Compró la tierra ‘maldita’… y al cavar encontró algo que el pueblo juró ocultar
Cuando Teresa bajó de la carreta y sintió cómo la tierra reseca crujía bajo sus sandalias, le pareció que el suelo no solo estaba duro: estaba ofendido. Como si aquel pedazo de sertón, castigado por años de sol y promesas rotas, se negara a sostener otra esperanza. El aire olía a polvo caliente, a cuero sudado, a hojas quemadas. El cielo era un tazón de metal azul sin una sola nube. Y aun así, Teresa levantó la barbilla. Había aprendido que la vida no preguntaba si una mujer estaba lista; simplemente la empujaba.
—Aquí es, doña —dijo el carretero, un hombre flaco con ojos de perro cansado, señalando con el látigo el caserón torcido al fondo.
Lo llamó “caserón”, pero era una carcasa: una casa a medias, como un recuerdo mal contado. El techo de tejas rotas dejaba ver la madera negra; la puerta colgaba de una bisagra como un brazo dislocado; el patio era una sábana de tierra agrietada donde ni el pasto se atrevía a poner raíces. La niña Ana, de cuatro años, apretó la mano de su madre con fuerza, como si temiera que el viento se la tragara.
—¿Aquí, mamá? —susurró, con esa mezcla de miedo y curiosidad que solo tienen los niños que todavía creen en los “después”.
Teresa sintió un pinchazo en el pecho. Recordó el rostro de su marido, el sudor en la frente, el temblor de fiebre, el último suspiro en la hamaca. Tres días. Tres días bastaron para que la muerte se lo llevara sin despedidas. Y lo peor no había sido el entierro: había sido el silencio de la gente, ese silencio que juzga. “Pobre Teresa”, decían con lástima, pero la lástima en el sertón era otra forma de cadena. Ella no quería cadena. Quería futuro, aunque tuviera que inventarlo con las uñas.
—Aquí, hija —respondió, obligando a su voz a sonar firme—. Aquí vamos a empezar de nuevo.
Detrás de Ana, la pequeña Rosa, todavía de brazos, lloriqueó. Teresa la acomodó mejor con el paño, pegada a la espalda, y le besó la sien. Luego miró al carretero.
—¿Cuánto le debo?
El hombre mencionó una cifra modesta. Teresa contó las monedas con dedos que temblaban apenas, más por rabia que por miedo. Cada moneda era un pedacito de su antigua vida, de lo poco que había salvado.
—Que Dios la acompañe, doña —murmuró el carretero al guardar el dinero—. Pero… —vaciló, mirando el terreno como si hubiera oído algo—. Dicen cosas de este sitio.
Teresa ya había oído todas. “Tierra maldita”. “Tierra salada”. “Aquí no crece ni la vergüenza.” “El dueño anterior desapareció.” “Se escuchan golpes de noche.” El escribano, un hombre de bigote aceitado llamado Vicente, se lo había dicho en su oficina sin mirarla a los ojos: “Es barato porque nadie lo quiere. Y cuando nadie quiere algo, doña Teresa, suele haber una razón”. Ella había sonreído como quien guarda un secreto. Había una razón más grande: ella no tenía opción.
—Las cosas las inventa quien tiene tiempo —contestó—. Y yo no tengo tiempo.
La carreta se alejó levantando polvo. El ruido de los cascos se deshizo en el calor. Teresa se quedó sola con sus dos hijas y el silencio inmenso del sertón. Sintió un instante de vértigo: como si hubiera saltado de un acantilado y recién ahora se diera cuenta de la altura. Pero entonces Rosa dejó de llorar, Ana soltó una risita nerviosa y señaló una lagartija que corría entre las grietas.
—Mira, mamá, parece un dragón chiquito.
Teresa respiró. Se agachó, levantó un puñado de tierra y la dejó caer lentamente. Polvo. Pero incluso el polvo era algo. El polvo también se podía transformar.
Esa primera noche durmieron sobre mantas viejas en el suelo, con el viento colándose por las rendijas y la luna entrando por un agujero del techo como un ojo curioso. La casa gemía. No era un sonido de fantasmas; era madera vieja pidiendo descanso. Ana se durmió aferrada al brazo de su madre. Rosa pataleó un rato y luego se rindió, agotada. Teresa, en cambio, no pudo dormir. Miró la oscuridad y pensó en la decisión que había tomado. Pensó en sus padres, que le habían dicho “volvé, hija, no seas orgullosa”, y en las vecinas que susurraban “una viuda sola siempre termina mal”. Pensó en el hambre, en el agua que había que traer de lejos, en la siembra que tal vez no nacería. Pensó, también, en la voz de su marido antes de morir, ronca por la fiebre:
—No te achiques, Teresa… vos sos más dura que el sertón.
Al amanecer, el sol llegó sin delicadeza, como llega siempre allí: de golpe, quemando. Teresa ató a Rosa a su espalda, le dio a Ana un pedazo de pan duro y tomó la azada. La herramienta era pesada, pero en su mano se sentía como una promesa. Salió al patio y empezó a trabajar.
Trabajó como si el trabajo fuera rezo. Tapó agujeros con tablas rescatadas, clavó, barrió, sacó nidos de insectos, espantó un murciélago que había hecho casa en una viga. En el patio marcó un rectángulo para la huerta. La tierra estaba tan dura que la azada rebotaba. Cada golpe era un choque seco que le subía por los brazos.
—¡Teresa! —una voz la sorprendió desde la cerca.
Era doña Sebastiana, la vecina más cercana, una mujer robusta, curtida por el sol, con las manos grandes y una mirada que parecía hecha de piedra. Venía con los brazos cruzados y una sombra de sonrisa amarga.
—¿Usted es la nueva dueña?
Teresa siguió golpeando, sin darle el gusto de mostrarse intimidada.
—Lo soy.
Sebastiana escupió a un lado, como si escupiera el destino.
—Sola, con dos criaturas… en esta tierra. ¿Usted no se quiere?
Teresa alzó la vista, el sudor ya marcándole la sien.
—Me quiero lo suficiente como para no mendigar un rincón en casa ajena.
Aquello pareció picarle a Sebastiana. La mujer frunció los labios, la midió de arriba abajo y soltó una risa seca.
—Aquí no crece nada. El dueño anterior era hombre, tenía fuerza… y aun así se fue. Usted no va a durar ni dos meses.
Las palabras cayeron como piedras. Ana, que estaba sentada cerca jugando con un palito, levantó la cabeza, asustada. Teresa sintió el impulso de contestar con rabia, pero tragó. A veces, la dignidad era aprender a elegir las batallas.
—No me rindo fácil —dijo solamente.
Sebastiana chasqueó la lengua.
—Ya veremos —y se fue, lenta, como si el patio también le perteneciera.
No fue la última. En los días siguientes aparecieron otros curiosos: un hombre joven con sombrero de paja llamado João Catinga, que se presentó con una sonrisa tímida y un saco de mandioca.
—No es mucho, pero… —dijo, ofreciéndoselo—. Pa’ las niñas.
Teresa lo aceptó con una gratitud que le ardió en la garganta.
—Gracias. ¿Por qué me ayuda?
João se encogió de hombros.
—Porque a mí también me dijeron una vez que no iba a durar —miró el terreno—. Y porque… —bajó la voz— aquí pasan cosas raras, doña. Mejor no estar sola.
También llegó el padre Amaro, un sacerdote flaco, de sotana sudada y ojos inquietos. Bendijo la casa con agua que parecía evaporarse antes de tocar el suelo. Mientras murmuraba oraciones, su mirada se detuvo en una pared del fondo, donde había marcas extrañas: como arañazos antiguos o letras borradas.
—Este sitio… —dijo— tiene historia pesada.
Teresa, cansada de historias ajenas, apretó la mandíbula.
—Yo vine a hacer mi propia historia, padre.
El sacerdote la miró un segundo, como si quisiera advertirle algo, pero se limitó a suspirar.
—Rezaré por usted. Y por sus niñas.
Las semanas se volvieron una rutina feroz. Teresa caminaba casi media hora hasta el pozo comunitario con dos latas de agua colgando de un palo sobre los hombros. Ana insistía en acompañarla, cargando una lata pequeña que a veces se le caía y hacía perder gotas valiosas.
—No llores, mi amor —decía Teresa, secándole la cara—. Cada gota cuenta, sí… pero vos contás más.
Con el agua racionada, plantó frijol, maíz, calabaza. Gastó sus últimos ahorros en semillas como quien compra fe. Regó. Esperó. Los brotes salieron débiles, temblorosos… y murieron. Como si la tierra los escupiera.
Por las noches, cuando Ana y Rosa dormían, Teresa se sentaba en la entrada con la azada apoyada a un lado, mirando el horizonte negro. A veces, creía escuchar un golpe sordo bajo la tierra. Un “toc… toc” profundo, irregular, como un corazón enterrado. Se decía que era su imaginación, agotada. Pero una noche, João apareció en su puerta con la cara pálida.
—¿Usted escuchó?
Teresa lo miró, sin hacerse la tonta.
—Lo escucho desde que llegué.
João tragó saliva.
—Mi abuelo decía que aquí… —hizo una pausa— que aquí hay algo debajo.
En los días siguientes, la cosa empeoró. Una mañana, Teresa encontró huellas alrededor de su huerta: pisadas de botas, no de sandalias. Alguien había entrado. Otra tarde, descubrió que una de sus latas de agua tenía un agujero hecho con cuchillo. El agua se había ido como un suspiro. Ana se puso a llorar.
—¿Quién nos odia, mamá?
Teresa no supo qué contestar. No era odio personal. Era otra cosa: era el sertón protegiendo secretos, o la gente protegiendo mentiras.
La respuesta llegó de manera inesperada una mañana en que Teresa fue al pueblo a hablar con Vicente, el escribano, para pedirle una copia del documento de compra. Vicente la recibió con esa sonrisa de hombre que cree que todo se compra.
—Doña Teresa, ¿cómo le va en su nuevo paraíso? —ironizó, acomodándose el chaleco.
Teresa puso las manos sobre el escritorio y se inclinó.
—Alguien está entrando en mi terreno. Quiero saber si hay algún reclamo sobre esa tierra. Si alguien… —buscó la palabra— la quiere.
Vicente parpadeó, y por un instante su máscara se agrietó.
—¿Quién va a querer eso?
Teresa sostuvo la mirada.
—Usted sabe algo.
Vicente se aclaró la garganta, nervioso.
—Mire… hay gente importante en el pueblo. Gente que no le gusta que una mujer… —hizo un gesto vago— se salga de su lugar.
—No me hable en acertijos, Vicente.
El escribano bajó la voz.
—El coronel Batista… —dijo el nombre como si pudiera quemarse en la lengua—. Ese terreno… una vez fue de su familia. Dicen que lo vendieron por deudas, pero… hay rumores de que él siempre quiso recuperarlo. Y ahora que usted lo compró… barato… —se encogió—, el coronel se siente… humillado.
Teresa sintió un frío en la nuca. Había oído del coronel Batista: dueño de media región, hombre que controlaba el agua, la tierra y hasta los silencios. Un hombre que tenía pistoleros y también “amigos” en la alcaldía. Teresa se enderezó.
—Entonces que venga y me lo diga en la cara.
Vicente se rió sin humor.
—Doña, usted no entiende… aquí la cara se la muestran al que ya está caído.
Al salir del pueblo, Teresa se topó con una mujer joven, de ojos vivos y pañuelo rojo en la cabeza. Estaba apoyada contra la pared de una tienda, como si la esperara.
—Usted es Teresa, ¿no? —preguntó, sin rodeos.
Teresa se tensó.
—¿Quién pregunta?
La joven sonrió de lado.
—Me llamo Lídia. Trabajo en la casa del coronel. —Y antes de que Teresa pudiera alejarse, agregó—: No vine a asustarla. Vine a avisarle.
Teresa clavó la mirada en ella, tratando de leer si mentía.
—¿Avisarme de qué?
Lídia se acercó lo justo para que nadie más oyera.
—El coronel cree que usted va a encontrar “algo”. —Hizo comillas con los dedos, burlona—. Dice que esa tierra no está vacía. Y anoche lo escuché decir que, si usted insiste… va a lamentarlo.
Teresa sintió que la rabia le subía como fuego.
—¿Y por qué me lo dice?
Lídia bajó los ojos un segundo.
—Porque mi hermana… —la voz se le quebró apenas— desapareció hace dos años. Dicen que se fue con un hombre. Yo no lo creo. La última vez que la vi, trabajaba… en una parte del terreno que ahora es suyo. Y desde entonces… —tragó saliva— nadie habla.
Teresa sintió que el sertón entero se inclinaba a escuchar. Miró a Lídia, y por primera vez entendió que su lucha no era solo contra la sequía.
—Venga a mi casa esta noche —dijo Teresa—. Hablamos con calma.
Esa noche, mientras las niñas dormían, Teresa y Lídia se sentaron a la luz de una vela. João también estaba, incómodo, con el sombrero en las manos. El viento golpeaba la casa y, de fondo, otra vez… “toc… toc”.
—Mi hermana se llamaba Marina —contó Lídia—. Era bonita, y por eso la gente la castigaba con la lengua. El coronel la miraba como si fuera una cosa. Una noche la mandaron con un hombre a llevar unos papeles al terreno viejo. Y no volvió.
João se removió.
—Yo escuché… —dijo— que el antiguo dueño, un tal Geraldo, también desapareció. Dejó la casa así, de un día al otro.
Teresa apretó la vela con tanta fuerza que casi se quema.
—Entonces el secreto no es solo “cosas raras”. Es gente.
Lídia asintió.
—Y el coronel tiene miedo. Si no, no mandaría a romperle las latas.
Teresa miró la azada apoyada en la pared. Sintió que era la única certeza que tenía.
—Mañana voy a cavar —dijo.
João abrió los ojos.
—¿Usted está loca? Si hay algo enterrado…
—Si hay algo enterrado, va a seguir enterrando gente mientras todos se hacen los ciegos —lo cortó Teresa—. Yo no vine a este lugar para morirme de sed ni de miedo.
Al día siguiente, el sol salió como una amenaza. Teresa dejó a Ana con João y Lídia, que se turnaban para cuidar a Rosa. Ella caminó hacia la parte del patio donde la tierra parecía aún más dura, como si ocultara una costra más vieja. “Aquí”, pensó, sin saber por qué. Levantó la azada. Golpeó. Una vez. Dos. Tres. El metal chocó con algo distinto. No fue el sonido hueco de piedra: fue un “clonc” denso, como si hubiera tocado un diente.
Teresa se arrodilló y apartó la tierra con las manos. Sus uñas se llenaron de barro seco. Apareció un borde de piedra tallada. Luego otro. Era una losa, rectangular, cubierta por tierra endurecida. Tenía símbolos grabados: una cruz torcida, una letra “B” y algo que parecía… una gota.
—¿Qué es eso? —la voz de João llegó desde atrás. Él había corrido al verla arrodillada, incapaz de quedarse quieto.
Lídia también llegó, con el rostro blanco.
Teresa no respondió. Palpó la losa y notó una rendija. Metió la punta de la azada y empujó. La piedra cedió con un gemido antiguo. Un olor subió desde abajo: humedad. Húmedo de verdad. No el aire caliente del sertón, sino el olor vivo del agua escondida.
Los tres se miraron, sin palabras. Teresa sintió que el corazón le golpeaba en la garganta.
—Agua… —susurró, como si nombrarla pudiera espantarla.
Pero no era solo agua. Al abrir un poco más, vieron oscuridad y, más adentro, algo que brilló con la luz: no oro, sino vidrio. Una botella vieja. Teresa estiró el brazo, tanteando, y sacó la botella. Estaba sellada con cera endurecida. Dentro había papeles enrollados, amarillentos.
—¿Cartas? —dijo Lídia, la voz temblándole.
Teresa apoyó la botella en el suelo y miró la apertura. Con esfuerzo, empujaron la losa entre los tres hasta dejar un hueco por donde cabía una persona delgada. João encendió un farol. Teresa, sin pensarlo demasiado, se dejó caer.
La oscuridad la tragó. El aire abajo era frío y olía a piedra mojada. Sus sandalias tocaron barro. Barro de verdad. El farol iluminó paredes de ladrillo viejo: un túnel estrecho que parecía una vena subterránea. Caminó dos pasos y escuchó un sonido que le aflojó las piernas: goteo constante. “Plip… plip… plip…”. Agua.
Luego vio el charco: una pequeña cámara donde el agua brotaba de una grieta y se acumulaba en una especie de pileta natural. Era un ojo secreto del sertón, escondido bajo años de miedo. Teresa se agachó, metió la mano y bebió. El agua estaba fresca. Casi dulce. Sintió ganas de llorar, pero se contuvo: aún no.
Cuando levantó el farol, su estómago se apretó. En un rincón, contra la pared, había restos: una hebilla oxidada, un sombrero deshecho, un pedazo de tela. Y… huesos. No muchos, pero suficientes para entender. Teresa se quedó inmóvil. La sangre le golpeó las sienes.
Arriba, Lídia llamó:
—¡Teresa! ¿Qué ve?
Teresa tragó saliva.
—Veo por qué nadie quería esta tierra —respondió, con la voz rota—. Y veo por qué alguien la quiere tanto.
Subió temblando, y cuando llegó a la superficie, el sol le pareció más cruel que nunca. Se sentaron en el suelo, los tres, alrededor de la botella y la losa abierta, como si estuvieran en un juicio silencioso.
—Tenemos que avisar a alguien —dijo João, pálido—. A la policía… al capitán Arlindo.
Lídia soltó una risa amarga.
—¿A Arlindo? El capitán come en la mesa del coronel.
Teresa agarró la botella y, con una piedra, rompió el vidrio con cuidado. Sacó los papeles. Eran hojas escritas con tinta vieja, firmadas con letra firme. En la primera, un nombre: Geraldo. El antiguo dueño. En otra, listas de “deudas”, “pagos”, “entregas”. En una esquina, el sello del coronel Batista.
—Esto es… —Teresa no encontraba palabras.
Lídia agarró una hoja con manos temblorosas.
—Aquí dice “Marina” —susurró. Sus ojos se llenaron de lágrimas—. ¡Aquí está su nombre!
El silencio que siguió fue como un trueno sin sonido. Teresa sintió náuseas. No era un secreto de tesoro. Era un secreto de sangre y poder.
—Si el coronel se entera de que encontramos esto… —João miró hacia el horizonte, como si pudiera ver al hombre venir— nos mata.
Teresa apretó los papeles contra el pecho.
—Entonces no vamos a esperar a que se entere —dijo, y su voz ya no temblaba—. Vamos a ser nosotras quienes hablemos primero.
Esa misma tarde, mientras Teresa escondía los papeles dentro de una olla enterrada bajo el piso, el primer golpe cayó: un caballo apareció levantando polvo, y sobre él venía un hombre con sombrero negro, bigote grueso y dos pistoleros detrás. El coronel Batista en persona. Su mirada recorrió la casa, el patio, la losa mal acomodada.
—Doña Teresa —saludó, sonriendo sin alegría—. Qué valiente usted, venir a este lugar.
Teresa salió al frente, con Ana agarrada a su falda y Rosa en brazos. Lídia se quedó detrás, tensa. João apretó los puños.
—Mi terreno, mi casa —respondió Teresa—. ¿Qué quiere?
El coronel se quitó el sombrero con una cortesía que parecía burla.
—Quería ofrecerle un negocio. Usted es viuda, ¿no? Una mujer sola… esto es mucho trabajo. Yo puedo comprarle el sitio. Le doy el doble de lo que pagó. Se va al pueblo, vive tranquila.
Teresa lo miró, sintiendo el peso de sus ojos como manos.
—No vendo.
La sonrisa del coronel se endureció.
—Mire que yo no estoy acostumbrado a que me digan “no”.
Teresa levantó la barbilla.
—Pues vaya acostumbrándose.
Los pistoleros se movieron, inquietos. El coronel levantó una mano, calmándolos.
—A veces, la gente insiste en quedarse donde no debe —dijo con voz suave—. Y luego pasan desgracias. Un incendio, por ejemplo. Las velas se caen, las casas viejas arden rápido… los niños lloran…
Ana se pegó más a su madre, asustada. Teresa sintió una furia fría, de esas que no gritan. Se acercó un paso.
—Si a mis hijas les pasa algo, coronel, este sertón va a saber su nombre —dijo, despacio—. Y no como usted quiere.
Por primera vez, el hombre pareció dudar. Apenas un parpadeo. Pero se recompuso.
—Tiene una semana para pensar —sentenció—. Después… no diga que no le avisé.
Cuando se fue, el polvo quedó flotando como una maldición. Teresa sintió que le flaqueaban las piernas, pero no cayó. Miró a Lídia y João.
—No tenemos una semana —dijo—. Tenemos horas.
Esa noche, João fue al pueblo a buscar al padre Amaro, el único hombre que quizá no estuviera comprado. Teresa se quedó despierta con un machete cerca, escuchando cada crujido de la casa. Cerca de la medianoche, oyó pasos. Silenciosos. Luego un chasquido. El olor a humo llegó como una serpiente.
—¡Fuego! —gritó Teresa, y el grito cortó la noche.
Las llamas ya lamían una esquina del techo. Alguien había echado aceite. Teresa agarró a Ana y a Rosa, salió corriendo mientras Lídia lanzaba agua con una jarra inútil. João no estaba. Los vecinos tardaron en aparecer, pero al final llegaron algunos con baldes. Doña Sebastiana apareció también, sorprendentemente rápida, y sin decir palabra empezó a tirar tierra sobre las llamas con una pala.
—¡No se quede ahí, mujer! —le gritó a Teresa—. ¡Traiga más agua!
Teresa corrió hacia el pozo comunitario en plena noche, con el corazón explotándole, pero entonces recordó. Recordó la losa. El agua secreta. La sangre del secreto. Corrió hacia el patio, levantó la piedra con manos desesperadas y bajó al túnel con un balde. Llenó, subió, y tiró el agua fresca sobre el fuego. Otra vez. Y otra. Como si el propio sertón, por una vez, se pusiera de su lado.
Lograron apagarlo antes de que la casa se consumiera. Quedó negra, herida, pero en pie. Ana lloraba sin ruido, temblando. Rosa apenas respiraba, asustada. Teresa las abrazó hasta sentir que volvía a tener cuerpo.
Doña Sebastiana se quedó mirando las tablas quemadas.
—Yo sabía —dijo al fin, con la voz más baja de lo normal—. Sabía que él iba a hacer esto.
Teresa la miró, dolida y furiosa.
—¿Y por qué no me lo dijo?
Sebastiana apretó los labios. En su mirada había algo que Teresa no había visto antes: vergüenza.
—Porque yo también tenía miedo. —Se pasó una mano por la cara—. Y porque… —tragó saliva— mi hijo trabajó para el coronel. Hizo cosas. Cosas que no se arreglan. Yo… yo solo quería que nadie me mirara.
Teresa sintió un temblor en el estómago. El drama del sertón no era solo el coronel. Era el miedo convertido en costumbre.
—Pues míreme ahora —dijo Teresa, con la voz ronca—. Míreme y decida de qué lado está.
Sebastiana sostuvo la mirada un largo instante. Luego asintió, apenas.
—Estoy cansada de agachar la cabeza.
Amaneció con olor a humo. João volvió con el padre Amaro y, para sorpresa de todos, con un hombre alto y silencioso: el maestro del pueblo, señor Nunes, que había escuchado los rumores y había decidido ayudar. Teresa les mostró los papeles, uno por uno. El padre Amaro palideció al leer el sello del coronel.
—Esto es grave —murmuró—. Esto… es pecado y es crimen.
El maestro Nunes ajustó sus lentes.
—No basta con decirlo en el pueblo —dijo—. Aquí los rumores se mueren en la plaza. Hay que llevar esto a la capital del estado. A un juez que no le deba favores al coronel.
Lídia apretó los papeles como si fueran el cuerpo de su hermana.
—Yo voy —dijo—. Aunque me maten por el camino.
João negó con la cabeza.
—Si vas sola, no llegás. Los hombres del coronel vigilan.
Teresa respiró hondo. Miró a sus hijas, todavía con hollín en la cara. Miró la casa chamuscada. Miró la tierra agrietada que, debajo, guardaba agua.
—Vamos a ir juntos —dijo—. Pero antes… —miró hacia el pozo oculto— antes vamos a hacer algo que él no espera.
Esa misma tarde, Teresa llamó a los vecinos. No a todos: a los que habían sufrido, a los que habían perdido animales por falta de agua, a los que habían enterrado hijos pequeños en temporadas de sequía. Les habló desde la cerca, con la voz aún áspera por el humo.
—En esta tierra hay agua —dijo, y un murmullo se levantó como un pájaro—. Agua de verdad. Y estuvo escondida mientras nosotros contábamos gotas.
Algunos se persignaron. Otros se rieron incrédulos. Pero Teresa no se detuvo.
—No les pido que me crean por fe. Les pido que vengan y vean.
Cuando levantó la losa frente a ellos y el aire húmedo subió como un milagro, hubo gritos. Llanto. Rodillas en el suelo. Doña Sebastiana, con los ojos llenos, fue la primera en hablar.
—Él nos secó la vida… para que le compremos agua —dijo, y su voz temblaba de rabia—. ¡Nos robó el futuro!
Esa noche, el rumor ya no era rumor: era incendio. Y el coronel Batista lo supo. Sus hombres llegaron con rifles. No vinieron a negociar. Vinieron a tomar.
El primer disparo no dio a nadie, pero el sonido hizo que los niños gritaran. Teresa sintió que el tiempo se partía. João la empujó hacia adentro.
—¡Protegé a las niñas!
El padre Amaro salió con una cruz en la mano, como si la fe pudiera frenar balas.
—¡En nombre de Dios! —gritó— ¡Bajen esas armas!
El coronel apareció detrás, montado, la cara dura.
—Esa agua es mía —dijo, ya sin sonrisa—. Esta tierra siempre fue mía.
Teresa salió, el machete en la mano, y se paró delante de la losa como una madre loba.
—La tierra es de quien la trabaja —dijo—. Y el agua es de quien la necesita.
El coronel se rió, pero había nervios en su risa.
—¡Qué discursos bonitos! Lástima que los discursos no paran plomo.
Entonces ocurrió algo que nadie esperaba. Doña Sebastiana, la mujer que había juzgado a Teresa el primer día, se adelantó y, con la pala en alto, golpeó la pata del caballo del coronel. El animal relinchó, se encabritó y el coronel casi cayó. Los hombres se distrajeron un segundo, lo suficiente para que João y otros vecinos se abalanzaran, armados con palos, machetes, piedras. Fue un caos. Gritos. Polvo. Un disparo al aire. Ana llorando dentro de la casa. Rosa chillando. Lídia agarrando una piedra y lanzándola con toda la rabia de dos años.
El coronel, furioso, levantó su arma apuntando hacia Teresa. El tiempo se detuvo en la mirada de ella: vio el brillo metálico, vio el dedo apretando, vio el miedo intentando treparle por la garganta. Y en ese instante, el padre Amaro se interpuso.
—¡No! —gritó, y el disparo sonó.
El sacerdote cayó al suelo, el pecho manchándose de rojo. Teresa gritó como si le arrancaran el alma. Los vecinos se quedaron congelados un segundo, horrorizados. El coronel, pálido, entendió que había cruzado una línea que ni el sertón perdonaba fácilmente.
—¡Fue un accidente! —balbuceó, pero nadie le creyó.
El maestro Nunes, temblando, levantó los papeles con el sello del coronel y los agitó como bandera.
—¡Esto va a la justicia! —gritó— ¡Y ustedes lo saben!
El coronel miró alrededor: ya no veía solo a una viuda pobre. Veía un pueblo entero despertando. Sus hombres dudaron. Porque matar a uno es fácil; matar a todos… deja huellas.
—Nos vamos —escupió el coronel, retrocediendo—. Pero esto no termina aquí.
Se alejó con el caballo cojeando y los hombres detrás, tragándose la rabia. El silencio que quedó fue espeso. Teresa se arrodilló junto al padre Amaro. Él respiraba con dificultad, pero aún estaba vivo. Le tomó la mano a Teresa y sonrió con un hilo de sangre en los labios.
—Usted… tenía razón —susurró—. La historia… se hace.
Teresa lloró sin vergüenza. No eran lágrimas de debilidad. Eran de furia, de amor, de cansancio. João, con los ojos rojos, se arrodilló también.
—No se muera, padre —dijo, como un niño.
—Todavía no —murmuró el sacerdote—. Todavía tengo… que confesar… a unos cuantos.
Esa misma madrugada, Teresa, João, Lídia y el maestro Nunes salieron rumbo a la capital con los papeles escondidos en la ropa y el miedo mordiendo los talones. Doña Sebastiana se quedó cuidando a Ana y Rosa, con una escopeta vieja que había jurado no volver a usar.
El camino fue una prueba. Dos veces vieron jinetes a lo lejos. Una vez tuvieron que esconderse entre matorrales mientras un grupo armado pasaba riendo. Pero la suerte —o la justicia, por fin cansada de dormir— los acompañó. Llegaron a un pueblo grande, donde un juez joven, recién enviado, leyó los papeles con el ceño fruncido y el asco en la mirada.
—¿Sabe lo que implica esto? —preguntó, mirando a Teresa.
Teresa no bajó la vista.
—Implica que mi tierra está regada con sangre. Y que esa sangre tiene nombre.
El juez se quedó en silencio. Luego firmó un documento.
—Se ordena investigación. Se ordena detención preventiva del coronel Batista. Y se envía guardia estatal al sitio.
Cuando Teresa escuchó la palabra “detención”, sintió que por primera vez en mucho tiempo el aire le entraba completo a los pulmones. No era victoria todavía, pero era una grieta en el muro.
Volvieron días después con hombres armados del estado y un médico para el padre Amaro. El coronel, acorralado, intentó huir, pero lo encontraron en una hacienda vecina. Hubo gritos, hubo amenazas, hubo un momento en que pareció que todo se iba a derrumbar. Pero esta vez el poder no estaba solo del lado de él. Esta vez había papeles, testigos, nombres. Y había algo más fuerte que todo: un pueblo que ya había visto el agua escondida y no iba a dejar que se la taparan de nuevo.
Cuando exhumaron la parte del túnel donde Teresa había visto los huesos, salieron verdades que habían estado años bajo tierra. No todas las familias quisieron mirar, pero Lídia sí. Cuando el maestro Nunes encontró, entre restos de tela, un pañuelo rojo desteñido, Lídia lo apretó contra el pecho y cerró los ojos.
—Perdón, Marina —susurró—. Te encontré tarde… pero te encontré.
Teresa se quedó a su lado, sin saber qué decir. A veces, acompañar era el único lenguaje.
Las lluvias llegaron semanas después, como si el sertón hubiera estado esperando el momento justo para hacer su escena final. Empezó con un viento distinto, con olor a hojas nuevas. Luego una nube oscura, pesada, cubrió el cielo. Ana corrió al patio con los brazos abiertos.
—¡Mamá! ¡Mirá!
El primer trueno retumbó como un tambor. Y entonces el agua cayó. No gotas tímidas: lluvia de verdad, fuerte, escandalosa, golpeando la tierra seca como un aplauso. La casa, todavía marcada por el incendio, sonó como si riera. Teresa salió bajo la lluvia, levantó la cara y dejó que el agua le lavara el hollín, el miedo, el duelo acumulado. Lloró otra vez, pero esta vez sus lágrimas se mezclaron con la lluvia y nadie pudo distinguirlas.
Meses después, el sitio ya no era el que nadie quería. Con el manantial protegido y compartido —porque Teresa insistió en que el agua no era propiedad, era vida—, la tierra empezó a responder. El maíz nació verde y alto. Las calabazas engordaron como barrigas felices. Ana corría entre surcos riéndose, y Rosa aprendía a caminar agarrándose de las plantas.
Un día, doña Sebastiana llegó con un paquete envuelto en tela.
—Es de mi hijo —dijo, sin mirarla del todo—. Me lo mandó desde lejos. Dice… —tragó saliva— dice que se enteró de todo. Que quiere volver… y hacer las cosas bien.
Teresa la miró, y en vez de reproche sintió algo más complejo: la certeza de que el cambio dolía, pero era posible.
—Que vuelva —respondió—. Aquí el que trabaja, se queda. El que amenaza, se va.
Lídia se quedó viviendo cerca. Abrió una pequeña escuela con el maestro Nunes, para que los niños aprendieran a leer y nadie pudiera volver a enterrarlos en ignorancia. El padre Amaro, con una cicatriz en el pecho, celebraba misa al aire libre y, cada vez que levantaba la copa, miraba a Teresa como quien mira un milagro humano.
Una tarde, cuando el sol bajaba más suave y el campo parecía, por fin, respirar, Teresa se sentó en el umbral de la casa arreglada. Ana, con las rodillas sucias, se apoyó en su hombro.
—Mamá… ¿por qué querían que nos fuéramos?
Teresa miró el horizonte, donde el maíz se movía como un mar.
—Porque a veces la gente se acostumbra a tener miedo —dijo—. Y cuando alguien deja de tenerlo, los asusta.
Ana se quedó pensando.
—¿Y vos… tuviste miedo?
Teresa sonrió, cansada y luminosa.
—Tuve. Mucho. —Le besó la frente—. Pero aprendí que el miedo no manda. Solo avisa. Y yo… yo tenía que avisarle al mundo que existimos.
Rosa, tambaleándose, llegó caminando hasta el umbral y se lanzó sobre el regazo de Teresa. Teresa la abrazó con fuerza. Sintió el peso tibio de sus hijas, la vida real, la que no se compra ni se hereda: la que se defiende.
Y en el fondo, bajo la tierra que ahora daba frutos, el manantial siguió cantando su secreto, ya no como un golpe en la noche, sino como una promesa que por fin había encontrado voz. Porque Teresa no solo había comprado un sitio viejo que nadie quería: había desenterrado la verdad, había arrancado el miedo de raíz y, con las manos llenas de barro y cicatrices, había obligado al sertón a recordar que incluso la tierra más dura, cuando deja de ser prisionera, también sabe renacer.



