo—. Su perro nos salvó.

Lucía apretó los labios.

—Nosotros solo rompimos una pared —respondió.

Puri negó lentamente.

—Rompieron el silencio —dijo.

No contesté. Porque en el fondo sabía que tenía razón, y esa idea era tan poderosa como aterradora: a veces, lo que mantiene vivo al monstruo no es la fuerza… sino el miedo de los demás.

Nos mudamos a otro barrio, a un piso más pequeño y más caro. Las paredes eran nuevas. El edificio olía a pintura fresca y a café de cafetería moderna. Era la clase de lugar donde crees que el mal no vive, como si el mal respetara la decoración minimalista.

La primera noche, Lucía puso música suave para dormir. Yo revisé dos veces la cerradura. Max olfateó cada esquina, como siempre hacía al llegar a un lugar nuevo.

—Aquí estamos bien —susurró Lucía, metiéndose en la cama—. Aquí se acabó.

Quise creerlo.

Max entró al dormitorio, caminó lento. Miró alrededor. Y entonces se detuvo.

Frente a una pared.

No la misma pared, claro. Otra. Una pared nueva, blanca, impecable.

Max levantó la cabeza. Sus orejas se tensaron. Su cuerpo se quedó rígido.

Lucía se incorporó, el corazón en la garganta.

—No… —dijo, casi sin voz—. Max, no.

Yo me quedé helado, sintiendo cómo el aire se volvía pesado otra vez, como si el mundo tuviera una broma cruel preparada para nosotros.

Max no aulló. No arañó. Solo gruñó, bajo, profundo… con la misma intensidad de aquel primer martes.

Y, por un segundo —solo un segundo— juraría que, al pegar la oreja, escuché algo al otro lado.

No un golpe. No una voz clara.

Solo un susurro que parecía venir de muy lejos, como si el miedo fuera un idioma que nunca se olvida.

Lucía me miró, y en sus ojos vi el mismo pensamiento que me atravesó como una aguja: tal vez no era el edificio. Tal vez nunca fue solo el edificio.

Tal vez Max no gruñía a una pared.

Tal vez Max gruñía a lo que las paredes esconden… en cualquier lugar donde el silencio sea más fuerte que la verdad.

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