February 9, 2026
Desprecio Drama Familia Venganza

Mi novio perfecto escondía un secreto: una mujer encerrada bajo nuestra casa

  • December 18, 2025
  • 24 min read
Mi novio perfecto escondía un secreto: una mujer encerrada bajo nuestra casa

Me juró que vivía solo. Me lo dijo mirándome a los ojos, con esa calma de actor que sabe exactamente dónde poner las manos para que tú no mires nada más. “Solo, Clara. No hay nadie. Esta casa es un borrón y cuenta nueva.” Y yo, idiota feliz, le creí. Me dejé enamorar como se deja uno caer en una cama recién hecha: sin pensar en las astillas escondidas bajo las sábanas.

Nos conocimos en una exposición pequeña, de esas donde el vino barato sabe a promesa. Javier estaba apoyado junto a una fotografía en blanco y negro, fingiendo que entendía el concepto, y cuando me oyó comentar algo sobre la luz, me sonrió como si yo fuera la única persona en la sala. Después vino el desfile de detalles perfectos: mensajes a la hora justa, flores sin motivo, “¿llegaste bien?”, “¿comiste?”, “¿cómo estás de verdad?”. Dos meses después yo ya tenía un cepillo de dientes en su baño. Una semana después, una cajita con mis pendientes “para que no los pierdas”. Y al final, apenas un suspiro, la frase que lo selló todo:

—Vente a vivir conmigo. ¿Para qué perder tiempo?

Marta, mi mejor amiga, torció la boca cuando se lo conté.

—Eso se llama love bombing, Clara. Bombardeo de amor. Un día eres su mundo y al siguiente… —hizo un gesto con la mano como si apagara una vela— te dejan a oscuras.

—Javi no es así —protesté, casi ofendida.

—Ojalá tengas razón. Pero prométeme que si un día algo te huele raro, me llamas.

Le prometí, riéndome. Ahora, cada vez que recuerdo esa risa, me da ganas de vomitar.

La casa de Javier era preciosa por fuera: fachada de ladrillo antiguo, jardín que olía a romero, ventanas grandes. Por dentro, todo estaba tan ordenado que parecía no haber vivido nadie. Demasiado limpio. Demasiado quieto. Como una maqueta. La primera noche que dormí ahí, me desperté y escuché el tic-tac de un reloj que no veía. Lo busqué en la pared del pasillo y no lo encontré. Pensé que serían nervios. Pensé tantas cosas.

La “norma rara” llegó al tercer día de instalarme. Yo estaba colocando libros en una estantería cuando vi una puerta al fondo del pasillo, al lado de la cocina, pintada del mismo blanco que la pared. Era tan discreta que hasta entonces no había reparado en ella.

—¿Y esa puerta? —pregunté.

Javier apareció detrás de mí y, por primera vez desde que lo conocía, noté algo… un microsegundo de tensión en su mandíbula.

—El sótano —dijo, y enseguida sonrió—. No bajes, amor. Hay humedad, ratas… es peligroso. Además, solo hay trastos viejos y herramientas oxidadas. Nada interesante.

Lo dijo con la misma voz con la que uno dice “no metas los dedos en el enchufe”. Yo asentí, como se asiente a todo cuando todavía estás en la fase bonita de una relación.

Pasaron dos semanas y lo cotidiano se fue pintando de normalidad: café por la mañana, besos en la frente, su mano en mi cintura cuando pasábamos por la puerta. Un día incluso me compró un vestido rojo que me quedaba perfecto.

—Me imaginé cómo te verías —me dijo, y me besó como si hubiera hecho algo bueno.

Yo no vi el detalle pequeño, asqueroso: el vestido era exactamente de mi talla, incluso antes de que él supiera mi talla. Me lo probé, me reí, dije “qué coincidencia”. Acepté el regalo sin pensar que alguien no acierta así por coincidencia; acierta así por ensayo.

La noche de la cena fue la primera grieta. Javier cocinó pasta, puso velas, y sin embargo se le notaba como si la silla le quemara. Movía la pierna bajo la mesa, se rascaba la muñeca como si le picara la piel, miraba el reloj de la cocina una y otra vez. Yo intenté ignorarlo al principio. Pensé que estaría cansado.

—¿Te pasa algo? —pregunté al fin, fingiendo ligereza.

—Nada. Estrés del trabajo —respondió, seco, sin mirarme. Después empujó el plato como si le diera asco—. Me voy a dormir ya.

Su voz tenía un filo que nunca le había escuchado. Me quedé sentada frente a dos velas que de pronto parecían burlarse de mí.

—¿Quieres que suba contigo? —pregunté, porque así hacemos: intentamos arreglar con ternura lo que huele a problema.

Javier me miró por fin. Y juro que en ese segundo no vi al hombre que me llevaba el desayuno a la cama, sino a otra cosa: a alguien que estaba calculando.

—No —dijo con una sonrisa demasiado suave—. Quédate un rato abajo, si quieres. Yo… necesito dormir.

Lo vi subir. Escuché la puerta de nuestra habitación cerrarse. Y entonces, desde el pasillo, escuché un ruido mínimo: el clic de una llave.

Una llave por dentro.

A las 3:00 A.M. me arrancó del sueño un sonido sordo, rítmico, insistente.

Pum… pum… pum.

No era el sonido de tuberías. No era el crujido normal de una casa vieja. Era un golpe con intención, como si alguien estuviera marcando un código de desesperación.

Me giré hacia Javier: dormía profundamente, roncando, como si el mundo no existiera. Pero algo en ese ronquido me pareció impostado, como un actor que sabe cuándo fingir el sueño. Me incorporé despacio, descalza, cuidando cada paso para que la madera no crujiera. El aire de la habitación estaba más frío de lo normal. Sentía el corazón en la garganta, tan fuerte que pensé que iba a despertarlo.

Pum… pum… pum.

Venía de abajo.

Me levanté. Abrí la puerta con cuidado. El pasillo era un túnel de sombras y el reloj invisible seguía haciendo su tic-tac en algún lugar que no alcanzaba a ver. Caminé hasta la puerta del sótano y, justo cuando puse la mano sobre el picaporte, el golpeteo se detuvo.

El silencio cayó como una losa. Tan pesado que me zumbaban los oídos.

Pegue la oreja a la madera fría. Al principio solo escuché mi propia respiración… hasta que lo oí con claridad.

No eran golpes.

Era un sollozo.

Un llanto contenido, ahogado, como el de alguien que intenta gritar con la boca tapada. Y luego, una voz de mujer, tan débil que parecía venir desde muy lejos:

—Ayuda… por favor… tiene hambre…

Sentí que se me helaba la espalda entera. Me temblaban las manos, pero la adrenalina empujó más fuerte que el miedo. Recordé el jarrón de la entrada donde Javier guardaba una copia de todas las llaves “por si acaso”. “Para emergencias”, decía. “Para cuidarnos.”

Tanteé en la oscuridad hasta encontrar el jarrón. Mis dedos chocaron con metal frío. Saqué un manojo de llaves. Me pareció escuchar un crujido arriba, como una cama moviéndose, y me quedé inmóvil, conteniendo el aire. Nada. Solo el tic-tac.

Encontré una llave vieja, más oscura que las demás. La metí en la cerradura. Giró sin resistencia.

Abrí.

Un olor rancio me golpeó en la cara: encierro, moho, comida vieja… algo dulce y podrido a la vez, como fruta olvidada y piel sudada. Encendí la linterna del móvil y bajé los escalones uno a uno, tragando saliva. El aire se volvía más denso a cada peldaño.

—¿Hola? —susurré, sin saber a quién le hablaba realmente.

Al final de la escalera, la luz arrancó la escena de las sombras y se me cerró la garganta.

En una esquina, sobre un colchón mugriento, había una chica. Pálida, en los huesos, con el pelo enmarañado, las muñecas marcadas por algo que no quise imaginar. Sus ojos, enormes, me miraron como si yo fuera un fantasma. Y por un segundo pensé que iba a gritar. No gritó. Solo tragó saliva y apretó más fuerte lo que sostenía entre los brazos.

Un bebé.

Un bebé envuelto en una manta sucia, con la carita roja, llorando sin fuerza, como si ya no le quedaran lágrimas. Un quejido mínimo, de pájaro. La chica lo mecía con torpeza, desesperada.

Pero eso no fue lo peor.

Lo peor fue cuando la luz iluminó su rostro y ella alzó la vista del todo. Tenía mis mismos pómulos. Mis mismos ojos oscuros. Incluso un lunar pequeño cerca del labio, como el mío. Era como mirarme a mí misma… si la vida me hubiera desgastado en una jaula.

—No… —me salió, sin voz.

La chica intentó ponerse de pie, pero las piernas le fallaron y cayó de rodillas. Aun así protegió al bebé con el cuerpo.

—No me hagas daño —susurró—. Por favor. Yo… yo ya no puedo más.

—No quiero hacerte daño —dije, y mi voz temblaba tanto que apenas me reconocí—. Soy… soy Clara. Vivo arriba. Con Javier.

Al escuchar su nombre, ella apretó la mandíbula. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Claro —murmuró—. Ya tiene otra.

Se me dobló el estómago.

—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

Ella soltó una risa breve, rota.

—¿Qué hago aquí? Sobrevivo. Me llamo Lucía. —Miró al bebé y lo besó en la frente—. Y él se llama Nico. “Tiene hambre”, ¿entiendes? Siempre tiene hambre porque… porque apenas me deja comida. A veces baja una vez al día. A veces… dos. Depende de su humor.

Me agarré a la barandilla de la escalera para no caer.

—¿Te tiene encerrada? ¿Desde cuándo?

Lucía desvió la mirada, como si contar los días doliera más que cualquier golpe.

—No sé. Al principio contaba. Luego dejé de hacerlo. Lo único que sé es que prometió que cuando naciera el bebé me dejaría salir. —Su boca se torció—. Mentira.

Yo intenté procesarlo. Javier, mi Javier, el hombre que me preguntaba cómo estaba “de verdad”, era el mismo que mantenía a una mujer y un bebé encerrados en un sótano. Y lo peor: había escogido a otra mujer… con la misma cara.

—Tengo que llamar a la policía —dije, buscando mi móvil con las manos torpes.

Lucía me agarró del brazo con una fuerza inesperada.

—No —susurró, aterrada—. No lo llames aquí. Él escucha. Siempre escucha. La casa… —miró alrededor, como si las paredes tuvieran oídos— la casa es suya. Y él… él es muy bueno haciendo que parezcas loca.

Me quedé helada. Justo entonces, desde arriba, un sonido: un golpe leve, como una puerta abriéndose.

Lucía palideció aún más.

—Está despierto.

Apagué la linterna del móvil al instante. La oscuridad nos tragó. Solo se escuchaba el llanto pequeño del bebé y la respiración rota de Lucía.

—Cálmalo —le susurré, sin saber cómo.

Ella se llevó la manta a la boca del bebé para amortiguar el sonido, con cuidado de no asfixiarlo. Yo subí un peldaño, luego otro, intentando que la madera no se quejara. Cada paso parecía un trueno. Arriba, en el pasillo, el tic-tac se había detenido. Y ese silencio era peor.

Una sombra cruzó el marco de luz tenue que se filtraba por la rendija de la puerta del sótano. Pasos lentos. Medidos. Como si alguien disfrutara estirando el momento.

Me quedé inmóvil a mitad de la escalera. El sudor me corría por la espalda. La llave seguía puesta en la cerradura. Si él la veía…

Los pasos se acercaron. La puerta del sótano no se abrió de inmediato. Antes escuché algo todavía más inquietante: un suspiro, como si oliera el aire.

—Clara… —llamó Javier desde el pasillo, con voz suave—. ¿Estás despierta?

No contesté. La garganta se me cerró con una fuerza brutal.

—Amor —insistió—, ¿qué haces? Te he dicho que no bajes.

La manija se movió apenas. Sentí que me desmayaba. Él tiró, y la puerta hizo un pequeño gemido. Yo, en un impulso desesperado, giré la llave desde dentro y la saqué con cuidado. Me guardé el manojo en el bolsillo del pijama. La puerta volvió a encajar. Desde fuera, Javier la empujó una vez, como probando. Luego se quedó quieto.

—Qué raro —dijo, como hablando solo—. Juraría que…

Un silencio. Y entonces, muy cerca de la madera, su voz bajó, casi un susurro cariñoso:

—Clara… tú y yo tenemos que hablar mañana. De algunas cosas.

Se alejó. Los pasos se perdieron. Yo me quedé clavada, temblando, hasta que Lucía soltó el aire de golpe, como si hubiera estado aguantando la vida.

—¿Lo ves? —murmuró—. Siempre sabe. Siempre.

Subí de nuevo en silencio y cerré con el pestillo por dentro. Caminé de puntillas hasta la cocina, con la sensación de que la casa me observaba. Javier había vuelto a la habitación. Lo escuché roncar otra vez. Pero ahora ese ronquido era un monstruo disfrazado.

Me encerré en el baño y, con las manos temblorosas, le mandé un mensaje a Marta: “Necesito ayuda. ES URGENTE. No vengas sola. Llama a la policía. No me preguntes. Ven.” Luego llamé al 112 con el móvil pegado a la oreja, lo más bajo que pude.

—Emergencias, ¿cuál es su situación?

—Mi… mi novio tiene a una mujer encerrada en el sótano. Y un bebé. Estoy en la casa. Tengo miedo —susurré.

—¿Su dirección?

La dije con dificultad. La operadora me pidió que me quedara en un lugar seguro, que no confrontara. Yo asentía aunque ella no pudiera verme. Colgué y me quedé mirando mi reflejo en el espejo. Por primera vez, no vi mi cara. Vi la cara de Lucía. Vi mi cara convertida en un aviso.

Cuando salí del baño, la puerta de la habitación estaba entreabierta.

Javier me esperaba sentado en la cama, con la luz de la lamparita encendida. Tenía el móvil en la mano. Sonreía.

—¿A quién has escrito, Clara?

Sentí que el suelo se abría.

—¿Qué…?

—A Marta —dijo, como si fuera un juego. Levantó el móvil y vi mi mensaje en su pantalla—. Me gusta que tengas amigas, amor. Pero no me gusta que me escondas cosas.

—No sé de qué hablas —intenté, y mi voz salió ridícula.

Javier se puso de pie despacio. No parecía enfadado. Parecía decepcionado, como un profesor con una alumna torpe.

—Te dije que no bajaras al sótano. Te lo expliqué. Humedad, ratas… peligro —repitió, y la palabra “peligro” sonó como una amenaza envuelta en azúcar—. ¿Por qué lo hiciste?

No respondí. Mis ojos se fueron a la puerta, al pasillo, a la posibilidad de correr. Él lo notó y negó con la cabeza.

—No, no. No corras. Siempre arruinan todo corriendo. —Su sonrisa se ensanchó un poco—. Yo estaba tan orgulloso de ti. Creí que tú sí ibas a entender.

—¿Entender qué? —solté, y el miedo se mezcló con rabia—. ¡Tienes a alguien encerrada ahí abajo!

Javier suspiró, como si yo estuviera exagerando una discusión doméstica.

—Lucía está… pasando una etapa. Se le fue la cabeza. Ya sabes cómo son algunas mujeres cuando se sienten solas —dijo con una naturalidad enfermiza—. Pero tú… tú eres distinta.

—No me llames así —espeté, y di un paso atrás.

Él dio uno hacia mí. Su voz se volvió más baja.

—Te elegí porque eres perfecta para esta casa.

Y ahí entendí: yo no era su amor. Yo era su pieza de reemplazo.

—¿Cuántas? —pregunté con un hilo de voz—. ¿Cuántas antes?

Javier ladeó la cabeza, como pensando si valía la pena contestar. Luego sonrió.

—No demasiadas. Solo las necesarias hasta encontrar… el molde correcto. —Se acercó lo suficiente para que yo oliera su colonia—. Y tú encajas. Hasta el lunar.

Sentí que me faltaba el aire.

—Estás enfermo.

—Estoy cansado de que todo se rompa —susurró, y por primera vez vi un destello de algo genuino en sus ojos: obsesión. Hambre. Control—. Yo solo quiero una familia que funcione.

—¿Familia? —escupí—. ¡Eso no es una familia, es una prisión!

En ese instante, desde afuera, un sonido lejano: una sirena. Mi corazón dio un salto. Javier también la escuchó. Su cara no cambió mucho, pero sus ojos se endurecieron como vidrio.

—¿Qué hiciste, Clara?

—Lo correcto —dije, y no sé de dónde saqué el valor—. Ya viene la policía.

Javier soltó una risa corta.

—¿La policía? —Se acercó más—. Amor, tú no entiendes cómo funciona el mundo. Ellos no ven lo que tú ves. Ellos ven a un hombre respetable en su casa y a una chica histérica inventando historias.

Las sirenas se acercaron. Yo corrí hacia la puerta, pero Javier me agarró del brazo con fuerza y me estampó contra la pared. No me golpeó la cara. No. Eso era demasiado evidente. Me apretó donde dolía sin dejar marcas fáciles.

—Escúchame —dijo al oído, con una calma aterradora—. Si vas a destruir esto, al menos hazlo bien. Baja conmigo. Vamos a hablar con Lucía. Vamos a decirles la verdad.

—Suéltame —jadeé.

—Baja —repitió, y ahí sí su voz perdió el azúcar—. Ahora.

Me arrastró por el pasillo. Yo forcejeaba, pataleaba, pero él era más fuerte. Llegamos a la puerta del sótano. Javier sacó una llave de su bolsillo —otra, distinta—, y la giró con una tranquilidad que me hizo odiarlo más.

—Vas a ver —dijo—. Vas a ver que ella está loca. Que yo solo intento ayudar.

Bajamos. Lucía estaba encogida en la esquina, con el bebé en brazos, temblando. Cuando me vio junto a él, sus ojos se llenaron de un terror absoluto.

—No… —susurró—. No, por favor.

Javier se arrodilló frente a ella como un santo falso.

—Lucía, cariño, mira quién está aquí. —Se giró hacia mí—. Diles lo que viste, Clara. Diles lo que creíste ver.

Yo lo miré. Luego miré a Lucía. Vi sus muñecas. Vi al bebé. Y de pronto, algo dentro de mí se rompió de una forma distinta: ya no era miedo. Era furia.

—Vi a una mujer secuestrada —dije alto, claro—. Vi a un bebé hambriento. Y vi a un monstruo con cara de hombre.

Javier se quedó inmóvil. Y entonces, sin previo aviso, me abofeteó. Una sola vez. Suficiente para hacerme ver estrellas. Suficiente para recordarme quién mandaba en su mundo.

—Siempre lo arruinan —murmuró, con voz casi triste.

Arriba, la puerta principal se abrió de golpe. Voces.

—¡Policía! ¡Abra la puerta!

El sonido fue tan real, tan cercano, que casi lloré de alivio. Javier levantó la cabeza. Sus ojos se movieron rápido, calculando. Luego me agarró del pelo y me obligó a mirar a Lucía.

—Escucha, Clara —susurró—. Si yo caigo, tú caes conmigo. ¿Me oyes? Yo tengo fotos. Tengo mensajes. Tengo pruebas de que tú bajaste aquí. De que tú… —sonrió, y fue la sonrisa de alguien que disfruta del caos— de que tú eres parte de esto.

Me dio un empujón y, antes de que pudiera reaccionar, corrió escaleras arriba. La puerta del sótano se cerró de golpe. Escuché el clic de un cerrojo desde fuera.

Me quedé abajo. Encerrada. Con Lucía y un bebé que lloraba cada vez más débil.

—No —dije, golpeando la puerta—. ¡NO!

Lucía no lloraba. Lucía me miraba con una especie de resignación amarga.

—Ahora lo entiendes —susurró—. Siempre deja a otra para que parezca culpable. Siempre.

Arriba se oían pasos, voces, golpes. Javier gritando algo sobre “una intrusa” y “mi pareja está teniendo un brote”. Yo golpeaba la puerta con los puños hasta que me ardían. El bebé lloraba. Lucía lo mecía con torpeza, cantándole un murmullo casi inaudible.

Entonces recordé el manojo de llaves en mi bolsillo. Con dedos torpes lo saqué. Probé una, dos, tres… Nada. La cerradura era distinta. Yo respiraba como si me ahogara.

—Lucía —dije, con la voz rota—. ¿Hay otra salida?

Lucía señaló una esquina, donde había unas cajas apiladas.

—Detrás —murmuró—. Hay una rejilla de ventilación. Da a… no sé. A la calle, quizá. Pero está alta. Y yo… yo no puedo.

Corrí hacia las cajas, las aparté con desesperación. Mis uñas se quebraron. Encontré la rejilla: oxidada, atornillada, cubierta de polvo. Con la linterna del móvil vi que detrás había un conducto estrecho. El aire entraba frío. Olía a noche.

Arriba, escuché la voz de Marta. Me atravesó como una flecha.

—¡CLARA! ¿DÓNDE ESTÁS?

—¡AQUÍ ABAJO! —grité, y mi voz rebotó en las paredes—. ¡EN EL SÓTANO!

Hubo un silencio. Luego, el sonido de golpes sobre la puerta del sótano.

—¡Policía! ¡Abra inmediatamente!

La voz de Javier sonó desde algún lugar cercano, indignada, convincente:

—¡Les digo que mi novia está delirando! ¡Se metió en el sótano sola! ¡No hay nadie!

—¡MENTIRA! —grité, con toda la fuerza que me quedaba—. ¡HAY UNA MUJER Y UN BEBÉ!

Mis gritos se mezclaron con el llanto del bebé. Escuché a alguien decir “¡llamen refuerzos!” y “¡fuerce la puerta!” y “¡cuidado!” El metal chirrió arriba. Pero yo sabía que Javier era rápido. Lo imaginaba corriendo, borrando rastros, preparando su siguiente sonrisa.

—Clara —murmuró Lucía de pronto, y su voz era tan extrañamente tranquila que me dio miedo—. Si él se va… no lo dejes volver a encontrarte.

Me giré hacia ella. Vi su cara, mi cara en otra vida. Vi el bebé.

—No voy a dejarte aquí —dije.

—No —respondió Lucía, y por primera vez me miró con algo parecido a ternura—. No me dejes a mí. No lo dejes a él. Es distinto.

En ese instante, arriba, un estruendo: la puerta del sótano cedió. Luz cegadora bajó por la escalera. Voces, pasos precipitados. Un policía bajó primero, linterna en mano, y al vernos se quedó congelado.

—Dios mío…

Detrás de él apareció Marta. Cuando me vio, se tapó la boca con las manos y empezó a llorar.

—Clara… —susurró, y bajó corriendo para abrazarme.

Yo temblaba tanto que apenas podía sostenerme. Señalé a Lucía.

—Ella… y el bebé… —dije, como si me costara hablar en el idioma de los vivos.

Los policías se movieron rápido. Uno subió con el móvil para pedir ambulancia. Otro se arrodilló junto a Lucía, hablándole suave. Lucía no se movía. Solo apretaba al bebé.

—Está bien —le decía el policía—. Ya está. Ya estás a salvo.

Pero Lucía negó con la cabeza, muy despacio.

—No —susurró—. Él no está aquí.

Y esa frase me clavó un hielo en el pecho. Miré hacia arriba. Subí los escalones tambaleándome, con Marta sosteniéndome del brazo. La casa estaba llena de gente: dos agentes, un vecino curioso, la puerta principal abierta de par en par. Doña Pilar —la vecina mayor que siempre barría su acera— estaba en el umbral, pálida, con las manos en el pecho.

—Yo… yo escuché gritos —balbuceó—. Y siempre me pareció raro ese hombre, tan correcto… tan…

—¿Dónde está Javier? —pregunté, y mi voz sonó como la de otra.

Un policía me miró, serio.

—No está. Cuando entramos, la puerta trasera del jardín estaba abierta. Estamos revisando el perímetro.

Sentí que el mundo se inclinaba. Marta me apretó más fuerte.

—Lo van a encontrar —me dijo, pero su voz temblaba.

Yo no contesté. Caminé por el pasillo como en trance. Entré en el despacho que Javier “casi nunca usaba”. La puerta estaba entornada. Dentro olía a papel y a perfume, el mismo perfume que él decía que “le encantaba en mí”.

Sobre el escritorio había una carpeta abierta. Fotos impresas. Mi cara. Mi calle. Mi trabajo. Mis horarios. Y, debajo, otras fotos: mujeres parecidas a mí. Una tras otra. Y al final, una foto antigua de Lucía sonriendo, con el pelo limpio, sosteniendo un test de embarazo positivo. Al lado, una lista escrita a mano con letra perfecta:

“Cabello: oscuro. Ojos: marrones. Lunar: cerca del labio. Talla: S. Perfume: jazmín.”

No era amor. Era selección.

Un policía apareció en la puerta.

—Señorita, no toque nada.

Yo levanté las manos, pero ya era tarde: había visto suficiente para que mi vida anterior muriera ahí mismo.

Esa noche en el hospital, mientras atendían a Lucía y alimentaban al bebé con un biberón que parecía un milagro, Marta no me soltó la mano. Yo miraba el techo blanco y escuchaba los sonidos del pasillo: pasos, susurros, teléfonos. A ratos cerraba los ojos y veía la puerta del sótano cerrándose. Escuchaba el clic.

—Va a volver —susurré.

Marta tragó saliva.

—No. No va a poder. Ahora todos saben.

Yo giré la cabeza hacia ella.

—No todos. Solo nosotros. Y él es bueno. Es demasiado bueno.

A la mañana siguiente, un detective vino a tomar mi declaración. Me habló de cámaras, de búsquedas, de antecedentes. Me dijo que Javier tenía otro nombre en un documento encontrado en el despacho. Me dijo que quizás no era la primera vez. Me dijo que ya habían visto casos donde el monstruo se disfraza de perfecto.

Lucía, cuando pudo hablar sin llorar, solo repitió lo mismo:

—Si no lo atrapan, va a buscar otra. Va a buscar otra cara. Otro lunar.

Dos semanas después, la casa fue clausurada. Los noticieros hablaron del “horror del sótano”. Pusieron mi foto borrosa. Pusieron la fachada. Pusieron el nombre de Javier como si fuera un titular más. Yo dejé mi trabajo. Me mudé con Marta por un tiempo. Dormía con la luz encendida. Me despertaba a las 3:00 A.M. aunque no hubiera golpes.

Una tarde, al volver del supermercado, encontré un sobre bajo la puerta del piso de Marta. No tenía remitente. Solo mi nombre, escrito con letra perfecta.

Lo abrí con manos frías. Dentro había una sola cosa: una pequeña llave oscura, vieja, como la del jarrón.

Y una nota doblada en dos:

“Clara, no te enfades. Solo quería que tuvieras una copia… por si acaso.”

El mundo se volvió estrecho. Marta me miró desde la cocina, preguntando con los ojos qué me pasaba. Yo apreté la llave en el puño hasta que me dolió. Y en ese dolor entendí la última parte del horror: que Javier no solo me había elegido. Javier me había estudiado. Y ahora, aunque yo corriera, aunque cambiara de ciudad, aunque me cortara el pelo y me borrara el lunar con maquillaje… él ya conocía mi cara mejor que yo misma.

Esa noche, cuando Marta se durmió, me senté en la cama con el móvil en la mano y marqué el número del detective. No lloré. No grité. Mi voz salió baja, firme, distinta.

—Ha dejado algo. Está cerca. Y no pienso volver a ser una pieza.

Colgué y miré por la ventana. En la calle, los faroles dibujaban sombras largas. Y por primera vez desde aquella madrugada, el miedo no me paralizó. Se transformó en otra cosa, oscura y viva: una promesa.

Porque si Javier quería una familia “que funcionara”, yo iba a enseñarle que, cuando una grieta se abre, también puede entrar la luz… pero a veces, la luz no perdona.

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