February 7, 2026
Drama Familia

“La Vergüenza de la Familia” Humillado en la Boda… Hasta que el Hombre Más Poderoso del Salón Abre la Boca

  • December 3, 2025
  • 22 min read
“La Vergüenza de la Familia” Humillado en la Boda… Hasta que el Hombre Más Poderoso del Salón Abre la Boca

Desde siempre supe que, en mi familia, mi nombre era sinónimo de decepción.

—Alejandro… —decía mi madre en las cenas, alargando la última sílaba como un suspiro cansado—. ¿Y tú? ¿Qué hiciste hoy?

Yo hablaba de colores, de pinceles, de un encargo pequeño que había pintado para un café en Coyoacán. Y entonces venía la mirada de mi padre, ese abogado de trajes perfectos y sonrisa de notario satisfecho.

—Muy bonito, hijo —respondía—. Lástima que los cuadros no paguen la luz.

La mesa estallaba en risitas. Mis tíos, mis primos, y sobre todo ella: Sofía.

Sofía, la estrella. La hija perfecta. La más joven directora de Asuntos Legales en la corporación de Don Rodrigo Solís, el hombre cuyos negocios eran tan brillantes como turbios. En las portadas de las revistas salía como “magnate del sector energético”, pero en los susurros de los pasillos se hablaba de contratos amañados, licitaciones compradas y un imperio que se extendía por debajo de la mesa.

Yo, en cambio, era “el artista”. El que aún vivía con sus padres a los treinta y tantos. El que no tenía seguro médico ni fondo para el retiro.

—Brindemos por Sofía, orgullo de la familia Reyes —decía mi padre, levantando siempre su copa hacia ella—. Y, bueno… por Alejandro también, que… sigue intentando.

Las risas. Siempre las risas.


La invitación a la boda de Sofía llegó en un sobre grueso, con letras doradas que brillaban como si ellas mismas se burlaran de mí. Un salón exclusivo en San Ángel, 400 invitados, menú de seis tiempos, mariachis, DJ internacional. Una boda que costaba más que lo que yo había ganado en toda mi vida.

—Por favor, vístete bien —me pidió mi madre mientras planchaba mi camisa blanca barata—. No hagas un numerito. Es el gran día de tu hermana.

—¿Desde cuándo yo hago numeritos? —pregunté.

—Desde que naciste —murmuró Sofía, pasando detrás de mí con su bata de seda, lista para la prueba final del vestido—. Y asegúrate de no hablar de tus “proyectitos artísticos” con los invitados. La gente importante no tiene tiempo para esas cosas.

La gente importante.

Esas dos palabras se quedarían pegadas a mí toda la noche.


El salón de San Ángel era otra galaxia. Candelabros de cristal colgaban del techo como lunas derretidas. El piso brillaba tanto que podía ver mi propia inseguridad reflejada. Mesas con manteles color marfil, centros de mesa del tamaño de un niño pequeño, orquídeas, rosas, velas. Afuera, el mariachi tocaba “Sabor a mí” mientras llegaban los autos de lujo.

Yo entré con mi traje rentado, que me quedaba apenas bien, sintiéndome como un intruso en una película ajena.

—Ale, ¿no tenías otro saco? —susurró mi padre, revisándome de arriba abajo—. Parece de boda de pueblo.

—Pues es lo que alcanzó —respondí, tragándome la vergüenza.

En la mesa principal, Sofía resplandecía. El vestido blanco se ceñía a su cuerpo perfecto, el maquillaje era impecable, su sonrisa, una obra maestra de seguridad. A su lado estaba su futuro esposo, Esteban, hijo de otro empresario pesado. Detrás de ellos, el trono de los verdaderos reyes de la noche: mis padres… y Don Rodrigo Solís.

Lo vi y entendí por qué todo el mundo le temía.

Traje de seda oscura, corte perfecto, corbata discretamente cara. El rostro curtido, lleno de líneas marcadas por el sol y la preocupación, pero los ojos… esos ojos parecían ver más allá de la carne, como si leyeran la utilidad de cada persona.

—Ese es Don Rodrigo —susurró mi primo a mi lado—. Dicen que si te mira y sonríe, tienes futuro. Si te mira y frunce el ceño, mejor huyes del país.

—¿Y si no te mira? —pregunté.

—Entonces no existes.

Yo, Alejandro Reyes, no existía en ese salón. Me senté en una mesa de la esquina, junto a tíos lejanos que apenas recordaba. Mientras todos se movían, saludaban y chocaban copas, yo me quedé observando, tratando de pasar desapercibido.

—¿Y tú a qué te dedicas, mijo? —preguntó una tía que no veía desde niño.

—Pinto —dije—. Soy artista.

—Ah, artista… —repitió ella, como si hubiera dicho “malabarista de semáforo”—. Pero… ¿de qué vives?

“De milagro”, pensé. Sonreí y bebí otro sorbo de vino barato.


La ceremonia avanzó. Hubo lágrimas falsas, risas auténticas, fotos impostadas. Después llegó la cena. Los meseros se movían como coreografía perfecta, sirviendo platos diminutos con nombres larguísimos. Yo apenas probé bocado; la angustia me cerraba el estómago.

Entonces el maestro de ceremonias anunció:

—¡Es momento de los brindis!

Se pusieron de pie el padre del novio, mi padre, y algunos amigos. Todos hablaron de lo maravillosa que era Sofía, del futuro brillante que le esperaba, del matrimonio perfecto.

Yo aplaudía, tratando de pensar en otra cosa. Tal vez en el cuadro que estaba dejando a medias en mi pequeño estudio. Un atardecer sobre la ciudad, edificios grises tragándose los últimos colores del día.

—Y ahora —dijo el maestro de ceremonias—, unas palabras de la novia.

Sofía se levantó, espléndida, radiante, sosteniendo su copa de champán. El salón se calló de inmediato. La luz de los candelabros parecía concentrarse en ella. Yo, desde mi esquina, me hundí un poco más en la silla.

—Primero que nada —empezó Sofía, con la voz firme—, quiero agradecer a mis padres. Mamá, papá, gracias por enseñarme que el éxito no es una opción, sino una obligación.

Mis padres sonrieron, orgullosos.

—Esteban —continuó Sofía, mirando a su esposo—, gracias por elegir caminar a mi lado. Juntos seremos la pareja que todos envidian.

Hubo risitas, murmullos de aprobación. El fotógrafo no dejaba de disparar el flash.

—Y, por supuesto —añadió ella, girando la cabeza hacia la mesa principal—, gracias a mi jefe, el señor Rodrigo Solís, por confiar en mí y permitirme llegar tan alto.

Don Rodrigo inclinó apenas la cabeza, sin sonreír.

Yo pensé que el brindis terminaría ahí. Esperaba que terminara ahí.

Pero entonces Sofía clavó sus ojos en mí.

La sonrisa le cambió. Se volvió fina, afilada, peligrosa.

—Y ahora —dijo, alzando un poco más la voz—, quiero brindar por otra persona muy especial esta noche. Una persona que me ha enseñado, sin quererlo, todo lo que NO quiero ser. Mi querido hermano, Alejandro.

Sentí como si alguien hubiera apagado la luz sobre mí y al mismo tiempo me hubiera puesto un reflector encima.

Varias cabezas se giraron. Algunas personas en mi mesa me dieron palmaditas incómodas en el hombro.

—Alejandro —siguió Sofía, con un tono de falsa nostalgia—, el artista. El soñador. El pilar… no, esperen —se rió, y la gente empezó a reír con ella—, el anti-pilar de nuestra familia. El hombre que ha demostrado que uno puede llegar a los treinta y tantos sin empleo estable, sin pareja, sin nada… y seguir viviendo en casa de sus padres.

Mi cara ardía.

—Es nuestro pequeño… ¿cómo decirlo? —Sofía fingió pensarlo—. Nuestra vergüenza familiar. Pero lo queremos, ¿verdad?

Mi madre, quizá por inercia o por nervios, soltó una carcajada.

—¡Es cierto! —exclamó, levantando la copa—. Es la decepción de la familia… ¡pero lo queremos!

Mi padre trató de cubrirse la boca, pero también reía. Algunos invitados se tapaban la boca para que no se notara tanto su diversión. Otros reían abiertamente, encantados con el “chiste cruel” de la noche.

—¡Salud por Alejandro! —remató Sofía—. Para que algún día su talento sirva para algo más que llenar bodegas con cuadros que nadie compra.

Las copas se alzaron. Un coro de “¡salud!” llenó el salón.

Mi garganta se cerró. Tenía las manos apretadas contra la servilleta, los nudillos blancos. Pensé en levantarme e irme. Pensé en gritar. Pensé en romper mi copa contra el suelo.

No hice nada. Me quedé ahí, tragando el nudo, mirando la mesa, deseando desaparecer.

Fue entonces cuando se movió él.


Don Rodrigo Solís se levantó de su asiento con la calma de un rey cansado de tolerar a sus bufones.

El salón entero se silenció de golpe. Ni siquiera el mariachi, que tocaba afuera, se atrevió a seguir. La música se detuvo como si alguien hubiera cortado los cables del sonido.

Sofía sonrió, creyendo que venía la gran felicitación.

—Señorita Sofía —dijo Don Rodrigo, con una voz grave que resonó en las paredes—. Le sugiero que baje esa copa y se siente. Y que escuche con atención.

El tono no era de halago. Era de sentencia.

Sofía parpadeó, confundida. Bajó la copa, pero no se sentó.

—¿P… pasó algo, señor? —balbuceó mi padre, entre nervioso y servil.

Don Rodrigo no le dirigió la mirada. Sus ojos, oscuros, estaban fijos en Sofía.

—Lo primero —dijo—: en mi empresa jamás toleraría que se humille así a alguien de la familia. Ni siquiera a un enemigo, mucho menos a un hermano. Eso me dice más de su carácter que cualquier currículum.

Alguien tragó saliva tan fuerte que se oyó en el silencio.

—Era solo una broma, don Rodrigo —intervino Sofía, intentando recuperar su tono seguro—. Alejandro lo entiende, ¿verdad, hermanito? Siempre ha sido muy sensible.

No pude responder. Me tenía paralizado el miedo y, extrañamente, una pequeña chispa de esperanza.

Don Rodrigo chasqueó los dedos. Dos hombres de seguridad, que hasta entonces se habían mimetizado con las sombras del salón, se acercaron a la mesa principal. No eran enormes, pero se notaba que no querías verlos enojados.

—Señorita Sofía —dijo uno de ellos, con una voz seca—, va a tener que acompañarnos.

—¿Qué? —Sofía se rió, incrédula—. ¿Es algún tipo de sorpresa, don Rodrigo?

—La sorpresa —respondió él— es para todos los presentes.

Se volvió hacia los invitados, que lo miraban con los ojos muy abiertos, alguno con el celular a medio sacar, dudando si grabar o no.

—Esta boda —anunció— está construida, en parte, con dinero que no le pertenece a la señorita Sofía Reyes.

Un murmullo se extendió como una ola. El padre de Esteban se levantó de golpe.

—¿De qué está hablando? —preguntó, lívido.

Don Rodrigo tomó un sorbo de champán, como si diera tiempo a que las palabras calaran.

—Desviación de fondos —dijo por fin—. Manipulación de contratos menores. Cargos disfrazados de gastos de representación. Lo sé porque yo mismo ordené la auditoría cuando noté ciertas… anomalías. Y encontré que una parte nada despreciable de ese dinero terminó en esta noche: flores, músicos, decoración, regalos.

Sofía palideció.

—Eso… eso no es… No puede probar…

—Ya está probado, señorita —la interrumpió Don Rodrigo—. Y aunque lo voy a resolver internamente, hay algo que no puedo permitir: la arrogancia de quien roba y además escupe hacia abajo.

Se hizo un silencio más pesado que todos los anteriores.

—Estás mintiendo —susurró Sofía, mirando a todos a su alrededor—. ¿Verdad que está mintiendo? ¡Papá! Di algo.

Pero mi padre no dijo nada. Tenía la cara desencajada, mirando alternadamente a Don Rodrigo y a su hija, como si en esa mirada buscara una versión de la realidad que pudiera soportar.

El padre de Esteban habló, con un tono frío como el mármol:

—Esteban, quítate el anillo.

—Papá… —susurró Esteban.

—Quítatelo —repitió—. No voy a permitir que nuestro apellido se mezcle con este tipo de escándalos.

Esteban, temblando, se quitó el anillo y lo colocó sobre la mesa, frente a Sofía. Ella lo miró como si fuera una serpiente.

—Esto no puede estar pasando… —murmuró.

—Lo siento, Sofía —dijo Esteban, sin poder sostenerle la mirada.

Dos lágrimas negras, cargadas de rímel, comenzaron a bajar por las mejillas de mi hermana.

Fue en ese momento, cuando Sofía parecía hecha de cristal a punto de romperse, que Don Rodrigo hizo algo que nadie esperaba. Giró sobre sus talones y empezó a caminar… hacia mí.

Cada paso resonaba en el piso de mármol. Yo quise hundirme debajo de la mesa, pero mis piernas no respondían. Cuando estuvo frente a mí, lo único que pude ver fue el brillo sobrio de su reloj y el nudo impecable de su corbata.

Levanté la mirada.

Me observó en silencio, como si me evaluara.

Luego metió la mano en el saco y sacó una tarjeta de presentación. La sostuvo entre dos dedos y la dejó caer en mi mano. Me di cuenta de que estaba temblando.

—Su madre —dijo—, hace muchos años, salvó la vida de mi hija.

Parpadeé, confundido.

—¿Mi madre?

—Sí —asintió—. Usted era muy pequeño. Mi chofer perdió el control del coche en una avenida de periferia. Su madre salió de una farmacia, vio todo y no esperó a la ambulancia. Paró un taxi, se subió con mi niña sangrando y la llevó al hospital. Si no fuera por su rapidez, mi hija estaría muerta.

Un murmullo distinto recorrió el salón: sorpresa, incredulidad.

Recordé vagamente una historia de “un accidente” de cuando yo era niño, algo de una señora y una niña que mi madre había ayudado. Nunca le di importancia. En mi familia nadie hablaría mucho de algo que no se pudiera convertir en un logro en LinkedIn.

—Yo cumplo mis deudas, Alejandro —continuó Don Rodrigo—. Y hace tiempo que estaba buscando cómo pagar esta.

Miró a mi familia, a Sofía, a mis padres, a todos los que se habían reído.

—He visto su trabajo —añadió—. No lo que cuelga en los cafés. Lo que guarda en esa bodega donde cree que nadie lo ve. Tengo ojos en muchos lados.

Me quedé helado. ¿Cómo sabía de eso?

—Tiene talento —dijo al fin—. Bruto, desordenado, mal administrado. Pero talento al fin. Llámeme el lunes. A las nueve de la mañana. No más tarde.

Miró a Sofía por última vez.

—A algunos les regalo oportunidades —dijo—. A otros, lecciones. Esta noche usted decide cuál es cuál.

Y entonces, sin más, regresó a su asiento. Chasqueó los dedos y la música volvió, torpe, fuera de lugar. Algunos invitados aprovecharon para irse al baño, otros se sentaron sin saber qué hacer. La boda estaba rota. No había manera de recomponer esa noche.

Sofía, escoltada por los hombres de seguridad, fue llevada hacia un salón contiguo. No se la volvió a ver entre los invitados.

Yo miré la tarjeta que tenía en la mano. En letras sobrias, sobre fondo negro, solo decía:

R. Solís
Director General

Y un número privado.

Sentí que el aire volvía a entrar a mis pulmones.

Mi vida acababa de cambiar, y yo ni siquiera había abierto la boca.


El lunes, a las nueve en punto, estaba sentado en la recepción de la Torre Solís, un rascacielos de vidrio que cortaba el cielo de Ciudad de México como un colmillo.

Llevaba mi mejor camisa (la menos arrugada), un portafolio viejo con algunas fotos de mis cuadros, y una mezcla de miedo y curiosidad que me apretaba el estómago.

La recepcionista me miró por encima de sus lentes.

—Nombre.

—Alejandro Reyes.

Tecló algo.

—Lo están esperando, señor Reyes. Piso 32.

“Lo están esperando”.

Jamás había escuchado esas palabras dirigidas a mí en una oficina de verdad.

La secretaria de Don Rodrigo me hizo pasar a una antesala llena de arte: cuadros de autores famosos, esculturas minimalistas, una fotografía enorme de la ciudad bajo la lluvia. Pensé que tal vez me había equivocado de lugar y había entrado a una galería.

La puerta del despacho se abrió.

—Pase —dijo la voz de Don Rodrigo.

Entré.

La oficina era amplia, pero no ostentosa. Una gran ventana mostraba la ciudad entera, un tablero de luces y humo. En las paredes había más arte, pero mezclado con diplomas, fotos con presidentes, y una imagen de una niña pequeña abrazando a Don Rodrigo, ambos riendo.

—Siéntese, Alejandro —dijo él, sin levantar demasiado la voz.

Me senté.

—Sé que lo que pasó en la boda fue… intenso —empezó—. No suelo hacer escenas públicas. Pero su hermana lo necesitaba.

—¿Por qué? —me atreví a preguntar—. Podía haberla despedido en privado.

Don Rodrigo sonrió apenas.

—El problema de su hermana no era solo profesional —respondió—. Era moral. Ella no solo robó. Despreció a quien consideraba inferior. Y yo detesto eso.

Me miró como si esperara que entendiera algo más profundo.

—Cuando mi hija casi muere —continuó—, la gente no se acercó. Un coche volteado, sangre, gritos… Todos sacando el celular para grabar. Solo su madre se movió. No le importó que no me conociera. No le importó el escándalo. Se ensució, se manchó de sangre, se subió al taxi y se fue. Ese tipo de gente, Alejandro, es la que respeto. Y, por consecuencia, la que protejo.

Tragué saliva.

—¿Y yo? —pregunté—. ¿Por qué yo?

—Porque ella es su madre. Y porque vi sus cuadros.

Abrió una carpeta en su escritorio. Adentro, impresas, estaban fotos de mis pinturas. Imágenes que yo había subido a redes pensando que nadie veía.

—Necesito a alguien que se encargue de una nueva faceta de mis negocios —explicó—. Galerías, fundaciones, exposiciones. Lavado de imagen, si lo quiere ver así. Pero quiero que sea real. Quiero algo hermoso para poner delante de todo lo feo. ¿Me entiende?

Sí. Lo entendía demasiado bien.

—No le voy a mentir, Alejandro —añadió—. Mis manos no están limpias. Mis negocios tampoco. Si eso le incomoda, puede levantarse y salir por esa puerta. Le daré una compensación económica y no volverá a saber de mí. Pero si se queda, le prometo algo: nunca más volverá a ser “la vergüenza de la familia Reyes”.

Me quedé en silencio un momento. Pensé en Sofía, en sus risas, en la copa levantada. Pensé en mis padres, en sus miradas de decepción. Pensé en las noches frías en mi cuarto, pintando sabiendo que nadie vería esas obras.

Pensé en mi madre, montando en un taxi con una niña casi muerta en brazos, sin pedir nada a cambio.

Levanté la mirada.

—¿Qué tendría que hacer exactamente? —pregunté.

Don Rodrigo sonrió por primera vez. Una sonrisa breve, pero auténtica.

—Crear —respondió—. Y dejar de esconderse.


Pasaron los años.

El primer proyecto fue una galería en Polanco, financiada por una de las fundaciones de Don Rodrigo. Me puso al frente como director creativo. Al principio muchos pensaron que yo era un títere, un adorno. Pero cuando vieron mis cuadros en la exposición inaugural, algo cambió.

Un crítico escribió: “Alejandro Reyes pinta la Ciudad de México como si la amara y odiara al mismo tiempo. Sus edificios son cárceles y refugios; sus cielos, heridas abiertas”.
De pronto, las bodegas ya no eran bodegas; se volvieron salas de exposición.

Después vinieron murales en hoteles, colaboraciones con artistas internacionales, talleres gratuitos en barrios donde antes solo llegaban patrullas. El dinero comenzó a llegar. Me mudé de la casa de mis padres, renté un pequeño loft con luz natural. Pagué las deudas de mi madre sin decirle de dónde salía todo.

Una tarde, Don Rodrigo me llamó a su oficina.

—Ya no eres el chico al que humillaban en una boda —dijo, mirándome por encima de su escritorio—. Ahora la gente pronuncia tu nombre sin suspiros de decepción.

—A veces todavía lo hacen —respondí, medio en broma.

—Que lo hagan —encogió los hombros—. Lo importante es cómo lo pronuncias tú mismo, aquí —se tocó el pecho.

Su salud empezó a deteriorarse. Fumaba menos, pero era tarde. Un día su hija, ya adulta, vino a la galería. Me abrazó como si me conociera de toda la vida.

—Mi papá siempre habla de ti —dijo—. Dice que, si algo bueno hizo después del accidente, fue encontrarte.


¿Y Sofía?

La caída fue brutal.

Don Rodrigo no la denunció, pero la obligó a renunciar. El escándalo corrió entre pasillos. Esteban rompió el compromiso oficialmente. Mis padres intentaron arreglarlo, llamando a contactos, moviendo favores, pero nadie quería contratar a la abogada de la “boda del escándalo”.

Durante meses no supe de ella. Se encerró en casa, luego se fue a vivir sola a un departamento pequeño en otra colonia. En las comidas familiares, su nombre flotaba en el aire, evitado como un tema de enfermedad.

Un día, años después, la vi sentada en una cafetería modesta, frente a la galería donde se inauguraba mi nueva exposición. Llevaba un traje sencillo, el cabello recogido sin peinados sofisticados. Estaba más delgada. Más… humana.

Me acerqué.

—¿Puedo sentarme? —pregunté.

Levantó la mirada. Sus ojos ya no tenían esa arrogancia cortante, sino un cansancio distinto.

—Es tu ciudad, tu cafetería, tu galería —dijo con una media sonrisa—. Puedes sentarte donde quieras, hermano.

Me senté.

Hubo un silencio incómodo. Ella jugaba con la cucharita del café. Yo miraba mis manos.

—Vi tu nombre en una revista —dijo al fin—. “El nuevo ojo de la Ciudad”. Bonito apodo.

—No lo escogí yo —respondí.

—Lo sé. Nunca escoges las etiquetas, ¿no? —Se encogió de hombros—. Solo te las cuelgan.

Me miró a los ojos.

—Alejandro, yo… —tragó saliva—. Lo que te dije en la boda… lo que hice… No sé cómo pedir perdón por eso.

Recordé su copa, su sonrisa de cuchillo, las risas, el ardor en mis mejillas.

—No sabías que te iban a descubrir —dije, con calma—. No te arrepientes de robar. Te arrepientes de haber sido atrapada.

Sofía apretó los labios.

—También me arrepiento de haberte usado como chiste —admitió—. De verdad. Yo creía… que eso nos hacía ver más exitosos. Burlarnos de ti. Mostrarte como el ejemplo de lo que no se debe ser.

—¿Y ahora? —pregunté.

Se quedó pensando un momento.

—Ahora, cuando la gente se ríe de otros, cambio de mesa —dijo, en voz baja—. No es mucho, pero… es un comienzo.

Nos quedamos callados un rato más. Afuera, la gente empezaba a formarse para entrar a mi exposición.

—¿Lo odias? —me preguntó, de repente.

—¿A quién? —fruncí el ceño.

—A Don Rodrigo. Por lo que me hizo.

—Él no te hizo robar —respondí—. Solo prendió la luz.

Sofía asintió, triste.

—¿Y a mí? —añadió—. ¿Me odias?

La miré. Vi a la niña que solía tomarme de la mano para cruzar la calle, antes de que el éxito la convirtiera en estatua.

—Durante mucho tiempo, sí —admití—. Hoy… no lo sé. Pero ya no dejo que tu opinión defina quién soy. Eso, al menos, te lo debo.

Una lágrima rodó por su mejilla. Esta vez sin rímel, sin drama.

—A veces —dijo—, cuando estoy sola, pienso en esa noche y en cómo una frase puede destruir una vida.

—Las tuyas destruyeron la mía por un rato —respondí—. Las de Don Rodrigo destruyeron la tuya… para empezar de nuevo.

Sofía se levantó.

—Voy a entrar a ver tu exposición —dijo—. Si no te importa.

—Claro que no —sonreí—. Pero te advierto: hay un cuadro sobre una boda en San Ángel.

Se rió, por primera vez en años, de forma honesta.

—Entonces será como mirarme en un espejo.

Cruzó la calle, se perdió entre la gente que entraba a la galería.

Yo me quedé sentado un momento, mirando la ciudad.

Habían pasado muchos años desde aquella boda. Ya nadie me presentaba como “la vergüenza de la familia”. Ahora, cuando mencionaban mi nombre, mis padres enderezaban la espalda, orgullosos, aunque demasiado tarde. Mi madre seguía sin hablar mucho del accidente con la niña de Don Rodrigo, pero, a veces, me miraba con ojos llenos de algo parecido a la paz.

La vida, entendí, no se mide por los brindis en los salones caros ni por los apodos que te cuelga tu propia sangre. A veces, basta una tarjeta en la mano temblorosa, una voz que se alza en el momento justo, para cambiar el rumbo de todo.

Yo fui “el desempleado fracasado de la familia” hasta que el hombre más poderoso de la noche decidió romper el guion.

El resto, lo escribí yo, pincelada a pincelada.

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