February 9, 2026
Drama Familia Venganza

Mi gemela idéntica intentó robarme la vida… y apareció vestida de novia

  • December 18, 2025
  • 23 min read
Mi gemela idéntica intentó robarme la vida… y apareció vestida de novia

Nunca pensé que la frase “ser tu propia sombra” pudiera ser literal hasta que entendí que mi sombra tenía mi mismo rostro. Nací con una gemela idéntica, Lara, y durante años la gente lo trató como una bendición: “¡Qué suerte, una compañera de por vida!”, “¡Son dos gotas de agua!”. En las fotos familiares somos un espejo perfecto: la misma nariz, el mismo hoyuelo en la mejilla izquierda, el mismo cabello oscuro que de niñas mamá trenzaba con listones rojos. Pero las trenzas se deshicieron, los listones se perdieron, y lo que quedó fue una sensación pegajosa, incómoda, como una etiqueta mal pegada en la piel: Lara no quería ser mi hermana, quería ser yo.

La primera vez que lo noté fue en la adolescencia, cuando mi identidad empezó a sentirse como algo propio y no como una extensión de la familia. Yo había descubierto que me gustaba dibujar, que me relajaba escuchar música con audífonos en el bus, que tenía un estilo particular al hablar, un humor seco que solo mis amigas entendían. Lara, en cambio, era… cambiante. Un día llevaba botas porque una chica popular las llevaba, al otro se obsesionaba con el color de labios de una influencer. No era raro; todos copiamos un poco cuando estamos creciendo. Lo raro era lo específico: me copiaba a mí con precisión quirúrgica.

Yo llegaba a casa con un flequillo nuevo y al día siguiente ella aparecía con el mismo, como si lo hubiera pedido mostrando mi foto. Yo elegía una mochila con un pin de un gato astronauta y, sin falta, dos semanas después ella tenía el pin exacto. En el comedor, papá lo tomaba como broma.

“Van a confundirlas en el baile de graduación”, decía riéndose, y chocaba su taza de café con la de mamá.

Mamá sonreía, cansada: “Ay, son hermanas, es normal que se influencien”.

Pero mi mejor amiga, Camila, era la primera en fruncir el ceño. En la fila del almuerzo, cuando Lara apareció con mis mismos aros pequeños y el mismo suéter verde que yo había usado el día anterior, Camila se inclinó hacia mí y susurró:

“Esto no es influencia. Esto es… persecución”.

Yo me reí para quitarle peso, pero me quedó un nudo en el estómago. El problema no era que se vistiera como yo; el problema era cómo me miraba cuando alguien me felicitaba. Esa mirada no era de orgullo, era de cálculo. Como si estuviera midiendo cuánto de mi vida podía ocupar.

En la preparatoria empezó el juego de la confusión, y Lara lo disfrutaba demasiado. En una ocasión, un profesor me regañó por un trabajo que supuestamente no entregué. Yo juré que sí lo había entregado. Él revisó y me mostró una hoja: mi nombre, mi letra… pero no era mi letra. Era una imitación torpe, como hecha con prisa. Cuando salí del aula, Lara estaba apoyada en un casillero, sonriendo.

“Qué raro, ¿no?”, dijo, y su voz sonó demasiado dulce. “A veces te distraes”.

“¿Fuiste tú?”, le pregunté, directo.

Ella se encogió de hombros. “¿Y si sí? ¿Quién lo probaría? Nadie sabe quién es quién cuando nos ponemos iguales”.

Ese día, por primera vez, sentí miedo de mi propia cara. No un miedo cinematográfico, sino uno íntimo, nauseabundo: el miedo a que tu historia pueda ser reescrita por alguien que comparte tu piel.

Aun así, sobreviví la adolescencia pensando que la universidad sería mi salida. Un campus lejos, nuevas personas que no habían crecido llamándonos “las gemelas”. Yo había logrado que nos aceptaran en universidades distintas. Cuando llegó la carta de admisión, la abrí temblando, y lloré de alivio al ver el nombre de otra ciudad. Lara fingió alegrarse.

“Wow, qué valiente”, dijo, y me abrazó demasiado fuerte. Sentí su respiración en mi cuello, tibia. “Te voy a extrañar… tanto”.

Me fui a la universidad con la ilusión de empezar de cero. Me mudé a una residencia estudiantil donde nadie sabía que yo tenía una gemela. Mi compañera de cuarto, Nuria, era de esas personas que te adoptan sin preguntar: me ofreció galletas la primera noche, me prestó un cargador, me presentó a su grupo de amigos. Yo empecé a sentirme una persona completa, no una mitad comparativa. Me inscribí en un taller de ilustración, conseguí un trabajo de medio tiempo en la biblioteca y, en mi segundo semestre, conocí a Daniel.

Daniel era tranquilo, de esos que escuchan con atención y no se desesperan con tus silencios. Nos conocimos porque yo estaba buscando un libro y él, desde otra fila, dijo: “Ese autor también me destrozó el corazón”. Me reí. Terminamos en la cafetería hablando de novelas y de música, y cuando me acompañó al dormitorio, me preguntó si podía volver a verme. Yo dije que sí, y por primera vez en mucho tiempo me sentí elegida por quien era, no por ser “una de las dos”.

No le conté de Lara de inmediato. No por vergüenza, sino por cansancio. Cansancio de explicar, de justificar, de sonar exagerada. Pero un día, en una videollamada con mamá, Lara se cruzó detrás de ella con un pijama que yo había dejado en casa y que me era demasiado familiar. Daniel, que estaba a mi lado en el sofá, miró la pantalla y preguntó:

“¿Quién es ella?”

Mi estómago se apretó. “Mi gemela”, dije. “Lara”.

“Ah”, respondió él con una sonrisa sorprendida. “¡Qué loco! Son idénticas”.

Yo fingí reír, pero mis dedos se clavaron en la manta. Esa misma noche, me llegó un mensaje de Lara.

“¿Así que tienes novio? Mándame foto. Quiero verlo”.

No respondí. Al día siguiente insistió.

“¿Por qué lo escondes? ¿Te da vergüenza que lo vea?”.

Ignoré. Dos días después, Nuria me dijo que alguien había preguntado por mí en recepción. “Una chica igualita a ti”, dijo, divertida. “Pensé que era tu prima o algo. Le dije que no estabas”.

Sentí que se me helaba la espalda. Salí corriendo al vestíbulo y miré hacia la calle. No la vi, pero encontré algo peor: la certeza de que Lara había cruzado kilómetros solo para comprobar que mi vida seguía existiendo sin ella.

Semanas más tarde, Daniel y yo fuimos a una fiesta universitaria. Habíamos bebido un poco, estábamos riendo con amigos. En un momento, me separé para ir al baño. Cuando volví, vi a Daniel en el patio, hablando con una chica de espaldas. La chica se giró, y fue como mirarme a mí misma, pero con una sonrisa que yo no estaba usando. Lara.

Se acercó como si fuera lo más normal del mundo. “Sorpresa”, canturreó. “Quería conocer a Daniel”.

Daniel parpadeó, confundido. “¿Lara? No sabía que estabas aquí”.

“Es que tu novia no me contó nada”, dijo ella, y su tono tenía un filo elegante. “Siempre fue así, celosa con sus cosas”.

“Lara, vámonos”, le dije, tratando de mantener la calma.

Ella me tomó del brazo con fuerza suficiente para doler. “No seas grosera. Solo estamos conversando”.

Daniel intervino, suave pero firme. “Si ella te está diciendo que no, por favor respeta”.

Los ojos de Lara se clavaron en él, evaluándolo. Luego sonrió. “Qué caballeroso”, murmuró, y su mirada bajó apenas, como un gesto que parecía accidental, pero no lo era. Coqueteo en miniatura, medido. Un veneno de gotitas.

Esa noche, en el dormitorio, Nuria me encontró llorando en la cama. Yo intenté explicarle entre sollozos.

“Ella… no entiende límites. No entiende que yo soy yo”.

Nuria apretó mis manos. “Entonces hay que ponerlos tú. Y si tu familia no lo ve, lo vemos nosotras”.

Yo quise creerlo. De verdad quise.

En los meses siguientes, Lara empezó a colarse en mi vida como humedad en paredes viejas. Me enviaba capturas de mis publicaciones en redes sociales, señalando detalles: “Me gusta tu blusa”, “¿Dónde compraste esos zapatos?”, “Qué lindo tu peinado, creo que me lo haré”. Cuando yo bloqueaba su cuenta, aparecía otra. Cuando cerraba mi perfil, alguien nuevo me seguía sin foto, sin nombre claro. Mi círculo universitario se hizo más pequeño, más cuidadoso.

Y entonces vino el sabotaje verdadero.

Una tarde, Daniel me llamó, con la voz extraña. “Tenemos que hablar”, dijo.

Nos sentamos en un banco cerca del lago del campus. Él sacó su teléfono. “Me llegó esto”, explicó, y me mostró una foto: Daniel entrando a un edificio, de la mano con una chica. La chica tenía mi cabello, mi cara. La foto estaba granulada, tomada a distancia. Al pie, un mensaje anónimo: “Tu novia no es tan fiel como crees”.

Yo miré la imagen, y algo en mí se rompió y se volvió frío. “Esa no soy yo”, dije. “Es Lara”.

Daniel frunció el ceño. “¿Cómo…?”.

“Porque ella haría esto”, respondí, y sentí rabia en lugar de lágrimas. “Ella quiere que tú dudes. Quiere entrar en nuestra relación”.

Daniel respiró hondo, como si estuviera reacomodando su mundo. “Necesito que me cuentes todo”, dijo.

Se lo conté. Por primera vez, sin minimizar. Le hablé de la adolescencia, de los trabajos falsos, de las imitaciones, de la fiesta. Daniel me escuchó sin interrumpir. Al final, apretó mi mano.

“No estás loca”, dijo. “Y no estás sola”.

Pensé que con eso bastaría. Que el amor, la lógica, los límites, podían contra una obsesión. Me equivoqué.

Al graduarme, me ofrecieron una oportunidad laboral en otro estado. No era un puesto de película, pero era mío: un trabajo en una editorial pequeña, con gente que valoraba mis ilustraciones y mis ideas. Daniel, que también consiguió empleo en la misma ciudad, me propuso que nos mudáramos juntos. Yo sentí una alegría tan limpia que casi me dolió. Era la salida final. La distancia como puerta cerrándose.

Cuando le conté a mamá, ella hizo una pausa rara. “¿Y Lara?”, preguntó.

“Lara es adulta”, respondí. “Puede hacer su vida”.

Mamá suspiró. “No seas cruel. Ella te necesita”.

Yo apreté el teléfono. “Mamá, ella no me necesita. Ella me consume”.

Hubo silencio. Luego su voz, en ese tono que usaba cuando quería que yo cediera: “Son hermanas. Tienen que arreglarlo”.

Yo colgué con las manos temblando. Papá me llamó al rato. “Tu madre… no entiende”, dijo con tristeza. “Pero yo sí veo que estás cansada. Haz lo que tengas que hacer”.

Esa frase, simple, fue como una manta en invierno.

Daniel y yo nos mudamos. Al principio fue maravilloso: cajas, muebles baratos, pizza en el suelo, planes a futuro. A los pocos meses, Daniel me pidió matrimonio en un parque, al atardecer, con manos nerviosas y ojos honestos.

“Quiero construir una vida contigo, no con tus miedos”, dijo, y yo dije que sí llorando, pero esta vez de alivio.

La noticia del compromiso fue una chispa en el cuarto oscuro de Lara.

Dos semanas después, una mañana de sábado, alguien golpeó la puerta del departamento. Yo estaba en pijama. Daniel abrió y lo escuché decir: “¿Puedo ayudarte?”.

Una voz conocida respondió: “Claro que sí. Soy la familia”.

Me asomé y la vi allí, con una maleta. Lara. Sonriendo como si fuera una visita casual, como si no hubiera cruzado estados sin avisar.

“¿Qué haces aquí?”, pregunté, y mi voz salió más baja de lo que quería.

“Vine a celebrar”, dijo, levantando las cejas hacia mi anillo. “¿No invitas a tu hermana al compromiso? Qué feo, ¿no?”.

Daniel se colocó a mi lado. “Lara, esto no es un buen momento. Deberías habernos avisado”.

Ella lo miró con una ternura falsa. “Ay, Dani, tú siempre tan correcto. Solo quería verlos. Además, tengo que conocer la ciudad. Tal vez me mude”.

Sentí que el suelo se inclinaba. “No”, dije. “No vas a mudarte cerca de mí”.

Lara soltó una risita. “Mira qué mandona. Pero no eres mi mamá”.

Esa visita terminó con Daniel llamando a un hotel cercano y pagando una habitación para que ella se quedara allí “por esa noche”. Lara aceptó con una sonrisa triunfal, como si hubiera ganado algo solo por obligarnos a reaccionar.

Y luego empezó el caos en serio, como una tormenta que se forma con paciencia.

Comencé a recibir correos extraños en el trabajo. Mensajes “anónimos” que insinuaban que yo estaba usando mi puesto para coquetear con colegas. Mi jefa, Elena, una mujer directa y elegante, me llamó a su oficina.

“¿Hay algo que deba saber?”, preguntó, y su mirada no era acusatoria, sino preocupada.

Yo tragé saliva. “Hay alguien… intentando ensuciar mi nombre”, expliqué. “Mi hermana gemela”.

Elena se quedó quieta un segundo. “¿La misma cara?”, dijo.

“Sí”.

“Entonces esto puede ponerse feo”, murmuró. “Escucha, confío en tu trabajo. Pero documenta todo. Guarda correos, captura mensajes. Y no camines sola al estacionamiento por un tiempo”.

Salí de esa oficina temblando, no por miedo a Elena, sino porque la palabra “documenta” me sonó a guerra.

En paralelo, Daniel empezó a notar cosas raras. Un ex compañero suyo, Marco, le escribió: “Oye, ¿todo bien? Vi fotos tuyas con otra”. Daniel se lo mostró, confundido. Al abrir el enlace, aparecía un collage en una cuenta falsa: Daniel abrazando a una mujer en un bar, Daniel entrando a un edificio con alguien. La mujer tenía mi cara. Debajo, textos insinuando infidelidad. Lo terrible era que, a simple vista, cualquiera creería que era yo.

“No es real”, dije, y sentí el estómago arder.

Daniel apretó la mandíbula. “Lo sé. Pero alguien lo está haciendo ver real”.

Nuria, mi ex compañera de cuarto, ahora en otra ciudad, me llamó cuando se enteró. “Dime que no es ella”, dijo.

“Es ella”, respondí, y me sorprendió lo cansada que sonaba mi voz.

En ese momento apareció un personaje inesperado: Silvia, la ex de Daniel. Yo la conocía apenas de nombre. Una tarde, Daniel recibió un mensaje suyo: “Necesito hablar contigo. Es urgente”.

Nos vimos en una cafetería. Silvia llegó nerviosa, con las manos alrededor de una taza como si fuera un salvavidas. Miró a ambos y dijo, sin rodeos:

“Me contactó alguien que dice ser tu prometida”.

Daniel frunció el ceño. “¿Cómo?”.

Silvia tragó saliva. “Me escribió desde un número desconocido. Me dijo… que estaba preocupada, que tú estabas actuando raro, y me preguntó detalles íntimos de cuando éramos pareja. Como si quisiera información para usarla. Al principio pensé que eras tú”, me miró, “pero luego dijo cosas… como ensayadas. Y pidió fotos viejas. Me dio mala espina”.

Yo sentí la sangre en las orejas. “Fue Lara”, dije.

Silvia apretó los labios. “Eso pensé cuando la vi en redes. Hay dos de ustedes. Escucha… no quiero problemas. Pero esto es peligroso”.

Daniel se inclinó hacia ella. “Gracias por decirnos. De verdad”.

Silvia asintió, y antes de irse me miró con una mezcla de compasión y alarma. “No dejes que te quite la vida”, dijo bajito.

Esa frase se me quedó pegada.

Cuando creí que ya no podía empeorar, descubrimos lo del detective privado. Fue casi por accidente. Un hombre nos siguió al salir de una cena. Daniel lo notó por la tercera vez que el mismo auto aparecía en los espejos. Nos detuvimos en una gasolinera y el auto se detuvo también. Daniel se bajó y caminó hacia el conductor.

“¿Necesita algo?”, le preguntó con calma peligrosa.

El hombre, de mediana edad, parecía cansado. “No quiero problemas”, dijo, levantando las manos. “Solo hago mi trabajo”.

“¿Quién lo contrató?”, pregunté yo, acercándome con el corazón golpeándome la garganta.

Él dudó. Miró alrededor. Al final, dijo: “Una mujer. Jóven. Se llama Lara… o eso dijo. Pagó por adelantado. Quería saber con quién se reúnen, dónde trabajan, si él…”, señaló a Daniel, “ve a algún lugar extraño”.

Sentí que el mundo se volvió blanco. El detective se encogió de hombros, como si aquello fuera solo un caso más. Pero para mí era una confirmación brutal: Lara no solo jugaba, investigaba. Construía una realidad alternativa donde yo era reemplazable.

Esa noche, Daniel y yo hicimos una lista como si fuéramos estrategas: cambiar contraseñas, cerrar perfiles, avisar al trabajo, hablar con un abogado, instalar cámaras en la entrada. Nuestro vecino, Tomás, un tipo grande y amable que siempre regaba sus plantas en el pasillo, escuchó parte de la conversación cuando Daniel instalaba una mirilla nueva.

“Si alguien los molesta, avísenme”, dijo Tomás. “En este edificio nos cuidamos”.

Fue la primera vez que sentí que la comunidad podía ser una muralla.

Mamá, por supuesto, reaccionó como si yo estuviera exagerando. Cuando le conté lo del detective, se rió con nerviosismo.

“Lara solo está preocupada por ti”, dijo. “Es su forma… intensa de amar”.

“Eso no es amor”, respondí, y mi voz se quebró. “Es control”.

Mamá cambió el tono: “No puedes dejarla fuera de tu boda. La vas a destruir”.

Yo apreté el teléfono. “Mamá, ella está intentando destruirme a mí”.

Colgué antes de llorar. Papá me llamó después, con una voz que nunca le había escuchado: furiosa, por fin despierta.

“Hablé con un amigo abogado”, dijo. “Esto es acoso. Y es serio. Voy a apoyarte”.

Sentí un alivio extraño, mezclado con tristeza: ojalá no hubiera necesitado tanta evidencia para que me creyera, pero agradecí que al fin lo hiciera.

Llegó el momento de planear la boda, y la alegría que imaginé se mezcló con un miedo constante, como música de fondo. Contratamos seguridad. Hicimos una lista estricta de invitados. La organizadora, Verónica, una mujer con voz de mando y una carpeta llena de post-its, me dijo:

“Si alguien intenta entrar sin estar en lista, no pasa. Y si hay alguien específicamente peligroso… dígamelo”.

Yo dudé un segundo. Decirlo en voz alta era como aceptar que mi vida tenía villana. Pero lo dije: “Mi hermana gemela”.

Verónica no pestañeó. “Perfecto”, respondió. “Entonces necesito foto de ella y de usted. Y una palabra clave para confirmar identidad”.

Yo solté una risa sin humor. “¿Una contraseña para ser yo?”.

Daniel me abrazó por los hombros. “La que tú elijas”, dijo.

Elegí una palabra que Lara no usaría jamás, porque no le pertenecía: “Ilustración”.

El día de la boda amaneció claro, casi demasiado bonito para el nivel de ansiedad que yo cargaba. Me maquillaron en una habitación del lugar, con Camila y Nuria a mi lado. Nuria había volado para estar conmigo y estaba decidida a ser mi guardaespaldas emocional.

“Hoy nadie te roba nada”, me dijo mientras me acomodaba el velo.

Yo respiré hondo. “Solo quiero casarme sin drama”.

Camila bufó. “Entonces debiste nacer sin gemela”.

Reímos, pero la risa se cortó cuando escuchamos movimiento afuera. Verónica entró con el rostro tenso.

“Hay un problema”, dijo.

Sentí que se me secaban los labios. “¿Qué?”.

Verónica miró a Daniel, que acababa de entrar para verme antes de la ceremonia. “Alguien intentó ingresar diciendo que es la novia”.

Mi corazón se detuvo un segundo. “Lara”.

Verónica asintió. “Traía vestido blanco. Pelo igual. Maquillaje similar. Intentó pasar por una entrada lateral”.

Nuria soltó un insulto. Camila se llevó una mano a la boca. Daniel, en cambio, se puso rígido, como una puerta cerrándose.

“¿La detuvieron?”, pregunté.

“Sí”, dijo Verónica. “Pero está afuera. Y está haciendo… un show. Está mostrando fotos, documentos, diciendo que usted lo engaña”.

Sentí náuseas. “¿Qué documentos?”.

“Papeles impresos”, dijo Verónica. “Como capturas, supuestas conversaciones, y un contrato de investigador. No sé si es real”.

Daniel tomó mi mano. “No salgas”, dijo. “Yo lo manejo”.

“Yo voy contigo”, dijo Tomás, apareciendo en la puerta como si hubiera sido invocado. “Escuché a la seguridad por el pasillo”.

Verónica ya estaba llamando a alguien por radio. “Policía en camino”, dijo seca.

Yo me quedé paralizada, vestida de novia, escuchando desde una ventana alta. Afuera, en la entrada, vi a Lara gesticulando, como actriz en un escenario. Su voz, aunque no llegaba clara, se notaba por la energía: señalaba papeles, se llevaba las manos al pecho, fingía llorar. Un pequeño grupo de curiosos se había formado. La humillación me golpeó antes de que pasara, como anticipación venenosa.

Daniel salió con Tomás y dos guardias. Lara lo vio y su cara se iluminó de triunfo. Corrió hacia él con los brazos abiertos, como si fuera yo.

“¡Amor!”, gritó, y por un instante sentí que el mundo se volvía pesadilla: mi prometido frente a mi doble en vestido blanco.

Daniel dio un paso atrás. “No me llames así”, dijo fuerte. “Basta, Lara”.

Lara cambió la expresión, como si tuviera interruptores. “¿Ves?”, le dijo a la gente alrededor. “¡Ni siquiera quiere escuchar! ¡Porque sabe que tengo pruebas!”.

Un guardia intentó quitarle los papeles. Ella los alzó. “¡No me toques! ¡Estoy denunciando una traición!”.

Entonces llegó la policía. Un oficial, Ramírez, se acercó con calma. “Señorita, necesito que se identifique”, dijo.

Lara sonrió con inocencia fabricada. “Soy la novia”.

Ramírez la miró de arriba abajo. “¿Y la palabra clave?”, preguntó, y yo supe que Verónica le había dado la instrucción.

Lara parpadeó. “¿Qué palabra clave?”.

Ramírez inclinó la cabeza. “La que solo la novia sabe”.

Lara apretó los labios. Sus ojos buscaron una salida. Y entonces, como si fuera un golpe final, Ramírez le pidió su identificación. Lara sacó una cartera y entregó una licencia. Desde mi ventana vi el gesto del policía al compararla con la lista, con las fotos. El cambio fue inmediato: Ramírez enderezó la espalda.

“Esta identificación no coincide”, dijo. “Y está alterada”.

El aire se me fue del pecho. Documentos falsos. Lara había cruzado la línea con tinta y plástico.

Lara alzó la voz. “¡Es un error! ¡Me están discriminando porque somos gemelas!”.

Daniel habló, y aunque no escuché todo, vi su postura: firme, protectora. Luego Tomás señaló hacia las cámaras del edificio, y Ramírez asintió.

En minutos, la situación escaló como fuego en papel. Lara se puso histérica cuando Ramírez le dijo que debía acompañarlos. Intentó zafarse, gritó mi nombre como si fuera una maldición.

“¡Esto es mío también!”, chilló. “¡Tú no existes sin mí!”.

Yo me tapé la boca con la mano para no gritar. Nuria me abrazó con fuerza. Camila murmuró: “Dios mío”.

Lara fue arrestada por acoso y por uso de documentos falsos. Cuando la patrulla se la llevó, ella giró la cabeza y, por un segundo, sus ojos se cruzaron con los míos a través del cristal. Y en esa mirada no había tristeza ni arrepentimiento. Había promesa.

La ceremonia, pese a todo, ocurrió. Caminé hacia el altar con las piernas temblando, pero cuando vi a Daniel esperándome, la habitación entera se redujo a un punto: nosotros. Él me susurró al oído cuando llegué:

“Hoy te eliges tú”.

Yo lloré al decir “sí”, y no fue solo por amor; fue por liberación.

Después vinieron semanas de papeleo, declaraciones, abogados. Lara recibió libertad condicional, terapia obligatoria, orden de no contacto y tuvo que pagar parte de los costos de seguridad del evento. Cuando el juez leyó la orden, yo sentí una mezcla de triunfo y duelo: no era la hermana que yo merecía, y aceptar eso era doloroso, pero necesario.

Papá se mantuvo a mi lado. Mamá, en cambio, insistió en llamarme.

“Estás arruinando a tu hermana”, repetía.

“No, mamá”, respondí la última vez. “Ella se arruinó sola”.

El golpe final llegó cuando, revisando archivos con nuestro abogado, apareció un patrón que me heló: testimonios de antiguos conocidos, mensajes viejos recuperados, historias que yo había olvidado por sobrevivir. Lara había saboteado otras relaciones mías en la universidad, enviando rumores, fingiendo ser yo en chats, alimentando celos. No era un episodio aislado. Era un método.

Durante un tiempo, el silencio fue un bálsamo. Daniel y yo intentamos vivir como pareja recién casada: cocinar juntos, decorar el departamento, reír por tonterías. Pero la obsesión no se apaga fácil. Un día, Daniel recibió un mensaje en una red profesional, de una cuenta sin foto: “Necesito hablar contigo de tu esposa”. El texto parecía formal, pero la forma de escribir… era Lara.

Daniel lo bloqueó. Nuestro abogado lo reportó. Eso violaba la orden.

La consecuencia fue rápida: ampliaron las restricciones, endurecieron las condiciones de libertad condicional. Cuando nos informaron, yo no celebré; solo sentí una calma triste. Como cuando cierras una puerta que debiste cerrar hace años.

Esa noche, Daniel me encontró en el balcón, mirando la ciudad. “¿Estás bien?”, preguntó.

“Estoy… cansada”, dije. “Y al mismo tiempo, por primera vez, siento que puedo respirar”.

Daniel me rodeó con sus brazos. “No tienes que salvarla”, murmuró. “No es tu responsabilidad”.

Yo apoyé la frente en su hombro. “Eso es lo que ella siempre quiso que creyera”, dije. “Que si ella se hunde, yo debo hundirme con ella”.

Me quedé callada un momento, escuchando el ruido lejano del tráfico, ese sonido común que a mí me parecía un milagro: vida normal.

“No la voy a ayudar a escapar de sus consecuencias”, dije al fin. “Porque hacerlo solo alimenta esto. Solo la vuelve más segura de que puede robarme, invadirme, romper todo… y que yo igual estaré ahí, arreglándolo. Ya no”.

Daniel besó mi sien. “Entonces no”, dijo, simple y definitivo.

Meses después, cuando alguien me pregunta si extraño tener una gemela, sonrío con cuidado. Extraño la idea. Extraño esa versión de nosotras que solo existió en fotos con trenzas y listones. Pero la verdad es que, durante años, mi identidad fue una casa sin cerradura. Lara entraba, movía muebles, cambiaba cuadros, dejaba su olor. Yo pasé demasiado tiempo pidiendo permiso para ser yo.

Ahora mi casa tiene llave. Y si algún día Lara aprende a mirarse al espejo y ver su propio rostro sin querer arrancarme el mío, ojalá encuentre paz. Pero mi paz no depende de su sanación, y mi vida ya no está disponible para su obsesión. Soy yo. Solo yo. Y por fin, eso basta.

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