La primera noche con mi esposo de 70 años: no me tocó… pero lo que hizo fue peor
La tarde en que el banco pegó en nuestra puerta con el sello rojo de embargo, el aire de la casa olía a humedad y a derrota. Mi padre, Ernesto, no dijo nada; solo se quedó mirando el marco de la puerta como si alguien hubiese arrancado de golpe la última tabla que sostenía su vida. Mi madre, Marta, apretó un rosario entre los dedos y, por primera vez desde que tengo memoria, no rezó: se limitó a tragarse el llanto con esa dignidad áspera que aprendió a golpes. Yo, Lucía, vi cómo las paredes que me habían visto crecer se volvían ajenas en cuestión de minutos. Las fotos familiares quedaron torcidas, los muebles parecían más pequeños, y el silencio se llenó de un zumbido insoportable: el sonido del miedo.
La deuda no era solo dinero. Era una cadena. Mi padre llevaba meses enfermo del corazón y, aun así, trabajaba como si pudiera negociar con la muerte: “Solo un turno más, Luci, solo un turno más…”. Pero los intereses del préstamo se habían multiplicado como una plaga. El gerente del banco, un hombre con sonrisa de revista llamado Ramiro Salvatierra, venía a “visitar” con la frecuencia de un pariente. Su voz siempre era dulce, como si nos hiciera un favor al recordarnos que nos hundíamos.
—Señor Ernesto —decía, inclinándose como actor de teatro—, no quiero presionarlo. Solo… el tiempo corre.
Y cuando se iba, dejaba el rastro de su colonia cara y una amenaza invisible en cada objeto.
La noche que dormimos en el coche prestado de una vecina, escuché a mi madre llorar bajito para que mi padre no la oyera. “Dios mío”, repetía, “Dios mío…”. Mi padre, sentado con el cinturón desabrochado, respiraba como si cada bocanada le costara un año de vida.
Fue entonces cuando apareció él: Don Octavio de Albornoz.
La primera vez que lo vi, pensé que la luz lo había inventado. Era un hombre de setenta años, traje oscuro impecable, bastón con empuñadura de plata y una mirada tan fría que parecía medirlo todo: el aire, la pena, la culpa. Llegó con un paraguas negro en una noche de lluvia y se presentó como “un pariente lejano”. En su voz había una calma que me irritó; esa calma de quien nunca ha sentido el terror de quedarse sin techo.
—He sabido lo que les ocurre —dijo, sin preámbulos, en nuestra improvisada habitación de pensión barata—. Puedo pagar una parte importante de la deuda. Conseguirles una casa. Un médico decente para su corazón.
Mi madre se quedó helada. Mi padre intentó incorporarse, orgulloso incluso en la ruina.
—No acepto caridad —murmuró.
Don Octavio ni parpadeó.
—No es caridad. Es un trato.
Yo sentí ese “trato” antes de que lo pronunciara. Hay palabras que se anuncian solas, como un trueno a lo lejos.
—La condición —continuó— es simple. Lucía se casará conmigo.
Mi nombre en su boca sonó como una llave. Un clic. Una puerta que se cierra.
—¡Eso es una locura! —salté, con el pulso golpeándome las sienes—. ¡Usted podría ser mi abuelo!
Mi madre me agarró del brazo, suplicante, y mi padre, con los ojos vidriosos por la fiebre, me miró como si le pidiera perdón sin palabras. Don Octavio apoyó el bastón en el suelo, con una precisión casi elegante.
—No soy un monstruo —dijo—. Y no estoy pidiendo amor. Estoy ofreciendo salvación.
Salvación. Qué palabra más cruel cuando uno se ahoga.
Aquella misma semana, Ramiro Salvatierra apareció en la pensión. No sé cómo nos encontró; supongo que la miseria tiene dirección fija. Me sonrió como si fuéramos viejos amigos.
—Lucía —me llamó, con una familiaridad asquerosa—. He escuchado rumores… ¿Un matrimonio? Qué… oportuno.
Sus ojos se detuvieron un segundo demasiado largo en mi boca.
—El banco siempre celebra las buenas noticias —añadió—. Especialmente cuando aseguran el pago.
Lo odié con una intensidad tan pura que me temblaron las manos. Don Octavio lo vio todo desde la esquina, inmóvil, como una estatua que pudiera decidir, con un gesto, si alguien merece seguir respirando.
Esa noche, mi madre se sentó en la cama conmigo. Me acarició el pelo como cuando era niña y tenía pesadillas.
—No te estoy entregando, hija —susurró—. Te estoy pidiendo que nos salves. Y después… después encontraremos la forma de devolverte la vida.
Yo quería gritarle que una vida no se devuelve como un abrigo perdido. Pero miré a mi padre, dormido con la mano en el pecho, y sentí que el mundo entero pesaba sobre mis hombros.
Acepté.
El día de la boda fue una coreografía de flores blancas y sonrisas falsas. En la iglesia, el eco de mis pasos sobre el mármol sonaba como un martillo. Don Octavio estaba a mi lado, recto, impecable. Cuando el sacerdote preguntó si aceptaba, mi voz salió más baja de lo que esperaba.
—Sí.
Un “sí” que olía a hospital, a recibos impagos, a vergüenza. Vi a Ramiro en uno de los bancos, perfectamente peinado, aplaudiendo como si hubiera comprado una obra de teatro. Y, detrás de él, una mujer de vestido rojo—una desconocida de labios afilados—me observaba sin pestañear. Sus ojos no eran curiosos: eran calculadores.
La mansión de Don Octavio estaba en las afueras, detrás de una verja de hierro negro que parecía diseñada para encerrar secretos, no personas. Cuando crucé el umbral, la casa me tragó con su silencio antiguo: pasillos largos, lámparas que no terminaban de iluminar, retratos de gente que no sonreía. Una mujer mayor, de moño apretado, se presentó con una reverencia mínima.
—Soy Elvira, el ama de llaves. Bienvenida, señora.
“Señora”. La palabra me raspó la garganta.
En el segundo piso, el dormitorio nupcial tenía una cama enorme con dosel y cortinas pesadas. La ventana daba a un jardín oscuro, donde los árboles se inclinaban como si escucharan. Sobre la chimenea había un retrato de una mujer joven, hermosa, con ojos tristes. Me pareció que me miraba a mí.
—¿Quién es? —pregunté, señalándolo.
Don Octavio tardó un segundo en responder.
—Mi esposa. Beatriz.
No dijo “fue”, no dijo “murió”. Solo “mi esposa”, como si aún existiera en algún cuarto cerrado.
Cuando llegó la noche, la casa pareció contener la respiración. Yo me senté al borde de la cama, con el vestido de novia todavía puesto, abrazando mis rodillas. Me temblaban los dientes. En mi cabeza desfilaban historias de mujeres atrapadas en mansiones, de ancianos ricos con caprichos enfermos, de puertas que se cierran y ya no se vuelven a abrir.
La puerta se abrió despacio.
Don Octavio entró con pasos pesados… y con una silla en las manos.
La colocó junto a la cama, se sentó con calma y me miró como si evaluara un cuadro. Luego dijo, en un tono casi suave:
—Esta noche no pasará nada entre nosotros. Vete a dormir.
Yo parpadeé, incapaz de procesarlo.
—¿Y usted… dormirá aquí?
—No. —Se acomodó en la silla—. Solo quiero verte dormir.
La sangre se me congeló. Sentí el impulso de correr, de gritar, pero mis piernas eran de piedra. Al final me acosté sin quitarme el vestido, como si la tela pudiera protegerme de algo. Cerré los ojos con fuerza, fingiendo sueño mientras su mirada me atravesaba.
No sé en qué momento me dormí de verdad. Me desperté al amanecer con el cuello entumecido. Don Octavio ya no estaba. La silla, sin embargo, seguía allí, como un testigo.
Al día siguiente conocí a más habitantes de aquella casa-mundo. Una enfermera joven, Nadia, venía a revisar mis signos “por orden del señor”. Me tomó el pulso con profesionalidad, pero sus dedos temblaban.
—¿Está bien? —le pregunté.
Nadia bajó la voz.
—Aquí… nada está “bien”. Solo está… oculto.
Antes de que pudiera insistir, Elvira apareció detrás como un fantasma severo.
—No distraiga a la enfermera, señora.
Elvira me observaba como si yo fuera una mancha que aún no decide si se limpia o se tolera.
Esa tarde, un hombre entró sin tocar, como si la casa también le perteneciera. Alto, elegante, con una sonrisa que parecía ensayada, se presentó extendiéndome la mano.
—Sebastián de Albornoz. Sobrino de Octavio.
Su perfume era caro. Sus ojos, peligrosamente amables.
—Así que tú eres la nueva… sorpresa —dijo, y su mirada recorrió mi vestido sencillo de estar en casa con una burla apenas disimulada—. Mi tío siempre fue… impredecible.
—Soy su esposa —respondí, apretando los dientes.
Sebastián sonrió más, como quien disfruta una incomodidad ajena.
—Por supuesto. Esposa. —Se inclinó hacia mí—. Solo un consejo: en esta casa, lo que parece un regalo suele tener veneno.
La segunda noche, Don Octavio repitió el ritual. La silla, el silencio, sus ojos sin parpadeo. Yo apreté las sábanas, escuchando el reloj del pasillo. Cada tic-tac era una gota que caía en mi nuca. Cuando fingí quedarme dormida, lo oí respirar lento, como si contara mis latidos.
En la tercera noche, ya no solo era miedo. Era rabia. Me incorporé de golpe.
—¿Qué quiere de mí? —susurré, con la voz rota—. ¿Por qué hace esto?
Don Octavio no se movió.
—Porque así sé que estás viva.
La frase me golpeó como un cubo de agua helada.
—¿Qué significa eso?
Él miró hacia el retrato de Beatriz en la pared, apenas visible en la sombra.
—Significa que esta casa tiene hambre —dijo, y su tono ya no era suave—. Y yo no pienso alimentar su hambre contigo.
No dormí después de eso. En la madrugada, oí pasos en el pasillo. Alguien se detuvo frente a la puerta y susurró algo, casi una risa. Luego se alejó. Me quedé temblando, mirando el techo, preguntándome qué clase de hombre era mi marido y qué clase de lugar había aceptado habitar.
Al cuarto día, una mujer apareció en la sala principal, sentada como reina en uno de los sillones. Era la del vestido rojo que vi en la boda. Pelo oscuro perfecto, uñas afiladas, un brillo de veneno en la sonrisa.
—Clara —se presentó—. Amiga… íntima de la familia.
Sebastián entró detrás, como su sombra. Clara me miró de arriba abajo con un placer cruel.
—No pensé que Octavio tuviera energía para… sorpresas juveniles —dijo, y soltó una risa corta—. Pero mírate. Tan… fresca.
Yo sentí arcadas de humillación.
—Vine a hablar de asuntos importantes —continuó, como si yo fuera un mueble—. De la herencia. De ciertas propiedades.
—Yo no tengo nada que discutir con usted —respondí, intentando que mi voz no temblara.
Clara ladeó la cabeza.
—Ay, querida. En esta casa, todo se discute contigo ahora. Aunque no lo entiendas.
Esa tarde, vi a Elvira guardando llaves en su delantal. Cuando me vio, se tensó.
—¿Qué hay en el ala oeste? —pregunté, recordando una puerta siempre cerrada al final del pasillo.
Elvira apretó los labios.
—Nada que le importe.
—Soy la esposa de Don Octavio.
—Usted es… lo que él decidió traer. No se confunda.
Ese desprecio me encendió la sangre. Cuando Elvira se fue, seguí el pasillo como quien sigue un hilo en un laberinto. La puerta del ala oeste tenía un cerrojo antiguo. Escuché detrás… nada. Volví a mi habitación, saqué una horquilla del tocador y regresé. Mis manos sudaban. Tras varios intentos, oí el clic.
La puerta se abrió con un gemido.
El aire allí estaba más frío, más viejo. Entré y encontré un corredor con cortinas cubiertas de polvo. Al final, una habitación con un espejo enorme y una cama pequeña, como de enfermo. Sobre la cómoda, frascos de medicina y un cuaderno cerrado.
Lo abrí.
En la primera página, una letra firme decía: “Si lees esto, Lucía, es porque ya empezaste a sospechar”.
Se me paró el corazón.
Pasé páginas. Había fechas, nombres, notas. “Intento de envenenamiento: té de la noche. Elvira lo notó tarde.” “Sebastián pregunta por el testamento.” “Clara insiste en la venta de la finca.” “Ramiro Salvatierra visita con demasiada frecuencia.”
Ramiro. El gerente del banco. ¿Qué hacía su nombre en ese cuaderno?
Escuché un crujido detrás de mí. Me giré y vi a Nadia en la puerta, pálida.
—No debería estar aquí —susurró.
—¿Qué es este lugar?
Nadia se mordió el labio.
—La habitación de Beatriz. Murió aquí. Oficialmente… de una caída. Pero… —tragó saliva—. En esta casa, las caídas siempre tienen manos.
Me quedé sin aire.
—¿Quién?
Nadia negó con la cabeza.
—No lo sé. Solo sé que Don Octavio no confía en nadie. Por eso… por eso se queda despierto. Por eso te mira dormir. Para asegurarse de que… —la voz se le quebró— no te pase lo mismo.
Un frío nuevo me recorrió: el frío de comprender que mi miedo era apenas la superficie, que debajo había algo peor.
Esa noche, cuando Don Octavio entró con la silla, yo no fingí calma. Me senté erguida, esperando.
—Sé lo de Beatriz —dije.
Su mirada se endureció, como si hubiera esperado ese momento desde el primer día.
—¿Qué más sabes?
—Sé que alguien intenta matarlo. Y que usted cree que yo… —tragué— que yo también estoy en peligro.
Don Octavio no respondió de inmediato. Sus dedos se cerraron sobre el bastón.
—Esta casa no perdona —murmuró—. Y mi sangre… —miró hacia el pasillo— mi sangre me odia por seguir vivo.
Entonces lo oí: un sonido bajo en el pasillo, como un roce. Don Octavio levantó una mano.
—Apaga la lámpara —ordenó en voz baja.
—¿Qué?
—¡Ahora, Lucía!
Obedecí. La oscuridad nos tragó. Don Octavio se puso de pie sin hacer ruido, algo imposible para un hombre de su edad… y, de pronto, comprendí que su aparente fragilidad era un disfraz.
La puerta se abrió apenas. Una silueta se deslizó dentro. Olí perfume caro: Clara. Luego otro olor: alcohol.
Mi garganta se cerró.
La silueta avanzó hacia la cama. Yo no respiraba. Don Octavio, a mi lado, era una sombra.
Clara habló en un susurro que me heló.
—Duerme, muñeca… duerme y no te enteras de nada.
La vi levantar la mano. En ella brilló algo metálico: una jeringa, tal vez, o un pequeño frasco con gotero. Un segundo después, Don Octavio se movió como un golpe de viento. La agarró de la muñeca con una fuerza brutal.
—Se acabó —dijo, y su voz en la oscuridad fue la de un hombre joven.
Clara soltó un jadeo ahogado. Forcejearon. Yo encendí la lámpara temblando y la escena se clavó en mis ojos: Clara con el rostro desfigurado por el odio, Don Octavio sujetándola, y detrás, en el marco de la puerta… Sebastián.
—¡Tío! —exclamó Sebastián, fingiendo sorpresa con una actuación pésima—. ¿Qué… qué está pasando aquí?
Don Octavio lo miró como si por fin lo viera sin máscaras.
—Está pasando que tu ambición ya no cabe en esta casa.
Clara escupió:
—¡Tú no entiendes, vieja rata! ¡Esa chica no es más que un medio! ¡Un sacrificio para que todo parezca un accidente!
Sebastián levantó las manos, teatral.
—No sé de qué habla, Lucía. No le creas.
Pero sus ojos—sus ojos no mentían—: estaban furiosos de haber sido descubierto, no confundidos.
—¿Por qué? —logré decir, con la voz rota—. ¿Qué les hice yo?
Clara se rió, aguda.
—Existir. Casarte. Cambiar el testamento. ¡Octavio te va a dejar todo!
Mi estómago se hundió. Miré a Don Octavio.
—¿Es verdad?
Él apretó la mandíbula.
—No todo. —Su voz fue un susurro cansado—. Solo lo suficiente para que tu familia nunca vuelva a arrodillarse.
Sebastián avanzó un paso.
—Eso no puedes hacerlo. Esa herencia es nuestra. Familiar.
—¿Familiar? —Don Octavio soltó una risa amarga—. ¿Dónde estabas tú cuando enterré a Beatriz? ¿Dónde estabas cuando pagué tus deudas de juego? ¿Dónde estabas cuando tu madre me escupía por “no morir a tiempo”?
Las palabras cayeron como platos rotos. Clara palideció un instante… y luego su rabia volvió como incendio.
—No eres el dueño de todo, Octavio. —Sus ojos se clavaron en mí—. Y tú, muñeca… si crees que te vas a ir de aquí viva, es que no conoces a Ramiro.
Mi sangre se volvió hielo.
—¿Ramiro? —repetí.
Sebastián sonrió, por fin sin máscara.
—El banco no presta por bondad, Lucía. Ramiro apostó por tu caída. Y yo… yo solo iba a recoger lo que quedara.
Me tambaleé. Todo encajaba: la facilidad con que nos encontró, su presencia en la boda, su sonrisa celebrando mi “salvación”. No era un acreedor; era un cazador.
Don Octavio apretó más la muñeca de Clara, obligándola a soltar el frasco.
—Elvira —gritó con voz de mando—. ¡Llama a la policía!
Elvira apareció en el pasillo, pero su expresión no era de obediencia. Era de culpa. Miró el frasco en el suelo… y luego miró a Don Octavio como si lo odiara y lo amara al mismo tiempo.
—No lo haré, señor —dijo, y mi mundo se inclinó—. Ya es demasiado tarde.
Antes de que pudiéramos reaccionar, Sebastián sacó el móvil y marcó. Lo puso en altavoz.
—Ramiro —dijo con calma—. Se complicó.
Una voz masculina respondió, esa voz que tantas veces había fingido amabilidad en nuestra desgracia:
—Entonces háganlo simple. En la mañana, la chica firma. Si no firma… —una pausa, como sonrisa audible— habrá otra caída.
Se me nubló la vista.
Don Octavio arrancó el móvil de la mano de Sebastián y habló con una frialdad que me dio escalofríos.
—Ramiro Salvatierra. Mañana, a las nueve, estarás en mi despacho. Y traerás todos los documentos del préstamo. O haré que tu banco se hunda contigo.
Hubo un silencio al otro lado, un silencio pesado.
—¿Quién demonios…? —empezó Ramiro.
—El hombre al que intentaste comprar con una deuda —cortó Don Octavio—. Y ya no estoy de humor.
Colgó y, por primera vez, vi cansancio real en su rostro.
Clara, aún atrapada, lo miró con veneno.
—¿Vas a protegerla? ¿A ella? ¿Por qué?
Don Octavio la soltó como si fuera basura y se sentó, de golpe, en la silla. Le temblaron las manos un segundo.
—Porque Beatriz también era joven. Y también confiaba. —Levantó la vista hacia mí—. Y porque yo tardé demasiado en entender que mi riqueza atrae buitres… pero también puede ser un arma contra ellos.
Esa madrugada no dormimos. Don Octavio me llevó a su despacho, una habitación forrada de madera donde el aire olía a papel viejo y secretos. Me mostró un segundo cuaderno, más grueso, con copias de contratos, cuentas, grabaciones. Tenía todo. Evidencia de sobornos. De amenazas. De un entramado entre Sebastián y Ramiro para quedarse con propiedades de familias ahogadas. Yo era solo otra pieza… excepto que Don Octavio me había colocado en el centro como cebo.
—¿Me usó? —pregunté, con la garganta ardiendo.
Don Octavio no se defendió.
—Sí. —La palabra fue honesta y cruel—. Pero también te salvé. Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.
Me quedé mirándolo, sintiendo que mi odio y mi gratitud peleaban dentro de mí como dos animales. Quise decirle que lo detestaba. Quise decirle que lo entendía. Al final, solo me salió:
—No quiero morir aquí.
Don Octavio asintió.
—Por eso me siento en esa silla, Lucía. Porque si alguien entra… me encontrará despierto.
A las nueve en punto, Ramiro llegó a la mansión con su sonrisa intacta, pero los ojos tensos. Traía una carpeta bajo el brazo. Cuando me vio, inclinó la cabeza como si aún pudiera seducirme con cortesía.
—Señora de Albornoz —dijo—. Qué… inesperado verla tan temprano.
—No juegue conmigo —respondí, sorprendida de mi propia firmeza.
En el despacho, Don Octavio lo recibió sin levantarse. Sobre la mesa, había un sobre grande.
—Aquí tienes copias de todo lo que tengo —dijo Don Octavio—. Y aquí dentro hay algo más: un informe para la fiscalía.
Ramiro tragó saliva.
—Esto es una exageración. Podemos… negociar.
Don Octavio sonrió apenas.
—Ya negocié. Con mi propia muerte. Y perdí a mi esposa. No vuelvo a perder.
Ramiro, acorralado, intentó una última jugada. Me miró a mí, como si mi miedo fuera su terreno.
—Lucía, tu familia… ¿crees que estarán a salvo si te enfrentas a mí?
Yo sentí el impulso de encogerme. En vez de eso, recordé a mi madre llorando en el coche y a mi padre respirando a pedazos. Recordé que mi vida ya había sido comprada una vez.
—Mi familia ya estuvo en peligro cuando usted decidió jugar con nuestra ruina —dije, y mi voz sonó como una puerta cerrándose—. No lo permitiré otra vez.
Ramiro apretó la mandíbula. Sebastián, que había sido retenido en otra habitación por el personal y un guardia privado, gritaba insultos desde el pasillo. Clara, en algún lugar de la casa, lloraba de rabia.
Don Octavio llamó a su abogado, un hombre serio llamado Julián Ferrer, que llegó con policía y orden judicial. Todo ocurrió rápido después de eso: interrogatorios, esposas, gritos, cámaras. La mansión, por primera vez, dejó de ser un monstruo silencioso y se convirtió en escenario público. Elvira, el ama de llaves, terminó confesando entre sollozos que Clara la había amenazado años para que “no viera” cosas. Nadia, la enfermera, declaró lo que sabía. El nombre de Beatriz volvió a pronunciarse en voz alta, como una herida que se abre para limpiarse.
Esa noche, cuando el caos se apagó, Don Octavio volvió a traer la silla a mi habitación. Yo ya no estaba temblando como la primera vez. Estaba exhausta, rota, pero despierta por dentro.
—No quiero que me mires dormir —le dije, sin dureza, pero con verdad—. Quiero dormir sin nadie.
Don Octavio asintió. Sus ojos parecían más viejos.
—Tienes derecho.
Se quedó de pie un momento, como si quisiera decir algo y no supiera cómo. Al final, habló mirando hacia la ventana, no hacia mí.
—Beatriz solía decirme que la casa nos iba a devorar a todos. Yo me reía. Creí que el dinero era una muralla. —Respiró hondo—. Tú fuiste mi último intento de cambiar el final.
—¿Y qué soy yo ahora? —pregunté.
Don Octavio me miró por fin.
—Eres libre. En cuanto esto termine, podrás irte. Y tu padre tendrá tratamiento. Y tu madre una casa. Sin condiciones.
Me quedé en silencio. Había esperado sentir alivio, pero lo que sentí fue algo más extraño: una tristeza densa por un hombre que había vivido rodeado de tiburones, sin saber nadar en otra agua.
—¿Por qué no denunció antes? —pregunté.
Su voz salió casi inaudible.
—Porque tenía miedo. Sí, Lucía. Miedo. A quedarme solo. A admitir que mi propia familia me quería muerto. —Se frotó el pecho, como si le doliera—. Y porque el culpable siempre parece invisible… hasta que decide atacar a alguien inocente.
Al día siguiente, fui al hospital a ver a mi padre. Estaba mejor atendido que nunca. Cuando me vio, quiso incorporarse.
—Hija… —susurró—. Perdóname.
Yo lo abracé con cuidado, sintiendo su fragilidad contra mi pecho.
—No me pidas perdón por querer vivir, papá.
Mi madre, al lado, me tomó la mano.
—Volveremos a empezar —dijo—. Y esta vez… sin cadenas.
Pasaron semanas. El escándalo estalló en los periódicos: “Red de extorsión bancaria”, “Herencia manchada”, “Muerte sospechosa reabierta”. Ramiro fue procesado. Sebastián intentó negociar, pero las pruebas eran demasiado claras. Clara desapareció unos días y luego la encontraron intentando huir. La mansión, esa boca enorme, empezó a cerrarse sobre quienes la habían usado para tragar vidas.
Una tarde, Don Octavio me llamó a su despacho. Estaba más delgado, el rostro más pálido. Sobre la mesa había un documento.
—Es la anulación del matrimonio —dijo—. Firmado. Sin obstáculos. Y… —empujó otra carpeta hacia mí— este es el fideicomiso para tu familia. Legal. Limpio. Intocable.
Yo miré el papel, luego a él.
—¿Y usted?
Don Octavio se encogió de hombros, cansado.
—Yo ya viví demasiado tiempo en guerra. Quizá… —sonrió apenas— quizá es hora de dormir sin vigilar a nadie.
Se me apretó la garganta.
—No pensé que diría esto —confesé—, pero… gracias.
Don Octavio bajó la vista, como si esa palabra le pesara más que todos sus años.
—No me lo agradezcas. —Hizo una pausa—. Solo… no te conviertas en alguien que compra su salvación con la vida de otra persona.
Firmé. No lloré. Solo sentí que algo dentro de mí, por fin, soltaba el aire.
La última noche en la mansión, hice la maleta despacio. Nadia me ayudó, sonriendo por primera vez sin miedo.
—Te vas de verdad —dijo.
—Sí.
—Ojalá yo también pudiera.
La miré con ternura.
—Podrás. Ahora el monstruo está herido.
Antes de irme, pasé por el pasillo del ala oeste. La puerta ya no estaba cerrada. Entré en la habitación de Beatriz y me quedé frente al espejo. Por un segundo, me pareció ver dos mujeres reflejadas: yo y ella, unidas por un destino que casi me tragó. Tomé el cuaderno y lo dejé sobre la cómoda, abierto en la primera página, como si fuera una vela encendida.
Cuando bajé las escaleras, Don Octavio estaba en el vestíbulo, apoyado en su bastón. Elvira, con los ojos hinchados, se mantenía a distancia. Don Octavio me sostuvo la mirada.
—Lucía —dijo—. La casa te abrió la boca. No dejes que te cierre el corazón.
No supe qué responder. Me acerqué y, en un impulso que me sorprendió a mí misma, lo besé en la mejilla. Era un gesto simple, humano, sin deberes ni cadenas.
—Adiós, Don Octavio.
Él asintió.
—Adiós, niña.
Crucé la puerta. La verja se abrió. El aire de afuera estaba frío, pero era un frío limpio. En el coche me esperaba mi amigo de infancia, Mateo, quien había estado ayudando a mi madre con trámites y traslados. Me miró con preocupación.
—¿Estás bien?
Miré por el retrovisor una última vez. La mansión parecía más pequeña desde lejos, como si al fin perdiera su poder.
—No sé si “bien” —dije—. Pero estoy viva. Y esta vez… voy a vivir por mí.
Mateo apretó el volante y sonrió con tristeza.
—Eso ya es una victoria.
Mientras el coche avanzaba, el sol rompió entre nubes y, por primera vez en meses, sentí que el futuro no era una amenaza, sino un camino. Detrás quedaron la silla, las miradas nocturnas, los susurros en el pasillo. Y aunque sabía que algunas cicatrices nunca se borran, también entendí algo que nadie me había enseñado: la libertad no llega sin miedo… pero llega, cuando una se atreve a abrir la puerta y cruzar.




