February 9, 2026
Desprecio Venganza

Pensó que era intocable: en una sola noche perdió su casa, su poder y su máscara

  • December 20, 2025
  • 22 min read
Pensó que era intocable: en una sola noche perdió su casa, su poder y su máscara

La noche en que empezó todo, el barrio parecía un animal herido: las farolas parpadeaban como ojos cansados, la nieve se arremolinaba en remolinos violentos y el viento golpeaba las persianas con una insistencia casi humana, como si alguien llamara desde afuera y nadie quisiera abrir. Yo estaba pegado al cristal de mi ventana, con una taza de café ya frío entre las manos, mirando cómo la tormenta borraba las esquinas y convertía la calle en un pasillo blanco sin salida. A esa hora, con el termómetro marcando diez grados bajo cero, la ciudad era un lugar donde hasta las palabras salían con miedo.

Abajo, frente al edificio del número 17, vi la escena que me dejó el estómago en un nudo. Don Anselmo, el viejo de noventa años que siempre saludaba con una sonrisa tímida y llevaba el sombrero ligeramente inclinado como si aún estuviera en un desfile, estaba de pie en el umbral. O, más bien, intentaba estarlo. Su espalda parecía doblarse bajo un peso invisible, y sus manos temblaban tanto que la fotografía de una mujer —su esposa, Teresa, la de ojos claros y gesto sereno— se le resbaló de los dedos. Cayó al suelo y quedó medio enterrada en la nieve, como si el invierno también quisiera borrarle los recuerdos.

El casero, el señor Rivas, lo empujaba con el cuerpo, no con fuerza bruta, sino con esa autoridad fría que da el sentirse intocable. Era un hombre ancho, con un abrigo caro y una bufanda impecable, de esos que no se despeinan ni en una tormenta. Tenía la mirada pequeña y calculadora, como quien mide el mundo en billetes y plazos.

—Solo un día más… por favor —suplicó Don Anselmo, y su voz fue un hilo que se rompía—. Hasta que pase el frío. No tengo adónde ir esta noche.

El señor Rivas ni siquiera pestañeó.

—El contrato terminó ayer. Ayer. No hoy. Fuera —escupió, y la palabra “fuera” sonó como una puerta cerrándose en la cara.

Detrás, en la escalera, asomó la señora Carmela, la vecina del tercero que siempre sabía todo antes de que pasara. Se tapó la boca con una mano, pero no bajó. Nadie bajaba. Nadie quería ser el siguiente. Y en ese barrio, cuando alguien tenía “peso”, el silencio era la moneda más común.

—Rivas, por Dios… —murmuró una voz desde otra ventana. Era Lucía, la enfermera que vivía frente a mí, con el pelo recogido y una bata encima del pijama. Lo dijo como si le hablara a una pared.

El casero abrió la puerta del piso como si fuera un almacén y empezó a lanzar cosas a la acera: primero un viejo sillón, luego una lámpara, una caja con libros, una manta doblada con cuidado. Todo caía en la nieve y se empapaba, como si el mundo estuviera castigando a Don Anselmo por haber envejecido. El sillón golpeó el suelo con un ruido sordo y quedó de lado, indefenso, igual que él.

—No, no… ese sillón… —Don Anselmo dio un paso torpe hacia adelante, pero el viento lo empujó y casi lo derribó. Se agarró a su maleta como si fuera un salvavidas.

—¿Qué vas a hacer? ¿Llorar? —se burló Rivas, con una sonrisa corta—. Haz lo que quieras, pero lejos de mi puerta.

Vi al joven Javier, el chico que trabajaba de repartidor y que a veces ayudaba a Don Anselmo a subir las bolsas. Estaba en la esquina, con el móvil en la mano, la cara roja por el frío y por la rabia. Parecía a punto de intervenir, pero su mirada se cruzó con la de Rivas y se quedó clavado. Todos sabíamos por qué: el señor Rivas no era solo un casero. Tenía amigos en la administración, favores antiguos, historias turbias. En el barrio se decía —en voz baja— que quien se metía con él terminaba con inspecciones, multas o, peor, con “accidentes” de los que nadie hablaba después.

Don Anselmo se sentó sobre la maleta, quieto, como si de pronto hubiera aceptado que aquella noche el frío iba a apagarle la vida ahí mismo. La nieve ya se le pegaba a las cejas, y su respiración era visible, un pequeño fantasma que salía de su boca y desaparecía. Intentó recuperar la foto de Teresa, pero sus dedos no respondían.

—Teresa… —susurró, y eso fue lo que más me dolió: que no estaba pidiendo dinero, ni compasión grandilocuente. Solo estaba llamando a alguien que ya no podía contestar.

El señor Rivas soltó una risa breve y se giró para cerrar la puerta cálida de su edificio, satisfecho, como si acabara de ganar una partida.

Entonces el suelo vibró.

Al principio, pensé que era un trueno. Pero en pleno invierno, con esa tormenta, el sonido venía de otra parte. Un rugido profundo, brutal, que se tragaba el viento y lo hacía parecer un susurro. La vibración subió por la acera, por las paredes, por mis costillas. En varias ventanas se encendieron luces de golpe, como si el barrio hubiera despertado al mismo tiempo.

La señora Carmela se santiguó.

—Santa Virgen… ¿qué es eso?

Primero se distinguieron dos luces entre la neblina blanca. Luego diez. Luego veinte. Faros amarillos cortando la tormenta como cuchillas. Y entonces aparecieron: una caravana interminable de motociclistas avanzando despacio, en formación, con chaquetas de cuero oscurecidas por la nieve, cascos brillando como sombras. No iban como una pandilla borracha ni como gente buscando pelea: iban como si obedecieran una orden. Como si estuvieran escoltando algo sagrado.

Detrás de ellos, tres camiones militares blindados cerraron la calle por completo. El estruendo de los motores era ensordecedor, y el aire olía a gasolina, metal y hielo. Las ruedas aplastaban la nieve dejando un surco negro.

El señor Rivas se quedó pálido, con la mano clavada en el picaporte. Por primera vez, su cara de dueño del mundo se agrietó.

Yo bajé corriendo las escaleras del edificio, sin pensar. Mis zapatillas resbalaron en los escalones, y cuando abrí la puerta, el frío me mordió la cara como una bofetada. Lucía bajaba también, con una bufanda puesta a medias.

—¿Has llamado a alguien? —me gritó por encima del rugido.

—¡No! ¿Y tú?

—¡Tampoco!

Javier ya estaba allí, a unos metros, grabando con el móvil, los dedos entumecidos.

—Esto… esto no es normal —dijo, sin apartar la vista—. ¿Camiones militares?

Los motociclistas se detuvieron. El silencio que siguió fue tan pesado que se escuchaba la nieve caer. Entonces, el líder bajó de su moto.

Era un gigante. No solo por su altura, sino por la manera en que ocupaba el espacio, como si la calle le perteneciera por derecho. Tenía cicatrices marcadas en el rostro, una que le cruzaba la ceja y otra en la mandíbula. La barba corta estaba cubierta de pequeños cristales de hielo. Sus ojos, sin embargo, eran lo más inquietante: no parecían los ojos de un matón, sino los de alguien que ha visto demasiadas cosas y ya no se impresiona por nada.

No miró a Don Anselmo. Ni una vez. Caminó directo hacia el señor Rivas, que retrocedió un paso, como un animal acorralado.

—¿Qué… qué significa esto? —balbuceó el casero, recuperando un poco la voz—. Esta es propiedad privada. Yo… yo puedo llamar a la policía.

El gigante se detuvo a menos de un metro de él. No levantó la voz. No hizo gestos teatrales. Solo habló con una calma peligrosa.

—Ya está aquí.

Detrás de los camiones, vi luces azules reflejarse en la nieve. Una patrulla se había detenido en la esquina, y de ella bajó un oficial con gorro y capucha. No era un agente cualquiera: lo reconocí por haberlo visto en noticias locales. Era el comisario Salgado, el que siempre aparecía cuando había algo serio.

Y con él venía una mujer joven, delgada, con un abrigo largo y un gorro de lana. El viento le golpeaba la cara, pero su mirada era firme. Cuando la vi acercarse, Don Anselmo levantó lentamente la cabeza, como si alguien hubiera pronunciado su nombre en un sueño.

—¿Sofía? —dijo, y su voz se quebró de golpe.

La mujer apretó los labios, conteniendo algo enorme.

—Abuelo —respondió, y corrió hacia él.

Sofía se arrodilló en la nieve sin importarle mojarse, le tomó las manos heladas y se las acercó a su propio pecho, como si quisiera devolverle la temperatura con el corazón.

—¿Qué te han hecho? —susurró, y en su voz había una mezcla de furia y culpa—. ¿Por qué no me llamaste?

Don Anselmo intentó sonreír, esa sonrisa orgullosa de los que no quieren ser una carga.

—No quería molestarte… estabas trabajando… —murmuró—. Además… pensé que… que aguantaría.

Lucía, conmovida, se acercó con una manta que alguien le había pasado.

—Se va a congelar —dijo—. Hay que meterlo en calor ya.

—No va a pasar ni un minuto más aquí —sentenció Sofía. Se levantó y miró al señor Rivas como si fuera una mancha que hubiera que limpiar—. No va a pasar ni un minuto más.

Rivas intentó reír, pero la risa le salió hueca.

—Ah, la nieta… Ya veo. ¿Vienes a montar un espectáculo? Tu abuelo firmó. El contrato terminó. Yo tengo la ley de mi lado.

El comisario Salgado dio un paso al frente.

—De hecho, la ley está conmigo esta noche, señor Rivas.

Salgado sacó una carpeta plastificada y la abrió con cuidado, protegiendo los papeles del viento.

—Orden judicial de suspensión de desalojo por vulnerabilidad extrema, firmada esta misma tarde —leyó en voz alta—. Y aquí, una orden de registro por presuntas irregularidades en sus contratos y por denuncia de extorsión y falsificación de firmas.

El casero palideció aún más.

—¡Eso es ridículo! ¡Es una mentira! ¡Yo…!

Sofía lo interrumpió con una sonrisa que no tenía nada de amable.

—¿Sabes qué es ridículo? —dijo, y su voz atravesó el aire como una navaja—. Ridículo es echar a un hombre de noventa años a la calle a diez bajo cero. Ridículo es creer que nadie va a hacer nada porque “tienes peso”. Ridículo es pensar que el barrio te tiene miedo para siempre.

El gigante de las cicatrices se giró por fin hacia Don Anselmo, y entonces entendí por qué había llegado esa caravana. Se quitó el casco. En la sien, bajo el pelo corto, se veía una marca antigua, como de metralla curada a medias.

—Don Anselmo —dijo, y su voz cambió por completo: ya no era amenaza, era respeto—. ¿Se acuerda de mí?

El viejo parpadeó, confundido, y luego sus ojos se abrieron lentamente, como si estuviera abriendo un cajón en la memoria.

—Tú… —susurró—. Tú eras… el chico… el que…

El gigante asintió.

—El que usted sacó de debajo del vehículo cuando todo ardía. El que usted cargó en sus hombros aunque tenía el brazo roto. El que usted no dejó atrás.

Sofía tragó saliva. Lucía se llevó la mano a la boca. Javier dejó de grabar por un segundo, como si necesitara mirar con sus propios ojos para creerlo.

—Mi nombre es Mateo Ferrer —continuó el hombre—. En otro tiempo me llamaban “cabo Ferrer”. En la calle me llaman “El Lobo”, pero hoy no importa cómo me llamen. Importa lo que usted hizo. Usted me salvó la vida hace cuarenta años. Y yo le juré a mi madre que si alguna vez lo necesitaba… yo iba a aparecer.

Don Anselmo bajó la mirada, avergonzado por tanta atención.

—Yo solo hice lo que debía… —murmuró.

—No —dijo Mateo, firme—. Hizo más de lo que muchos hacen en toda una vida.

El señor Rivas intentó recuperar el control del momento.

—¡Qué drama! ¡Qué película! —escupió—. ¿Y qué? ¿Van a asustarme con motos? ¿Van a romper mi casa? Eso sería un delito. Yo tengo cámaras. Yo tengo contactos.

Mateo dio un paso hacia él, pero no para golpearlo. Solo para obligarlo a escuchar.

—Nadie va a romper nada —dijo—. No somos animales. Y, para su mala suerte, sus cámaras van a ayudar mucho esta noche.

Salgado hizo un gesto, y dos agentes se acercaron a la puerta del edificio con linternas y guantes. Otro grupo se dirigió a los camiones. Las compuertas traseras se abrieron, y entendí la frase que después repetiría todo el barrio durante semanas: no sacaron armas.

Sacaron cajas.

Cajas con sellos oficiales. Carpetas. Equipos de inspección. Dos personas con chalecos reflectantes del ayuntamiento. Un electricista municipal. Una mujer con una tableta en la mano que yo reconocí: era Irene Valls, la abogada de la asociación de vecinos, la que llevaba años luchando contra los abusos del alquiler, pero que siempre terminaba chocando contra un muro.

—Esta noche no chocamos —dijo Irene, y su voz temblaba de emoción—. Esta noche el muro se cae.

El señor Rivas abrió la boca, pero no le salió nada. Miró alrededor y vio algo que nunca había visto: rostros. No ventanas cerradas, no cortinas. Rostros de gente que bajaba, uno a uno, atraídos por el ruido, por la injusticia, por la posibilidad de que, por una vez, no ganara el mismo de siempre.

La señora Carmela bajó al fin, envuelta en una bata y con el pelo hecho un nido.

—¡Ay, Don Anselmo! —exclamó, y se acercó con una bolsa—. Traje té caliente… yo… yo no sabía qué hacer…

—Sabías —murmuró alguien detrás, un hombre del primero—. Todos sabíamos.

Carmela se ofendió.

—¡No es tan fácil! Ese hombre…

—Ese hombre ya no da miedo —dijo Sofía, sin mirar a nadie—. Y si vuelve a darlo, me llamáis a mí. ¿Entendido?

Rivas, acorralado, señaló a Sofía con un dedo tembloroso.

—Tú eres periodista, ¿no? La nieta famosa… Ah, claro, esto es un circo para tus redes. ¿Cuánto te pagaron esos motociclistas? ¿Cuánto te pagó el comisario?

Sofía rió, pero no con alegría. Con incredulidad.

—¿De verdad crees que todo el mundo se mueve por dinero porque tú solo entiendes el dinero? —se acercó a él, lo bastante como para que él sintiera su aliento—. Escucha bien, Rivas. No te imaginas lo que he descubierto mientras tú te creías rey. El “peso” que tenías en el barrio era, en realidad, un saco de barro que te va a hundir.

Le hizo un gesto a Irene, y la abogada levantó la tableta.

—Señor Rivas, queda notificado —dijo Irene, leyendo—: inspección inmediata por obras ilegales en la estructura, conexión fraudulenta a la red eléctrica y calefacción, y presunto uso del inmueble como garantía en operaciones no declaradas.

—¡Eso es mentira! —gritó Rivas, y por primera vez su voz se quebró—. ¡Eso es una caza de brujas!

Mateo se apartó ligeramente, dejando que la maquinaria legal hiciera su trabajo, pero su presencia era como una sombra enorme detrás de cada palabra. Los agentes entraron, acompañados por los técnicos, y el comisario Salgado ordenó que se acordonara el área.

—Durante los próximos minutos, nadie entra ni sale sin autorización —dijo con voz firme—. Y usted, señor Rivas, se queda aquí.

—¡En mi propia casa! —Rivas se llevó las manos a la cabeza—. ¡Esto es una humillación!

—La humillación fue lo que le hizo a él —respondió Lucía señalando a Don Anselmo—. Esto… esto es justicia.

Mientras tanto, Mateo hizo una seña discreta a dos motociclistas, un hombre moreno con el parche de un lobo bordado en el pecho y una mujer alta de pelo corto. Se acercaron a Don Anselmo con cuidado, como si se acercaran a alguien frágil pero valioso.

—Soy Nadia —dijo la mujer, y su voz era sorprendentemente suave—. Vamos a llevarlo a un lugar caliente. ¿Sí? Tenemos una ambulancia en la esquina.

—No hace falta… —protestó Don Anselmo por inercia.

—Hace falta —dijo Sofía, y le apretó la mano—. Y no discutas conmigo, abuelo. Hoy no.

Javier, el repartidor, dio un paso hacia delante, por fin liberado del miedo.

—Yo puedo ayudar a cargar las cosas —dijo—. Lo del sillón… yo lo llevo.

El moreno, que se llamaba Raúl, sonrió.

—Tranquilo, chaval. Trajimos mantas térmicas y un camión de apoyo. No vamos a dejar ni un libro en la nieve.

Y entonces empezó lo que el barrio llamaría, con un tono entre asombro y revancha, “los veinte minutos”.

No fueron veinte minutos de golpes ni de sangre. Fueron veinte minutos de un desmontaje perfecto del poder de Rivas, pieza por pieza. Los técnicos bajaron al sótano y salieron con fotos de cables pinchados, conexiones improvisadas, tuberías manipuladas. El electricista municipal negó con la cabeza.

—Si esto prendía, ardía todo el bloque —dijo—. Todo. Y este hombre alquilando como si nada.

Una inspectora del ayuntamiento encontró, detrás de un falso panel, un archivador con contratos duplicados, firmas que no coincidían, recibos sin declarar.

—Esto… esto es falsificación —murmuró, mirando al comisario.

Salgado no se sorprendió. Solo asintió como quien confirma algo que ya sabía.

—Y esto es solo el principio.

La señora Carmela, que no podía evitar ser Carmela, susurró a mi lado:

—¿Tú sabías todo esto?

—Sabía que era un abusador —dije—. No sabía que era un incendio con piernas.

En la puerta, Rivas pasó de la arrogancia a la suplica sin transición, como si el frío le hubiera entrado de golpe por dentro.

—Mateo… —dijo, intentándolo, como si usar el nombre del gigante le diera alguna ventaja—. Podemos hablar. Podemos arreglar esto. Yo… yo puedo devolverle el piso al viejo. Solo fue… fue un malentendido.

Mateo lo miró por fin de verdad. Y cuando lo hizo, Rivas se encogió.

—¿Un malentendido? —repitió Mateo, sin levantar la voz—. Usted lo tiró a la calle. Con este frío. Y se rió. No fue un malentendido. Fue su naturaleza.

Sofía se acercó con el móvil en la mano, pero no para grabar un vídeo cualquiera. En la pantalla se veía una llamada en curso.

—¿Ves esto? —le dijo a Rivas—. Es la redacción. Y sí, esto va a salir. Pero no por espectáculo. Va a salir porque tú llevas años haciendo esto y nadie lo contó con pruebas. Yo me fui del barrio y pensé que el mundo era enorme, que la injusticia estaba lejos… y resulta que estaba en tu puerta.

Rivas miró alrededor, desesperado, buscando una salida, un aliado, un vecino que lo defendiera. No encontró más que miradas frías. El miedo, como había dicho Sofía, cambiaba de dueño.

—¡Vosotros me necesitáis! —gritó de pronto—. ¿Quién os alquilará? ¿Quién…?

—La ciudad tiene programas —dijo Irene, firme—. Y ahora, gracias a tu “gestión”, van a activarlos. Se acabó tu monopolio de miseria.

Dos agentes se colocaron a cada lado de Rivas.

—Señor Rivas —dijo Salgado—, queda detenido por presunta falsificación documental, fraude y riesgo contra la seguridad del edificio. Tiene derecho a guardar silencio…

—¡No! ¡No, por favor! —Rivas se revolvió, no con dignidad, sino con pánico—. ¡Yo tengo… yo tengo hijos! ¡Yo tengo familia!

Don Anselmo, que había permanecido callado, levantó la vista. Su cara estaba pálida, pero había en sus ojos algo que no era debilidad. Era cansancio antiguo.

—Yo también tuve familia —dijo, y su voz no tembló esta vez—. Y tuve que aprender que el mundo no te perdona por tenerla si no sabes ser humano.

Rivas se quedó helado. Era como si esas palabras, dichas sin gritos, le pegaran más fuerte que cualquier golpe.

Nadia y Raúl ayudaron a Don Anselmo a ponerse de pie. Sofía recogió la foto de Teresa de la nieve y la limpió con cuidado, soplando los cristales de hielo como si fueran polvo.

—Mira, abuela Teresa —susurró Sofía mirando la foto—. No lo dejamos solo.

Cuando lo llevaron hacia la ambulancia, el barrio, por primera vez, se movió como un solo cuerpo: manos ofreciendo bufandas, termos de té, guantes. Incluso la señora Carmela se quitó su propio chal y se lo puso sobre los hombros de Don Anselmo.

—Perdóname —le dijo, con los ojos brillantes—. Perdóname por mirar desde arriba.

Don Anselmo le apretó la mano, y ese gesto fue tan enorme que me dio vergüenza de todas las veces que yo también miré desde un cristal.

—Ya está —murmuró él—. Lo importante es que hoy bajaste.

Mientras tanto, los motociclistas no celebraban ni gritaban. Algunos se quedaron ayudando a recoger las pertenencias de Don Anselmo, metiéndolas en cajas, secándolas como podían, cuidando los libros como si fueran reliquias. Otros formaron un cordón silencioso en la calle, no para intimidar al barrio, sino para protegerlo, como si hubieran venido a recordar que la fuerza también puede ser un escudo.

En el interior del edificio, los técnicos colocaron precintos en ciertas puertas. Alguien comentó que iban a clausurar temporalmente parte del inmueble hasta asegurar que no hubiera riesgo. Rivas, con las muñecas esposadas, fue llevado hacia el coche patrulla. Y en ese momento, cuando pasó por delante de las ventanas que siempre lo habían observado con miedo, ocurrió algo que nadie planificó: una mujer del segundo, Marta la de la tienda, empezó a aplaudir. Un aplauso tembloroso al principio, tímido, como quien no sabe si está permitido. Luego otro vecino se sumó. Luego otro. Y de pronto, la calle entera, bajo la tormenta, aplaudía.

Rivas bajó la cabeza. No era arrepentimiento. Era derrota. Y la derrota le quedaba extraña, como un abrigo que nunca se había probado.

Mateo se acercó a mí mientras yo seguía allí, con los dedos rojos y el corazón acelerado. Me miró como si supiera exactamente lo que estaba pensando: “¿por qué tuvo que venir gente de fuera para hacer lo que nosotros no hicimos?”

—No se castigue —me dijo, como si me leyera—. El miedo es una jaula que uno aprende a decorar para no verla. Lo importante es salir cuando la puerta se abre.

—¿Y usted…? —balbuceé—. ¿Por qué tantos…? ¿Los camiones…?

Mateo miró hacia la ambulancia, donde Sofía subía junto a Don Anselmo.

—Él no era solo un inquilino —dijo—. Fue uno de los hombres que nos enseñó a no abandonar a nadie. Es veterano, sí, pero sobre todo es decente. Y la decencia, cuando alguien intenta matarla de frío, merece escolta.

La tormenta siguió cayendo, pero ya no parecía la misma. Había algo diferente en el aire, como si el barrio, por fin, respirara sin apretar los dientes.

Antes de irse, Sofía bajó un momento de la ambulancia y se acercó a los vecinos. Tenía la cara mojada por la nieve y por algo más.

—Escuchadme —dijo, alzando la voz—. Hoy fue mi abuelo. Mañana puede ser cualquiera. Si alguna vez volvéis a ver una injusticia así… bajad. Llamad. Gritad si hace falta. No dejéis que el silencio haga el trabajo sucio de otros.

La señora Carmela, que siempre necesitaba cerrar con un comentario dramático, murmuró:

—Esta chica… tiene fuego.

—No —dijo Lucía, y su voz sonó como una verdad tranquila—. Tiene amor. Y el amor a veces quema más que el fuego.

La ambulancia se alejó lentamente, escoltada por dos motos, como si Don Anselmo fuera un rey antiguo al que por fin le devolvían el trono que nunca pidió. Los camiones militares empezaron a retirarse después, uno a uno, dejando la calle abierta otra vez, pero ya no era la misma calle. Donde antes había miedo pegado a las paredes, ahora había algo parecido a un rumor de valentía.

Subí de nuevo a mi piso con las manos temblorosas, no solo por el frío. Me asomé a la ventana y vi cómo la nieve cubría las huellas de la noche, como si el mundo quisiera borrar las pruebas. Pero en el barrio, por primera vez en mucho tiempo, había algo que la nieve no podía enterrar: la certeza de que el poder no es eterno, de que el silencio se puede romper, y de que el karma —si existe— a veces no llega como un rayo, sino como una caravana de luces atravesando la tormenta para recordarte que hay injusticias que ya no se toleran.

A la mañana siguiente, cuando el cielo empezó a aclarar, el edificio del señor Rivas tenía precintos, y en la puerta habían pegado un papel con letras grandes: “INMUEBLE BAJO INVESTIGACIÓN”. Los vecinos se quedaron mirándolo como si fuera una cicatriz nueva. En la cafetería de la esquina, la gente no hablaba de fútbol ni del precio del pan: hablaba de Don Anselmo, de Sofía, de Mateo “El Lobo”, de cómo el miedo había cambiado de dueño.

Y lo más extraño —lo más hermoso— fue que, por primera vez, cuando alguien dijo “¿y si vuelve a pasar?”, nadie respondió con un encogimiento de hombros. Respondieron con un “no lo vamos a permitir”. Como si, en medio del invierno más cruel, el barrio hubiera encontrado, por fin, una forma de mantenerse caliente: juntándose.

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