El Aeropuerto Internacional Indira Gandhi respiraba como un monstruo de acero: exhalaba anuncios metálicos, tragaba maletas con ruedas y escupía gente con prisa. Las pantallas parpadeaban destinos como si fueran profecías: Mumbai, Dubai, Singapur. Un niño lloraba porque había perdido su peluche; una pareja discutía en voz baja por un pasaporte olvidado; un vendedor de chai gritaba su oferta como si fuera el último té del mundo. Ahí, donde todo el mundo corre, nadie mira a los ojos. Nadie quiere ver nada… hasta que algo explota, aunque sea sin fuego.
Emiliano Ríos Valdés avanzaba a contracorriente con una mochila vieja colgándole de un hombro, tenis gastados y la mandíbula apretada como si se estuviera mordiendo el miedo. Tenía 26 años y la clase de cara que pasa desapercibida: ni demasiado guapo ni demasiado feo, ni demasiado rico ni demasiado pobre, el tipo de persona a la que le pides “permiso” en un pasillo y olvidas dos segundos después. Sin embargo, sus ojos no se movían como los de un turista; barrían el espacio, contaban cámaras, medían distancias, buscaban salidas. Y en el bolsillo interior de su chamarra vibraba un teléfono que parecía latir.
Llegó al acceso principal y se topó con una fila larga que se retorcía como serpiente cansada. El aire olía a perfume barato, desodorante y ansiedad. Un guardia alto, bigote recortado, chaleco de seguridad y cara de “yo mando aquí”, le cruzó el brazo.
—¡Eh! ¿A dónde? —gruñó—. A la fila, compa. Aquí nadie es VIP.
Emiliano levantó el boleto con una mano que, pese a su esfuerzo, tembló apenas.
—Hermano, por favor… mi vuelo ya… necesito entrar. Es urgente.
—Urgente es para todos —lo cortó el guardia, empujándolo con la palma abierta—. ¿No ves cuánta gente hay? A la fila.
Varias cabezas giraron. Algunas sonrieron con burla, como si el drama ajeno fuera entretenimiento. Una mujer con sarí amarillo murmuró: “Seguro ni trae boleto”. Un chavo con audífonos sacó el celular, oliendo sangre social. Y un señor mayor, de barba blanca y ojos cansados, miró a Emiliano con una tristeza silenciosa, como si recordara lo que era suplicar.
Emiliano tragó saliva.
—Aquí está el boleto. Déjeme pasar, por favor.
El guardia ni lo miró.
—No me hagas perder el tiempo. A la fila.
Lo empujó otra vez. La mochila de Emiliano se resbaló y cayó al piso. Una botella vacía rodó, y junto con ella cayó una foto doblada que se asomó un segundo: una mujer sonriente, en una cama de hospital, levantando el pulgar con esfuerzo. Emiliano la guardó rápido, con vergüenza, como si la intimidad fuera contrabando.
—Mi mamá está en terapia intensiva en Mumbai —dijo, y la voz se le quebró en la última sílaba—. Los doctores dijeron que si no llego hoy…
El guardia soltó una risa seca.
—Sí, sí, tu mamá, tu abuelita, tu perro… A la fila.
Una chica de uniforme de aerolínea, con gafete que decía “Asha — Atención al Cliente”, se acercó con un gesto nervioso. Tenía los ojos delineados, pero lo que más destacaba era el miedo en su mirada, un miedo que no era al guardia sino a todo el sistema.
—Señor, tal vez podemos… —empezó ella.
—No te metas, Asha —le escupió el guardia sin voltear—. Tú atiende tus mostradores. Yo sé lo que hago.
Asha bajó la mirada. Emiliano la vio y entendió: no era maldad pura; era un lugar que te enseñaba a obedecer para sobrevivir.
Emiliano cerró los ojos un segundo. Vio el reloj mentalmente. Recordó la voz del médico por teléfono, un hombre que intentaba sonar profesional mientras el cansancio le manchaba las palabras: “Su mamá puede no aguantar. Necesitamos que firme una autorización. Ya.” Recordó el último mensaje de su madre, escrito con dedos agotados: “No corras, hijo. Solo ven.” Y recordó otra cosa, más antigua, más oscura: una promesa que había hecho con rabia y amor mezclados, una promesa de no llegar tarde otra vez.
Cuando abrió los ojos, no discutió. No gritó. Se hizo a un lado, tomó aire y se metió entre la gente como si su cuerpo fuera una flecha buscando el hueco exacto. Avanzó hacia adentro inclinado, esquivando hombros, carritos, maletas. Detrás, el guardia comenzó a gritar:
—¡Oye! ¡Deténganlo! ¡A ese!
La multitud reaccionó tarde. Algunos se apartaron con fastidio, otros con risa. Un niño pensó que era un juego y se subió a la maleta de su papá. El señor de barba blanca intentó detener al guardia agarrándole la manga.
—Déjelo, hombre, mírelo… —dijo el anciano—. Está desesperado.
—¿Y qué? —le respondió el guardia, soltándose—. ¡Que aprenda a llegar a tiempo!
Emiliano corrió. Su respiración golpeaba como tambor dentro del pecho. Doblando un pasillo, justo antes del control de seguridad, chocó con un hombre rodeado de asistentes y dos escoltas. El hombre llevaba traje caro, reloj brillante y un vaso de café que se balanceó, derramando un hilo oscuro sobre su camisa blanca.
—¡¿Qué te pasa?! —rugió—. ¿Estás ciego?
Emiliano se frenó en seco, agachando la cabeza instintivamente.
—Perdón, señor. De verdad… estoy apurado.
El hombre lo miró de arriba abajo, evaluándolo por su ropa como quien decide si algo vale la pena.
—¿Apurado? —se burló—. Con esa facha, ¿tú crees que vas a alcanzar algo? Te ves como… como “gente”.
El comentario cayó como una bofetada. Algunos alrededor soltaron risitas. Más celulares se levantaron. Los escoltas, grandes como paredes, hicieron un paso adelante, disfrutando la escena.
El hombre se llamaba Leandro Mehta, un empresario famoso, de esos que aparecen en revistas con frases tipo “hecho a sí mismo” y sonrisa de tiburón. A su lado iba una mujer joven, impecable, con tableta en mano y labios apretados: Priya, su asistente, la clase de persona que sabe demasiado y sonríe muy poco. También había un tipo con gafas, demasiado atento, demasiado silencioso: Arjun, abogado, o algo peor.
Emiliano intentó seguir, pero Leandro le puso una mano en el pecho como si estuviera frenando un carrito de supermercado.
—A ver, a ver… ¿y tú a dónde vas?
—A Mumbai. Mi mamá…
Leandro, sin dejarlo terminar, le arrebató el boleto.
—¿Business class? ¡Ja! —rio, levantándolo como trofeo—. Esto lo imprimiste en un cyber, ¿o qué? ¿Te lo prestó un rico?
La gente rió más fuerte. Una mujer grabó con el flash encendido como si fuera una alfombra roja. Un influencer con gorra murmuró: “Esto se va a hacer viral”.
Emiliano extendió la mano, tratando de no temblar.
—Señor… por favor. Devuélvamelo.
Leandro giró hacia un guardia de seguridad del control, un hombre de rostro duro llamado Kapoor, y lo llamó con un chasquido de dedos, como si silbara a un perro.
—Revísenle esto. No creo que sea real. Hoy hay estafadores por todos lados.
Kapoor tomó el boleto, lo escaneó. El lector tardó un segundo… y luego la pantalla brilló en verde: PASAJERO VÁLIDO — BUSINESS CLASS.
El pasillo se silenció, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Hasta el bebé que lloraba pareció tomar aire. Priya abrió los ojos apenas, como si esa pequeña luz verde le hubiera traído un mal recuerdo. Leandro se quedó congelado y su sonrisa se le quebró.
—¿Qué…? —musitó—. No puede ser.
—Es auténtico, señor —dijo Kapoor, devolviéndoselo con respeto forzado—. Su nombre está en la lista.
Y entonces cambió algo en las miradas: ya no era “un colado”. Ahora era un misterio. Y para un hombre como Leandro, que vivía de controlar la historia, un misterio era una amenaza.
Su orgullo lo empujó a la crueldad. Tomó el boleto, lo miró con desprecio, y lo rompió. Una vez. Dos. Tres. Los pedazos cayeron como confeti sucio al piso brillante.
—Ahora sí, campeón —dijo con una sonrisa torcida—. Ya no entras a ningún lado.
Un murmullo recorrió a la multitud. Una mujer se llevó la mano a la boca. El anciano de barba blanca, que había llegado cojeando hasta ahí, soltó un “¡oye!” indignado.
—Eso es abuso —dijo el viejo—. ¿Quién se cree usted?
Leandro lo ignoró como se ignora a una mosca.
Emiliano se agachó y recogió los pedazos con una calma que daba miedo. La calma de alguien que ya no tiene espacio para el orgullo porque todo su orgullo está ocupado por el pánico. Los guardó en su bolsillo como si fueran reliquias.
—Usted no sabe lo que acaba de hacer —dijo, bajo.
Leandro soltó una carcajada.
—¿Ah sí? ¿Y tú qué? ¿Me vas a destruir? ¿Con tu mochila?
Priya le susurró algo a Leandro, casi sin mover los labios.
—Señor… no conviene…
—Cállate —le dijo él por lo bajo, y luego volvió a mirar a Emiliano—. La gente como tú aprende rápido cuando se le cierra una puerta.
Emiliano no respondió con gritos. No amenazó con un show. Solo sacó su teléfono. Marcó un número que sabía de memoria. Su pulgar no dudó.
—Activen Protocolo Cero. Ahora.
Colgó.
Al principio, nada pasó. Leandro levantó las cejas como si acabara de escuchar el chiste más malo del mundo.
—¿Protocolo qué? —se burló—. ¿Eso te lo enseñaron en una película?
Pero entonces, como si el aeropuerto hubiera estado conteniendo la respiración, un sonido grave retumbó por los altavoces. No era un anuncio común. Era un tono de alarma, corto, insistente, que se metía en la piel. Las pantallas cambiaron de golpe: algunas se pusieron en negro, otras mostraron letras rojas en hindi e inglés. Las puertas automáticas del control de seguridad se cerraron con un golpe seco. Y lo más inquietante: un grupo de agentes con chalecos oscuros, sin logos visibles, apareció como si hubiera salido de las paredes.
Kapoor palideció.
—¿Qué demonios…? —susurró.
Asha, que había logrado acercarse, abrió la boca sin poder hablar. El influencer dejó de grabar por primera vez, desconcertado. Y el anciano de barba blanca dio un paso atrás, agarrándose el pecho.
Leandro miró a sus escoltas.
—Resuelvan esto —ordenó, arrogante, como si pudiera comprar también las alarmas.
Uno de los escoltas intentó moverse, pero un hombre alto, moreno, con mirada de cuchillo y un auricular transparente, le bloqueó el paso. No llevaba uniforme, pero su autoridad era evidente. Sacó una credencial rápidamente, lo suficiente para que Kapoor tragara saliva.
—Agencia Nacional de Investigación —dijo el hombre—. Nadie se mueve.
Priya soltó la tableta al piso. Arjun, el tipo de gafas, dio un paso atrás, y por primera vez se le vio el sudor.
Leandro se echó a reír, una risa que sonaba hueca.
—Esto es ridículo. ¿Saben quién soy? ¡Mi nombre está en la junta directiva de media ciudad!
El agente ni parpadeó.
—Precisamente por eso estamos aquí, señor Mehta.
Emiliano seguía quieto, con la mochila colgando, el rostro tenso. Asha lo miró como si acabara de descubrir que un fantasma existía. Se acercó, muy despacio, y le habló en un susurro.
—¿Quién eres tú…?
Emiliano la miró por primera vez directo a los ojos. En su mirada no había superioridad; había un cansancio viejo.
—Alguien que llega tarde a todo —dijo—. Y hoy no puedo.
El agente principal se giró hacia Emiliano con un respeto extraño, como si lo conociera de otra vida.
—Señor Ríos —dijo—. Confirmación de Protocolo Cero recibida. Está en marcha.
Leandro abrió los ojos como platos.
—¿Señor? ¿Qué es esta farsa? ¡Ese tipo es nadie!
—No —dijo el agente, y su voz cortó el aire—. Usted creyó que era nadie. Y eso lo hizo hablar y actuar como siempre actúa cuando no hay cámaras importantes.
El pasillo estalló en murmullos. Los celulares volvieron a levantarse, pero ahora temblaban. A lo lejos, más agentes cerraban accesos. La fila de pasajeros se comprimía como ganado asustado. Un niño empezó a llorar otra vez, esta vez de miedo real.
Kapoor, el guardia del control, intentó intervenir.
—Señores, esto está afectando operaciones del aeropuerto…
El agente lo ignoró.
—Señor Mehta —continuó—, queda usted detenido por cargos relacionados con contrabando de piezas médicas, sobornos, y obstrucción de una investigación federal.
Leandro soltó un bufido.
—¡No tienen pruebas! —escupió—. Todo el mundo soborna, todo el mundo mueve cosas. ¡Así funciona el país!
Priya soltó un gemido ahogado, como si esas palabras la hubieran condenado también. Asha se llevó la mano a la boca.
—Dios… —murmuró ella—. ¿Piezas médicas?
El anciano de barba blanca, con voz temblorosa, soltó:
—¿Es… es por eso que mi hermano murió esperando un aparato? —preguntó, y de repente su tristeza se volvió rabia—. ¿Porque alguien lo vendió al mejor postor?
Leandro intentó apartar al agente con el hombro, pero dos manos lo sujetaron. Sus escoltas se tensaron, listos para pelear, hasta que vieron algo que los desarmó: más agentes, más armas, más autoridad. No era un pleito; era una cacería que por fin cerraba la trampa.
Arjun, el abogado, intentó colarse entre la gente. Emiliano lo notó al instante. No corrió, solo dio un paso, como si ya hubiera anticipado ese movimiento. Le habló al agente principal sin apartar la vista de Arjun.
—Ese —dijo Emiliano—. No lo dejen ir.
Arjun se detuvo. Sonrió de lado.
—¿Quién demonios eres tú? —le preguntó—. ¿Un héroe? ¿Un mártir?
Emiliano apretó la mandíbula.
—Soy el hijo de una mujer que se está muriendo porque ustedes jugaron con el sistema como si fuera casino.
Arjun levantó las manos, teatral.
—No seas dramático. La gente se muere todos los días.
Esa frase fue una chispa. El anciano de barba blanca se lanzó hacia Arjun, pero un agente lo detuvo con cuidado.
—Señor, por favor.
Priya, de pronto, habló con voz pequeña.
—Leandro… —dijo—. Diles que no. Diles que es mentira.
Leandro la miró como si ella fuera basura.
—Cállate. Tú solo sigues órdenes.
Y en ese instante, algo se rompió en Priya. Se enderezó. Sus ojos se endurecieron. Miró a Emiliano, luego al agente.
—Yo… yo puedo hablar —dijo, con la voz temblando—. Yo tengo correos. Tengo rutas. Tengo nombres. Yo no quería… pero…
Leandro rugió.
—¡Priya! ¡Te voy a…
—Ya no —lo cortó ella, y esa simple frase sonó como una puerta cerrándose para siempre—. Ya no me vas a callar.
Emiliano no celebró. No sonrió. Se acercó un poco, solo lo suficiente para que Leandro lo oyera sin que los demás escucharan todo.
—¿Sabes lo más irónico? —susurró Emiliano—. Si me hubieras devuelto el boleto, yo me iba. Me subía al avión y nadie se enteraba de tu show.
Leandro lo miró con odio puro.
—Entonces era verdad… —escupió—. Eras una trampa.
Emiliano negó con la cabeza lentamente.
—No. Yo era un hijo corriendo a un hospital. Pero tú necesitabas humillar. Tú necesitabas romper algo para sentirte grande. Y rompiste el único pedazo de silencio que te quedaba.
Leandro quiso responder, pero el agente lo empujó hacia adelante. Las esposas cerraron con un clic que sonó como sentencia.
Mientras se llevaban a Leandro, el caos se convirtió en otra cosa: un teatro de incredulidad. La gente gritaba preguntas, los celulares grababan, un periodista que pasaba por ahí —un tipo flaco con cámara colgada, llamado Sameer— empezó a narrar en vivo con voz emocionada, como si oliera la exclusiva de su vida.
—Señoras y señores, algo increíble está pasando en el IGI… detención del empresario Leandro Mehta… posible caso de contrabando médico…
Asha agarró a Emiliano del brazo.
—¡Oye! —dijo—. ¿Y tu vuelo? ¡Tu vuelo a Mumbai!
Emiliano miró el pasillo, las puertas cerradas, el control detenido, las pantallas en rojo. La urgencia volvió a morderle el pecho.
—Mi mamá… —murmuró, y la palabra se le convirtió en un hilo roto.
El agente principal se acercó.
—Señor Ríos, Protocolo Cero incluye asistencia para su traslado. Ya está coordinado.
Emiliano tragó saliva.
—¿Coordinado cómo?
El agente hizo una seña. Dos personas se acercaron: una mujer con uniforme de aerolínea de rango alto, cabello recogido perfecto, y un hombre del aeropuerto con gafete de supervisor. La mujer habló con rapidez eficiente.
—Señor Ríos, su pase fue reemitido. Su equipaje de mano será revisado de inmediato. Tenemos un corredor hasta la puerta de embarque. Su vuelo está retenido diez minutos bajo autorización especial.
Asha abrió la boca, asombrada.
—¿Diez minutos? ¡Eso no se hace!
La mujer la miró con frialdad.
—Se hace cuando hay razón.
Emiliano sintió que se le aflojaban las piernas, no por alivio, sino por el golpe de realidad: todo esto, todo el escándalo, y aun así, el reloj seguía avanzando. Corrió. Lo escoltaron por un pasillo lateral. Las cámaras lo siguieron como si fuera famoso, pero él no veía nada: solo veía una cama de hospital, solo escuchaba una respiración que no estaba ahí, la de su madre, la de su infancia, la de todas las veces que ella le dijo “vas a estar bien” y él le creyó.
En el trayecto, Sameer, el periodista, se le acercó trotando.
—¡Señor! ¿Puede decirnos quién es usted? ¿Qué es Protocolo Cero?
Emiliano no frenó.
—Protocolo Cero es cuando ya no tienes nada que perder —dijo sin voltear.
—¿Está relacionado con el caso Mehta? —insistió Sameer.
Emiliano apretó el paso.
—Está relacionado con una madre —respondió—. Y con gente que cree que puede romper la vida de otros como si fuera papel.
En la puerta de embarque, el personal ya estaba listo. Un niño dejó de llorar al verlo pasar, como si algo en su cara le hubiera contado una historia. Un hombre joven le cedió el paso sin saber por qué. Y el anciano de barba blanca, que había logrado llegar hasta ahí con ayuda, alzó una mano, temblorosa, a modo de bendición.
—Ve con tu madre —le dijo el viejo—. Y… gracias.
Emiliano se detuvo un segundo, justo un segundo, lo suficiente para mirar al anciano y asentir.
—Ojalá nadie tenga que agradecer por justicia —dijo.
El control de seguridad, ahora abierto para él, fue rápido. Asha apareció corriendo detrás, sin aliento.
—¡Emiliano! —gritó.
Él se giró, sorprendido de que ella supiera su nombre.
—Me lo dijo el supervisor —dijo ella, jadeando—. Yo… solo quería decir… lo siento. Por lo de antes. Por no haber hecho nada.
Emiliano la miró con una tristeza suave.
—A veces hacer algo cuesta el trabajo —dijo—. Tú solo estabas tratando de sobrevivir.
Asha tragó saliva.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Tú qué eres?
Emiliano miró el pase de abordar nuevo, brillante, intacto. Lo apretó como si fuera la mano de alguien.
—Hoy… solo soy un hijo —respondió—. Mañana, no sé.
Subió al avión. La cabina de business class olía a cuero y dinero, pero Emiliano no lo notó. Se abrochó el cinturón con dedos torpes. En cuanto el avión comenzó a rodar, su teléfono vibró. Un mensaje, corto, del hospital: “La estamos manteniendo estable. Necesitamos su firma al llegar. No se rinda.”
Emiliano cerró los ojos. Sintió que el mundo, por primera vez en horas, dejaba de empujarlo. Pero el descanso duró poco. En la fila del pasillo, una mujer elegante, de cabello oscuro, se detuvo a su lado. Traía un abrigo caro, pero su mirada no era altiva; era calculadora.
—Señor Ríos —dijo en español con acento extranjero—. ¿Puedo sentarme un momento?
Emiliano abrió los ojos, alerta. El corazón le volvió a golpear.
—¿Quién es usted?
La mujer sonrió apenas.
—Me llamo Valeria Sanz. Digamos que… trabajo con gente que se preocupa por el tráfico de equipos médicos. Y por lo que Mehta hace cuando cree que nadie lo mira.
Emiliano no respondió, pero su silencio fue un permiso.
Valeria se inclinó.
—Lo de hoy fue… valiente —dijo—. Y peligroso. Mehta no es solo un empresario. Tiene amigos. Tiene funcionarios. Tiene… sombras.
Emiliano apretó la mandíbula.
—Lo sé.
Valeria lo observó como si lo estuviera midiendo.
—Entonces sabes que tu madre no está enferma por casualidad.
Esa frase lo atravesó. Emiliano la miró, ahora sí con rabia.
—¿Qué sabe usted de mi mamá?
Valeria bajó la voz.
—Sé que el equipo que ella necesitaba desapareció dos veces del inventario. Sé que el hospital recibió “donaciones” condicionadas. Sé que alguien quiso que el tiempo se acabara antes de que usted llegara a firmar.
Emiliano sintió frío.
—¿Por qué?
Valeria lo miró con una dureza compasiva.
—Porque su madre firmó otra cosa antes. Algo que no debía firmar. Algo que involucra nombres. Cuentas. Rutas. Y porque hay gente que mata sin ensuciarse las manos: solo quitando un respirador, retrasando un traslado, cambiando una orden.
Emiliano tragó saliva. El avión despegó. Delhi se volvió un mapa debajo. Su vida también.
—¿Qué quiere de mí? —preguntó.
Valeria lo sostuvo con la mirada.
—Quiero que llegue vivo a Mumbai. Quiero que firme lo que tenga que firmar. Y luego… quiero que escuche a su madre si todavía puede hablar. Porque hay una última pieza del rompecabezas que solo ella tiene.
Emiliano respiró hondo, y por primera vez desde que empezó a correr, permitió que una lágrima se quedara en el borde del ojo sin caer.
—Si ella muere… —dijo, y la voz se le quebró—, yo…
Valeria negó con suavidad.
—No hable de muerte todavía. Usted ya hizo lo imposible una vez hoy.
Emiliano miró hacia la ventanilla. Las nubes parecían algodón, una mentira suave. Cerró el puño con el boleto roto todavía en el bolsillo, como recordatorio de lo fácil que alguien puede destruirte y de lo caro que sale responder.
Horas después, cuando aterrizaron en Mumbai, Emiliano bajó del avión sin sentir las piernas. Valeria desapareció entre pasajeros como si nunca hubiera existido. Un auto lo esperaba, negro, sin insignias. Dentro iba un médico joven con ojeras, el mismo que le había llamado.
—Señor Ríos —dijo el doctor—. Soy el Dr. Kulkarni. Suba. Es ahora o nunca.
Emiliano se subió. Las calles de Mumbai eran un río de claxon y luces. El hospital apareció como una fortaleza blanca. Lo llevaron corriendo por pasillos que olían a desinfectante y miedo. En una sala, una mujer yacía conectada a máquinas. No parecía la de la foto; parecía más frágil, más pequeña. Pero cuando Emiliano tomó su mano, esa mano apretó, casi imperceptible, como si el cuerpo supiera lo que el corazón estaba esperando.
—Mamá… —susurró Emiliano, y esa palabra le salió como un niño.
Ella abrió los ojos un poquito. Le costó. Sonrió apenas.
—No corrí… —murmuró con voz de papel—. Tú sí.
Emiliano soltó un sollozo ahogado.
—Perdóname… llegué tarde a tantas cosas…
Ella movió los labios.
—Hoy… no.
El doctor puso un documento frente a Emiliano.
—Necesitamos su autorización —dijo—. Si firma, entramos a cirugía ya.
Emiliano firmó con mano temblorosa. La tinta pareció una promesa escrita con sangre, pero era solo tinta. Y aun así, pesaba.
Antes de que se la llevaran, su madre lo miró otra vez, con esa lucidez breve que a veces regala el cuerpo antes de pelear.
—En mi bolsa… —susurró—. La negra. Hay… nombres.
Emiliano tragó saliva.
—¿Nombres de quién, mamá?
Ella cerró los ojos, agotada, y sus labios formaron una palabra que lo heló.
—Mehta… no estaba solo.
La camilla se la llevó. Emiliano se quedó ahí con el papel firmado, el corazón hecho trizas, y el mundo girando. En el pasillo, como si el destino tuviera un sentido del humor cruel, vio una televisión encendida en la sala de espera: “Empresario Leandro Mehta detenido en Delhi por presunta red de contrabando médico”. El rostro de Leandro aparecía furioso, esposado. Y debajo, un video: Emiliano corriendo, Emiliano enfrentándolo, Emiliano llamando “Protocolo Cero”. Todo el planeta lo estaba viendo.
Su teléfono vibró. Un número desconocido. Emiliano contestó, con el pulso en la garganta.
—Señor Ríos —dijo una voz masculina, suave, peligrosa—. Qué espectáculo tan… emotivo. Lo felicito. Pero recuerde algo: a veces, cuando uno tira de un hilo, el hilo se convierte en cuerda alrededor del cuello.
Emiliano apretó el teléfono.
—¿Quién eres?
La risa del otro lado fue baja.
—Un amigo de los amigos de Mehta. Y ahora, un enemigo suyo.
La llamada se cortó.
Emiliano se quedó inmóvil un segundo. Luego metió la mano en su mochila, sacó la bolsa negra de su madre —la enfermera se la había entregado sin preguntar— y encontró un sobre. Dentro, papeles doblados, copias, una memoria USB. Y una nota con letra temblorosa: “Si lees esto, es porque llegaste. No confíes en nadie. Ni en los buenos.”
Emiliano cerró el puño alrededor de la memoria USB. Afuera, Mumbai seguía rugiendo. Adentro, su madre luchaba. Y en algún lugar, una red entera acababa de darse cuenta de que el “nadie” del aeropuerto tenía nombre, tenía historia… y ya no iba a correr solo para alcanzar un vuelo. Ahora iba a correr para que nadie más tuviera que suplicar por un pedazo de vida.
Se sentó en una banca fría del pasillo, respiró hondo y, con el mismo tono con el que había dicho “Protocolo Cero”, murmuró para sí:
—Esto apenas empieza.
Y por primera vez en mucho tiempo, no sonó a amenaza. Sonó a decisión.



