February 9, 2026
Desprecio

El dueño de la tienda se arrepiente de sus palabras: ¡Una venganza inesperada!

  • December 22, 2025
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El dueño de la tienda se arrepiente de sus palabras: ¡Una venganza inesperada!

“LA VENGANZA DEL SILENCIO”

En un pequeño pueblo costero, donde las olas golpeaban con fuerza contra las rocas y las tiendas locales llenaban las calles con su bullicio, había una tienda que todos conocían. Era un negocio familiar, pero con un dueño conocido por su carácter explosivo y su actitud altanera. Su tienda, un lugar oscuro y mal iluminado, vendía ropa cara y a menudo despectiva, atrayendo a una clientela que se sentía superior a los demás.

Ese día, el sol se reflejaba débilmente sobre las calles empedradas, y yo, María, una mujer sencilla y humilde, entré en la tienda para comprar una camisa para el bautizo de mi nieta. No era un lujo, solo una compra común, pero el destino tenía planes mucho más oscuros para mí esa tarde.

Cuando me adentré en la tienda, un escalofrío recorrió mi cuerpo. No era el frío en el aire lo que lo provocaba, sino una sensación extraña, como si alguien me estuviera observando demasiado de cerca. La tienda estaba vacía, salvo por un par de clientes y el dueño, un hombre de unos 50 años, de mirada fría y hostil. Su nombre era Ricardo, un hombre que había hecho fortuna en el negocio inmobiliario y que creía que el dinero le daba derecho a tratar a los demás con desprecio.

Al principio, todo parecía normal. Estaba mirando una camisa, asegurándome de que fuera el tamaño adecuado, cuando de repente, escuché las palabras que cambiarían mi vida para siempre.

NO QUIERO NEGROS EN MI TIENDA —gritó Ricardo, sin mediar una sola palabra de cortesía. La mirada que lanzó hacia mí estaba llena de desprecio, como si mi sola presencia fuera una mancha en su impecable tienda.

Mi cuerpo se tensó. Sentí cómo mi rostro se ponía rojo de vergüenza y furia. No podía creer lo que había oído. Miré a mi alrededor, buscando alguna señal de apoyo, pero los otros clientes solo me miraban con indiferencia. Algunos incluso parecían incómodos, pero nadie dijo una palabra.

¿Es que eres sordo? —insistió Ricardo, ahora golpeando el mostrador con fuerza. El sonido resonó en la tienda vacía, llenando el espacio de una tensión palpable—. ¡Lárgate antes de que llame a la policía y diga que me estás robando!

Me mordí la lengua con tal fuerza que sentí el sabor metálico de la sangre. Mis manos temblaban, pero no de miedo. Era furia pura. Mis pensamientos se mezclaban en mi cabeza. ¿Cómo podía alguien ser tan cruel? ¿Por qué yo, que solo venía a comprar una camisa, debía soportar esto?

La campanita de la puerta sonó cuando me di la vuelta y salí, dejando la camisa sobre el mostrador. No quería darle el placer de verme perder el control, pero dentro de mí una furia ardiente crecía, un deseo de venganza que no podía ignorar.

Salí de la tienda y caminé hacia mi auto, el alma llena de rabia. Me senté y respiré profundamente diez veces, tratando de calmar mi mente. Fue entonces cuando tomé una decisión que cambiaría todo. Saqué mi teléfono y marqué un número.

Tráeme la carpeta roja. La de las inversiones inmobiliarias. Ahora. —ordené, mi voz firme.

Una hora después, regresé a la tienda. El sol ya había comenzado a ponerse, y la tienda parecía más oscura y siniestra que antes. Desde el escaparate, vi a Ricardo riendo junto a una mujer elegante. Ambos charlaban como si no tuvieran una preocupación en el mundo. Pero en cuanto me vio entrar, su rostro cambió de inmediato. Su sonrisa se transformó en una mueca de furia.

¡Te lo advertí! —bramó, caminando hacia mí con la intención de empujarme—. ¡Ahora sí vas a dormir en la cárcel!

No me moví ni un milímetro. Sabía lo que debía hacer. Levanté la mano y coloqué un sobre grueso de papel manila sobre su pecho. El sonido del papel golpeando su camisa fue tan fuerte que hizo que los dos se detuvieran en seco.

¿Qué es esto? —preguntó con desdén, abriendo el sobre con brusquedad—. ¿Tu currículum para limpiar los baños?

Sacó los papeles, pero al principio solo frunció el ceño, confundido. No entendía lo que tenía en sus manos. Pero luego, sus manos comenzaron a temblar. El color se le fue de la cara con tal rapidez que pensé que iba a desmayarse. Miró los papeles y, de repente, su arrogancia se desvaneció, reemplazada por un miedo palpable. Las escrituras de compraventa de todo el edificio, donde se encontraba su tienda, estaban ahora en mis manos. Y encima de todo, había una orden de desalojo con ejecución inmediata por “incumplimiento de normas de conducta del arrendatario.”

El papel resbaló de sus manos y cayó al suelo, como si fuera una pieza de plomo. Levantó la vista, los ojos llenos de terror. Me acerqué a él, invadiendo su espacio personal, y susurré con una calma mortal:

“Este lugar ya no es tuyo. Te estoy despojando de todo lo que creías que era tuyo. El poder, el control… todo. Se acabó.”

La mujer a su lado observaba con los ojos abiertos de par en par, completamente desconcertada. Ricardo, sin embargo, estaba petrificado. Sus ojos recorrían el documento y su mente no parecía poder procesarlo. No podía comprender cómo había llegado a esta situación.

Pero yo sí lo sabía. Yo había estado esperando este momento. Cada día que entraba a esa tienda, cada vez que me miraba con desprecio, algo en mí se iba acumulando. Y ahora, finalmente, tenía el control.

¡Esto es un error! —gritó, su voz quebrada—. ¡Esto no puede ser posible!

Pero ya era demasiado tarde. La ley estaba de mi lado. Y Ricardo, el hombre que una vez pensó que podía tratar a las personas como si fueran basura, ahora estaba a punto de perderlo todo. Su tienda, su negocio, su fortuna. Todo se desmoronaba ante él.

Me di la vuelta y caminé hacia la puerta, dejando a Ricardo en su miseria. Al salir, la campanita sonó una vez más, pero esta vez era como un eco de su caída. La tienda, que alguna vez fue su reino, ahora estaba vacía.

Fuera, el viento del atardecer soplaba suavemente, como si la justicia misma estuviera celebrando mi victoria. Y aunque no busqué venganza, sentí una satisfacción profunda al saber que la justicia, tarde o temprano, siempre llega para aquellos que se creen por encima de los demás.

Ricardo nunca volvió a ser el mismo. Y yo, por fin, podía mirar al espejo sin sentir el peso de su desprecio en mis hombros.

El silencio, ahora, era mi mejor venganza.

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