En catorce días, la mansión Whitaker había expulsado a treinta y siete mujeres como si la casa tuviera dientes. Algunas salieron llorando, con el maquillaje corrido y las manos temblorosas. Otras se marcharon gritando insultos que el mármol pulido del vestíbulo no alcanzaba a borrar, dando portazos tan fuertes que los cuadros se ladeaban. La última, la más reciente, cruzó las puertas de hierro como quien huye de un incendio: el uniforme rasgado, manchas de pintura verde pegadas al pelo y una mirada que no parecía humana, sino la de alguien que había visto algo imposible en un pasillo sin ventanas.
—Este lugar es un infierno —le escupió al guardia de seguridad mientras un taxi frenaba junto a la entrada—. Dígale al señor Whitaker que lo que necesita es un exorcista, no una niñera.
El guardia, un hombre alto de bigote gris llamado Frank Morales, no respondió. Apretó la mandíbula, como si ya hubiera oído esa frase demasiadas veces. Cuando la puerta del taxi se cerró, Frank levantó los ojos hacia el tercer piso. Sabía que allí, detrás del vidrio oscurecido, el dueño de la casa estaba mirando.
Jonathan Whitaker vio cómo el taxi se perdía por el camino arbolado que bajaba hasta la calle principal. En las revistas lo fotografiaban con trajes impecables y sonrisas seguras, fundador de una tecnológica valuada en miles de millones, el hombre que hablaba de futuro y eficiencia. Pero en ese instante, con la camisa arrugada y la barba de dos días, parecía otra cosa: un padre sin instrucciones, un capitán de barco que no sabía cómo tapar una grieta mientras el agua subía.
Giró lentamente hacia la pared donde colgaba una foto enmarcada. Maribel, su esposa difunta, reía en una playa, el sol tatuándole destellos en el pelo oscuro; seis niñas pequeñas se aferraban a ella como si fuera el centro del mundo.
—Treinta y siete… en dos semanas —murmuró, con la voz rota—. ¿Qué se supone que haga ahora, cariño? No puedo controlarlas.
Su teléfono vibró. En la pantalla: Steven Kline.
—Señor Whitaker… —dijo la voz de su asistente, contenida, profesional, pero cansada—. Esa fue la última agencia. Lo han puesto en una lista negra. Literalmente me dijeron que la situación es… “imposible”. Y luego, en voz baja, agregaron: “posiblemente peligrosa”.
Jonathan cerró los ojos con fuerza, como si apretar los párpados pudiera borrar el caos.
—Así que… no más niñeras.
—No, señor. Pero… —Steven tragó saliva— podríamos contratar a una ama de llaves. Alguien que al menos limpie mientras usted… resuelve el resto.
Jonathan caminó hasta el ventanal. En el jardín, juguetes rotos y abandonados se mezclaban con plantas arrancadas de la tierra. Una bicicleta infantil se había caído dentro de la fuente, como un naufragio. Los columpios se movían apenas, aunque no soplaba viento.
—Bien —dijo al fin—. Contrata a cualquiera que esté dispuesta a entrar a esta casa.
—¿Cualquiera? —preguntó Steven, incrédulo.
—Cualquiera.
Dos horas después, al otro lado de la ciudad, en un departamento pequeño de National City, Nora Delgado se recogía el pelo rizado en un moño desordenado mientras miraba un aviso de matrícula vencida pegado en su nevera con un imán de un gato sonriente. El papel amarillento parecía acusarla.
De día, fregaba pisos en casas ajenas. De noche, estudiaba psicología infantil, una materia por semestre, pagada a fuerza de turnos extras, cafés baratos y la terquedad de quien no sabe rendirse. En una esquina de la mesa, su cuaderno tenía subrayadas palabras como “duelo”, “conductas disruptivas”, “apego”, “trauma”.
A las 5:30 p. m. sonó su teléfono.
—Nora —dijo la gerente de la agencia, una mujer llamada Patty Simmons con voz de cigarrillo y estrés—, tenemos una colocación de emergencia. Mansión en las colinas de San Diego. Pagan el doble si puedes ir hoy.
Nora miró sus zapatillas gastadas. Miró su mochila maltrecha. Miró el aviso de la nevera.
—Envíame la dirección —respondió—. Estoy allí en dos horas.
No tenía ni idea de que iba directo a la casa que había devorado y escupido a treinta y siete mujeres antes que ella.
Desde afuera, la mansión Whitaker era impecable, de esas que parecen renderizadas: tres pisos de cristal, líneas modernas, una fuente que brillaba como plata, jardines que deberían estar perfectos… salvo por detalles que no se veían en las fotos. Al acercarse, Nora notó marcas de barro en las paredes, una ventana con un golpe, y algo más: un sonido, como risas apagadas, que salía de algún lugar y desaparecía cuando ella parpadeaba.
Frank Morales abrió la puerta de hierro lentamente. No era el tipo de guardia que te mira con superioridad; te miraba como se mira a alguien que va a cruzar un puente en tormenta.
—Buenas tardes —dijo Nora, intentando sonar firme.
Frank tardó un segundo de más en responder.
—Que Dios la acompañe, señorita —murmuró, y no sonó como broma.
Nora se obligó a sonreír, como si esa frase fuera parte del protocolo de bienvenida.
Dentro, el aire olía a perfume caro mezclado con algo agrio: comida vieja, humedad, cansancio. El vestíbulo era hermoso y, al mismo tiempo, parecía una escena después de una pelea. Había grafitis en una pared lateral: líneas verdes, símbolos torcidos, un corazón atravesado por un rayo. En el suelo, pegado a la madera, se veía un rastro de slime seco. Un jarrón valioso había sido usado como contenedor de lápices rotos.
Jonathan Whitaker la recibió en su oficina, pero no parecía el magnate de las portadas. Tenía ojeras profundas y la voz ronca de alguien que no ha dormido.
—Gracias por venir tan rápido —dijo, y por un instante su formalidad se quebró—. La casa es un desastre. Mis hijas están… pasando por un momento difícil. Le pagaré el triple si empieza hoy mismo.
Nora alzó una ceja.
—¿Esto es solo limpieza, verdad? No cuidado de niños.
Jonathan sostuvo su mirada, un segundo demasiado largo.
—Solo limpieza —mintió—. La niñera… se fue de repente.
Desde arriba, un estruendo sacudió el techo, como si hubiera caído un mueble. Luego, risas, desenfrenadas. Una risa que no sonaba a juego, sino a desafío.
Nora inclinó la cabeza.
—¿Tus hijas?
Jonathan asintió, y en su rostro se mezcló orgullo, culpa y derrota.
—Son… intensas.
“Intensas” era una palabra suave para lo que Nora vio minutos después. Aparecieron alineadas en la escalera como un pequeño ejército.
Hazel, doce años, la mayor, con la barbilla levantada como si le perteneciera la casa. Brooke, diez, con mechones de pelo faltantes, como si hubiera peleado con unas tijeras. Ivy, nueve, con ojos tan fijos que parecía que leía pensamientos. June, ocho, con un leve olor a orina en la ropa y una mirada que saltaba de un lado a otro, nerviosa. Las gemelas Cora y Mae, seis, caras angelicales y sonrisas indescifrables. Y la pequeña Lena, tres, abrazando una muñeca sin un brazo.
Nora tragó saliva y se agachó un poco para estar a su altura.
—Hola. Soy Nora. Solo estoy aquí para limpiar.
No hubo respuesta. Ni un “hola”. Ni un “¿qué haces?”. Solo silencio, como si la estuvieran midiendo.
—No soy su niñera —añadió Nora—. No tienen que preocuparse de que me quede.
Hazel bajó un escalón. Su sonrisa fue fina, calculada.
—Treinta y siete —dijo, como quien recita un récord—. Eres la número treinta y ocho. Veamos cuánto duras.
Las gemelas soltaron una risita al mismo tiempo. El sonido le heló la sangre a Nora, no por sobrenatural, sino por familiar. Esa risa torcida, esa risa que aparece cuando el dolor se vuelve arma. Nora la había oído en sí misma una vez, después de perder a su hermanita en un incendio, cuando era adolescente y no sabía cómo respirar sin culpa.
—Entonces empezaré por la cocina —respondió con calma, como si Hazel no la hubiera atravesado con ese desafío.
La cocina era un caos. Basura rebosando, platos con comida reseca, migas por todas partes, un frigorífico que olía a abandono y pena. Pero lo que detuvo a Nora no fue el desorden, sino las fotos pegadas en la puerta del refrigerador: una mujer de pelo largo y oscuro, sonrisa grande, abrazando a las niñas en la playa; la misma mujer, más delgada, en una cama de hospital, acunando a la recién nacida Lena. Debajo de una foto, una sola palabra, escrita con tinta descolorida: “Maribel”.
Nora sintió un nudo en la garganta. Sin querer, posó los dedos sobre la foto como si tocara un relicario.
Abrió el refrigerador para empezar a limpiar y vio una lista escrita a mano en el interior de la puerta: comidas favoritas, seis nombres (y un séptimo, más abajo, con letra más reciente). Cada uno escrito con amor, con detalles absurdamente concretos: “Hazel: pasta con ajo, sin queso”, “Brooke: waffles con fresas, solo si están crujientes”, “Ivy: sopa de pollo, pero con limón”, “June: arroz con leche, mucha canela”, “Cora y Mae: mac & cheese… pero uno con más queso”, “Lena: puré, con caritas”.
Nora se quedó mirando ese papel un largo rato.
En ese silencio, comprendió algo que nadie más en esa casa parecía dispuesto a ver: la casa no era un infierno por magia. Era un infierno por duelo sin nombre.
Mientras fregaba el fregadero, escuchó pasos. Ivy apareció en el marco de la puerta sin avisar.
—No deberías tocar eso —dijo, señalando la lista.
—¿Por qué? —preguntó Nora sin girarse, manteniendo un tono tranquilo.
—Porque es de ella.
Nora giró despacio.
—De Maribel.
Ivy apretó los labios. Sus ojos brillaron, pero no lloró. Era el tipo de niña que no se permite llorar. Nora lo conocía.
—¿La extrañas? —preguntó con suavidad.
Ivy se encogió de hombros con una dureza ensayada.
—La casa la extraña.
—Las casas no extrañan —dijo Nora, y se arrepintió al instante.
Ivy dio un paso hacia atrás, como si esas palabras la empujaran.
—Esta sí —susurró—. Esta sí.
Antes de que Nora pudiera responder, un chillido agudo vino del pasillo. Brooke apareció corriendo, con las manos manchadas de pintura verde.
—¡Hazel está en el cuarto de mamá! —gritó, casi histérica, casi emocionada—. ¡Otra vez!
Nora dejó el trapo. Algo en esa frase le apretó el estómago.
—¿Cuál cuarto? —preguntó.
Brooke la miró como si fuera obvio.
—El cuarto donde nadie entra. Donde ella… —se calló, y su mirada se desvió hacia arriba.
Nora siguió esa mirada. En el techo, cerca de una esquina, había una pequeña cámara, casi invisible.
La casa estaba llena de ojos.
Más tarde, cuando Jonathan bajó a la cocina para tomar agua, Nora aprovechó.
—Señor Whitaker —dijo—, ¿por qué hay cámaras por todas partes?
Jonathan se quedó quieto, como si lo hubieran sorprendido robando.
—Seguridad —respondió—. No es… nada raro.
—No dije que fuera raro —replicó Nora con una sonrisa mínima—. Dije que es mucho. Y que sus hijas lo notan. Los niños notan cuando se los vigila.
Jonathan apretó el vaso.
—Después de lo que pasó… necesitaba control.
Nora lo miró con cuidado.
—El control no cura el duelo.
Jonathan pareció molestarse, como si ella hubiera invadido territorio privado.
—Usted está aquí para limpiar.
—Y estoy limpiando —dijo Nora—. Pero el desastre no es solo suciedad.
Un golpe fuerte sacudió el segundo piso. Luego, una voz de Hazel, cantando algo como una canción infantil, pero desafinada y lenta, como un hechizo.
Jonathan se estremeció, y por primera vez Nora vio miedo real en él.
—No entiende —murmuró Jonathan—. Ellas… cambian cuando cae la noche.
—Los niños cambian con el dolor —contestó Nora—. Y con el abandono.
Jonathan levantó la mirada, herido.
—No las he abandonado.
—Está aquí —dijo Nora, señalando la casa—. Pero… ¿está con ellas?
Jonathan no respondió.
Esa noche, Nora decidió quedarse hasta terminar un par de cosas. La agencia le había dicho que era “limpieza”, no dormir allí, pero algo en la mansión la inquietaba. Como si, si ella se iba, algo se desbordaría. Frank Morales le ofreció acompañarla a su coche cuando terminara.
—No voy a mentirte —le dijo el guardia, apoyado en una columna—. He visto gente grande salir corriendo de aquí como si les prendieran fuego en los talones.
—¿Y tú por qué te quedas? —preguntó Nora, secándose las manos.
Frank miró hacia el interior, donde las luces parpadeaban levemente.
—Porque prometí cuidar esta casa cuando ella estaba viva —dijo, y su voz se suavizó—. Maribel me trataba como familia. Y esas niñas… están perdidas.
—¿Maribel murió… de qué? —preguntó Nora.
Frank se quedó en silencio. Luego, como si se rindiera:
—Accidente. Eso dijeron. Un incendio en el ala vieja, la parte que ahora está clausurada. Pero… —tragó saliva— a veces escucho el detector de humo sonar, aunque no hay humo. Y a veces… huelo a quemado.
Nora sintió un escalofrío.
—¿El ala vieja?
Frank señaló un corredor con una puerta doble cerrada con llave, al final del pasillo. Las manijas estaban rayadas, como si alguien hubiera intentado abrirlas a arañazos.
—No vaya ahí —dijo, serio—. Esa puerta… es el corazón del problema.
Nora pensó en su hermanita. En el incendio. En el olor a plástico quemado que nunca se va del todo. Se obligó a respirar.
—No vine a cazar fantasmas —dijo.
Frank soltó una risa amarga.
—Nadie viene a eso. Pero todos terminan mirándolos a los ojos.
Antes de irse, Nora subió un momento al segundo piso para dejar unas sábanas limpias en el armario. El pasillo estaba oscuro, salvo por la luz azulada de las pantallas de control del hogar inteligente: temperatura, cámaras, alarmas, cerraduras. La casa era una computadora gigante.
Al pasar frente a una puerta entreabierta, escuchó un murmullo. Se asomó.
Hazel estaba dentro. En la habitación de Maribel.
Era un cuarto congelado en el tiempo: ropa colgada, perfumes alineados, un libro abierto sobre la mesita, como si Maribel fuera a volver en cualquier momento. Hazel tenía un pincel en la mano. Estaba pintando la pared con verde, pero no garabatos al azar: era un símbolo repetido, una especie de espiral con tres líneas.
—Hazel —dijo Nora, sin alzar la voz.
Hazel se giró como un gato sorprendido. Sus ojos brillaron de furia.
—¡No puedes entrar! —escupió.
—La puerta estaba abierta.
—¡No estaba abierta! —gritó Hazel—. ¡La casa la abrió!
Nora dio un paso adentro, despacio, como si caminara sobre vidrio.
—¿Por qué pintas esto?
Hazel apretó el pincel. Su mano temblaba, pero su cara se mantenía dura.
—Para que se vaya.
—¿Quién?
Hazel sostuvo la mirada de Nora, y esa dureza se resquebrajó apenas, dejando ver un terror viejo.
—Ella —susurró—. O él. No sé. Solo sé que… cuando papá se encierra en su oficina, cuando las cámaras se prenden solas, cuando la casa nos habla… alguien nos mira desde adentro.
Nora se acercó un poco más.
—¿La casa les habla?
Hazel tragó saliva, como si odiara admitirlo.
—Hay altavoces. En las paredes. A veces… se encienden y suena su voz.
Nora sintió que el estómago se le hundía.
—¿La voz de Maribel?
Hazel asintió, rabiosa.
—Y no es justo. Porque ella no está. Y porque papá finge que sí. Y porque si ella volviera… —su voz se quebró— no volvería así.
Nora miró alrededor y vio algo: en la esquina del cuarto, detrás de un espejo, un pequeño panel de ventilación estaba mal colocado. Como si lo hubieran abierto muchas veces.
—¿Quién entra aquí además de ti? —preguntó.
Hazel se rió, pero fue una risa que dolía.
—Las niñeras. Les hacemos entrar. Les mostramos cosas. Las asustamos. Así se van. Si se van, papá se queda solo con nosotras. Si se queda solo… tal vez nos mire. Tal vez nos escuche. Tal vez deje de hablar con los fantasmas.
Nora sintió una oleada de compasión y rabia.
—Hazel… lo que haces puede lastimar a alguien.
—¿Y a nosotras quién nos cuidó? —escupió Hazel, y por primera vez sus ojos se llenaron de lágrimas—. ¿Quién nos cuidó cuando ella se quemó?
El aire pareció quedarse sin oxígeno. Nora pensó en la palabra “quemó”. Pensó en Frank diciendo “incendio”. Pensó en el olor a quemado.
—Yo lo siento —dijo Nora, sincera—. Pero asustar a gente no va a traerla de vuelta.
Hazel apretó los dientes.
—No quiero traerla de vuelta —susurró—. Quiero que papá deje de intentar traerla.
Ese fue el momento exacto en que el altavoz del cuarto crujió. Un sonido eléctrico. Y luego, una voz femenina, suave, cantando una nana en español.
“Duérmete, mi niña…”
Hazel se quedó congelada. Nora también.
La voz sonaba real. Demasiado real.
—¿Ves? —susurró Hazel, aterrada—. ¿Ves lo que hace?
Nora salió del cuarto como quien sale de una piscina helada. En el pasillo, corrió hasta el panel de control y vio que una cámara se había encendido. La luz roja parpadeaba.
Al bajar las escaleras, encontró a Jonathan en el vestíbulo, hablando por teléfono.
—No, no quiero apagarlo —decía Jonathan, desesperado—. Steven, no entiendes. Si lo apago, la pierdo otra vez.
Nora se detuvo.
—¿Qué no quiere apagar? —preguntó, y su voz cortó el aire como un cuchillo.
Jonathan colgó. Su cara se volvió pálida.
—No es asunto suyo.
—Su hija está arriba oyendo la voz de su madre salir de las paredes —dijo Nora, sin rodeos—. Dígame qué está pasando.
Jonathan abrió la boca, la cerró, y finalmente se rindió como un hombre agotado.
—Se llama MARI —dijo, casi en un hilo—. Un sistema. Un proyecto. Mi equipo lo desarrolló… para… para acompañar.
Nora frunció el ceño.
—¿Una inteligencia artificial?
Jonathan asintió.
—Maribel grabó cientos de audios antes de… antes de morir. Videos. Mensajes. Cosas para las niñas. Para mí. Yo… —se pasó una mano por la cara— yo entrené un modelo con su voz, con su forma de hablar. Lo conecté a la casa. Era… era una manera de que las niñas sintieran que ella seguía aquí.
Nora lo miró con incredulidad.
—¿Y le parece saludable?
Jonathan se quebró.
—¡Se estaban muriendo! —gritó, y luego bajó la voz, como avergonzado—. Yo me estaba muriendo. La casa estaba vacía. Y cuando suena… cuando dice sus cosas… por un momento… no duele tanto.
—Para usted —corrigió Nora—. Para ellas es una tortura. Es como abrir una herida todos los días y decirles: “Miren, está aquí… pero no está”.
Jonathan se apoyó en una pared, temblando.
—No quise hacerles daño.
—Pero lo hizo —dijo Nora, más suave—. Y ellas… están haciendo cosas horribles para que el dolor sea escuchado.
Como si el universo quisiera darle razón, un grito se oyó arriba. June. Luego, un golpe. Luego, la alarma contra incendios empezó a sonar, estridente, enloquecedora.
Jonathan levantó la cabeza con terror.
—No… no puede ser…
Nora corrió escaleras arriba. El pasillo estaba lleno de luces rojas y destellos. Al final, la puerta doble del ala vieja vibraba, como si alguien la golpeara desde adentro. Las niñas gritaban alrededor, menos Hazel, que estaba paralizada.
—¡Lena! —chilló Brooke—. ¡Lena no está!
Nora sintió el corazón estallar.
—¿Dónde la vieron por última vez? —gritó.
—¡Jugaba con su muñeca! —sollozó Ivy—. ¡Y luego la puerta se abrió sola!
Nora miró la puerta doble. Las manijas temblaban.
Frank Morales apareció detrás, corriendo, con llaves en mano.
—¡No! —gritó—. ¡No abran!
Pero el llanto de las niñas era un huracán.
Jonathan llegó jadeando.
—¡Mi hija! —rugió—. ¡Abra esa maldita puerta!
Frank dudó solo un segundo. Luego metió la llave.
La puerta se abrió con un quejido. Un olor fuerte a humo viejo golpeó sus caras, como un recuerdo que se vuelve real. Dentro, la oscuridad era densa. Y el detector de humo seguía sonando, aunque no había llamas visibles.
—¡Lena! —gritó Nora, entrando primero sin pensar.
Una voz salió del altavoz del pasillo, dulce, aterradora:
—Lena… ven con mamá.
Hazel soltó un chillido.
—¡NO ES ELLA! —gritó Hazel, y se agarró la cabeza—. ¡NO ES ELLA!
Nora avanzó por el ala vieja. Las paredes estaban ennegrecidas, el piso crujía. Vio marcas de fuego, sí, pero también vio algo más: cables, cajas metálicas, equipos escondidos. Aquello no era solo un cuarto quemado. Era un laboratorio improvisado.
En el fondo, una pequeña luz se movía. Nora siguió el sonido de una risa infantil. Encontró a Lena sentada en el suelo, jugando con su muñeca como si nada, frente a una pantalla apagada.
—Lena —dijo Nora, agachándose—. Ven conmigo, preciosa.
Lena alzó la mirada. Tenía los ojos grandes, inocentes, pero señalaba la pared.
—Mami —dijo, y sonrió.
Nora miró. Había un proyector pequeño, oculto en una repisa. Y una imagen congelada: Maribel, sonriendo, extendiendo los brazos.
Nora sintió rabia.
Tomó a Lena en brazos y corrió hacia la salida.
—¡La tengo! —gritó.
Cuando regresó al pasillo, vio a Jonathan parado frente a un panel abierto, con cables expuestos. Steven, el asistente, estaba allí también, pálido, como si hubiera llegado en medio del caos, y sostenía una tablet donde se veía el sistema del hogar.
—¡Se activó solo! —decía Steven, desesperado—. No lo toqué, señor. Se activó solo, lo juro.
Nora miró la pantalla: “MARI: modo consuelo — activación automática”.
—¿Automática por qué? —preguntó Nora.
Steven tragó saliva.
—Porque… porque alguien programó disparadores con palabras clave. Llanto. Gritos. “Mamá”. “Fuego”. Se activa… cuando detecta crisis.
Hazel miró a Jonathan con odio puro.
—Nos estás espiando hasta cuando lloramos —dijo, y esa frase fue peor que cualquier fantasma.
Jonathan se derrumbó. Literalmente se sentó en el suelo, como si sus piernas se hubieran apagado.
—Quise salvarlos… —susurró—. Quise salvarla.
Frank Morales se acercó, firme.
—Señor Whitaker, esto se acabó —dijo el guardia—. O apaga ese sistema, o la casa los va a terminar de romper.
Jonathan levantó la vista hacia Nora. No había soberbia en él, solo un hombre deshecho.
—No sé cómo —admitió.
Nora respiró hondo. Pensó en sus apuntes. Pensó en su hermanita. Pensó en la lista del refrigerador.
—Se hace con algo más difícil que apretar un botón —dijo—. Se hace mirando el dolor de frente. Sin máscaras. Sin hologramas.
Se volvió hacia Steven.
—Apágalo. Ahora.
—Pero… —balbuceó Steven—, el señor dijo—
—Ahora —repitió Nora, y su voz no dejó espacio.
Steven, temblando, tocó la pantalla. Un par de comandos. El sistema parpadeó. Las luces rojas se apagaron. La alarma dejó de sonar. Y, por primera vez en quién sabe cuánto tiempo, la mansión quedó en silencio de verdad.
Las niñas se quedaron quietas, como si el silencio fuera un animal nuevo en la casa.
Hazel empezó a llorar. No un llanto elegante, sino uno brutal, con el cuerpo doblado. Brooke se acercó, dudando, y la abrazó. Ivy se quedó rígida un segundo, y luego también se unió. June lloró bajito, como si por fin le permitieran llorar. Cora y Mae se abrazaron a las piernas de Nora. Lena apoyó la cabeza en el hombro de Jonathan sin entender del todo, pero sintiendo algo.
Jonathan alzó a Lena y, por primera vez en la noche, miró a Hazel directamente.
—Perdón —dijo, sin escudo—. Perdón por intentar… reemplazarla. Perdón por no verlos.
Hazel lo miró con ojos rojos.
—Nosotras… —dijo entre sollozos—. Nosotras asustamos a las niñeras. Las encerramos. Les pusimos ratas falsas. Les tiramos pintura. Una vez… una vez casi se cae alguien por la escalera porque Ivy apagó las luces.
Ivy se estremeció, culpable, pero no negó.
Jonathan cerró los ojos, como si cada confesión fuera un golpe.
—Lo sé —susurró—. Frank me contó. Yo… —tragó saliva— no sabía cómo detenerlos sin… sin perderlos también.
Nora observó ese intercambio y supo que ese era el núcleo: miedo a perderse mutuamente, convertidos en monstruos para llamar atención.
—Mañana —dijo Nora, y todos la miraron— vamos a limpiar. No solo la cocina. Vamos a limpiar esta casa de secretos. El ala vieja se cierra. Las cámaras… se limitan. Y usted, señor Whitaker, consigue un terapeuta infantil. No “una niñera milagro”. Un profesional.
Jonathan asintió, como quien acepta una sentencia justa.
—Y usted… —dijo, mirándola—. ¿Se quedará?
Nora pensó en su nevera. En su matrícula vencida. En la agencia. En el salario triple. Y pensó en el llanto de Hazel, que no era maldad: era una niña pidiendo auxilio con gritos.
—Me quedo —dijo—, pero no como reemplazo de su esposa. Me quedo como alguien que sabe lo que el fuego deja en el pecho. Y porque alguien tiene que recordarles algo: que ustedes no están embrujadas. Están heridas. Y las heridas… pueden sanar, si se dejan tocar.
Al día siguiente, la luz entró en la mansión como si también tuviera dudas. Nora llegó temprano. En la cocina, pegó una hoja nueva junto a la lista de comidas favoritas. Esta vez no eran comidas. Era una promesa, escrita con letra firme: “Reglas para que esta casa vuelva a ser casa: 1) Nadie usa el dolor para lastimar. 2) Nadie finge que Maribel está viva. 3) Se puede hablar de ella. 4) Se puede llorar. 5) Se puede reír. 6) Se pide ayuda”.
Hazel bajó primero. Miró la hoja. Luego miró a Nora.
—¿Y si no podemos? —preguntó, con un hilo de voz.
Nora le acercó un vaso de agua.
—Entonces lo intentamos otra vez. Y otra. Y otra.
Brooke se sentó en la mesa y jugueteó con sus dedos manchados de pintura vieja.
—¿Vas a contarle a la policía? —preguntó, asustada—. Por lo que hicimos.
Nora negó suavemente.
—Voy a contarle a un terapeuta. Y a su papá. Y ustedes van a contar la verdad. Eso es más difícil que la policía, créanme.
Ivy la miró con sospecha.
—¿Por qué no te fuiste ayer? —preguntó—. Todos se van.
Nora sostuvo su mirada.
—Porque sé lo que es quedarse sola después de un incendio. Y porque alguien se quedó conmigo. Me dio una taza de chocolate y me dijo: “No fue tu culpa”. Yo no le creí en ese momento… pero necesitaba escucharlo igual.
June, que estaba detrás, apretando un peluche sucio, susurró:
—¿No fue nuestra culpa?
Nora sintió un pinchazo en el pecho.
—No fue culpa de ustedes que su mamá muriera. Y no es culpa de ustedes sentir rabia. Pero sí es responsabilidad de ustedes lo que hacen con esa rabia.
A media mañana, llegó la doctora Rojas, una psicóloga infantil recomendada por Frank. También llegó una mujer mayor, la vecina señora Kaplan, con un pastel y una mirada severa.
—Yo vivía al lado de Maribel —dijo la señora Kaplan, dejando el pastel—. Escuchaba sus risas desde mi jardín. Después… —bajó la voz— solo escuchaba gritos. Esta casa necesita gente viva, no máquinas.
Jonathan, por primera vez, no discutió. Ayudó a mover muebles, abrió ventanas, dejó entrar aire. Steven trajo técnicos para desmontar altavoces y cerrar el laboratorio del ala vieja. Cuando encontró el proyector con la imagen de Maribel, Jonathan lo tomó con manos temblorosas, como si fuera un veneno hermoso, y lo guardó en una caja.
—No lo destruiré —dijo—. Pero no volverá a vivir en las paredes.
Esa tarde, Nora llevó a las niñas al jardín. Frank reparó el columpio. Hazel se sentó en la hierba, mirando el cielo como si fuera la primera vez.
—¿Y si la olvidamos? —preguntó Hazel, de repente.
Nora negó.
—No se olvida a alguien así. Se aprende a cargarla de otra manera. No como un fantasma que te persigue, sino como una historia que te acompaña.
Lena se acercó con su muñeca y se la extendió a Nora.
—Mami —dijo, y luego, señalando a Jonathan— papi triste.
Jonathan, que estaba cerca, se arrodilló y abrazó a Lena con fuerza. Nora vio cómo se le quebraba la mandíbula, cómo luchaba contra el llanto, y finalmente lo dejó salir. Las niñas lo miraron. Y ese fue un giro silencioso en la casa: ver a su padre llorar, no como un error, sino como un acto de verdad.
Una semana después, la mansión seguía siendo grande, fría en algunos rincones, pero ya no parecía un monstruo. Las paredes estaban siendo repintadas; el verde desaparecía bajo capas blancas. En la nevera, la lista de comidas seguía ahí, y ahora tenía manchas nuevas: harina, chocolate, vida.
Nora no se convirtió en niñera mágica. Se convirtió en algo más real: una adulta consistente. Algunas noches, Hazel seguía explotando. Brooke aún se arrancaba el pelo cuando se frustraba. Ivy mentía por costumbre. June mojaba la cama a veces. Cora y Mae inventaban juegos macabros. Lena preguntaba por “mami” con la inocencia de quien no entiende el final.
Pero ahora, cuando la oscuridad caía, no había una voz falsa cantando desde las paredes. No había cámaras encendiéndose como ojos. Había conversaciones difíciles. Había terapia. Había Frank cerrando con llave el ala vieja sin que nadie intentara forzarla. Había Jonathan sentándose en el suelo del cuarto de Maribel, mirando las fotos sin buscar reemplazos, y diciéndoles a sus hijas:
—Su mamá era increíble. Y la extrañamos. Pero estamos aquí. Juntos. Y no voy a huir a mi oficina otra vez.
Una noche, Hazel se acercó a Nora mientras ella limpiaba la cocina.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Hazel, casi en secreto.
—¿Qué?
Hazel bajó la mirada.
—Que cuando la voz sonaba… una parte de mí se sentía feliz. Y luego me odiaba por eso.
Nora dejó el trapo y la miró.
—Eso no te hace mala —dijo—. Te hace humana. El duelo es así: a veces te da migajas de alivio y después te castiga. Pero aquí… no vamos a castigarnos por sentir.
Hazel asintió, y por primera vez sonrió sin veneno.
—Entonces… ¿cuánto vas a durar? —preguntó, intentando sonar dura, pero sin lograrlo.
Nora sonrió también.
—Más que treinta y siete.
Hazel soltó una risita, una risa distinta a la de la escalera, una risa más limpia, como si alguien hubiera abierto una ventana en su pecho.
En el silencio cálido de la cocina, Nora volvió a mirar la lista de la nevera, esa letra de Maribel que seguía allí como un puente. Y entendió que la mansión no había devorado a treinta y siete mujeres por estar embrujada. Lo había hecho porque el dolor, cuando se encierra, se convierte en bestia. Pero también entendió algo más: cuando el dolor se nombra, cuando se mira de frente, deja de morder.
Afuera, el columpio se movía suavemente con el viento de la noche. Y por primera vez desde la muerte de Maribel, ese movimiento no parecía una amenaza, sino una señal: la casa seguía viva. Y ellos también.




