MI PADRE ERA FRÍO Y TACÑO… HASTA QUE ENCONTRÉ LA CAJA BAJO SU CAMA
Durante doce años, sin falta, el día de mi cumpleaños amanecía con el mismo “milagro” apoyado en la puerta de casa, como si la noche hubiera parido un secreto en silencio: un ramo descomunal de rosas rojas, tan perfectas que parecía que alguien las había peinado una por una. El celofán crujía como papel de regalo caro, el aroma se metía en los pulmones y me dejaba la cabeza girando, y entre los tallos, siempre, siempre, había una tarjetita blanca con una frase que me hacía sentir elegida por el universo:
“De quien más te ama.”
Ni una firma. Ni un inicial. Ni un número. Solo esas cinco palabras clavadas como un dardo en el pecho.
Yo vivía para ese misterio. Me inventaba historias con la devoción de una adolescente, incluso cuando ya era demasiado grande para excusarme: un millonario romántico que me miraba desde un coche negro; un amor del pasado que había sido cobarde y ahora pagaba su culpa con flores; un poeta oculto que me besaba el alma sin mostrar la cara. La gente puede burlarse de esto, pero cuando durante doce años alguien te deja un ramo que parece una declaración de guerra contra la tristeza, terminas creyendo que el amor existe en forma de anónimo.
Y mientras yo construía castillos de fantasía, miraba con desprecio al hombre que tenía más cerca: mi padre.
Papá era… gris. No es una palabra bonita, pero es la única que lo describe sin mentir. Silencioso, metódico, de gestos mínimos. Si la ternura fuera un idioma, él lo hablaba con acento extranjero y vergüenza. Y, si voy a ser honesta, era tacaño. No tacaño de negar comida o escuela, no; tacaño de esos que apagan luces detrás de ti y guardan los recibos como si fueran escrituras de propiedad. Nunca fue de abrazos, nunca de regalos, nunca de “te quiero” dichos en voz alta. En casa, el cariño parecía un lujo que él no estaba dispuesto a pagar.
Mi mejor amiga Mariana se reía de mi tragedia doméstica cuando venía a estudiar a mi sala y veía a papá sentado, inmóvil, con el periódico abierto como una pared.
—Tu papá es una estatua, Lu —susurraba Mariana, haciéndose la dramática—. Te juro que si le pones una paloma en el hombro, se queda.
Papá ni levantaba la vista.
—Las palomas ensucian —respondía, seco, como si acabara de dictar una ley.
Pero el día de mi cumpleaños, cuando yo abría la puerta y allí estaban las rosas como una bofetada dulce, papá fruncía el ceño, apretaba la mandíbula, y soltaba sin despegar los ojos de las noticias:
—Esas flores son un desperdicio de dinero, Lucía.
Yo me inflamaba como gasolina.
—¡Claro! —le gritaba—. Dices eso porque nadie te regala nada. ¡Porque nadie te quiere!
Mariana me hacía señales de calma, pero yo ya estaba lanzada.
—¿No te da vergüenza? —seguía—. Siempre tan… tan… ¡tú!
Papá no discutía. Eso era lo peor. No se defendía. No gritaba. Solo hacía un gesto mínimo, un encogimiento de hombros, como si mis palabras fueran lluvia sobre un impermeable, se levantaba, doblaba el periódico con una paciencia que me parecía cruel y se encerraba en su cuarto. La puerta se cerraba y, con ella, el único muro contra el cual yo podía estrellar mi rabia.
A veces, cuando yo llevaba el ramo al jarrón, notaba algo raro: el modo en que papá se quedaba quieto un segundo demasiado largo, como si el perfume lo golpeara con un recuerdo. O la forma en que miraba las rosas como si fueran un animal peligroso. Una vez, cuando yo tenía dieciséis, me atreví a acercarme por detrás y a bromear:
—A ver, papá, dime la verdad. ¿Fuiste tú? ¿Eres tú mi admirador secreto?
Él se quedó helado, la cucharita suspendida sobre el café. Luego, sin mirarme, dijo:
—No hagas preguntas que no estás preparada para responder.
Yo me reí, creyendo que era una de sus frases de viejo dramático, y me fui dando saltitos con las rosas entre los brazos. Mariana, en cambio, se quedó mirándolo con el ceño fruncido, como si acabara de ver algo que yo no veía.
—Tu papá tiene ojos de alguien que carga un cadáver —me dijo después, en la cocina.
—Ay, Mariana, por favor. Exageras.
Pero el tiempo siguió, año tras año, con sus rosas impecables y su tarjetita maldita. Y, sin darme cuenta, yo hice de ese misterio mi religión. Cada cumpleaños era una misa. Cada ramo, una prueba de que en alguna parte había alguien capaz de quererme con un amor inmenso y cobarde.
La semana pasada, papá murió.
Un infarto fulminante. Rápido, cruel, sin despedidas.
Yo estaba en el supermercado cuando me llamó Doña Elvira, la vecina del tercero, una mujer que olía a lavanda y metía la nariz en la vida de todos como si fuera su derecho.
—Lucía, hija… ven rápido. Tu papá… tu papá se cayó.
Corrí como si me persiguiera un incendio. Cuando llegué, la puerta estaba abierta, Doña Elvira lloraba en el pasillo, y en el suelo de la sala papá estaba tendido como un abrigo viejo. Los paramédicos intentaban revivirlo, pero yo supe en ese segundo, sin que nadie me lo dijera, que ya no estaba. Tenía la boca apenas abierta, los ojos cerrados, y la mano derecha —siempre tan controlada— descansaba sobre el pecho como si por fin se hubiese rendido.
Mariana llegó después, y me abrazó fuerte, tan fuerte que me dolió, como si quisiera devolverme el aire que se me había ido.
—Lo siento, Lu. Lo siento tanto…
Yo no lloré de inmediato. Primero sentí una rabia absurda, una indignación infantil: “¿Cómo se atreve a morirse sin arreglar nada conmigo?”. Después vino el vacío. Luego, la tristeza como una manta mojada.
El funeral fue pequeño. Papá no tenía amigos, o si los tenía, no los dejó acercarse. Solo aparecieron dos compañeros viejos de un trabajo que jamás me explicó, un hombre con cara de miedo que se fue rápido, y una mujer que lloraba de manera extraña, con los ojos secos, como si actuara.
Yo me acerqué a esa mujer al final, todavía con la garganta apretada.
—Perdón… ¿usted quién es?
Ella me miró como si yo fuera una foto antigua que le hubieran devuelto.
—Alguien a quien tu padre salvó —dijo, y se alejó antes de que pudiera preguntarle más.
Esa frase me persiguió toda la noche.
Y ayer fue mi cumpleaños. El primero sin él.
Me desperté temprano, por costumbre y por miedo. La casa, sin papá, sonaba diferente: el silencio era más grande, más hueco. Me senté en la sala con una taza de café que no sabía a nada, mirando la puerta como quien espera una visita de ultratumba. Esperaba el timbre como se espera un último gesto de consuelo. Mi ramo. Mi tradición. Mi “prueba” de que alguien, en alguna parte, pensaba en mí.
Mariana me llamó por videollamada, intentando sonar alegre.
—¡Feliz cumple, Lu! Hoy sí que no acepto cara larga. Me debes pastel, ¿eh?
Yo forcé una sonrisa.
—Gracias… estoy esperando algo.
—Las rosas, ¿no? —sus ojos brillaron, cómplices—. A ver si este año por fin te dejan un nombre y te vas a vivir tu novela.
—Ojalá —mentí. En realidad, lo que quería era sentir que el mundo seguía teniendo una rutina, aunque papá ya no estuviera.
Pasaron las diez. Luego las dos. Después las ocho.
Nadie tocó. Nadie llegó.
No hubo rosas.
A las nueve y cuarto, me descubrí de pie, con las manos temblando, mirando el suelo donde siempre caían las primeras gotas de agua del ramo. El aire me faltaba. Era absurdo, lo sé. La gente pierde padres y no se derrumba por un ramo que no llega. Pero yo no estaba llorando por las rosas; estaba llorando por lo que significaban: la promesa de que algo seguía amándome, aunque el amor en esta casa siempre hubiese sido una cosa muda.
Mariana vino esa noche con una torta y dos velas porque “dos velas son más estéticas que una”, según ella. Me encontró con la mirada perdida.
—Lu… —me tocó el hombro—. Si no llegaron, quizá… quizá quien las manda no supo lo de tu papá. O se mudó. O…
—O era mi papá —dije, y mi voz sonó tan fría que Mariana se quedó quieta.
Ella parpadeó.
—¿Qué?
—Doce años. Siempre. ¿Y justo el primer cumpleaños sin él… nada? —sentí que la sospecha me mordía—. ¿No te parece demasiado perfecto?
Mariana abrió la boca, la cerró, y finalmente se sentó a mi lado.
—A ver… tu papá era seco, sí. Pero un ramo así… cada año… —negó con la cabeza—. No lo veo.
—Yo tampoco lo veía. Y sin embargo…
La sospecha se me volvió un animal oscuro en el pecho. No podía dormir. A medianoche, me levanté, encendí la luz del pasillo y caminé hasta la habitación de papá como si fuera a cometer un delito. La puerta estaba cerrada. Desde que murió, yo había evitado entrar. Era como invadir un territorio que aún olía a él, a su loción barata de afeitar, a madera vieja y a secretos.
Pero esa noche no buscaba consuelo. Buscaba respuestas.
Abrí.
El cuarto olía a encierro. Todo estaba exactamente donde siempre: la cama perfectamente tendida, la silla con el saco colgado, el escritorio con una lámpara apagada. Me acerqué al armario, corrí los sacos viejos y gastados —los mismos que usó durante veinte años para no comprar otros— y revolví con manos temblorosas. Al fondo, bajo la cama, encontré una caja de zapatos escondida como un pecado.
Esperaba dinero. Una pistola. Una carta. Algo que justificara tanto silencio.
Lo que había eran recibos.
Doce años de recibos de la floristería más cara de la ciudad: “Flor de Sangre”, un nombre ridículo que yo conocía porque una vez Mariana me llevó a mirar escaparates y yo dije que era un lugar “para gente que compra perdón con dinero”.
Los recibos estaban ordenados por fecha, doblados con una exactitud enfermiza. Cada uno decía lo mismo: “Ramo imperial de rosas rojas”, y un monto que me dejó sin aire. Mi padre… el hombre que comía arroz con huevo para ahorrar… había gastado una fortuna en mí, en silencio, año tras año, solo para verme sonreír sin pedir nada a cambio.
Me tapé la boca para no gritar. Las rodillas se me doblaron. Me derrumbé en el suelo, llorando, abrazando esos papeles como si fueran su voz. Mis lágrimas caían sobre el papel como lluvia sobre ceniza.
—Papá… —susurré—. ¿Por qué…?
Entonces vi el último recibo, el de este año. Estaba arriba, separado. Tenía una nota engrapada detrás.
Una nota escrita con su letra temblorosa, más temblorosa de lo que yo recordaba, como si la mano se le hubiera roto de cansancio o miedo.
Respiré hondo, tragué saliva, y la desengrapé con dedos torpes.
Y en cuanto leí la primera línea, mis lágrimas cambiaron.
Ya no eran de tristeza.
Eran de terror puro.
“Lucía: si estás leyendo esto, es porque hoy no llegaron las rosas. Si no llegaron, no es que el amor se haya ido. Es que el peligro volvió.”
El corazón me golpeó el pecho con fuerza, como queriendo escapar.
Seguí leyendo, y cada palabra era una puñalada que me abría los ojos.
“No confíes en nadie que pregunte por ti con demasiada calma. No salgas sola por la noche. No vuelvas a la cafetería del Parque del Este. No le abras la puerta a un hombre con un anillo de sello negro. Si Mariana está contigo, dile que se calle y que no juegue a la valiente.”
Me quedé congelada al ver el nombre de Mariana allí, escrito por mi padre, como si la hubiera estado observando desde un ángulo que yo nunca entendí.
La carta continuaba.
“Las rosas no eran una promesa de amor. Eran una advertencia, un código, una manera de mantenerlos lejos. Durante doce años, cada ramo fue mi forma de decirte: hoy estás a salvo.”
Mis manos temblaban tanto que el papel crujía.
“Yo hice algo antes de que tú nacieras. Algo que parecía correcto. Algo que me convirtió en enemigo de un hombre que no sabe perder. No te lo conté porque no quería que cargaras mi culpa. Pero la culpa no se muere conmigo, Lucía. La culpa se hereda.”
Sentí que el cuarto se inclinaba. El aire era espeso. Afuera, la noche parecía más negra que de costumbre.
En ese momento, mi teléfono vibró.
Un número desconocido.
Contesté sin pensar, porque el miedo también vuelve impulsivo a cualquiera.
—¿Lucía? —dijo una voz masculina, suave, demasiado suave—. Feliz cumpleaños.
El mundo se detuvo.
—¿Quién es?
Una risa bajita, como un suspiro.
—Digamos que… alguien que te ama muchísimo.
Se me heló la sangre. La misma frase. El mismo veneno.
—¿Qué quiere?
—Solo asegurarme de que recibiste… lo que te mereces.
Miré la puerta. Miré el papel en mis manos. Sentí el pánico trepándome por la espalda.
—No recibí nada —dije, y mi voz sonó rota.
Hubo un silencio breve, y luego la voz se volvió un poquito más grave, como si la máscara se resbalara.
—Ah. Entonces tu padre ya no está arreglando las cosas, ¿verdad?
Se me cayó el teléfono al suelo. La pantalla siguió encendida, mostrando la llamada. La voz aún sonaba, lejana, como si viniera de debajo de la casa.
—Lucía… abre la puerta. Quiero verte. Quiero darte tu regalo en persona.
Yo apagué. Me quedé inmóvil. La carta de papá parecía arderme en las manos. Por primera vez en mi vida entendí por qué mi padre nunca, jamás, me dejaba salir sola por la noche. No era control. No era tacañería emocional. Era pánico.
Mariana llegó media hora después, alarmada porque no le respondía los mensajes. Cuando abrió la puerta con su llave de emergencia (sí, Mariana tenía una copia, porque Mariana siempre se preparaba para el drama), me encontró en el piso del cuarto de papá, pálida, con los ojos desorbitados y la carta arrugada.
—Lu, ¿qué pasa? —preguntó, dejando su bolso caer—. ¿Por qué estás así?
Le extendí la carta. Ella leyó, y su cara pasó por todas las estaciones del miedo.
—Esto… esto es una locura. Tu papá… ¿qué demonios hizo?
—No lo sé —susurré—. Pero alguien me llamó. Dijo… dijo la frase.
Mariana tragó saliva, intentó sostenerse en la pared.
—Ok. Ok. Respira. Primero: traba todo. Segundo: llamamos a la policía. Tercero: yo no me callo, ¿sí? Que tu papá me perdone desde donde esté.
—La carta dice…
—Que me calle, sí, ya leí —me interrumpió—. Pero mira, don Gris tenía buenas intenciones, seguro, pero esto ya no es su plan. Ahora es nuestro.
Cuando marcamos a la policía, nos atendió un operador aburrido que no creyó ni la mitad. “¿Le dejaron flores anónimas y ahora tiene miedo?”, parecía pensar. Pero Mariana no soltó el teléfono hasta que nos dijeron que enviarían una patrulla “para verificar”.
No esperé. La carta mencionaba la floristería: “Flor de Sangre”. En el último párrafo, papá había escrito algo más:
“Si no hay rosas, ve a Flor de Sangre y pregunta por Don Julián. Dile: ‘La deuda se rompió’. Él sabrá qué hacer.”
A la mañana siguiente, con ojeras y la garganta seca, fuimos a la floristería. El lugar era tan elegante que me dio rabia: vitrinas de vidrio, orquídeas como joyas, olor a dinero. Detrás del mostrador, un hombre mayor, de bigote impecable y manos manchadas de verde, nos miró como si ya nos estuviera esperando.
—¿Lucía? —preguntó antes de que yo dijera mi nombre.
Me quedé tiesa.
—¿Don Julián?
Él asintió despacio.
Yo tragué saliva y repetí la frase como si fuera un conjuro.
—La deuda se rompió.
Sus ojos se oscurecieron de golpe. Cerró la puerta con llave, bajó las persianas, y el sonido de la calle se convirtió en un murmullo lejano.
—Tu padre murió —dijo, sin pregunta, como si lo hubiera olido en el aire—. Lo siento. Era un hombre… complicado, pero valiente.
Mariana dio un paso adelante.
—¿Qué es todo esto? ¿Quién la llamó anoche? ¿Por qué esas rosas?
Don Julián miró hacia la trastienda, como si temiera que las plantas escucharan.
—Las rosas eran el pago —dijo—. Y también el aviso. Tu padre no compraba flores por romanticismo, Lucía. Las compraba para mantener a raya a un monstruo.
Me apoyé en el mostrador porque me fallaban las piernas.
—¿Qué monstruo?
Don Julián sacó una libreta vieja, amarillenta, y la abrió en una página marcada. Había un nombre escrito con letra grande: BALTASAR ROJAS.
—Un hombre que cree que el mundo le debe todo —explicó—. Hace muchos años, tu padre trabajó para él. No sé en qué, y prefiero no saber. Pero un día tu padre se llevó algo. Algo que no era dinero. Algo peor: pruebas. Y con esas pruebas lo hundió. Lo mandó a prisión. Baltasar perdió su imperio… y juró que cuando saliera, lo único que haría sería destruir lo que tu padre más amara.
Sentí un frío brutal.
—¿Yo?
Don Julián asintió.
—Tu padre vino aquí el año en que tú cumpliste… —revisó— once. Tenía una cicatriz fresca en la ceja y la mirada de quien no duerme. Me pidió el ramo más caro, el más grande, el más imposible. Y me dijo: “Cada año, el día del cumpleaños de mi hija, esto. Sin firma. Solo la frase.” Yo pensé que era un gesto tonto, sentimental… hasta que añadió: “Si no lo hago, él sabrá que estoy muerto o arruinado. Y vendrá por ella.”
Mariana estaba blanca.
—¿Y por qué la frase? “De quien más te ama”.
Don Julián apretó los labios.
—Porque Baltasar tiene sentido del humor. Él fue quien inventó esa frase. La usaba para marcar territorio. Como un sello. Tu padre la odió, pero la aceptó porque era parte del trato: un juego de gato y ratón. Las rosas decían: “Sigo aquí. Sigo pagando. Ella sigue bajo mi sombra.” Y también decían: “No te atrevas.”
Yo sentí ganas de vomitar.
—Entonces… ¿nunca hubo un admirador secreto?
—El único secreto —dijo Don Julián, mirándome con una tristeza rara— es que tu padre te amaba tanto que estaba dispuesto a tragarse el veneno de esa frase doce años seguidos con tal de que tú siguieras viva.
Me temblaron los labios.
—¿Y ahora? —pregunté, casi sin voz—. Si él murió… ¿qué pasa ahora?
Don Julián tomó aire, como quien se prepara para dar una sentencia.
—Ahora Baltasar sabe. Y si te llamó… significa que ya empezó a jugar.
Salimos de la floristería con el sol golpeándonos como si el mundo se burlara. Mariana me agarró la mano con fuerza.
—No vamos a quedarnos encerradas esperando —dijo, con los ojos encendidos—. Vamos a buscar ayuda de verdad.
—¿Quién? —pregunté, sintiéndome pequeña.
Mariana sacó el teléfono.
—Mi tío trabaja en la fiscalía. No es el héroe de las películas, pero sabe a quién llamar. Y si tu papá dejó pruebas, si ese tal Baltasar existe, entonces lo vamos a sacar de la oscuridad. Ya estuvo bueno de que los hombres jueguen con tu vida como si fueras una ficha.
Esa tarde, en una oficina con olor a café viejo, un fiscal cansado nos escuchó mientras yo apretaba la carta de papá como si fuera un salvavidas. Nos asignaron a una detective: Irene Salas, una mujer de ojos afilados, cabello recogido y voz de quien ha visto demasiados monstruos como para impresionarse fácilmente.
—Tu padre —dijo Irene, después de leer la carta— tenía razón en una cosa: no debiste saber esto sola. Pero también tenía razón en otra: ahora es tarde para ignorarlo.
—¿Existe Baltasar Rojas? —preguntó Mariana.
Irene tecleó en su computadora. Su expresión cambió apenas.
—Existe —confirmó—. Y salió de prisión hace tres meses.
Sentí que el estómago se me caía al suelo.
—¿Tres meses? ¿Y mi padre…?
—Probablemente lo supo —dijo Irene—. Por eso dejó esa nota. Por eso el último recibo. Estaba preparando la transición… pero el infarto le ganó la carrera.
En los días siguientes, mi vida se convirtió en un mapa de paranoia: cámaras, cerraduras nuevas, rutas distintas, ventanas siempre cerradas. Mariana se mudó conmigo “temporalmente”, según ella, y dormía con una escoba al lado de la cama como si eso pudiera servir contra el mal.
Doña Elvira, la vecina, nos miraba raro desde el pasillo.
—Niñas, ¿están bien? He visto hombres extraños rondando —susurró un día, inclinándose como si contara un chisme—. Uno tenía… un anillo grande. Negro.
Mariana y yo nos miramos. La carta.
Esa noche, la luz del edificio parpadeó. A las dos de la madrugada, alguien tocó la puerta.
Toc, toc, toc.
Suave, educado. Como un vecino pidiendo azúcar.
Nos quedamos inmóviles. Mariana me señaló el teléfono: llamar. Yo respiraba tan fuerte que sentía que me delataba.
Toc, toc, toc.
Una voz masculina, al otro lado, canturreó:
—Lucía… sé que estás ahí. No tengas miedo. Soy… de quien más te ama.
Me tapé la boca con la mano para no gritar. Mariana, en cambio, se levantó con una furia temblorosa y se acercó a la puerta.
—¡Lárgate! —gritó—. ¡La policía está en camino, idiota!
Hubo un silencio. Y luego, como si el hombre sonriera pegado a la madera:
—Ah… así que tienes compañía. Me encanta cuando hay público.
Los pasos se alejaron despacio. Pero no sentí alivio. Sentí que el juego apenas empezaba.
Irene llegó con una patrulla y revisaron el pasillo, pero no encontraron a nadie. Solo, frente a nuestra puerta, había algo que me hizo flotar de terror: una rosa roja, sola, sin ramo, sin celofán, tirada como un dedo cortado. Y al lado, una tarjetita blanca:
“Te toca elegir.”
Irene guardó la rosa en una bolsa como evidencia. Mariana lloraba de rabia. Yo no podía moverme.
—¿Elegir qué? —susurré.
Irene me miró con una seriedad que me atravesó.
—Elegir entre esconderte para siempre… o enfrentarlo para acabar esto.
Enfrentarlo. La palabra me sonaba imposible. Yo era la chica que soñaba con admiradores secretos, no la protagonista de una cacería. Pero entonces pensé en papá. En su cuarto ordenado. En sus sacos viejos. En su mano sobre el pecho, rindiéndose. En el hecho de que había tragado humillaciones, mi desprecio, mis gritos, durante años… y aun así siguió comprando esas flores, siguió pagando la sombra, siguió protegiéndome incluso de mí.
Y la culpa me dio valor, como una llama sucia.
Esa misma semana, Irene nos llevó a un depósito judicial donde, según ella, había una caja registrada a nombre de mi padre, entregada “por si algo le pasaba”. Cuando la abrieron, encontré un sobre con mi nombre, y dentro, una memoria USB y una carta más corta.
“Si llegaste hasta aquí, hija, es porque ya estás caminando. Perdóname por no haberte enseñado a correr antes. En esa memoria está lo único que Baltasar teme: su verdad. Entrégasela a alguien que no se venda. Y pase lo que pase… no aceptes regalos en persona.”
Leí esa frase dos veces. “No aceptes regalos en persona.”
Esa noche, el teléfono volvió a sonar. Número desconocido.
No contesté. Pero llegó un mensaje, como una bofetada:
“Estoy orgulloso de ti. Tu padre también lo estaría. Te tengo un regalo. Ven sola al Parque del Este, a la cafetería. O tu amiga empezará a pagar por tu valentía.”
Me quedé mirando la pantalla hasta que las letras se volvieron agua.
—No —dijo Mariana, leyendo por encima de mi hombro—. No vas. Ni loca.
—Si no voy… —mi voz se quebró—. Él dijo…
—Que se joda lo que dijo. Esto es extorsión. Es su juego.
Irene también dijo que no. Pero yo vi algo en su cara: sabía que ese tipo no iba a parar. Sabía que encerrarme era solo alargar la agonía.
La decisión se tomó con una mezcla de miedo y rabia. Irene organizó un operativo. Me pusieron un micrófono, me enseñaron a respirar, me dijeron dónde caminar, cómo hablar. Mariana insistió en estar cerca, escondida, aunque la carta de mi padre literalmente pedía que se callara; Mariana no sabía vivir callada.
El Parque del Este de noche parecía otro lugar: árboles como sombras, faroles amarillos, el sonido de pasos que no sabías si eran tuyos. La cafetería estaba cerrada, pero había una mesa afuera, bajo un toldo, y en esa mesa… un ramo.
Un ramo gigantesco de rosas rojas, como los de siempre, tan perfecto que me dieron ganas de llorar por la nostalgia y el horror mezclados.
Me acerqué con el micrófono pegado al pecho, sintiendo el corazón en la garganta.
—Llegaste —dijo una voz detrás de mí.
Me giré.
El hombre era alto, elegante, con un abrigo oscuro. Tenía una sonrisa que parecía amable, pero sus ojos eran de hielo. Y en su mano derecha, brillaba un anillo de sello negro.
Mi sangre se volvió piedra.
—Baltasar —dije, y mi voz apenas salió.
Él inclinó la cabeza, como agradeciendo.
—Así me llamaba tu padre cuando quería sonar valiente.
—¿Por qué…? —tragué—. ¿Por qué yo?
Baltasar se acercó un paso y aspiró el aire como si oliera el perfume de las rosas.
—Porque tu padre me robó algo que yo amaba: mi poder. Y me dejó con una jaula y años para imaginar cómo devolverle el favor. —Sonrió—. Pero luego vi lo que él amaba más que su propia vida: tú. Y pensé… qué poético.
Yo apreté los puños.
—Mi papá te enfrentó.
—Tu papá me sobornó con flores —corrigió, señalando el ramo—. Me pagó para que no te tocara. Doce años de obediencia comprada. ¿No es hermoso? ¿No te hace sentir… especial?
Me ardieron los ojos.
—Me hace sentir enferma.
Baltasar soltó una risa suave.
—No te preocupes, Lucía. Hoy no vengo a hacerte daño. Hoy vengo a ofrecerte un trato. Tu padre ya no puede pagar. Pero tú sí puedes. —Se inclinó hacia el ramo—. Acepta mi regalo. Y volvemos al acuerdo. Tú sigues viva, yo sigo tranquilo. Solo… necesito una cosa.
—¿Qué?
Sus ojos brillaron.
—La memoria que tu padre dejó. Lo que sea que guardó. Dame eso, y las rosas volverán. Cada año. La misma frase. La misma vida. Tú y yo… en paz.
Sentí náuseas. Mi mano fue al bolso donde escondía la USB. Y en mi oído, a través del micrófono, escuché la voz de Irene, tensa: “No se la des. Aguanta.”
Baltasar notó mi gesto y sonrió, como un depredador que ya vio el temblor de la presa.
—Vamos, Lucía. No seas como tu padre. Él era terco. Tú puedes ser inteligente. Acepta el regalo.
“Pase lo que pase… no aceptes regalos en persona.” La frase de papá me atravesó como un relámpago.
Respiré hondo, levanté la barbilla y, con una calma que no sabía que tenía, dije:
—Mi papá no te sobornó. Te humilló. Te obligó a esperar. Y aun así, aquí estás, mendigando una memoria. Eso significa que tienes miedo.
La sonrisa de Baltasar se quebró un milímetro.
—Cuidado con tu lengua.
—¿Vas a matarme aquí? —dije, y sentí el terror como un océano, pero también algo más: un orgullo rabioso—. ¿Delante de cámaras? ¿Delante de tus propios hombres escondidos? Porque sé que no vienes solo.
Los faroles parpadearon. Por un instante, vi movimiento entre los árboles. No estaba loca: había sombras.
Baltasar dio un paso, y su voz se volvió fría, sin seda.
—Tú no entiendes. Yo no necesito matarte para destruirte. Puedo tomar tu vida y doblarla como papel. Puedo hacer que te odies. Puedo…
—Como me hizo odiar a mi padre —lo interrumpí, y mi voz se quebró por primera vez—. Eso sí lo lograste. Doce años pensando que alguien me amaba, cuando en realidad era una amenaza.
Su expresión cambió. La sonrisa desapareció. Y en ese instante, como si el mundo se alineara, escuché sirenas a lo lejos.
Baltasar lo oyó también. Miró hacia el camino del parque y maldijo en voz baja. Sus hombres se movieron entre los árboles.
—Eres más problemática de lo que esperaba —susurró.
Entonces, de la nada, una figura salió corriendo desde un costado, gritando:
—¡Lu!
Mariana. Mariana, la imprudente, la leona sin jaula. Rompió el operativo.
—¡Mariana, no! —grité, y el mundo se me partió.
Uno de los hombres de Baltasar se lanzó hacia ella. Irene y los policías aparecieron desde otro lado. Todo se volvió caos: gritos, pasos, órdenes, el sonido seco de un golpe. Vi a Mariana caer, vi a un agente sujetarla, vi a Baltasar retroceder como un animal acorralado… y antes de que pudiera huir, Irene se le abalanzó con una precisión brutal.
—¡Al suelo! —rugió Irene.
Baltasar intentó zafarse, pero las sirenas ya estaban encima, los focos lo bañaron, y por primera vez vi miedo real en esos ojos de hielo. No era miedo a la cárcel: era miedo a perder el control. A que la verdad que mi padre guardó saliera a la luz.
Lo esposaron. Lo empujaron contra el capó de un patrullero. El anillo negro brilló bajo la luz como una burla final.
Mariana estaba en el suelo, respirando agitada, con un raspón en la frente, pero viva. Me lancé hacia ella y la abracé llorando.
—¡Te dije que te callaras! —sollozaba entre risas y lágrimas—. ¡Papá tenía razón!
Mariana, con la cara sucia y los ojos ardiendo, me apretó la mano.
—Tu papá tenía razón en muchas cosas… —dijo—. Era un desastre para decir “te quiero”, pero era un genio para salvarte.
Irene se acercó, seria, pero con un leve alivio en la mirada.
—La USB será clave —dijo—. Si tu padre guardó pruebas sólidas, Baltasar no volverá a ver la calle. Y sus hombres… caerán con él.
Yo miré el ramo sobre la mesa. Las rosas seguían allí, impecables, como si no les importara el caos humano alrededor. Me acerqué y tomé la tarjetita. “De quien más te ama.” Por primera vez no sentí romance. Sentí rabia. Y algo más profundo: la certeza de que esa frase ya no iba a dominarme.
Rompí la tarjeta en dos. Luego en cuatro. Luego en pedazos tan pequeños que parecían nieve.
—Se acabó —susurré.
Esa noche volvimos a casa escoltadas. Cerré la puerta y, por primera vez desde que murió papá, entré a su cuarto sin sentir que me ahogaba. Me senté en su cama ordenada, abracé uno de sus sacos viejos y lloré como no había llorado en el funeral.
—Perdóname —dije en voz alta—. Perdóname por llamarte gris… cuando eras una tormenta entera conteniéndose por mí.
En los meses siguientes, el caso explotó como una bomba. Irene cumplió: no se vendió. La fiscalía usó la memoria: había grabaciones, nombres, cuentas, pruebas de extorsión, de violencia, de todo lo que Baltasar había sido. Él cayó, y con él su red. Don Julián testificó. Doña Elvira, por increíble que parezca, también: dijo que había visto al hombre del anillo rondando el edificio, y su chisme se volvió evidencia.
Y yo… yo aprendí algo que me costó doce años y una muerte entender: el amor no siempre llega con flores ni con palabras bonitas. A veces llega con arroz con huevo para ahorrar. Con puertas que se cierran para no gritarte de vuelta. Con recibos guardados como secretos. Con un hombre silencioso pagando, año tras año, para que un monstruo no se atreva a tocarte.
En mi siguiente cumpleaños, me desperté temprano por costumbre. Fui a la puerta, no esperando un ramo, sino despidiéndome del fantasma. No había nada. Solo el pasillo limpio y el silencio normal de un edificio.
Y, aun así, sonreí.
Porque por primera vez entendí que el “milagro” nunca fueron las rosas. El milagro era que yo estaba viva. Y que, aunque mi padre ya no estuviera para comprar mi seguridad con flores, me había dejado algo más caro que cualquier ramo: la verdad… y el valor para no volver a vivir con miedo.
Ese día, Mariana llegó con un pastel enorme, exagerado, y dos docenas de flores amarillas (porque juró que “las rojas ya nos dan alergia emocional”). Encendimos velas. Reímos. Y cuando soplé, sentí un hueco dulce en el pecho, como un abrazo que por fin llega tarde, pero llega.
—Feliz cumpleaños, Lu —dijo Mariana, bajito, más suave de lo habitual—. De parte de quien más te amó de verdad.
Yo cerré los ojos un segundo, imaginando a papá sentado con su periódico, frunciendo el ceño para esconder el temblor en los labios, y por primera vez en mi vida no le grité dentro de mi cabeza.
Solo le respondí, en silencio, con la paz que él se ganó a pulso:
—Lo sé, papá. Ya lo sé.




