February 11, 2026
Drama Familia

Mi marido se fue a Miami con su amante embarazada… y volvió sin nada

  • December 27, 2025
  • 22 min read
Mi marido se fue a Miami con su amante embarazada… y volvió sin nada

Diez años de matrimonio. Diez. Cuando lo repito en voz alta, todavía me suena como un juramento que alguien pronunció por mí, con mi voz, sin mi permiso. Hasta aquella tarde de viernes yo era, según el guion perfecto, la mujer que “lo tenía todo”: un marido brillante, Javier Romero; una familia política influyente que se dejaba querer en cenas interminables; y una carrera envidiable como directora de marketing en Imperio Sol, el grupo de moda que mi padre levantó con el sudor de sus manos y la terquedad de quien no acepta el “no se puede”.

Yo vivía dentro de esa vida como quien habita una casa con las paredes recién pintadas: no ves las grietas hasta que un día se abre el techo. Presidía la reunión de estrategia del último trimestre, sentada frente a una mesa de caoba que olía a barniz caro y a decisiones frías, cuando mi móvil vibró con ese zumbido discreto que solo yo oía. En la pantalla apareció el nombre de Elena, mi mejor amiga desde la universidad.

“Sofía, ¿dónde estás? Es urgente.”

Sentí un tirón en el estómago. Elena no era de dramas gratuitos. Levanté la vista hacia mi secretaria, Clara, que pasaba diapositivas con precisión militar, y le hice un gesto para que siguiera. Me puse de pie, con la sonrisa automática que aprendí en juntas y cócteles, y salí de la sala con una serenidad que no sentía.

—Elena, ¿qué pasa? —susurré en el pasillo, pegándome el móvil a la oreja.

La respiración de Elena sonaba cortada, como si hubiera corrido escaleras arriba.

—Sofía… escucha con calma, por favor. Tu marido, Javier… ¿no se suponía que estaba en un viaje de negocios en Las Palmas?

La palabra “calma” me cayó como una moneda fría por la espalda.

—¿De qué hablas? Me llamó esta mañana para decirme que había llegado bien.

—No, Sofía. Mi prima trabaja en la aerolínea. Acaba de enviarme una foto. Javier está ahora mismo en Barajas… facturando para un vuelo a Miami. Y no está solo.

Se me entumecieron los dedos.

—¿Con quién está?

—Con toda su familia. Sus padres, su hermana con el marido… y una mujer joven… muy embarazada. Parecen… increíblemente felices. Su madre le estaba acariciando la barriga a la chica, Sofía. Como si fuera… como si fuera lo más normal del mundo.

No lloré. No grité. Lo único que sentí fue un silencio helado que me llenó por dentro, como si alguien hubiera apagado un generador. Colgué sin despedirme, no por crueldad, sino porque, si abría la boca un segundo más, iba a romperme delante de un pasillo lleno de trajes y prisas.

Regresé a la sala de reuniones como quien vuelve al escenario después de recibir una puñalada en camerinos. Me coloqué en mi sitio, apoyé las manos sobre la mesa, respiré.

—La reunión termina aquí —dije, y mi voz, para mi sorpresa, sonó firme—. Quiero un informe detallado de todos por correo antes de las nueve de la mañana. Pueden retirarse.

Los rostros se quedaron suspendidos en una mezcla de desconcierto y obediencia. El murmullo de sillas, el roce de carpetas, el clic de los portátiles cerrándose. Cuando la puerta por fin se cerró, el aire se me vino encima. Cogí las llaves del coche y bajé al aparcamiento subterráneo sin sentir el suelo.

Conducir por Madrid aquella tarde fue como atravesar una película muda. Bocinas, semáforos, peatones, y yo dentro de un cristal, apartada de todo. Mi mente repasaba los últimos meses como si buscara una pista que me hubiera negado a ver: los viajes improvisados de Javier, las llamadas en voz baja en el balcón, ese perfume distinto que alguna vez se le pegó a la camisa, la forma en que su madre, Mercedes, insistía últimamente con una frase que antes parecía inocente: “Sofía, hija, a tu padre le habría encantado ver un nieto correr por la casa”.

No teníamos hijos. Era mi mayor tristeza, mi herida secreta. Javier siempre me consolaba con una dulzura que ahora me parecía ensayada.

—No importa, Sofi. Somos tú y yo. Con eso basta.

Resulta que no es que no le importara. Es que había decidido buscar un hijo… en otro vientre.

Llegué a Barajas con el corazón golpeándome en la garganta. Me puse una gorra, gafas de sol, una mascarilla, no para esconderme de desconocidos, sino para proteger la poca dignidad que me quedaba de mí misma. Me mezclé con la multitud como si fuera un fantasma con tacones.

Los vi en la zona de embarque de business class, iluminados por pantallas azules y anuncios de lujo. Allí estaba la familia Romero, reunida en un círculo de felicidad radiante, como una postal de navidad. Allí estaba Javier, mi Javier, el hombre con el que dormía cada noche, con la mano protectora sobre el hombro de una mujer joven y hermosa, cuyo vientre era una montaña redonda bajo un vestido blanco. La chica reía con esa risa ligera de quien cree que el mundo la aplaude.

Mercedes, mi suegra, le acariciaba la barriga con ternura ceremoniosa.

—Mi nieto… —murmuró, y esa palabra me cortó el aire—. Por fin, mi nieto.

El padre de Javier, Rogelio, con su voz gruesa de hombre acostumbrado a mandar, dijo:

—En Miami todo será más discreto. Allí nadie nos conoce. Y el niño… el niño tendrá papeles, apellido, futuro.

La hermana de Javier, Paula, agregó riéndose:

—Y cuando nazca, hacemos la foto. “Bienvenido, heredero”. ¿Te imaginas la cara de Sofía?

No lo dijo con mala intención. Lo dijo con diversión. Como si yo fuera un chiste.

Me acerqué lo suficiente para oír la voz de Javier, baja y orgullosa:

—Tranquilos. Sofía no sospecha nada. Y aunque sospechara… Imperio Sol está a mi lado en todo esto. No va a tirar por la borda lo que hemos construido. Además… —miró a la embarazada con una dulzura que jamás había gastado conmigo en público—… esto es por la familia.

La palabra “familia” me supo a veneno.

La chica, que luego supe que se llamaba Lucía, apoyó la mano sobre la de Javier.

—¿Y ella? —preguntó, como si yo fuera un trámite—. ¿No va a… hacer algo?

Mercedes soltó una risita.

—¿Sofía? Ay, hija, Sofía siempre ha sido… correcta. Una mujer bien educada. No se atreverá a ensuciarse las manos.

En ese instante entendí algo con una claridad brutal: no solo me engañaban. Me estaban usando. Y el embarazo no era “amor”. Era una estrategia. Un hijo que pudiera reclamar, un heredero para agarrarse a lo que mi padre levantó.

Me alejé sin que me vieran. No por cobardía. Por instinto. En el baño del aeropuerto me apoyé en el mármol frío del lavabo y me miré al espejo. Bajo la gorra y la mascarilla, mis ojos parecían los de otra persona: la Sofía que había sido esposa, nuera, y pegamento de familia se estaba desmoronando, y en su lugar empezaba a formarse otra cosa, más dura, más clara.

Saqué el móvil y llamé a Elena.

—Lo vi —dije—. Todo es cierto.

Elena soltó un sollozo.

—Sofía, ven a mi casa. No estés sola.

—No —respondí—. Necesito hacer una llamada más importante.

Llamé a Amelia Serrano, la abogada más temida de Madrid en casos corporativos. Mi padre la llamaba “la mujer que convierte los papeles en cuchillos”. Tenía su número por si algún día un competidor intentaba morder Imperio Sol. Jamás pensé usarlo contra mi propio marido.

Amelia contestó al segundo tono.

—Sofía Ferrer —dijo, como si ya supiera que no llamaba para saludar—. ¿Qué pasó?

Me sorprendió que mi voz no temblara.

—Necesito que bloquees todo lo que pueda bloquearse. Hoy. Ahora. Cuentas, tarjetas corporativas, accesos a bienes… todo.

Hubo un silencio breve, profesional.

—¿Razón?

Miré mi reflejo y, detrás, las luces blancas del baño. Sentí que pronunciaba un veredicto.

—Traición y tentativa de apropiación. Javier está saliendo del país con su familia y con su amante embarazada. Van a tener un hijo. Y creo que planean usarlo para meter la mano en Imperio Sol.

Amelia exhaló, como quien al fin encaja piezas.

—Dame treinta minutos. Y necesito que recuerdes algo: Imperio Sol es de tu padre, Sofía. ¿Qué porcentaje de acciones están a tu nombre?

—La mayoría. Mi padre me dejó el control.

—Entonces no estás pidiendo permiso. Estás dando órdenes. Te envío un coche para llevarte a la notaría. Vamos a activar medidas cautelares. Y tú… tú no vuelves a casa todavía. Esa gente va a reaccionar cuando se den cuenta.

—Que reaccionen —dije, y me sorprendió la calma de mi propia rabia—. Yo también.

Esa noche no dormí. Firmé papeles con manos firmes mientras por dentro ardía. Amelia y su equipo trabajaron como si estuvieran apagando un incendio real. A medianoche, el director financiero de Imperio Sol, Marcos Vidal, me respondió una llamada. Era un hombre serio, con la lealtad tatuada en la voz.

—Sofía, ¿estás bien?

—No —le dije—. Pero no necesito compasión. Necesito datos. Quiero un informe de todos los movimientos de Javier en la empresa en los últimos doce meses. Transferencias, autorizaciones, contratos, todo.

Marcos no preguntó “por qué”. Solo dijo:

—Lo tendrás al amanecer.

Mientras tanto, pedí a Clara, mi secretaria, que cambiara todas las contraseñas de accesos digitales vinculados a mi marido. Clara se quedó helada.

—Señora Sofía… ¿Está segura?

La miré con una mezcla de tristeza y determinación.

—Estoy segura de una cosa, Clara: hoy aprendí que lo que parece una familia feliz puede ser una banda organizada. Y no voy a dejarles la llave de mi casa.

Clara tragó saliva.

—De acuerdo. Lo hago.

Al día siguiente, Marcos me llamó con la voz más grave de lo normal.

—Sofía… hay algo. Javier firmó pagos a una consultora fantasma: “Romero Consulting”. No tiene empleados, no tiene oficina. Pero recibió cantidades… grandes.

—¿Cuánto?

—Siete cifras repartidas en seis transferencias. Y los beneficiarios finales… —Marcos dudó— …apuntan a cuentas vinculadas con su padre y con su hermana.

Sentí un vértigo, no de sorpresa, sino de confirmación: no era un desliz amoroso. Era un plan familiar.

Amelia, al escuchar el informe, sonrió sin alegría.

—Perfecto. Eso nos sirve. Bloqueo de bienes, denuncia por administración desleal, y si intentan tocar la empresa… los hundimos.

—¿Y si vuelven y se hacen las víctimas? —pregunté.

Amelia me miró con esa frialdad que solo tienen quienes han visto la guerra de cerca.

—Que lloren en otra parte. Tú no los vas a sacar del barro si ellos mismos se lanzaron.

Esa tarde fui a mi casa, la casa grande que Javier llamaba “nuestro hogar” y que yo, de pronto, sentía como un escenario contaminado. El guardia de seguridad, Tomás, me abrió la puerta con un gesto preocupado.

—Señora… esta mañana llamó su suegra. Dijo que venía con llaves.

—Ya no valen —respondí—. Cambiamos cerraduras.

Tomás tragó.

—¿Quiere que…?

—Quiero que nadie entre sin mi autorización. Nadie. Si Javier aparece, llamas a la policía y a Amelia Serrano.

Subí las escaleras. En el dormitorio, el lado de Javier estaba demasiado ordenado. Abrí su cajón, buscando cualquier cosa que me diera una explicación humana, algo parecido a un “lo siento”. Solo encontré recibos, un segundo móvil y un pasaporte viejo. Encendí el móvil. Tenía mensajes.

“Mi amor, ya estamos en la puerta. Tu suegra está feliz. Aguanta un poco más, después del parto todo será perfecto.”

Perfecto. Qué palabra más obscena.

Elena llegó esa noche con una bolsa de comida y los ojos rojos.

—No tienes que ser fuerte todo el tiempo —me dijo, abrazándome.

Yo me dejé abrazar un segundo, y después me aparté.

—No soy fuerte. Estoy despierta. Hay diferencia.

A la mañana siguiente, empezaron las llamadas. Javier, primero, con un tono dulce que casi me dio risa.

—Sofi… cariño, no sé qué ha pasado con mis tarjetas. No puedo pagar el hotel.

—Qué pena —respondí—. Paga con tu honestidad.

Hubo un silencio.

—¿Dónde estás? ¿Qué estás haciendo?

—Cuidando lo que es mío.

Su voz se tensó.

—No hagas tonterías. Hablamos al volver.

—No vuelvas a mi casa —le dije—. No vuelvas a mi vida como si fuera tu sofá.

Entonces explotó.

—¡Sofía, no tienes derecho! ¡Soy tu marido!

Me reí. Fue una risa corta, sin humor.

—Eso dejaste de ser cuando decidiste subir a un avión con seis parientes y una barriga ajena como trofeo.

Colgué.

A los diez minutos llamó Mercedes, mi suegra. Su voz venía cargada de indignación aristocrática.

—Sofía Ferrer, ¿qué significa esto? Rogelio no puede acceder a su cuenta, Paula no puede pagar el alquiler del coche, y Javier está… está pasando vergüenza. ¿Qué has hecho?

—He cerrado la puerta —dije—. La misma puerta que ustedes atravesaron para salir con mi confianza.

—¡No seas melodramática! —escupió Mercedes—. Lo de esa chica… es una situación. Javier necesitaba un hijo. Tú no…

—No termines esa frase —la corté—. Si vas a insultarme, al menos ten el valor de hacerlo completo.

—Te estás comportando como una loca —dijo—. Una mujer decente no destruye una familia.

Sentí el pulso en las sienes.

—Ustedes no son una familia, Mercedes. Son una operación. Y se les acaba de caer el sistema.

Colgué también.

La reacción fue rápida. Al tercer día, Paula apareció en la puerta de mi casa con su marido y con dos hombres que no conocía, intentando entrar por la fuerza, creyendo que el apellido Romero era un pase universal. Tomás los detuvo y llamó a la policía. Yo bajé las escaleras y me los encontré en el recibidor, como una escena teatral.

—¡Sofía! —gritó Paula, señalándome como si yo fuera una empleada desobediente—. ¡Esto es ridículo! ¡Nos has dejado tirados en Miami! ¡Lucía está por parir!

La palabra “parir” en su boca sonó como una acusación, como si yo debiera abrir mi cartera por solidaridad femenina.

—¿Y qué quieres? —pregunté, clavándole la mirada—. ¿Que te compre pañales?

El marido de Paula, Álvaro, se acercó con el pecho inflado.

—No tienes idea con quién te metes, Sofía. Rogelio tiene contactos.

Amelia apareció entonces, impecable, con un abrigo oscuro y una carpeta en la mano, como si hubiera salido de una película de juicios.

—Encantada —dijo, y su sonrisa no llegó a los ojos—. Soy Amelia Serrano, representante legal de Sofía Ferrer. Todo intento de entrada no autorizada se considerará allanamiento. Y, por cierto, cualquier amenaza será anexada a la denuncia.

Paula se quedó blanca.

—¿Denuncia?

—Administración desleal, fraude, y otras cosas que su hermano y su padre van a disfrutar leyendo —respondió Amelia—. Buen día.

Los policías los hicieron salir. Yo me quedé en la puerta, sintiendo el aire frío en la cara, como si por fin respirara.

Esa noche, una llamada desconocida entró a mi móvil. Contesté por curiosidad.

—¿Sofía? —era la voz de Lucía, la amante. Sonaba joven, temblorosa, y a la vez orgullosa—. Necesito hablar contigo.

Cerré los ojos. Una parte de mí quería insultarla. Otra, simplemente colgar. Pero algo me dijo que la escuchara.

—Habla —dije.

—No soy tu enemiga —soltó, como si eso fuera una contraseña—. Javier me dijo que ustedes… que tú lo entendías. Que esto era un acuerdo.

Me reí, pero mi risa se convirtió en un suspiro amargo.

—¿Un acuerdo? ¿Eso te dijo?

—Me dijo que tú no querías hijos, que estabas enfocada en la empresa, que él… que él solo quería ser padre y que tú lo apoyabas. Me dijo que eras… fría, pero justa.

Cada palabra era otra capa de mentira. Me dieron ganas de romper algo.

—Lucía —dije despacio—, Javier te usó a ti también. Solo que a ti te dio flores mientras a mí me daba silencios.

Hubo un silencio largo al otro lado.

—No puede ser —susurró—. Su madre me dijo que… que tú eras el obstáculo.

—¿Y te lo creíste? —pregunté, sin suavidad—. Mira, no voy a pelear contigo. Tú decides qué hacer con tu vida. Pero de mi empresa y de mis bienes… no van a sacar nada. Ni tú ni ellos.

La voz de Lucía se quebró.

—No tengo dinero, Sofía. Las tarjetas no funcionan. Estamos… estamos en un hospital en Miami. Dijeron que si no pagamos…

No pude evitar imaginarla en una camilla, rodeada de Romero sonrientes que de pronto dejaron de sonreír cuando la realidad se volvió factura. Y aun así, mi compasión no era una puerta abierta; era apenas un espejo.

—Pide ayuda a quien te prometió el cielo —dije—. Si Javier es tan buen hombre como te vendió, encontrará la forma.

Colgué con las manos frías.

La semana siguiente fue una tormenta. Marcos descubrió más transferencias. Amelia encontró un borrador de testamento que Javier había intentado tramitar a escondidas, donde colocaba a “su futuro hijo” como beneficiario indirecto de parte de mis acciones mediante un artilugio legal grotesco. Cada hallazgo era una prueba de que el amor había sido un disfraz, y yo había aplaudido al actor en mi propia casa.

La prensa empezó a oler sangre, como siempre. Una periodista, Marta Ledesma, me escribió pidiendo “una declaración sobre la crisis matrimonial del CEO”. Me dio asco la palabra “crisis”, como si fuera un malentendido de pareja y no una conspiración.

Le respondí una sola frase: “No es una crisis. Es un delito en proceso.” Y dejé que el silencio hiciera el resto.

Dos semanas después, recibí un mensaje de Elena: una foto borrosa desde un aeropuerto. Javier y su familia volvían. Los vi con ojeras, sin la postura triunfal. Mercedes ya no llevaba la barbilla alta; Rogelio parecía más viejo. Paula arrastraba una maleta como si pesara cien kilos. Y Lucía… Lucía no estaba en la foto. En su lugar, un portabebés cubierto.

Sentí una punzada extraña, no de culpa, sino de final.

Esa misma tarde, el interfono de casa sonó. Tomás me miró.

—Señora… son ellos.

Bajé. No por valentía, sino por necesidad de cerrar la puerta con mis propias manos.

Javier estaba allí, en la entrada, con la cara desencajada. Sus padres detrás, su hermana abrazada al portabebés. El bebé lloraba con un llanto pequeño que se me clavó en el pecho, porque los bebés no tienen culpa de las guerras de los adultos.

Javier dio un paso.

—Sofía… por favor. Hablemos. No puedes… no puedes hacernos esto.

Mercedes soltó un sollozo teatral.

—¡Nos has dejado en la calle! ¡Con un recién nacido!

Miré el portabebés y después miré a Javier.

—No. Yo no los dejé en la calle —dije—. Ustedes se fueron de mi casa. Se fueron de mi matrimonio. Se fueron de mi respeto. La calle es donde caen quienes creen que pueden pisar a otros sin consecuencias.

Rogelio, con la voz ronca, intentó imponer autoridad.

—Esa casa también es de Javier.

Amelia apareció a mi lado, como un muro.

—La casa está registrada a nombre de Sofía Ferrer y de la sociedad patrimonial de Imperio Sol —dijo—. Javier Romero no tiene derechos aquí desde que se iniciaron las medidas cautelares. Si insisten, llamamos otra vez a la policía.

Javier apretó los puños.

—¿Qué quieres, Sofía? ¿Venganza?

Lo miré. Y en ese instante me di cuenta de algo que me sorprendió: no lo odiaba como en las películas. Lo que sentía era una claridad despiadada, como cuando te quitas una venda y te das cuenta de que la herida estaba infectada.

—Quiero justicia —dije—. Y quiero mi vida de vuelta.

Paula, con los ojos hinchados, murmuró:

—Pero… el bebé…

Me acerqué, lo suficiente para que escucharan sin que fuera un espectáculo.

—El bebé merece amor, estabilidad, futuro —dije—. Eso no se lo puedo dar yo, porque no es mi responsabilidad. Ustedes lo quisieron como arma. Ahora les toca quererlo como hijo.

Javier bajó la voz, desesperado.

—Sofía, te lo suplico. Dame una oportunidad. Solo una. Podemos… podemos arreglarlo.

Me reí, pero esta vez mi risa fue triste.

—¿Arreglar qué? ¿La mentira? ¿El robo? ¿El viaje a Miami con tu familia aplaudiendo tu traición? Javier, tú no cometiste un error. Tú hiciste un plan.

Sus ojos se humedecieron.

—Yo te quise.

—Me quisiste como se quiere una llave —respondí—. Para abrir lo que no te pertenecía.

Tomás abrió la puerta solo para que Amelia entregara un sobre. Javier lo tomó con manos temblorosas.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—La demanda de divorcio —dije—. Y la notificación de que estás suspendido de cualquier función en Imperio Sol. El consejo se reunió. Marcos presentó las pruebas. Tú firmaste tu propia caída.

Javier abrió el sobre como si le quemara. Mercedes soltó un grito ahogado. Rogelio se tambaleó, orgulloso y derrotado. Paula abrazó el portabebés con fuerza, como si el niño fuera lo único real.

—No puedes —murmuró Javier—. No puedes dejarme sin nada.

Me acerqué un poco más, lo miré directo a los ojos.

—Puedo —dije—. Porque “nada” es exactamente lo que me dejaste tú cuando decidiste que yo era prescindible.

Entonces ocurrió lo más dramático y, a la vez, lo más revelador: Javier se arrodilló. En mi entrada. Frente a mi casa. Frente al guardia, frente a la abogada, frente al bebé que lloraba. Un gesto enorme para un hombre que siempre creyó que el mundo se inclinaba ante él.

—Sofía… por favor.

Respiré hondo. Me dolió, sí, porque diez años no se borran sin que sangre algo. Pero el dolor no era una cadena. Era solo una señal de que yo seguía viva.

—Levántate, Javier —dije con una voz tranquila, casi amable—. No vuelvas a arrodillarte por amor si fuiste capaz de traicionarlo de pie.

Amelia hizo un gesto a Tomás, y la puerta se cerró. No con un portazo, sino con un clic firme, definitivo.

Después vinieron meses de papeles, audiencias, titulares. Javier intentó negociar, amenazó, suplicó, cambió de máscara como quien cambia de corbata. Su padre movió contactos; sus contactos no pudieron contra documentos y transferencias bancarias. Mercedes intentó ensuciar mi nombre en círculos sociales; esos círculos, cuando olieron escándalo real, se alejaron como ratas asustadas. Paula terminó viviendo en un piso pequeño de alquiler en las afueras, con el bebé y con una Lucía que, según Elena, por fin dejó de sonreír como si la vida fuera un cuento.

Un día, recibí una carta sin remitente. Solo una frase escrita con letra temblorosa: “Perdón por creerles.” Era de Lucía. No respondí. No por rencor, sino porque algunas conversaciones llegan tarde, cuando ya aprendiste la lección sin necesidad de explicarla.

Yo seguí trabajando. Imperio Sol sobrevivió al escándalo porque estaba construido sobre algo más fuerte que un matrimonio: estaba construido sobre el esfuerzo de mi padre y mi propia sangre. Marcos se quedó a mi lado. Clara también. Elena fue mi refugio cuando, en noches silenciosas, el recuerdo me mordía. Me mudé de casa; no porque me la quitaran, sino porque necesitaba respirar en paredes nuevas.

Y el final, si existe algo parecido a un final, llegó una mañana en la que entré al edificio central de Imperio Sol y vi, en el vestíbulo, una foto antigua de mi padre con su primera máquina de coser industrial. Me quedé mirándola, y por primera vez en mucho tiempo sentí que no me faltaba nada para estar completa.

Elena me mandó un mensaje: “Me dijeron que los Romero están viviendo con un tío en Toledo. Javier está buscando trabajo. Nadie lo quiere.”

No sentí alegría. Sentí equilibrio. Como cuando el mar, después de una tormenta, vuelve a su nivel natural.

Miré mi reflejo en el vidrio de la entrada: no era la Sofía que se dejaba acariciar la vida sin preguntar. Era una mujer que aprendió, demasiado tarde quizá, que el amor sin respeto es solo una trampa bonita. Y mientras caminaba hacia el ascensor, con el sonido de mis pasos como un metrónomo decidido, pensé algo que me dio paz: ellos volvieron sin casa, sí… pero yo volví a mí misma. Y esa, al final, fue la única propiedad que nunca debí entregar.

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