February 9, 2026
Desprecio Drama Familia Venganza

Transmití a mi abuela para ganar likes… hasta que el chat gritó: “¡DETRÁS DE TI!”

  • December 20, 2025
  • 21 min read
Transmití a mi abuela para ganar likes… hasta que el chat gritó: “¡DETRÁS DE TI!”

Me llamo Diego Álvarez y, hasta hace una semana, yo estaba convencido de que la vida se medía en números: vistas, seguidores, compartidos. Si algo no explotaba en TikTok, para mí casi no existía. Eso incluía la casa vieja de mi abuela Elvira, sus pasillos largos que olían a alcanfor, sus relojes que sonaban como martillos en la noche… y también incluía a ella, sentada en su mecedora, mirando a la nada como si la nada fuera una película que solo ella entendía.

Mi mamá decía que la abuela “se estaba yendo de a poco”. Que había que tener paciencia. Que el Alzheimer era una nube que le tapaba el sol por momentos. Pero yo, con diecinueve años y el ego inflado por los comentarios, no veía una nube: veía una oportunidad. Y en esa época, yo era capaz de convertir cualquier cosa en contenido, incluso lo más íntimo, incluso lo más sucio.

Todo empezó el viernes por la noche, cuando Sofi —mi mejor amiga y la única que no me tenía miedo cuando me ponía imbécil— vino a la casa con una bolsa de papas fritas y esa risa fácil que siempre me sacaba del mal humor.

—¿Cuántos seguidores te faltan para llegar al millón, influencer? —me preguntó, tirándose en el sillón, sin siquiera saludar a mi abuela con la mirada.

—Treinta y siete mil. Nada —respondí, revisando el celular con ansiedad—. Si hoy hago algo fuerte, lo logro.

—¿Fuerte como qué? —Sofi frunció la nariz—. Diego, no me digas que vas a volver con la “serie” de tu abuela…

Yo me encogí de hombros como si no me importara, pero por dentro ya estaba decidido. Había subido varios clips: mi abuela hablando sola, mi abuela discutiendo con alguien invisible, mi abuela confundiendo mi nombre con el de un tío muerto. La gente se reía. Otros me insultaban. Pero igual lo veían. Igual se quedaban. Y el algoritmo, ese dios hambriento, solo pedía una cosa: más.

Mi mamá salió de la cocina secándose las manos en el delantal.

—Diego, ya te dije. No la grabes. No es un chiste —dijo con ese tono cansado que últimamente era su voz normal.

—Mamá, es humor. La gente ama estas cosas. Además, ella ni se entera —contesté sin mirarla.

—Sí se entera —susurró mi mamá, y esa frase me molestó porque sonaba a verdad.

La abuela Elvira estaba en su mecedora de siempre, la espalda encorvada, el pelo blanco recogido con un broche viejo. Sus labios se movían en murmullos que yo llamaba “sin sentido”. En la televisión, un programa de concursos sonaba bajito, como para hacerle compañía. Ella no lo veía. Miraba hacia el pasillo oscuro que llevaba a los cuartos, ese corredor estrecho que parecía tragarse la luz.

Yo monté el aro de luz frente a ella como si estuviera armando un escenario. Le apunté directo a la cara. La iluminé sin piedad. Sofi me miró como si yo fuera un payaso triste.

—No seas así —me dijo por lo bajo.

—Shh. Esto es oro —murmuré, y apreté “Transmitir en vivo”.

La pantalla se llenó de corazoncitos al instante. Mi nombre arriba, la notificación de que cientos ya se estaban conectando. Me acomodé el pelo, ensayé una sonrisa y me acerqué a la abuela como si fuera un entrevistador.

—Buenas noches, gente —dije, con esa voz exagerada que yo usaba para la cámara—. Hoy les traigo un capítulo nuevo de “Viviendo con mi abuela la medium”.

Los comentarios empezaron a correr: “JAJA”, “LA AMO”, “¿HOY HABLA CON FANTASMAS?”, “SALUDOS DESDE PERÚ”, “PONLE FILTRO DE VIEJITA”.

Me reí con desprecio y, como si estuviera en un show barato, solté:

—¡Miren cómo habla sola la loca!

A Sofi se le borró la risa. Mi mamá abrió la boca para decir algo, pero se contuvo. La abuela no reaccionó. Ni siquiera parpadeó. Sus manos, manchadas por la edad, apretaban los reposabrazos con una fuerza que no combinaba con su fragilidad.

—Abuela, saluda a tus fans… —dije acercándole el celular— y diles que ya te tomaste la pastilla de la locura.

Me carcajeé. Unos pocos comentarios decían “qué falta de respeto”, pero la mayoría reía o pedía más. Yo me alimentaba de eso. Me sentía intocable.

Entonces la abuela habló. Apenas un hilo de voz, tan fino que casi se lo lleva el aire:

—No te rías, mijo… él está ahí. El hombre malo… está ahí.

Yo puse los ojos en blanco.

—Ay, por favor —bufé—. Otra vez con tus fantasmas. A ver, abuela, ¿dónde está el hombre malo? ¿En el techo? ¿Debajo de la mesa?

—En el pasillo —dijo ella, y esta vez su voz no sonó perdida. Sonó exacta.

Mi mamá se quedó quieta, como si la hubieran agarrado por la nuca. Sofi dejó de masticar.

—Elvira… —murmuró mi mamá—. No empieces con eso.

—No es un juego —insistió mi abuela, y sus ojos, enormes en esa cara vieja, no estaban nublados. Estaban clavados en el pasillo, como si allá hubiera un escenario más real que mi aro de luz.

Yo iba a rematar con una broma cuando noté algo raro: el chat cambió. De repente, los emojis de risa desaparecieron y los mensajes empezaron a amontonarse como si alguien hubiera pateado un hormiguero.

“¡DETRÁS DE ELLA!”
“¡CUIDADO!”
“¿QUÉ ES ESO EN LA PUERTA?”
“BRO, HAY ALGUIEN”
“NO ES BROMA”
“VOLTEA YA”

Sentí una punzada de irritación. Pensé que me estaban troleando, que era la típica dinámica: asustar al streamer. Sonreí con soberbia.

—Ay, ya, ya, ustedes siempre con lo mismo —dije al público—. ¿Qué? ¿Quieren que me asuste? Miren, atrás no hay nada.

Pero mi garganta se cerró un poco. Por simple curiosidad —o por esa parte de mí que, aunque mínima, todavía era humana— hice zoom hacia la zona que quedaba detrás de mi abuela. El encuadre alcanzó el armario del pasillo, una puerta vieja que siempre se quedaba medio abierta porque la madera estaba hinchada.

Y ahí se me congeló el mundo.

En la rendija, a media altura, no había ropa ni sombras sin forma. Había dos ojos humanos, abiertos de par en par, brillando con el reflejo blanco del aro de luz. Ojos húmedos. Ojos atentos. Ojos que no parpadeaban.

Por un segundo mi cerebro se negó a traducir lo que veía. Pensé “es un efecto”, pensé “es un reflejo”, pensé cualquier cosa menos la verdad.

Entonces, lentamente, como si el tiempo se burlara de mí, una mano con un guante de látex negro empezó a asomarse por la rendija. No era una mano temblorosa. Era una mano segura. Los dedos se extendieron hacia el aire… hacia el cabello de mi abuela.

La abuela apretó los reposabrazos hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Yo grité. No un grito “de video”, no un grito actuado. Un grito que salió de un lugar que yo no conocía en mí.

El teléfono se me resbaló de los dedos y cayó al piso, pero siguió transmitiendo. Se vio el suelo, se oyeron golpes, pasos, la mecedora chirriando, el alarido de mi mamá.

—¡Diego! ¡DIEGO, LEVÁNTATE! —gritó Sofi.

Yo me arrodillé, agarré el celular con manos torpes y lo levanté apenas a tiempo para ver cómo la puerta del armario se abría un poco más, empujada desde adentro. De esa oscuridad salió una cabeza rapada, una frente sudada, una sonrisa torcida.

Mi mamá se interpuso instintivamente entre el armario y la abuela.

—¿Quién es usted? —gritó—. ¡SALGA DE AHÍ!

El hombre no salió. Se quedó medio escondido, como un animal a punto de atacar. Tenía el guante negro y, en la otra mano, algo metálico que brilló un segundo. No vi bien qué era. No quise ver.

Yo, por primera vez en mi vida, no supe qué decir. El chat seguía explotando, miles de comentarios: “LLAMA A LA POLICÍA”, “CORRE”, “ESTÁ EN TU CASA”, “DIOS MÍO”. Mi transmisión ya no era “contenido”. Era una emergencia pública.

—¡Diego, corta el live! —me gritó mi mamá sin mirarme.

Sofi se abalanzó hacia la puerta principal.

—¡Los vecinos! ¡Voy a gritar! —dijo, y salió corriendo.

Mi abuela, en vez de gritar, susurró como si estuviera rezando:

—Se los dije… se los dije…

Yo retrocedí, tropezando con el aro de luz. El hombre dio un paso fuera del armario y el olor que trajo consigo no fue imaginario: olía a humedad, a sudor rancio, a encierro. Llevaba ropa oscura, arrugada, y en el cuello tenía una cuerda fina como si hubiera dormido con una correa.

—No hagan ruido —dijo con voz áspera—. No quiero problemas.

Mi mamá temblaba, pero su miedo se transformó en rabia.

—¡Se metió en mi casa! ¡Eso ya es un problema! —escupió—. ¿Qué le hizo a mi madre?

La abuela levantó la vista hacia él, y por un segundo vi algo que nunca había visto: odio puro en esos ojos viejos.

—Eres tú —murmuró—. El de la cicatriz.

El hombre parpadeó, incómodo, como si no esperara ser reconocido.

—Cállese, señora —dijo, pero su tono perdió firmeza.

Yo vi su mano moverse, no hacia nosotros, sino hacia el pasillo. Como si buscara una salida. Como si hubiera planeado esto tantas veces que su cuerpo ya lo hacía solo.

Y entonces, desde afuera, se oyó un golpe fuerte en la puerta y la voz de Don Ramiro, el vecino del frente:

—¡MARIELA! ¿ESTÁN BIEN? ¡ABRAN!

Sofi gritaba también, desesperada:

—¡LLAMÉ AL 911! ¡VIENE LA POLICÍA! ¡NO ABRAN EL PASILLO!

El hombre soltó una risa corta, nerviosa, y dio un paso atrás hacia el armario, como si ese rectángulo oscuro fuera su guarida. Mi mamá, sin pensar, agarró el bastón de la abuela que estaba apoyado junto a la mecedora y lo levantó como arma.

—¡No se mueva! —le advirtió.

En ese instante el hombre hizo algo que me rompió por dentro: miró directo a mi celular. Miró la cámara. Vio el aro de luz. Vio que miles lo estaban mirando.

Y sonrió.

Como si, de alguna manera enferma, también disfrutara el espectáculo.

—Así que… ¿en vivo? —dijo—. Mira qué modernitos.

Mi estómago se hundió. Porque entendí algo terrible: si ese tipo había estado escondido días en nuestra casa, también nos había visto. Nos había escuchado. Había estado ahí mientras yo me reía de mi abuela. Mientras mi mamá lloraba en la cocina por cansancio. Mientras Sofi me decía que la estaba cruzando.

El tipo estaba en nuestra intimidad como una sombra con pulso.

La sirena se oyó a lo lejos. Una, luego dos. Don Ramiro empezó a golpear más fuerte la puerta. La abuela soltó un quejido, como si el sonido le trajera un recuerdo viejo.

—En el setenta y dos sonaban igual —murmuró—. Igualito…

—¡Abuela, qué setenta y dos! —le dije, sin poder contenerme, con la voz quebrada—. ¡Abuela, mírame!

Ella me miró por primera vez en toda la noche, como si el guion se hubiera roto.

—Mijo… tú me hiciste quedar como loca —me dijo despacio—. Pero yo no soy loca. Yo vi hombres malos antes. Yo sé cuando uno está en casa.

Esas palabras me atravesaron más que cualquier amenaza.

La puerta principal se sacudió y Don Ramiro, un señor grande con barriga de cerveza y brazos fuertes, logró abrirla con un empujón. Entró con un palo de escoba en la mano, seguido por Doña Caro, la vecina chismosa, con el teléfono en alto grabando.

—¡Madre santa! —chilló Doña Caro al ver al hombre—. ¡Eso es un ratero!

—¡Mariela, atrás! —gritó Don Ramiro.

El intruso, al verse rodeado, reaccionó como un resorte. Se metió de golpe en el armario y la puerta se cerró de un portazo, pero no como quien se encierra: como quien se desliza hacia algo más profundo.

—¡No! —gritó mi mamá—. ¡Diego, no lo dejes!

Yo corrí hacia el armario, empujé la puerta… y no era un armario.

Detrás de la madera había un hueco, una especie de pasadizo estrecho cubierto con mantas y cartones. El aire era helado. Olía a moho y a comida vieja. En el piso había botellas de agua, latas, paquetes de galletas. Una bolsa con ropa. Una linterna. Un cuaderno lleno de garabatos. Y, pegado a la pared, un mapa de la casa dibujado a mano, con flechas, horarios, anotaciones: “Diego sale 10:20”, “Mariela ducha 22:00”, “Vieja despierta 03:00”.

Me quedé sin respiración. No era un vagabundo improvisando. Era alguien que nos había estudiado.

El pasadizo llevaba hacia el techo. Había una escalera pequeña clavada en la pared, como las de los áticos. El tipo se movía arriba, escuché su respiración, su roce contra la madera.

Don Ramiro me agarró del brazo.

—¡No subas, muchacho! ¡Estás loco! —me gritó.

Yo estaba temblando, pero era un temblor distinto, mezclado con rabia y culpa. Porque mientras yo buscaba likes, alguien llevaba días viviendo sobre nuestras cabezas.

La policía llegó al fin. Dos agentes armados entraron rápido, con linternas, con chalecos. Uno de ellos, el inspector Salas, se presentó con una calma demasiado ensayada.

—¿Quién llamó? ¿Dónde está el sujeto? —preguntó.

Mi mamá señaló el pasadizo, incapaz de hablar. Yo tenía el celular todavía en la mano. Y en la pantalla, mi transmisión seguía. Miles de personas mirando. Algunas llorando en comentarios. Otras enviando “fuerza”. Doña Caro, por supuesto, seguía grabando su propio video.

—Corte eso —me ordenó un agente, señalando mi celular.

Yo lo apagué. Y el silencio que quedó fue peor que el ruido. De golpe no había corazoncitos, no había emojis. Solo nuestra respiración y el crujido arriba.

Los agentes avanzaron por el pasadizo con cuidado. Uno subió la escalera al ático, el otro cubría desde abajo. Se oyeron golpes, un forcejeo, una maldición. Mi mamá se tapó la boca para no gritar. La abuela empezó a llorar bajito.

—Tranquila, doña —le dijo Salas a la abuela con una voz sorprendentemente suave—. Ya pasó.

—No ha pasado —susurró ella—. Él vuelve. Siempre vuelven.

Y esa frase me heló porque sonó como profecía.

Un minuto después, los agentes bajaron arrastrando al hombre. Ahora lo vi bien: flaco, ojeroso, con una cicatriz fina en la ceja izquierda. Miraba al piso, pero de vez en cuando levantaba la vista hacia mí, como si me culpara de su derrota, como si yo fuera quien le apagó la cueva.

—Nombre —le exigió Salas.

El tipo sonrió con la boca partida.

—Nombres tengo varios —dijo—. Pero ella… —giró la cabeza hacia mi abuela— ella me conoce.

La abuela se estremeció como si la hubieran tocado con hielo.

—Tú estabas en el patio —dijo ella, con voz temblorosa—. Cuando mi esposo… cuando Ernesto…

Mi mamá abrió los ojos.

—¿Qué patio? ¿De qué habla, mamá?

La abuela siguió mirando al hombre, sin pestañear.

—El patio de atrás, cuando yo era joven —dijo, como si las piezas se acomodaran—. Tú te escondías entre las plantas. Me mirabas cuando yo colgaba la ropa. Y un día… un día entraste.

El inspector Salas frunció el ceño.

—¿Lo ha visto antes, señora?

—No quiero hablar —dijo el hombre de inmediato, pero su voz ya no tenía chiste.

Sofi se acercó a mí y me apretó la mano tan fuerte que me dolió.

—Diego… esto no es de ahora —susurró—. Tu abuela… no se lo inventó.

Esa noche nos llevaron a declarar. La casa quedó con cintas amarillas, como en las películas que yo veía para copiar estilos. Solo que esta vez era mi puerta, mi pasillo, mi vida.

En la comisaría, mientras el ruido de teclados y radios llenaba el aire, mi mamá habló con Salas. Yo estaba sentado en una silla de plástico, con el celular apagado por primera vez en años, sintiendo que me habían arrancado algo del pecho.

—Ese hombre se llama Julián Rivas —nos dijo Salas al volver—. Tiene antecedentes por allanamiento y agresión. Se fugó hace tres semanas de un refugio donde lo tenían en observación. Lo estaban buscando.

Mi mamá se desmoronó en la silla.

—¿Y cómo entró? ¿Cómo… cómo vivió ahí arriba?

—Estas casas viejas tienen acceso al ático, ductos, espacios muertos —explicó Salas—. A veces se da lo que llaman “phrogging”: gente que se mete a vivir escondida en casas ajenas.

Sofi tragó saliva.

—¿Y por qué aquí?

Salas miró a mi abuela, que estaba envuelta en una manta, con los ojos fijos en el suelo.

—Por lo que me dijo la señora… podría ser que él ya hubiera rondado antes. Quizá desde hace décadas. ¿Su abuela vivió aquí siempre?

Mi mamá asintió, pálida.

—Con mi papá… hasta que él murió.

—¿Cómo murió mi abuelo? —pregunté de golpe. Fue una pregunta que nunca hacía. No por respeto. Por desinterés.

Mi mamá me miró como si no me reconociera.

—Un accidente —dijo, pero su voz vaciló apenas.

La abuela levantó la cabeza y, por un instante, su mirada fue la de una mujer joven atrapada en un recuerdo.

—No fue accidente —dijo, y cada palabra cayó como piedra—. Fue un empujón. Yo lo vi. Nadie me creyó.

Sentí que se me cortaba el aire.

—¿Qué estás diciendo? —Mi mamá se llevó las manos a la cara—. Mamá, no…

—Yo no estaba loca —repitió mi abuela, y esta vez me miró a mí—. Pero me llamaron loca. Me medicaron. Me encerraron en mi mecedora. Y él… él siguió ahí, rondando, esperando que yo dejara de hablar.

Se me revolvió el estómago porque entendí otra cosa: yo no solo me había reído de su enfermedad. Me había reído de su advertencia, de su verdad. Había sido un cómplice ignorante del silencio.

Salas nos explicó que, según los registros, la muerte de mi abuelo se había cerrado sin investigación a fondo. Era otra época. “Caída accidental”, dijeron. Pero ahora, con lo que la abuela recordaba y con la presencia de Julián en el ático, el caso podía reabrirse.

—Esto va a ser duro —nos advirtió—. Pero su abuela… podría haber estado diciendo la verdad todo este tiempo.

Mi mamá empezó a llorar, un llanto que no era solo de miedo, sino de culpa, de años.

—Yo… yo pensé que eran delirios —dijo—. Perdón, mamá. Perdón.

La abuela no respondió. Solo extendió su mano vieja y mi mamá la tomó.

Yo me quedé mirando esa escena y me sentí pequeño, ridículo, sucio. Recordé mi voz burlona: “la pastilla de la locura”. Quise volver atrás y arrancarme la lengua.

Al día siguiente, mi transmisión se había hecho viral. Pero no como yo soñaba. No por “humor”. Las cuentas de noticias la subieron, los canales de televisión hablaron del “influencer que descubrió a un intruso en su casa”. Doña Caro vendió su video a una página local. Los comentarios se dividieron: unos me llamaban héroe, otros me llamaban monstruo.

Sofi me mandó un mensaje: “No leas nada. Ven.”

Fui a su casa como un zombi. Ella me abrió y me abrazó sin decir palabra. Por primera vez en mucho tiempo, no me importó el celular.

—Tu abuela te salvó —me dijo al fin—. Y tú… tienes que arreglar lo que rompiste.

Volvimos a casa unos días después, cuando la policía terminó de revisar el ático. Encontraron más cosas: comida robada, llaves copiadas, incluso una caja con objetos nuestros: una foto mía de niño, un anillo de mi mamá, una carta vieja de mi abuelo. Como si el tipo hubiera coleccionado pedazos de nuestra vida.

La casa ya no se sentía segura. Cada crujido me disparaba el corazón. Mi mamá cerraba puertas con doble llave. Don Ramiro nos instaló una luz con sensor en el pasillo. Sofi insistió en poner cámaras. Yo no discutí. No tenía derecho.

Una tarde, me senté frente a mi abuela. Sin aro de luz. Sin transmisión. Solo yo y ella, con la ventana dejando entrar un sol pálido.

—Abuela… —dije, y me costó—. Perdón.

Ella me miró largo, como si evaluara si yo era el niño que conocía o el extraño que la usó.

—Me dolió —dijo al fin, simple.

—Lo sé —tragué saliva—. Yo… me volví idiota. Quería que me miraran. Y pensé que… que tú no sentías.

La abuela soltó una risa bajita, pero no era alegre.

—Siempre siento, mijo. Aunque me olvide de tu nombre, siento cuando me lastimas.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. Yo, que me creía duro, que me creía famoso.

—¿De verdad lo viste cuando pasó lo de mi abuelo? —pregunté.

Su mirada se perdió en el pasillo, como siempre, pero esta vez no parecía vacío. Parecía lleno de sombras viejas.

—Lo vi —dijo—. Y me callaron. Porque es más fácil decir “está loca” que escuchar lo que duele.

Guardamos silencio. Afuera, un perro ladró. Adentro, la casa respiró.

Esa noche hice algo que nunca pensé hacer: grabé un video, pero no para reírme. Me senté frente a la cámara y conté la verdad. No toda —la historia de mi abuelo todavía era una herida abierta—, pero sí lo suficiente: que había usado a mi abuela, que la había humillado, que ella nos había advertido. Que yo me equivoqué.

Los seguidores subieron, sí. Pero por primera vez no lo sentí como victoria. Lo sentí como deuda.

Sin embargo, la vida no te deja cerrar los capítulos tan fácil.

Una semana después, cuando la casa empezaba a sentirse “normal” otra vez, me despertó un sonido suave: un golpecito en la pared, como uñas. Me quedé quieto en la cama, con el corazón en la garganta, escuchando. Otro golpecito. Luego, un roce.

Me levanté despacio y salí al pasillo. La luz con sensor se encendió de inmediato, blanca, cruel. El corredor estaba vacío. El armario —el falso armario— estaba clausurado con tablas y tornillos.

Aun así, el aire olía distinto. Como aquella noche: humedad, encierro.

Fui hasta la mecedora. Mi abuela estaba despierta, sentada, mirando el pasillo como si lo esperara.

—¿Lo oíste? —le susurré.

Ella no apartó la vista.

—No se van —dijo—. Los hombres malos… siempre encuentran un hueco.

—Pero lo arrestaron, abuela. Está preso.

La abuela parpadeó lento. Luego me miró.

—¿Y si no era el único?

Sentí que el mundo se inclinaba un poco.

Corrí al cuarto, tomé mi celular, abrí las cámaras que Sofi había instalado. Revisé la del pasillo. La imagen estaba estable, sin movimiento. Revisé la del ático… y ahí vi algo que me hizo arder la piel: la cámara del ático estaba desconectada. La pantalla mostraba “sin señal”. Como si alguien la hubiera apagado desde adentro.

En ese instante vibró mi celular con un mensaje de un número desconocido. Solo dos palabras:

“Te veo.”

Me quedé helado, el teléfono temblando en mi mano. Volví la cabeza hacia el pasillo sin querer. La luz parpadeó una vez, como si alguien jugara con el interruptor de la casa.

Mi abuela, en su mecedora, apretó los reposabrazos con los nudillos blancos, igual que aquella noche. Y sin elevar la voz, dijo:

—Ahora sí… ya me vas a creer, mijo.

Yo tragué saliva. No había aro de luz. No había chat. No había nadie más mirando. Solo nosotros, la casa vieja, y el pasillo oscuro que parecía tragarse la luz como una boca abierta. Y por primera vez en mi vida, entendí que el verdadero horror no era que me vieran millones, sino que, en el silencio, alguien —algo— pudiera estar viéndonos a nosotros.

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